Relatos - La página de MillerNov




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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía
 ~ Capítulo XXIII ~ por Esdrás ~
La muerte había llegado desde arriba.

Una oscuridad absoluta y densa había rodeado su cuerpo. Había escuchado el crujir de sus propios huesos y cómo la muerte se asentaba en cada uno de sus músculos, de sus nervios, de sus tendones, en todas y cada una de sus células y en sus últimos momentos de lucidez pensó qué difícil era vivir y cuán fácil morir.

* * *

Los ocho sacerdotes nigromantes mayores, completamente desnudos, formaron un círculo perfecto respetando las líneas fundamentales grabadas en el suelo de la sala y que refulgían a la pálida luz de las lámparas de aceite, unas líneas que canalizarían las potentes energías que habían de desencadenarse en breve. Un suave y cadencioso mantra surgió de forma progresiva de la boca de cada uno de ellos, un mantra que se elevaba y encadenaba en el más complicado sortilegio que jamás se había formado y habría de formarse en la historia del templo negro de Ornoi. Tras una larga media hora de invocación, cada sacerdote extendió sus brazos y abrió sus manos poniendo al descubierto la piedra que le había sido confiada. El mantra se redujo a un murmullo apenas audible y las ocho piedras levitaron desde las manos de sus portadores al centro mismo del círculo, donde formaron un baile espiralado sin fin sobre el cuerpo desnudo de Yan tendido en el suelo en posición fetal. Profundamente concentrado, se levantó e inició su propio mantra, disonante al que habían iniciado sus acólitos. Las líneas fundamentales comenzaron a refulgir con especial intensidad y barreras de luz brotaron con fuerza encadenando las piedras y ordenándolas a la voluntad del gran sacerdote. La atmósfera de la sala se volvió especialmente densa y un olor acre invadió las fosas nasales de todos. El tiempo, tal y como lo entiende la mente humana, se había detenido en aquel punto y lugar. Yan alzó sus brazos que aferraban con fuerza la garra de Seloé. Cada sacerdote inició entonces su propio canto, de una tonalidad vocal particular y de sus pechos brotó un chorro de magia visible que moría en la piedra que había guardado.

La danza de las piedras multicolores se volvió frenética, enlazando los chorros de magia en una especie de cuerda trenzada. Una sola palabra surgió con esfuerzo de la boca de Yan. Poderosa, oscura e indómita fluyó lenta como una serpiente oscura entre las piedras, atrayéndolas entre sí, fusionándolas y en una explosión de no-luz arrastró todo su poder hasta la garra de Seloé, mientras que la onda expansiva arrojaba a los cuerpos de los marchitos sacerdotes contra las paredes resquebrajadas y el techo volaba dejando pasar la luz del día entre las nubes de polvo y un haz de luz negra volaba al cielo. La vida llegó desde abajo.

* * *

... y en sus últimos momentos de lucidez pensó qué difícil era vivir y cuán fácil morir. Una reflexión interrumpida por un susurro, por una voz que reconocía pero no situaba, una voz que le decía, “aún no”. Un murmullo al que siguió el salvaje golpe de un haz de luz negra que lo impregnó hasta su última esencia y lo elevó, elevó, elevó ...

* * *

Yan se puso en pie, milagrosamente a salvo entre los cascotes que habían caído del techo. En su mano, la garra de Seloé palpitaba con la fuerza poderosa de una magia turbadora y que se resistía a ser dominada, una magia que una vez liberada buscaría ... Yan sonrió ante el instrumento de poder, una sonrisa llena de tristeza pues sabía el precio que habían pagado por ello. En derredor suyo, los cuerpos sin vida de los ocho sacerdotes hablaban de ese pago. Pero ellos sabían y aun así habían aceptado el sacrificio y habían conseguido mantener vivo a su sumo sacerdote.
La habitación pronto se llenó con la presencia de otros sacerdotes que, con dolor pero sin lágrimas y en silencio, retiraron los cuerpos y vistieron a Yan.
Este elevó su vista hacia la desaparecida cúpula mientras murmuraba una plegaria a su dios cuando, como si de un lienzo desgarrado por un cuchillo se tratara, vio abrirse en el cielo una grieta y surgir de ella volando al más poderoso de los dragones que jamás hubiera visto, un dragón negro, un ser que sólo figuraba en las leyendas de desaparecidos dioses como sus monturas de guerra y destrucción y que precariamente se posó sobre una de las paredes arrancando chispas de la piedra con sus garras. Agachando su magnífica cabeza hacia Yan se limitó a decir:
-Sube sacerdote, tenemos un largo camino, o quizás no tanto, hasta la bruja.
-¿Quién ... quién eres tú?
-Llámame Ilùn, aunque en un tiempo me conociste como Kiria.

Dominado por el amarillo de aquellos ojos y con una sonrisa infantil, Yan subió a los lomos de la criatura que despegó con facilidad pasmosa.

* * *

Jinete y montura sobrevolaban la maléfica torre de Odlon a gran altura y protegidos por un hechizo de invisibilidad, cuando una impresionante conjunción de magias provocó una magnífica explosión que puso fin a la existencia de uno de los comerrocas. Yan sintió que la conexión mágica con aquel ser desaparecía, aunque no pudo apreciar nada dada la distancia que existía entre su punto y la tierra. El ser de piedra había muerto. Y su presencia indicaba que Danae y la ladrona habían conseguido legar hasta allí. Pero la magia desatada hablaba también de ella y de Armwood. Y del poder corrupto de Shàsera. “El viejo ha sobrevivido al ataque de las mantas”, pensó con alivio, tras el temor de que hubiera muerto al haberle relatado el dragón su historia. En una veloz rasante, Ilùn descendió hacia el patio central, y con voz grave ordenó, mientras ponía fin al hechizo que los hacía invisibles:

-Salta sacerdote. Ambos tenemos una labor por delante.

Con un preciso aleteo, Ilùn frenó su avance a escasa distancia del suelo, momento que Yan aprovechó para saltar. Rápidamente se deslizó hacia uno de los extremos desde donde contempló el remontar del dragón negro, mientras comprobaba que la garra seguía firmemente atada a su antebrazo. Su objetivo inmediato era buscar al anciano mago y a Danae. Sin duda, corrían peligro. Avanzó sigiloso cuanto pudo, procurando mantenerse oculto a los ojos indiscretos de Shàsera y sus espías. Entró en la torre y finalmente consiguió dar con Armwood.

-Viejo brujo, aún vives.
-Se hace lo que se puede – comentó mientras le guiñaba un ojo con picardía, pero su rostro pronto adquirió un semblante de gravedad -. Me alegra que ya estés aquí. Las cosas no van bien. Kiria ha muerto, no sé nada de la asesina Rowina y Roxana ... sé que necesita de mi ayuda. He hecho lo posible para proteger a Danae, pero ya sabes lo cabezona que es. La sangre de su madre corre poderosa por sus venas. Justo he conseguido que se esconda, incitándola a que te esperase. Pero dudo que aguante mucho. Y este agujero no es un buen sitio. Demasiados ojos nos observan desde los rincones y la penumbra. Shàsera se está convirtiendo en un hueso duro de roer. Sabíamos que no iba a ser fácil, pero estamos a punto de fracasar – concluyó con un fuerte juramento que hubiera hecho sonrojar a un cantinero de puerto.
-Quizás. Pero no demos la causa por perdida.
-¡Y quién lo hace! Soy un viejo y tengo derecho a refunfuñar. Y basta de cháchara.
-Pero debo contarte algunas cosas.
-Ya habrá tiempo. Ahora busca a mi hija. Se fue por ahí y después a por esa zorra – señaló con una sonrisa lobuna.

Y sin más, arremangándose los faldones de su túnica con una mano mientras metía la otra en su bolsillo, corrió en la dirección en que había oído el grito de Roxana. Yan contempló asombrado la agilidad del viejo, que murmuraba, “tengo que hacer un índice o jamás encontraré a la primera lo que quiero. Maldito bolsillo.”

Yan corrió en la dirección marcada por Armwood. Pero en el desconocido interior buscarla podía ser casi una tarea imposible. Formuló un sencillo hechizo de detección y una traza purpúrea se marcó en el aire. La siguió con rapidez en medio de una oscuridad cada vez más intensa. Repentinamente, un pequeño destello de luz y un grito revelaron ante sus ojos, por una fracción de segundo a Danae y al no muerto que la amenazaba. Recorrió los escasos metros y abrazó al no muerto alejándolo de Danae al tiempo que recurría a su poder nigromante. Un suave murmullo acompañó a su mandato de disolución. Huesos y tejidos perdieron su unión y se transformaron en polvo. Segundos después tomaba en sus brazos a Danae, quien sobresaltada exclamó tras reconocerle:

-¡Yan! ¡Casi me matas del susto!
-No, lo que hice fue salvarte la vida... aún no escuché un “muchas gracias”.
-Bueno... – Danae se dio cuenta que no tenía excusa – nadie te pidió que lo hagas, pero te esperaba. Mi hermana está en problemas, mi padre fue a rescatarla, no sé dónde está la asesina, no sé qué está planeando Sháhera, la verdad no...

Danae dejó de hablar cuando vio lo que Yan llevaba en su mano. Parecía la respuesta a todos sus problemas.

-Es ... es ... hermosa.
-Sí, lo es. Terriblemente hermosa. Y ha costado muy cara.

Ilùn se había elevado con prontitud y su silueta era apenas visible, recortada contra las negras nubes que cubrían el cielo de Odlon. Los dos comerrocas supervivientes continuaban con su labor de destrucción, lenta pero concienzudamente impertérritos ante la caída de su compañero. Un súbito chillido surcó el aire hiriendo los oídos de cuantos pudieron oírlo y una manta pareció materializarse sobre ellos y por primera vez en su existencia los comerrocas sintieron algo próximo al temor, temor que no les impidió continuar con su trabajo. Ilùn fue testigo de la aparición del oscuro ser y una mueca se dibujó en sus terribles fauces. Plegó sus alas y cayó en un picado extraordinario, mientras sus pulmones se llenaban de aire. En el último instante corrigió su dirección y extendiendo sus garras destrozó, todo a lo largo, el lomo de la bestia. Se abrieron profundas heridas de las que manó un icor malsano y pestilente, que goteó por sus costados y un grito aún más horripilante y agudo que el anterior hizo que todas las ventanas de la torre reventaran. Ilùn aleteó poderoso en una nueva carga y expulsó todo el fuego de sus entrañas sobre la manta, un fuego negro que hizo crepitar la piel de la manta y que consumía su carne y huesos. Herida de muerte, la manta inició su caída sobre los muros de Odlon. Un último estertor acompañó al rugido de triunfo de Ilùn.

* * *

“Roxana, Roxana, ¿dónde puñetas te has metido? “, Se preguntaba Armwood, mientras galopaba hacia su hija descendiendo las escaleras, unas escaleras que no tardarían en hundirse más y más en la tierra como si fueran las ponzoñosas raíces de la torre y que conducirían a lo más lóbrego y siniestro de Odlon, allí donde la bruja habría ocultado la Estrella del Tiempo, cuando un ahogado gemido lo paró en seco. Su hija estaba cerca. Se movió sigiloso por la planta en que se encontraba, apenas un nivel por encima de la entrada principal, ocultándose en las sombras. Pronto alcanzó a ver a Roxana, tendida en el suelo y rodeada de cuatro extrañas criaturas. “Gárgolas de cristal”, pensó aterrado. Qué podía hacer. Inmunes como eran a la magia, su poder no tenía allí ningún sentido, pero si no hacía nada su hija moriría. “Maldición, maldición, maldición” acertó a murmurar mientras rebuscaba frenético algo en su bolsillo. Su mano se aferró a algo con febril intensidad. Lo extrajo y parpadeó sorprendido. En su palma un canto rodado, una vulgar piedra del tamaño de un puño apareció casi insolente. Un gemido de dolor de Roxana le sacó de su estupor. Una de las gárgolas torturaba a su hija con sus garras de cristal. Sin pensarlo dos veces, arrojó la piedra con todas sus fuerzas contra la criatura. El impacto justo alcanzó a arrancar una pequeña esquirla del hombro de la gárgola que miró sorprendida en dirección a Armwood.
-Mirad amigoss, tenemoss máss diferssión. Sssshhhh – dijo divertida la gárgola que con un rápido salto se colocó junto al mago -. Dime, fiejo, tieness algo máss contundente que essa ... piedra o ess que te quieress ssumar a la fiesta y pretendíass llamar mi atención.

Una afilada uña de cristal se apoyó en su papada y tiraba hacia arriba haciendo que Armwood se pusiera de puntillas.

- Rápido. Contessta.
-Sí, sí, claro. Me apunto a la fiesta. Cómo no. Parece divertido esto de torturar a la chica. Me pido el cuello.
-Me alegra que quierass participar con nosotros, pero te equifocass en tu papel. Ella fa a morir. Y tú ... también.
-Mmm, pues no es lo que yo tenía pensado. Casi mejor me voy y os dejo a lo vuestro – respondió Armwood cuya mano revoloteaba en el interior de su bolsillo para acabar cogiendo, para su desesperación, lo que parecía ser un nuevo canto.
-No. Mala idea.
-Y tan mala – comentó mientras aferraba la piedra con todas sus fuerzas y golpeaba a la gárgola en la cara arrancando un trozo de su hocico.

Un rugido de ira salió de la garganta de la criatura, mientras sus compañeros reían abiertamente:

-El fiejo tiene falor, ¿eh?
-Ahora tendremoss que llamarte el chato, Garn. Ssi ya erass feo, ahora esstáss ssencillamente horrible.
-¡Callaoss! Lamentaráss tu inssolencia, humano – escupió Garn al tiempo que alzaba su garra -. Habíass pedido cuello, ¿ferdad? Concedido.

Armwood vio descender la garra como si el tiempo discurriera más lentamente. Había fracasado en su intento y ahora moriría él y lo que era peor su hija Roxana. Cerró los ojos y esperaba el fatídico golpe cuando un agudísimo chillido pareció querer destrozar sus tímpanos. Abrió sus ojos y vio cómo las ventanas saltaban hechas añicos y cómo las gárgolas permanecían como paralizadas durante milésimas de segundo antes de caer en pedazos, fruto de las terribles fisuras que se dibujaron en sus cuerpos. Ignoraba que la fuente de tal sonido procedía de la manta moribunda que acababa de vencer Ilùn, quien fuera su amado Kiria.

 Capítulo XXII    Capítulo XXIV