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El viaje eterno ~ MillerNov ~ Otros

Se había despertado, pero se negaba a abrir los ojos todavía. Era uno de esos momentos en los que el sueño ha sabido a poco y se piensa que, si se mantienen los ojos cerrados, se puede volver a caer bajo el manto onírico. Pero después de un largo rato intentándolo, seguía sin conseguir el adormecimiento. El constante traqueteo que producía el tren, hacía que fuera imposible seguir durmiendo. Se preguntó cómo había sido capaz de hacerlo hasta entonces, con aquel infernal ruido, que además, amenazaba con buscar un lugar en su cabeza para residir eternamente.

Cuando subió al tren en la estación terminal, en el compartimiento que ocupó no había nadie, de hecho, lo había elegido precisamente por estar vacío y lo hizo en uno de los vagones finales, donde suponía que viajaría menos gente. Le apetecía que este viaje fuera tranquilo, sin la compañía de personas desconocidas. Pero desde que se había despertado, podía sentir la presencia de otras personas que ocupaban los asientos contiguos, también en los que estaban frente a él podía notar que había otros viajeros. Decidió seguir con los ojos cerrados durante un tiempo, se haría el dormido, los demás viajeros no tenían por qué pensar que aún no había despertado.

Podía oír la fuerte y molesta respiración de cada no de ellos. Incluso ahora, el angustioso e insoportable sonido del aire entrando y saliendo de tantos pulmones desconocidos, parecía amortiguar el ruido que producía el viejo tren. El oxígeno del compartimiento le pareció escaso para tanta gente y hasta su propia respiración le pareció forzada. Notaba como la mirada de cada uno de los otros viajeros se clavaba en su rostro, sintiendo la incomodidad de saberse observado. De repente, el tamaño del habitáculo pareció hacerse más pequeño. Podía percibir el calor que producían los inmóviles viajeros y los sentía más cerca de su cuerpo a cada segundo que pasaba.

Aguantó poco tiempo más la tensa situación, el agobio, el calor y la incomodidad, le obligaron a abrir los ojos. Era cierto, sus sospechas se vieron confirmadas por varios pares de ojos que lo miraban fijamente. Ya no se sentía incómodo, necesitaba un adjetivo mejor para poder describir su sensación, algo que pudiera definir las descaradas miradas de los demás ocupantes del compartimiento. Finalmente decidió que se sentía más molesto que incómodo. Frente a él, tres miradas impertinentes no se apartaban de su cara. Parecía que ni siquiera pestañeaban, la fija mirada de todos ellos se hacía insoportable, no comprendía el descaro de aquellas personas.

En un acto inconsciente para evitar aquella tensión, giró su cabeza y dirigió su mirada hacia el exterior. El horizonte era testigo del avance del tren y los casuales postes, que como sombras borrosas pasaban fugazmente por delante de la ventana, indicaban la rápida velocidad a la que viajaban. Pero su atención seguía pendiente del interior del compartimiento. Seguía notando como las miradas permanecían clavadas en él, como aguijones que se han clavado en la carne de la víctima y ya han quedado allí, prendidos por debajo de la piel.

Se volvió, y por unos segundos sostuvo aquellas miradas. Como los botones cosidos a la tensa tapicería de un sofá, aquellos ojos, prendidos en las hendiduras de sus inmutables y pálidos rostros inexpresivos, parecían obsesionados con él. No pudo seguir soportado ser observado de aquella manera. Se levantó y salió fuera del compartimiento, mientras que aquellos ojos seguían todos sus movimientos.

Una vez hubo cerrado la puerta desde el estrecho pasillo, se sintió más tranquilo. La sensación de incomodidad parecía haber desaparecido. Se recreó mirando el yermo paisaje que le mostraba el transparente cristal, apenas era llamativo ni se distinguían muchos colores, pero le reconfortó.

Caminó hacia la parte delantera del vagón. Se tambaleaba en su avance, acompañando por los movimientos del tren. En varias ocasiones se tuvo que apoyar en las paredes forradas de madera, a riesgo de perder el equilibrio. Cambió de vagón y siguió avanzando sin prestar atención a otra cosa que no fueran sus inseguros pasos.

Como si tuviera algún lugar concreto al que dirigir su paseo, siguió recorriendo los renqueantes pasillos de varios vagones más. Debía ser un tren muy largo, pues a pesar de llevar andando un buen rato, no conseguía alcanzar el primer vagón, el que le permitiera ver la locomotora.

Después de un rato de recorrer los monótonos pasillos de varios vagones idénticos, decidió volver. Ahora el único pensamiento de preocupación era el tiempo. No sabía cuanto había estado dormido, ni cuanto faltaba para llegar a su destino. De repente la desorientación le hizo aflorar la sensación de llevar toda una vida en aquel tren. Creyó que lo mejor sería volver a su asiento y esperar a que el ferrocarril se detuviera en la estación que daría fin a su viaje.

De vuelta hacia el final del tren, le asaltó una nueva duda, no recordaba cual era el número que identificaba su vagón y mucho menos el de su compartimiento. Las cosas no mejoraban, la desesperación de ver que todos los pasillos eran iguales, le hizo pensar que sólo había un vagón. Su corazón comenzó a latir aceleradamente, mientas que la angustia iba oprimiéndolo, haciendo que cada latido resonara en sus pulmones.

Se le ocurrió que podría ir mirando a través de los cristales que había en cada puerta por la que pasaba, de esa manera, en algún vagón debería encontrar su asiento. Después de observar el interior de varios compartimientos, le asaltó el miedo. La creciente inquietud le hizo creer que el corazón no resistiría aquella tensión. Sus ojos abiertos, tanto que las órbitas no parecían capaces de contenerlos, le mostraban las mismas caras de las mismas personas en los idénticos compartimientos.

Comenzó a correr por el estrecho pasillo, ya no le importaba tropezar, ni tampoco golpearse los hombros contra la madera que servía de forro a las metálicas paredes. Ahora sólo dedicaba fugaces miradas a cada uno de los compartimientos por los que pasaba velozmente. Nada variaba, seguían siendo las mismas caras, los mismos ojos mirándole. En cada vagón veía lo mismo.

Cuando llegó al final del último vagón estaba temblando. No había visto ningún asiento vacío que indicara que era el suyo. Se acurrucó en la esquina del descansillo, se agarró fuertemente las rodillas abrazándolas y hundió la cabeza en el hueco que dejaban sus piernas. El llanto le hizo olvidar incluso cual era su destino. Aquel viaje que tanto había anhelado, todas las ilusiones que había puesto en aquella aventura y sin embargo, ahora no era capaz de pensar con claridad en nada.

En su mente sólo veía aquellos ojos, incrustados en las hundidas cuencas de aquellas pálidas caras que no se apartaban de él. Como si quisieran arrebatarle los más profundos y secretos pensamientos que nunca había compartido. Era una tortura el no poder escapar de aquel tren en marcha y librarse de aquellos fantasmas, que hasta dormido, no habían dejado de mirarle, acechando su libertad, mientras él vagaba perdido en sus más íntimos sueños.

De repente una sensación de alivio le recorrió el cuerpo, liberando la tensión que había retenido en todos sus músculos. Todo formaba parte del mismo sueño, lo sabía porque se acababa de despertar. Soltó sus manos y se levantó. Con agrado vio que no estaba en el descansillo al final de ningún vagón.

Hasta la pálida luz que desprendía la bombilla de su cuarto le pareció agradable. Se tuvo que poner de puntillas, y así, se pudo asomar al pequeño ventanuco que había en el centro de la puerta. Pero lo único que vio fue un monótono pasillo, apenas sin colores y en el que nunca parecía ocurrir nada. Un poco desilusionado se volvió. Por un momento pensó que los ojos de su sueño volvían a observarle otra vez. Pero no. Se tranquilizó al comprobar que sólo se trataba de los grandes botones, que hundidos en la acolchada tela satinada, la mantenían tirante en las forradas paredes de su celda.