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Espejismo ~ MillerNov ~ Otros

Habían transcurrido aproximadamente tres horas cuando aceptó que estaba perdido. Conducía en dirección Noroeste, intentando localizar el camino de la ruta establecida por la expedición. La carretera estaba bien marcada en el mapa, sin embargo, no era capaz de dar con ella. Precisamente hoy viajaba solo en el jeep. Su compañero había amanecido fuera de la tienda y con claros síntomas de hipotermia; en el desierto no se puede dormir a la intemperie. «El sonambulismo acabará matándote, querido amigo» pensó. El sanitario del campamento había dictaminado que tendría que reposar en el campamento, pese a sus intentos por demostrar que estaba perfectamente.

Su reloj de pulsera marcaba las nueve y cuarto de la mañana, y el termómetro del salpicadero le indicó que estaban ya a veintisiete grados centígrados. No tenía por qué preocuparse, llevaba dos litros de agua, y seguro que encontraría la carretera o le encontrarían a él antes del mediodía. En el horizonte se empezaba a distinguir una pantalla traslúcida y que parecía vibrar con luz propia, ésta se formaba debido a la difracción de la luz cerca de la arena cuando alcanza altas temperaturas. Si miraba al espejo retrovisor, lo único que distinguía era una estela beige de más de tres metros, que no era otra cosa que la arena que su potente vehículo lanzaba al aire. Pensó que lo más sensato sería fijarse constantemente en la brújula y mantener la dirección de búsqueda.

De repente le llamó la atención el número 39, que estaba iluminado en el termómetro digital, un acto reflejo le hizo girar su muñeca izquierda, para comprobar que apenas había pasado una hora desde la última vez que lo hiciera. Bebió un pequeño sorbo de agua, pensando ya en que debía racionarla. No había rastro de la carretera. Aceleró pisando el pedal a fondo. El irregular paisaje desértico hacía que el coche fuera dando peligrosos saltos, el motor rugía cada vez que las ruedas se despegaban del arenoso terreno. El horizonte seguía allí, en el mismo sitio, llamándole. Los nervios empezaban a adueñarse de su cerebro. Dio otro trago a la cantimplora, el sudor que resbalaba por su cara le entró en la boca y se mezcló con el agua, dándole un desagradable sabor salado. Se frotó la boca con el dorso de la mano, intentando quitar así la sensación de sequedad que da la sal en los labios cuando se empiezan a agrietar.

Su pulso se estaba acelerando peligrosamente por momentos, veía el tiempo pasar y la temperatura subir, la velocidad era cada vez más rápida y el indicador del combustible descendía, cada vez que tomaba la cantimplora pesaba menos, pero el paisaje siempre era el mismo. Sólo se le ocurrió que habría cruzado la carretera sin distinguirla. Levantó ligeramente el pie del pedal del acelerador, y cuando perdió la suficiente velocidad giró el volante hasta que consiguió que la aguja de la brújula apuntara justo en la dirección contraria. Volvió a poner el Jeep a su máxima potencia.

El Sol estaba ya en su cenit. El vehículo bajó bruscamente su velocidad, el motor emitió varios ruidos sordos y se detuvo completamente. Pensó si sería mejor quedarse en el interior del jeep, ya que si le estaban buscando se distinguiría mejor la mancha oscura del coche que una persona vestida de color claro en medio de tanta arena. Pero los segundos pasaban y dentro del habitáculo la temperatura subía exageradamente al estar parado, tenía toda su ropa empapada de sudor. Cogió la cantimplora, la sacudió y notó con desesperación que apenas contenía el equivalente a cuatro o cinco sorbos. Salió al exterior, al principio la suave brisa le alivió, pero el calor era tan intenso, que pudo ver con sus propios ojos como se secaba su ropa por la evaporación de la humedad. En un instante, el abrasador Sol hizo que la respiración fuese una tortura, quemándole por dentro como por fuera. Sin saber hacia donde, comenzó a caminar.

Bebió otro sorbo de agua, y sintió el mayor de los alivios que había experimentado en su vida, pero el placer fue muy breve. Notaba las botas llenas de minúsculos granos de arena, le molestaban tanto que creyó que el roce con sus pies le estaría causando heridas, pero pensó que si se paraba para quitarse las botas y sacudir al aire su contenido, ya no sería capaz de levantarse y continuar. Cada paso era una tortura, las fuerzas se le escapaban de su cuerpo a la misma velocidad que se deshidrataba.

Lejos, tan lejos que parecía estar más allá del mismo horizonte, vio la silueta de una construcción de altas murallas, era capaz de distinguir las almenas y pequeños torreones y más allá la punta de un delgado minarete. De repente su cuerpo se fortaleció, y pensó que si era capaz de llegar has allí, estaría salvado. Apenas si quedaba le quedaba agua, pero ya no importaba.

Sólo dio unos pocos pasos, y cayó de rodillas, había visto perfectamente cómo cambiaba el color de las murallas, se había dejado engañar por el calor, era un espejismo. «¿Cómo conociendo perfectamente este fenómeno se había dejado engañar?» se preguntó, «él era todo un experto». Con un movimiento tan lento que al Sol le dio tiempo a moverse un poco más por su arco, llevó la cantimplora a sus cuarteados labios y tragó el poco líquido que contenía. Estaba tan caliente que apenas apreció que su boca volvía a estar húmeda.

Hizo acopio del poco valor que sus mermadas fuerzas le permitieron, se levantó a duras penas y movió pesadamente las piernas. Avanzó con mucha dificultad unos pocos metros, sus botas se enterraban en la arena a cada paso que daba, era tal el esfuerzo de levantar cada pie para hacer el siguiente movimiento, que paró un momento para recobrar fuerzas.

Las manos, que eran la única parte de su cuerpo expuesta al Sol le ardían y causaban un lacerante dolor, bajó la mirada hacia ellas, y pudo distinguir con gran esfuerzo para fijar su borrosa vista, que estaban llenas de ampollas. Con esta imagen en la retina de sus ojos, notó como se desvanecía su consciencia, un hormigueo le recorrió todo el cuerpo y por unos segundos notó un gran alivio, la ausencia de calor y dolor, su visión quedó reducida a un pequeño punto de luz blanca en el centro de una inmensidad de oscuridad. Cayó de bruces al ardiente suelo.

Cuando se levantó, el Sol estaba ya a un cuarto de su recorrido para finalizar el día. Se sentía descansado, el calor ya no le molestaba y la sensación de sed había desparecido, «sólo necesitaba descansar un poco» se dijo. Parecía el momento oportuno para continuar la marcha, esperando encontrar la carretera o el campamento. Ni siquiera le pesaban las botas al andar, y la arena ya no le molestaba. Apretó el paso.

No sabía cuanto tiempo había pasado, seguía andando sin parar pero el paisaje no variaba, las murallas seguían allí, invitándole a llegar, con sus llamativos colores que variaban cada vez que miraba hacia el espejismo, pero esta vez no le engañaría. Seguía caminando a paso rápido.

Distinguió un bulto a lo lejos, cubierto por algo de arena, no era un espejismo, esta vez no, estaba demasiado cerca para que fuera otra jugarreta del desierto. Corrió tan deprisa como pudo hasta alcanzar su objetivo. Cuando llegó, se agachó, y con movimientos rápidos de sus manos, apartó como pudo la arena. La visión de lo que sus ojos percibieron le dejó petrificado: era su cuerpo, totalmente abrasado por el calor, sólo lo pudo reconocer por la ropa y el reloj de pulsera, que había sido un regalo de su prometida.

Ahora lo entendía todo, ahora debería ir hacia el espejismo, ahora sabía lo que representaba.

* * *


"Los "Hombres Azules" del Sáhara, cuentan a sus hijos que, el pequeño remolino que se forma en el mes de mayo y que describe un amplio círculo alrededor del oasis de Nugbizeg, se forma por los espíritus de los que perdieron la vida desafiando al desierto."