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Nieve ~ MillerNov ~ Drama |
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NOTA: Este relato se escribió para el primer concurso en la Web de Imacrea.
El primer párrafo, (en cursiva) era el punto común de comienzo para todos los participantes.
Jean pegó su rostro al cristal y una pequeña mancha de condensación fue creciendo al ritmo de su respiración. Una cortina de copos, violentamente agitada por el viento, impedía distinguir cualquier otra cosa que no fuera aquella hipnotizadora y apagada luminosidad, que quedaba atrapada entre la ventana y la apabullante nevada.
—No deberíais preocuparos tanto príncipe Jean. —El joven continuó mirando por la ventana, sabía muy bien a quien pertenecía aquella empalagosa voz. Siempre atenta, pero cada día que pasaba, notaba en ella algo más de irritante ironía. Cuando más se prolongaba la presente situación, más parecía crecer la alegría de la gente, como si nada de lo que estaba sucediendo les importase, todo el mundo parecía feliz. Pero Rómulo, aunque también era partícipe de aquella insulsa felicidad, parecía demostrarla con una extraña falsedad que rozaba la traición—. ¿Acaso la fiesta no es de vuestro agrado mi príncipe? —Rómulo esperó pacientemente, pero el continuo silencio del príncipe dejaba ver claramente su indiferencia sobre aquella y todas las celebraciones.
Cuando Jean se volvió, Rómulo hizo una inapreciable reverencia, a la vez que se apartaba hacia un lado. La música, que hasta ese momento había sonado con buen volumen, se interrumpió de repente. Jean paseó su vista por la gran sala pero sin dedicar una mirada a nadie en concreto. Varias personas salieron de entre el gentío que había estado bailando hasta ese momento y con paso rápido, llegaron hasta donde el príncipe se había parado. Enseguida le rodearon y le dedicaron vacuos comentarios respecto a su ánimo y a las expectativas futuras. Nada que no hubiese oído ya en más de un centenar de ocasiones durante los últimos días.
El príncipe se encaminó con paso cansado hacia la puerta. La expresión de su rostro denotaba hastío y melancolía. Los cortesanos se apartaban a su paso, unos temerosos, otros desairados y algunos atrevidos, que murmuraban ofensivos comentarios. Pero Jean los ignoraba a todos. Las puertas se abrieron y el príncipe se detuvo. Todas las miradas se posaron en la comitiva que en ese momento entraba en el salón. Cualquier murmullo, por bajo que fuese, cesó en aquel instante. Durante un momento, sólo se escucharon los pasos de varios pares de botas chocando contra el brillante suelo.
—Mis más sinceros respetos, príncipe Jean. —La voz de Mitrios, aguda como un cuchillo, rasgó el solemne silencio. Jean le miró fijamente a los ojos, pero fue incapaz de romper la macabra serenidad del rostro del mago. Sus acompañantes, los supuestos aprendices, sabían imitar a la perfección a su maestro, pues sus impasibles gestos, parecían también desafiar al regente. Aquel comportamiento comenzaba a exasperar al príncipe, su ceño se fue frunciendo lentamente, hasta que sus labios se separaron—: Salgamos, por favor. —El mago y sus acólitos se apartaron, creando un pasillo entre ellos. Jean, lo atravesó con paso firme pero tranquilo. Una vez el príncipe hubo traspasado las puertas, el grupo, encabezado por Mitrios siguió sus pasos.
Las puertas se cerraron cuando el último de los aprendices pasó bajo su umbral. La música se volvió a escuchar de nuevo como un lejano eco. Pero ninguno de los presentes pareció prestar atención a aquel detalle.
—¿De que se trata ahora, de otro de tus inventos? —Inquirió con cansada ironía el príncipe—. ¿O esta vez, es acaso uno de tus nefastos y ridículos hechizos?
—Deberíais confiar más en mí, como lo hacía vuestro padre, el rey.
—Mi padre ha desaparecido y también mi madre. —Jean entrecerró los ojos, esperando alguna reacción por parte de Mitrios, pero su rostro continuó impasible—. Os recuerdo, que por lo que a mi respecta, aún seguís bajo sospecha. —Jean se giró dando la espalda al mago y comenzó a caminar hacia la gran escalinata de mármol labrado.
—Mi señor —la aguda voz de Mitrios hirió los oídos del príncipe—, si me escuchaseis, quizá, podríais entender que soy la única persona que puedo ayudaros.
El príncipe detuvo sus pasos, permaneciendo totalmente estático por unos instantes, después se volvió. —La única persona que podría ayudarnos, es Laihia. —Jean estudió el incómodo gesto del mago—. Resulta curioso —continuó el príncipe—, que Laihia también haya desaparecido. Puesto que si no recuerdo mal, mi padre confiaba plenamente en ella. ¿Por qué iba entonces yo a confiar en ti? —Jean desanduvo sus pasos y se encaró al mago—. ¿Acaso tú los traerás a todos de vuelta?
—Eso es lo que estamos intentando mi señor. —La voz del mago había perdido algo de firmeza.
—¿Cómo? ¿Qué has preparado ahora? ¿Fuegos artificiales tal vez?
—Mi príncipe, no hemos dejado de investigar desde que los extraños fenómenos aparecieron. Pronto obtendremos resultados y el reino volverá a la normalidad.
—Si esas son todas tus noticias, no te deberías haber molestado en abandonar el sótano.
—Pero señor, aún no me habéis escuchado. —Ahora en la voz de Mitrios había un ligero tono de súplica. Jean hizo un gesto de impaciencia y al punto, el mago continuó—: Hemos preparado un artefacto, está compuesto de potentes hechizos, esta vez no fallaremos. —Una tímida sonrisa afloró en la boca de Mitrios, esperando la aprobación del príncipe.
—Tus hechizos, hasta el momento, sólo me han hecho perder el tiempo.
—Pero este es distinto, no se trata sólo de un hechizo, es algo más, es un artefacto, como ya os he dicho.
—¡Explícate! —ordeno el príncipe.
—Pólvora, mi señor, el artefacto está lleno de pólvora.
—¿Y? —La voz de Jean, dejaba notar claramente, que su paciencia estaba rozando el límite.
—Mi señor, dirigiremos el artefacto mediante los hechizos que yo mismo he preparado, y la pólvora hará el resto. Romperá la cúpula en la que nos hayamos presos y aislados.
—¿Todavía sigues con esa historia? —El príncipe dejó escapar una irónica risa, tratando de herir los sentimientos del mago—. ¿Realmente crees que todo esto es obra de Kuoramik? ¿De veras crees que ese descerebrado mago, traidor y cobarde, sería capaz de desencadenar todo esto? —Jean se giró de nuevo, caminó hasta las escaleras y cuando había salvado más de la mitad de los escalones, se detuvo, se giró y apuntó con su dedo índice a Mitrios. —No te atrevas a molestarme otra vez si no es para traer buenas noticias.
Mitrios, rodeado de sus acólitos, aguardó hasta que el príncipe desapareció de su vista. Sus labios, fuertemente apretados, impedían que por ellos circulara la sangre, haciendo que toda la piel de su cara se mostrase pálida. Después, se encaminó hacia el sótano, seguido por su inseparable comitiva.
* * *
—No te esperaba tan pronto, pero sabía que vendrías. —La dulce y sensual voz, relajó un tanto el humor del príncipe. Jean cerró la puerta y se dirigió al centro de la habitación. Se desabrochó el botón del cuello de su guerrera y se dejó caer sobre el montón de mullidas jarapas que cubrían el suelo. Liornna, cubierta únicamente por una sedosa túnica sin abrochar, se acercó en silencio y se sentó cuidadosamente a su lado.
—Ya no se que más puedo hacer —declaró con abatimiento—, no confío en Mitrios, a veces pienso que él fue quien provocó esta situación.
—No, mi príncipe, no lo creo capaz. No valdría ni como prestidigitador de feria. —Suavemente posó una mano en el hombro de Jean.
—¿Hay noticias de los exploradores?
—Sí, regresaron hace apenas un momento. —Liornna dejó pasar un instante y cuando la inquieta respiración del príncipe se detuvo, continuó—: En breve se presentarán ante ti para informar. —Jean dejó escapar pesadamente el aire de sus pulmones y cubrió con su mano la de Liornna.
—¿Aquí?
—Sí, aquí. He pensado que sería más discreto, si van a tus aposentos podrían llamar la atención.
—Poca atención despertarían —la voz del príncipe se notaba carente de ánimo—, a nadie parece importarle lo que está ocurriendo. Es como si no se hubiesen dado cuenta. Peor aún, es como si estuviesen también afectados.
No había terminado de hablar el príncipe, cuando Liornna ya se ocultaba detrás de un tupido biombo. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Abrochó uno a uno todos los botones de su túnica y acto seguido, recogió su larga cabellera en una cola de caballo. Dejó que sus manos descansaran sobre sus rodillas, cerró los ojos y se sumió en una concentración tan profunda, que a falta del biombo, cualquiera hubiese jurado que veía la estatua mejor labrada de cualquier palacio.
Jean apartó su petrificada mirada de las ranuras que había en el biombo, cuando tres secos golpes retumbaron en la puerta del salón. Se levantó y se dirigió pesadamente hacia la gran mesa que se encontraba frente al biombo, en el lado opuesto de la habitación. Se sentó en una de las sillas de cortesía y cruzó distraídamente las piernas.
—¡Adelante! —La orden del príncipe, sonó imperiosa, aunque apenas había levantado el tono de su voz.
El picaporte chascó y el sonido de varias pisadas llenó el silencio que había en el interior. El príncipe se giró y esperó hasta que los dos hombres, frente a él, terminaron con los formales saludos. Después, con un sencillo gesto de asentimiento, dio por terminadas las presentaciones.
—Mi señor, Glisetto y Preston, destacamento especial, se presentan con el informe.
—Venga Preston, nos conocemos desde la academia, deja ya las formalidades. Y por favor, baja el tono de voz. —Ambos soldados se relajaron un tanto, pero el gesto de impaciencia del príncipe, hizo que Preston, el más alto de los dos, comenzase a relatar el informe.
—Señor, hemos rodeado unas cinco leguas alrededor del castillo. La tormenta de nieve no deja ni un solo palmo de tierra sin cubrir. Pero no es lo más extraño de todo —el hombre, sin resuello, respiró profundamente—, hay una barrera invisible, algo que nos impidió continuar más allá de los dominios del castillo.
—Algo así sólo puede ser obra de Kuoramik, mi príncipe. —Glisetto, claramente más nervioso, interrumpió a su compañero. Jean le miró de soslayo, su duro gesto le hizo retroceder un paso en silencio. La mirada avergonzada del soldado, se quedó clavada en el charco que su todavía mojada capa, estaba dejando sobre el brillante suelo de madera.
—Continua, por favor. —El príncipe se volvió a dirigir a su antiguo compañero.
—Esa —comenzó a decir Preston, buscando la palabra adecuada—, misteriosa barrera, parece de pulido cristal, sin embargó, más allá, la vista no distingue otra cosa que la negra oscuridad.
—¿Y el pueblo? ¿Habéis visto las casas y los campos?
—Nada mi príncipe, todo lo que ha quedado al otro lado de esa maldita barrera, si es que hay algo más allá, es invisible para nosotros. —Preston hizo una breve pausa, bajó su mirada y ladeó la cabeza, tratando de encontrar el apoyo de su compañero, pero fue inútil. Glisetto no se atrevía a levantar la mirada del suelo—. Todo ha quedado oculto o ha desaparecido.
—¿Algún rastro del ejército? —La voz de Jean se iba tiñendo de rabia e impaciencia.
—Lo siento mi señor. Ni siquiera hemos encontrado el menor indicio.
—¡Pero eso es imposible! ¿Cómo pueden desaparecer tres batallones completos? —El príncipe dio un paso, colocándose frente a Preston—. ¡Recluta veinte hombres!
—Pero mi señor, no hay hombres. No hay soldados y mucho menos ciudadanos, todos han desaparecido. —Intervino rápidamente Glisetto.
El príncipe levantó su dedo índice y lo balanceó apuntando seguidamente a ambos hombres. —Me da igual de donde los saquéis. Mañana, antes del amanecer, quiero que se registren todos los alrededores. Que no paren hasta que encuentren algún rastro, pistas, huellas, lo que sea que nos diga donde está mi ejército. ¿Me he explicado claramente? —Bajó el amenazador dedo, esperó el gesto de confirmación de los dos hombres y terminó—: Bien, ahora descansad.
Los dos hombres retrocedieron tres pasos antes de girarse para dar la espalda a su príncipe. Cuando Glisetto agarraba el pomo para abrir la puerta, el príncipe se volvió a dirigir a ellos—: ¿Os habéis fijado cuantos cortesanos pierden el tiempo tontamente por el castillo?
—¿Señor? —Respondieron al unísono los dos soldados.
—Digo, que este es un problema de todos. Ahora cumplid con mis órdenes.
Cuando la puerta se volvió a cerrar, Jean se encaminó de nuevo al centro de la habitación, su mirada, no se apartaba del biombo. Liornna apareció por un lado, sus cortos y silenciosos pasos la llevaron junto príncipe. Él, tomó su mano y un imperceptible rubor cubrió sus mejillas.
—¿Qué opinas de todo esto? —Aunque su voz no había perdido la dureza, dejaba notar un matiz de ternura.
—No se que pensar, mi príncipe. —Jean se quiso perder en el encanto sensual de aquella voz, olvidarlo todo, aunque sólo fuera por un instante. Pero la voz, aunque encantadora, hablaba de palabras que hacían imposible evitar la realidad—. Todo es tan extraño, durante el día, no cesa de nevar y durante la noche, ni siquiera se pueden contemplar las estrellas del firmamento.
—Yo tampoco sé que pensar. Estoy empezando a creer que Mitrios podría tener la solución.
—¿Ahora vais a confiar en ese aprendiz de mago?
—No —respondió Jean moviendo desconsoladamente la cabeza—, no es eso, se trata de que esta situación ya comienza a ser desesperante. —Liornna arqueó las cejas mientras miraba fijamente al príncipe—. Pero piensa, que podríamos ser nosotros quienes nos aprovechásemos de él. Después, una vez que toda esta locura haya terminado, lo pondré a buen recaudo.
—¿Y si fuera verdad lo que dice? —Se apresuró a decir Liornna.
—Lo dudo, de una forma o de otra, sé que Mitrios está detrás de la desaparición de mis padres y de Laihia. —La mujer tomó aire la intención de hablar, pero Jean se adelantó—: No, no lo digas. En cualquier caso, mucha gente en la corte ha oído de sus propios labios que él debería ser el mago del rey, y no Laihia. Todos sabemos el odio que profesa por ella.
—Será mejor que lo mantengas vigilado.
—Sí, eso haré. Mejor todavía, mañana al amanecer iré personalmente con él. Quiero saber qué es lo que pretende hacer.
—Pero Jean, no estáis seguro fuera del castillo.
—Tampoco aquí dentro puedo hacer mucho. Sabes que no soporto estar esperando a que las noticias lleguen hasta mí.
—Envía a Rómulo. —Liornna dejó escapar una atrevida sonrisa.
—No es mala idea y así, lo alejaría de la corte. También le podría encargar a él que fuese el custodio de Mitrios. —Ambos intercambiaron divertidas miradas llenas de complicidad.
—Buena forma de terminar con los dos —dijo sonriente Liornna—. Lo más seguro es que ese nuevo experimento de Mitrios les explote en las manos.
Jean pasó sus manos por el cuello de la mujer, desanudó la tira de seda de su cabello y peinó con sus dedos la larga y suave melena. Liornna le devolvió el abrazo. Sus labios se juntaron llenos de pasión y dejaron caer sus cuerpos sobre las suaves alfombras como si fueran uno sólo.
Todavía era de noche cuando Jean se despertó. La tímida luz de las velas que aún no se habían consumido, mostraron al príncipe la sublime belleza del cuerpo desnudo de Liornna. La cubrió cuidadosamente con su túnica, después se vistió en silencio y abandonó la habitación.
* * *
Cuando Jean entró en la cámara, encontró a Preston y a Glisetto impartiendo órdenes y revisando a un puñado de hombres. Se detuvo bajo el arco de la puerta y observó en silencio. Si la situación no fuera desesperada, aquella visión le habría provocado más de una carcajada. Allí se encontraban buena parte de los duques, condes y barones que más influencia habían tenido con su padre, el rey. Pero que desde hace unos días, no se habían dedicado más que a mostrar sus mejores galas en los absurdos bailes que patrocinaba Rómulo. Ahora, sin embargo, iban vestidos con algo un poco mejor que unos simples harapos. Mientras que la grasa que embadurnaba sus atolondradas caras, hacía que apenas fueran reconocibles en la oscuridad.
—Buena eleccione, caballeros —dijo el príncipe dirigiéndose a los dos espías—, veo que estos cortesanos por fin serán de utilidad para su reino.
—Mi príncipe, después del atardecer no recordaran nada, pero mientras tanto, cumplirán las órdenes que hemos impartido. —La voz de Preston dejó claro que habían cumplido sin problemas la voluntad del príncipe.
—Además —continuó Glisetto—, siempre se podrá achacar a esta extraña situación la desorientación de sus señorías.
—Bien pues, partid antes de que amanezca.
El patético pelotón desfiló por delante del príncipe mientras abandonaban la cámara y dirigían sus pasos hacia el patio exterior.
Jean, recorrió varios pasillos y escaleras hasta que finalmente se detuvo frente a una puerta. Esperó hasta recuperar el resuello y golpeó fuertemente con los nudillos sobre la madera. Un momento después, la puerta se abría dejando una fina rendija. Unos ojos hinchados miraban con incredulidad al príncipe. Jean empujó la puerta sin cuidado, empujando a Rómulo hacia atrás.
—¡Vístete! —Le ordenó el príncipe.
—Pero mi señor, si todavía es de noche. —Protestó el hombre.
—Tanto mejor para la misión que vas a llevar a cabo.
—¿Señor? —Los desorbitados ojos de Rómulo dejaron ver como la incertidumbre crecía en su interior.
—Baja al sótano, conviértete en la sombra de Mitrios, no te muevas de su lado ni un sólo momento. Acompáñale a donde vaya y fíjate muy bien en todo lo que haga. —La rápida y seria voz de Jean iba minando poco a poco el ánimo de Rómulo—. Cuando vuelvas al castillo, irás directamente a informarme.
Rómulo, con la boca abierta y medio desnudo, presentaba una imagen ridícula.
—¿Alguna pregunta? —Inquirió desafiante.
El hombre se limitó a mover la cabeza.
—Bien, date prisa, no hagas esperar al gran mago. —Terminó Jean con tono irónico.
Cuando abandonó la habitación, Rómulo recogió rápidamente la ropa que había esparcida por el suelo y comenzó a vestirse.
* * *
Jean abandonó el castillo usando la salida camuflada que pasaba por debajo del antiguo foso. Las antorchas que colgaban en los muros exteriores del castillo, apenas iluminaban lo suficiente para distinguir el terreno. Localizó el sendero y lo siguió hasta que se perdió en las sombras. A pesar de faltar poco tiempo para el amanecer, la negrura parecía querer absorberlo todo. Sus ojos no conseguían acostumbrarse a la oscuridad y Jean se guiaba más por el sonido de sus pisadas que por lo que su vista pudiera distinguir.
De vez en cuando podía ver a cierta distancia, el fulgor de las antorchas que portaba el grupo de Preston y Glisetto. Intentaba mantenerse alejado de ellos, por lo que en más de una ocasión, se vio obligado a esperar agazapado o alterar su camino.
Al cabo de un largo trecho, creyó distinguir un grupo menos numeroso, pero más despreocupado. Se trataba del mago Mitrios y sus acólitos, acompañados esta vez por Rómulo. Mantuvo la distancia que le permitía no perderlos de vista, y que a su vez, no pudiera ser detectado. También pudo ver, por las numerosas antorchas que llevaban, que cuatro de ellos, arrastraban con gran esfuerzo un bulto de grandes dimensiones. Así llegaron hasta un punto en el que no pudieron continuar.
—Así que esta es la famosa barrera mágica de la que tanto se habla estos días. —La voz de Rómulo llegó nítidamente a los oídos de Jean, a pesar de la distancia que los separaba.
—Sí, esta es. Y yo, te aconsejaría que no la tocases, aún no hemos podido estudiar los efectos que puede tener en nosotros. —El timbre de voz que dejaba escuchar la voz del mago, denotaba la crispación que sentía, debido a la indeseada compañía de Rómulo.
Jean dejó de prestar atención a los comentarios que trasportaba el aire, cuando alcanzó la invisible barrera. Deslizó las yemas de sus dedos por la suave superficie, parecía una gigantesca ventana, en la que no se podían ver los extremos. Allí se terminaba todo. Una invisible barrera que no permitía continuar más allá. Tampoco dejaba ver nada, si es que al otro lado había algo.
La tristeza, mezclada con rabia e impotencia, se adueño del príncipe. Su pueblo; el pueblo de su padre, estaba al otro lado de aquella inmensa campana de cristal. El ejército, los reyes y también Laihia, que habían desaparecido, podrían estar al otro lado. Un torbellino de pensamientos inundó la cabeza de Jean. Pensó en las palabras de Mitrios, también en las de Liornna. Recordó con miedo las antiguas historias ya casi olvidadas en estos días sobre la amenaza de Kuoramik, que maldijo al reino cuando fue exiliado por su padre.
La hiriente voz de Mitrios devolvió al príncipe al momento actual. El mago repartía por igual órdenes y regaños. Habían terminado de colocar el artefacto junto a la mágica barrera. —¡Retroceded una docena de pasos! —Escuchó en la distancia decir a Mitrios.
El príncipe también se iba a separar de la invisible barrera cuando creyó ver un rayo de luz que atravesaba la transparente cúpula. El amanecer parecía dejar que la luz del exterior sustituyera la negrura. La claridad aumentaba cada instante que transcurría. Pero algo llamó la atención del Jean. Giró su cabeza y pudo ver como Mitrios, con su báculo en alto, pronunciaba unas incomprensibles palabras. Quiso gritar para detener a aquel insensato, pero el mago ya había terminado de pronunciar el sortilegio. Después, observó impotente como el bastón descendía en el aire, hasta terminar apuntando al artefacto. Luego una fina llamarada salió disparada de la punta de báculo, que terminó impactando de lleno en el mágico artefacto.
La explosión hizo que todos los allí presentes se cayeran de espaldas. Jean también cayó empujado por la onda expansiva. Sus ojos, que todavía no se habían acostumbrado a la luz, se cegaron por el potente fogonazo. Pero durante un mínimo espacio de tiempo, creyó distinguir como una mano gigantesca ocultaba el Sol del amanecer.
El suelo tembló y la enorme cúpula que los mantenía aislados, se sacudió con tanta fuerza que, pareció volver el mundo del revés. Cuando volvieron en sí, la nieve ya estaba cayendo con tanta fuerza como en los días anteriores. La densidad de la tormenta era tan sobrecogedora que apenas se distinguía nada.
Jean pensó en Liornna. Se levanto, y aturdido, dirigió sus pasos hacia la fortaleza. Supo con seguridad cuando se encontraba cerca del castillo, pues la música era lo único que se dejaba escuchar a través de la cortina de nieve.
* * *
—Nunca había visto a nuestro hijo tan entusiasmado con un juguete. Nada más levantarse, lo primero que hace es agitarlo para ver como cae la nieve.
—Me alegra que le guste tanto. —Contestó el marido—. Había muchos paisajes y pueblos nevados en aquella tienda de Austria, pero cuando vi este castillo, parecía tan real, que enseguida supe que le gustaría más que ningún otro. Hasta el dueño de la tienda decía insistentemente que estaba encantado. ¿Te imaginas?
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