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Literatura |
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El día trasluce sobre las alturas y los amenazadores colmillos de Barbarisa destacan en el nácar eterno de la parturienta. Tejados de pizarra, piedra, hiedra, musgo silente que reza a la gota fría, primeros humos tímidos que se confunden con la plúmbea neblina. Y una mancha oscura, enmarcada y oblicua: el Hombre. Agua helada en el rostro. Negra noche negra rota por las llamas temblorosas y la erupción de moléculas incandescentes que iluminan el caldero de cobre. Hule de cuadros rojos y blancos, quemaduras de cigarrillos, termo de plástico, sartenes, parrillas, la pata ahumada de una oveja.
El hombre se acerca a la angosta ventana: la luz mortecina de la farola se refleja en el pétreo suelo húmedo. Casas, postigos cerrados, un gato hambriento chillando se escabulle. Sobre la tapia ruinosa asoman las ramas del manzano de troncos retorcidos y un trozo del huerto del crimen.
“Mujer, justiciera hacha”
Ah, la sumisión de la desposeída acabó ese día de invierno. Caiga la nieve borrando las huellas de los maltratadores mientras el mirlo ensaya sus nuevas melodías y un trozo de cielo negro se sumerge en el estanque de la alborada.
Sobrecogedores tañidos llegan de la torre de piedra y sus lágrimas marcan las siete y media de insomnios. Viento silbante por las esquinas. Manada. A la vaca preferida del joven Gorca le gotean los pezones. Hombre y joven caminan en silencio bajo el ancho paraguas. Una colilla de tabaco negro cuelga del labio inferior de Blumen.
Desde la terraza del hotel se puede ver la cara norte de la Peña del Mediodía, las masas oscuras de los abetos y las crestas rosadas cubiertas de nieve helada, pero no la iglesia y su campanario. |
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Textos de M. L. Acosta |
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Mira a su alrededor en penumbra; el deslucido emerge de opacos tubos fluorescentes, las voces se pierden en humo, el espectro de un gato muerto arranca tristes notas de un teclado invisible. ... junto a la jarra de cerveza hay dos babosas muertas, una tercera se arrastra hacia el líquido, lo huele, se zambulle en él, ahogando el quebranto de la cuchillada que apagó un grito... de júbilo ciego.
Bruno usa gafas oscuras. El cadavérico Jordi, camiseta ocre de ejército. Del musculoso cuello de Godsnarr cuelga una esvástica. La mujer arrodillada lleva un collar de perro.
¿Acaso sabe alguien por qué lo hicieron?
Borrascoso aliento que marchita las frambuesas, cuerpo putrefacto, hiperestesia sensorial provocadora de ardientes dolores.
¡Demonios! ¿Por qué lo hicieron?
Rodro sigue navegando a la deriva sobre la balsa de la Medusa, loco de sed, mordiendo la madera henchida de salitre y rodeado de caníbales. |
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M. L. Acosta |