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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía |
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~ Capítulo XXVI ~ por Anacanudas ~ |
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Roxana intentó abrir la pesada puerta lentamente. No estaba segura si realmente era pesada, o era su miedo atroz a lo que había detrás de ella lo que la volvía pesada. Miró por la leve rendija, pero sólo se veía oscuridad.
Ella no era valiente. Era cínica, astuta, y huraña. Pero no era ni valiente ni inteligente. Eso se lo había quedado su hermana. Por un instante pensó en cerrar de nuevo la puerta, total no habría diferencia, no tenían posibilidades contra aquella vieja bruja.
A pesar de ello su padre había dejado a Danae con Yan, por lo que este le había contado y a ella le había encargado una difícil misión. Estuvo tentada de pensar que era porque su padre amaba más a Danae y la quería proteger, pero sabía que no era cierto. Ella era una buena maga verde y era la que debía robar la Estrella de los Tiempos. Empujó la puerta con fuerza con el hombro, y está cedió. La maga dio un respingo al oír el leve ruido que hicieron los goznes.
Se acurrucó en un lado y atisbó el interior con cuidado. El corazón se le aceleró hasta hacerle daño. Puso su mano encima, temiendo que las bestias horribles que debía haber allí dentro pudieran oír el desbocado latido.
Sabía que aquellas bestias serían sólo las que ella temiera, pero no podía evitar estar aterrorizada. Ella había estado en sitios bien vigilados, y simplemente evitaba ser vista, así que con sigilo y agilidad, penetró en la sala.
El silencio que reinaba parecía indicar que no había nadie, pero Roxana podía percibir a los seres que se escondían en la oscuridad. Se deslizó a través de una columna, y se quedó paralizada al percibir por el rabillo del ojo una gárgola de cristal. Sus finas alas irradiaban una tenue luz. Sabía que debían haber más. Hizo un leve movimiento de mano, de forma automática y un conjuro de invisibilidad la cubrió. Pero aquel conjuro no serviría con los no muertos así que con un movimiento de dedos lo cambió por uno de mimetización. Sólo el ojo de alguien que supiera que ella se encontraba allí habría podido distinguir su figura del funesto color de las columnas. Si se movía un ojo avizor la podría distinguir, pero Roxana era una buena ladrona y se fue deslizando a través de paredes y columnas, sigilosamente. Las gárgolas y los no muertos parecían ignorarla, y su corazón se apaciguó. Con una leve sonrisa, la ladrona pudo ver a lo lejos, en un pedestal donde se encontraba su objetivo. Su mente artera de ladrona le provocó una sonrisa ladina de triunfo.
* * *
Yan dejó a Danae en aquel cuchitril de la torre, convencido que el conjuro que había hecho sobre dos no-muertos la mantendría allí, protegida, mientras él subía con la garra a la parte más alta de la torre para ayudar a Armwood contra la vieja bruja. Pero Yan había olvidado lo testaruda que podía ser Danae.
Los dos no-muertos lo habían comprobado rápidamente. Ambos yacían en el suelo con un conjuro simple que les había descoyuntado los huesos. No estaban muertos, no podían morir, y ella no era nigromante, no conocía el arte de controlar la vida y la muerte. Pero sus huesos esparcidos por el suelo no podían juntarse de nuevo y eso restaba seriamente la movilidad de los no -muertos. Danae saltó entre los huesos que se movían a su alrededor con un tétrico sonido sobre las baldosas de piedra. Hizo una mueca de asco, pero eso no la detuvo.
Su hermana estaba allí abajo, enfrentando zombis, y a ella la dejaban encerrada en una habitación. Tanto su padre como Yan consideraban que no era suficientemente buena. En cambio Roxana... A ella si que le permitían actuar. Bien pues ella no iba a quedarse sin su parte de la acción.
Arremangándose su túnica y recogiendo su capa, comenzó a saltar las escaleras de tres en tres. Cuando llegó a la planta inferior pudo ver dos no-muertos más. Ella no era tan rápida como su hermana, pero si tenía tiempo para pensar solía ser eficaz, así que su simple conjuro descoyuntador acabó con los no muertos en un instante ¡ Je! Le hubiese gustado que su padre la viese ahora, así tal vez la valoraría un poco mejor.
Recogiéndose las faldas echo a correr de nuevo. ¡Su hermanita pequeña no se iba a quedar con toda la gloria!
* * *
Armwood se preguntaba cómo estaría Danae. Sabía que Roxana mejor o peor saldría del atolladero, Roxana era de mente rápida y solía salir bien parada, además de tener una buena dosis de sentido común. Pero Danae era demasiado estricta y recta, y las cosas que se salían de lo normal tendían a descontrolarla. Dejó esos pensamientos a un lado, consciente que si perdía más tiempo, ninguna de sus hijas lograrían sobrevivir.
Con agilidad asombrosa para su edad, siguió subiendo las escaleras de la alta torre de Odlon, maldiciendo a Kiria que había desaparecido en tal momento de necesidad. " Más de tres mil escalones" pensaba el viejo mientras buscaba en su enorme bolsillo alguna redoma que le diera fuerzas para aguantar aquella ascensión endiablada. " ¡Una barrita energética, narices, una barrita energética, donde narices se han metido las barritas energéticas! murmuraba mientras seguía rebuscando en sus bolsillos.
-¿Nunca serás capaz de encontrar nada en esos malditos bolsillos?- la voz gutural retumbaba en las paredes de la torre, y Armwood se detuvo en el acto.
El mago no tenía miedo, era demasiado engreído y viejo para eso. Así que levantó el mentón y encaró el peligro. Delante de él había un enorme y fornido caballero negro, con armadura, yelmo y espada negra, pelo azabache, largo, que le sobresalía del yelmo, y un porte y una gracia que indicaban que era un gran guerrero. Armwood no lo era, pero eso no importaba. Él podía hacer cualquier conjuro. El caballero ladeó la cabeza de manera peculiar y cargó el peso en su pierna derecha. El viejo enarcó una ceja. Un leve atisbo de comprensión iluminó su viejo cerebro. Una amplia sonrisa empezó a invadir su rostro cuando el caballero indicó.
-¿ Quieres que te suba allí arriba de una vez o vas a esperar mucho más? El caballero se levantó el yelmo y su sonrisa torcida y el brillo de sus ojos hizo por fin comprender al viejo. Armwood miró a su viejo amigo con suspicacia, y con rencor contestó.
-Llegas tarde.- El dragón negro le miró de reojo.
-Pero he llegado, ¿quieres subir o no?- Armwood se sintió tentado de reñir más a su dragón, pero pensándolo mejor suspiró y con gesto indiferente contestó.
-Déjate de cháchara inútil, dragoncito, y súbeme de una vez, antes que todo esto termine en desastre. Ilùn asintió y sin mediar palabra inició su rápida transformación.
* * *
Roxana seguía avanzando en silencio, camuflándose con el contorno. De repente llegó hasta la última columna y comprendió que no tenía escapatoria. Si quería llegar hasta el pedestal debía recorrer un buen trozo al descubierto.
Su corazón empezó a latir de nuevo, y al querer detenerlo con la fuerza de su mano encontró el talismán que le había dado su padre. Si en algún momento debía ser de utilidad, era evidente que era aquel.
Cogió el corazón con fuerza. Esperaba que no se rompiera, pues tenía tanto miedo que lo aferraba como un demonio. La luz brillaba entre sus dedos, y recordó lo que le había dicho su padre. No tenía mucho tiempo. Así que, aterrorizada, dio un paso adelante. Las gárgolas y los no muertos giraron sus gélidos ojos hacia ella, pero la piedra irradió un suave calor sobre su pecho, y Roxana sintió que su corazón suavizaba su latir y lentamente, pero segura, echó a andar hacia el pedestal.
Cuando llegó fue consciente que los no muertos y las gárgolas estaban inmovilizadas, pero también fue consciente que la luz del talismán se reducía a cada paso.
Con paso vacilante y mirada expectante se acercó al artefacto. Por un instante sus ojos brillaron ante el artilugio y se olvidó del miedo. Lentamente, con respeto y avaricia en la mirada acercó sus manos al artefacto. Por un momento se imaginó con el poder que le otorgaría el artilugio y pensó que tal vez podría guardarlo en su casaca, y...
No. Su padre siempre sabía lo que se debía hacer y él había dicho que debía ser arrancado del dominio de Shàsera. Roxana recapacitó un instante ¿Y por qué no destruirlo? Ella robaba artilugios, nunca se había planteado destruirlos ¿Pero cómo se destruiría la Estrella de los Tiempos? Intentó recordar algún sortilegio, pero todos le parecían fútiles, seguro que Shàsera lo había protegido para cualquier encantamiento que pudiera ejercer una maga verde.
-Prueba a tirarlo al suelo. Es de cristal. Seguro que se rompe.- Roxana alzó la mirada, asustada. Danae estaba plantada delante de ella con su varita alzada. La maga verde bajó la mano a su talismán. Ya no emitía su calor.
-Apártate.- Gritó histérica. Danae miró a su hermana sin comprender.
-¿Qué haces con ese talismán? Sólo sirve para cosas que temes. Yo no soy ningún demonio.- Roxana miraba a su hermana dubitativa. De todas formas el talismán ya había agotado sus fuerzas. Danae miró fijamente a los brillantes ojos de su hermana.- ¿De veras crees que yo puedo ser un demonio? ¿ De veras me temes? - Roxana asintió con un gesto- Estúpida, Si fuera un demonio de Shàsera no te diría la forma de destruir el artilugio. ¿No te parece? Roxana recapacitó un instante y asintió en silencio. Con delicadeza cogió la Estrella, y con un gesto lánguido la dejó caer.
El tiempo pareció parado en los largos segundos que el artilugio tardó en caer al suelo. Roxana y Danae miraban el objeto ensimismadas, en su recorrido. Cuando se estrelló, con un sonido secó y rígido y se partió en mil pedazos, ambas saltaron y sintieron el estremecimiento de la magia. Shàsera también lo debió sentir, pues su grito de horror estremeció a las dos hermanas. Cuando el sonido de su terrorífico grito de rabia se diluía, las magas fueron conscientes que la bruja había percibido su presencia. Las gárgolas y los muertos vivientes, un instante antes paralizados, ahora las observaban con una mirada ávida de sangre.
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