UN CORTO VIAJE A TIFARITI 

                                                                                                          (diciembre del 2.002)



.- "Tu no te preocupes por las culebras, preocúpate de que Alá no envíe una para matarte". Claro que estaba preocupado, había pensado que vivaquearíamos en la zona las dos noches de la marcha, y ahora tendríamos que llevar tiendas de campaña. De todas formas pensé que algunas culebras, enviadas o no por Alá, ya me habían atacado y que ahí estaba. En Erqueies Lemgasem, en medio del Sahara, junto a unas  pinturas rupestres magnificas. Habíamos localizado cuatro grupos de pinturas, las había fotografiado y tomado sus posiciones con el GPS. Las pinturas eran de color rojo-ocre. No muy grandes, tenían como unos quince centímetros.  Representaban seres humanos y animales. No pude identificar los animales. En los grabados en piedras y lascas de Sluguilla junto al Uad Lemmuil-Lihien, se identifican perfectamente elefantes, jirafas, y demás, pero en las pinturas no pude o no supe. El cambio climático ha aniquilado o expulsado del Sahara a toda esa fauna y a la vegetación que la mantenía. Pero las pinturas y grabados ahí están, entre arena, escorpiones y culebras, pero están.  También están los fósiles d Lehraicha, todavía mas alejados en el tiempo y que nos dicen que el Sahara fue mar antes de que se ordenase la separación de las aguas y la tierra. Lo que creo sucedió en el tercer día de la creación del mundo. Al Sahara le tocó ser tierra a partir de entonces.

Hacía dos días que habíamos salido del campamento saharaui de Awserd en la hamada de Tindouf. Justo a día siguiente de la fiesta del fin de ramadán; así que teníamos luna nueva y carne de camello fresca y como mandan las normas: degollado mirando a la Meca. Nos habíamos adentrado un poco en Mauritania para luego entrar en el antiguo Sahara español.  Ahmed me había conseguido un todoterreno, y con Sidi y Mahmud me vine a la región de Tifariti. Sidi hablaba español, Mahmud no lo habla pero conoce el desierto como la palma de su mano. El coche era un pick-up Toyota. Los tres íbamos en la cabina. En la parte de atrás, más o menos atados y cubiertos con una lona, los bultos. Mahmud habló a Sidi. Este redujo la velocidad y dio media vuelta. .- "¿Sidi, regresamos?".Pregunté. .-"No, Mahmudi dice que ha escuchado algo. Vamos a ver". A doscientos metros nos encontramos en el suelo la caja de cartón que contenía la carne de camello. Se había caído en un bote. La subimos, la ataron y continuamos el viaje. ¡Que oído el de Mahmud!. Durante el viaje, descubrí que el zaén, o turbante, también sirve de chichonera. Con tanto bote la cabeza choca a menudo con la cabina.

Comimos tarde porque habíamos salidos tarde. La salida fue rara, todo fue muy lento, la compra del gasoleo, la de las provisiones, buscar los cacharros para cocinar, el té, etc. etc. Sidi me preguntó que a que hora quería comer. Yo le dije que cuando ellos dijesen. Durante el viaje me preguntó un par de veces si tenía hambre, le dije que podía continuar. Estaba en sus manos, pero no podía mostrar flaqueza, y tenía que dejar claro que la responsabilidad del viaje era suya. Así que comimos tarde, encendieron un fuego, las pocas ramas  secas que se encuentran enseguida hacen brasa. Mahmud se puso a cortar la carne de camello. Separó los trozos con grasa y, después de lavarlos, los restregó por el interior de la cacerola de hierro fundido. Sidi preparaba el té, apartó unas brasas, y empezó a calentar el agua. Mahmud puso la cacerola al fuego y esperó a que no hubiese llama para echar los trozos de carne de camello. En un cuenco vaciaron un litro de zumo de naranja, bebimos los tres del cuenco. Mientras se hacía a carne tomamos los tres tés: el primero amargo, que nos recuerda el nacimiento a esta vida; el segundo con azúcar, como el dulce amor que podemos encontrar en nuestra vida; y el tercero muy azucarado, muy dulce, como la muerte. Comimos la carne de camello con pan, recogimos. Sidi y Mahmud rezaron la segunda oración del día. Descalzos, arrodillados, mirando hacia la Meca, inclinándose hasta tocar el suelo con la frente. A Mahmud le chasca la espalda cuando inca la frente en la arena y cuando se endereza. Lo hace bruscamente. Su columna ha debido soportar muchos botes en el desierto. Nos pusimos en marcha.

Poco después pude ver que, como siempre, las situaciones extremas mejoran al ser humano, al menos en general. O cuando menos le sujetan a ciertas normas. A nuestra izquierda, en dirección contraria, con todos los bultos fuera, un Land-Rover parado. Nos dirigimos hacia el. Dos chicos, uno de unos trece años y otro de unos dieciséis, salieron haciéndonos señales. Les dimos comida y agua, llevaban tres días allí. Su padre había ido a buscar ayuda para reparar el coche. Más adelante nos encontramos un camión parado. También tenía una especie de campamento junto al camión.  Llevaba once días allí. Su compañero había ido a buscar la piezas de repuesto necesarias. No necesitaba nada. Me sorprendió que no pidiese nada. En el desierto se pide solo cuando se necesita y solo lo que se necesita, y se da. Continuamos.

Se puso el sol y aún no habíamos llegado a Bir Lehlú. Nos quedaban unos 150 kilómetros para llegar a Tifariti, lo que nos llevaría unas tres horas con luz, pero el sol se había puesto, el faro derecho no funcionaba y el izquierdo estaba cubierto de polvo. Le pregunté a Sidi que a que hora llegaríamos a Tifariti. Me contestó que lo más probable era que durmiésemos al raso. A lo lejos vimos unas luces muy fuertes y nos dirigimos hacia ellas. Era una base de las Naciones Unidas para la vigilancia del alto el fuego. A unos doscientos metros de la base había unas casitas de adobe. Sidi me preguntó si prefería pasar la noche allí o continuar y dormir al raso. Nos quedamos a dormir. Metimos los bultos en una casa. Sidi se fue a la base y Mahmud se puso a preparar té. Salí a dar una vuelta. Estábamos en diciembre y hacía mucho frío. No se veía la luna. Estaba dentro de la bóveda celeste, justo en el centro. Estrellas desde cualquier punto a la redonda de la línea del horizonte y todo hacia arriba. El cielo no era aul, que era negro. Las estrellas estaban colgadas en el espacio. Entre las estrellas pasaba la mirada, esquivándolas. El espacio era infinito y redondo. Estaba al cincuenta por ciento entre las estrellas. La otra mitad, debajo de mis pies,  era un plano intenso, inmenso y obstinado de arena clara, plano perfecto, pero plano. Lastima.

Volví a la casa de adobe. Me senté junto a la pared , como a metro y medio de Mahmud. A Mahmud ya le conocía de otro viaje. Siempre callado y atento a Ahmed. Robusto hasta decir cuadrado. De rostro adusto y severo. Cuando se quitaba el zaen dejaba ver su pelo entrecano y rizado. Forrado en camisas, jerséis y chaquetón militar que nunca se quitaba. Me había llamado la atención que durante el viaje no paró de hablar con Sidi y de narrar y compartir risas que yo no entendía. Genin, fotógrafo de verdad, y que con el resto del grupo se había quedado en los campamentos, me dijo que le había llamado la atención, que Mahmud, al igual que sus sobrinos, llevaba calcetines que hacían el empeine más grande, de manera que no se podían abrochar los cordones de las deportivas. Que era una moda en España. Pero no. Mahmud estaba descalzo. No llevaba calcetines. Sus pies eran dos sobrasadas de Mallorca, o dos botillos de Ponferrada, de color marrón.

Quizás se dio cuenta que observaba sus pies. Se tocó con el dedo índice su nariz. Me miró y me preguntó: .- "...¿naris?". .- "¡Si!, nariz". Le respondí sonriendo. Y comenzó mi tortura de aquella noche. Se tocó dos veces su nariz con la punta del dedo índice y dijo: .- " anf ". Me di cuenta que trataba de enseñarme palabras de su lengua hasení, así que la repetí. .-" aanfg". De lo más profundo de su garganta salió un sonido gutural, corto y seco.  Su cara era de reprobación y enfado. Repitió: .- " anf". Me vi obligado, y lo repetí: .- " anfa". Volvió a repetir ese desagradable sonido gutural y profundo, sólo que con mayor desagrado en su cara. Indudablemente no lo había hecho bien. Volví a intentarlo, y así varias veces. Yo, cada vez mas preocupado y esforzado. Al final sonó un chasquido de su carrillo: .- "chaa", me sonrió y alzó el pulgar de su mano derecha. Me creí salvado, pero me equivoqué. Se tocó la oreja y dijo: .-" údun". Lo repetí: .-" udum". Después de varios intentos seguidos del sonido gutural, profundo y seco obtuve el "chaa" de aprobado. Después de la oreja fue el ojo, después del ojo la ceja, etcétera. Al final solía obtener el "chaa" al segundo o tercer intento. Solo hubo tres palabras que acerté a la primera: cuchara, camisa y portukal, que quiere decir naranja.

El objetivo de mi viaje era preparar una marcha de varios días que tuviese contenido histórico y cultural. La titularíamos La Gacela Dama Río de Oro. Una subespecie de gacela que con el nombre científico de Gazella Dama Lozanoi, incorporó al conocimiento científico occidental, Eugenio Morales en 1934. Eugenio Morales fue el primer occidental civil que visitó la región de Tifariti. Lo qué, aunque parezca mentira, no ocurrió hasta 1942.

Una marcha por el desierto sin más, a parte de cansada e incomoda, no servía a nuestros propósitos. Encima con culebras y escorpiones, menos. En julio habíamos conmemorado la primera excursión pedagógica a la sierra de Guadarrama. La que llevaron a cabo Giner y Cossío en 1883 con un grupo de profesores y alumnos de la Institución Libre de Enseñanza. Ahora nos gustaría conmemorar las expediciones españolas de carácter científico al Sahara. La primera la llevo a cabo Quiroga, profesor de la Institución Libre de Enseñanza, en 1886. No cabe duda de que la expedición fue épica. Salieron a mediados de mayo de Villa Cisneros, tomaron el trópico de cáncer como carretera y se adentraron en dirección este unos 450 kilómetros. En pleno verano llegaron a tener que soportar 62º centígrados. Además, en aquella época Ma el Aainín, cuyo hijo El Heiba tomó Marrakech en 1912, era el señor del Sahara.  Yo había leído los dos relatos de la misma; el del propio Quiroga y el del capitán Cervera. La expedición fue la misma, pero ls relatos son dos historias completamente diferentes.  Decía Giner de los Ríos que el paisaje es lo que cada uno lleva dentro. Pero claro, cuando el paisaje es completamente diferente al conocido. Cuando no hay referencias, ni son posibles comparaciones. Lo que cada uno lleva dentro sale mucho más.

En Erqueies Lemgasem, Sidi y Mahmud continuaban perdiendo el tiempo. Cuando llegamos se pusieron a buscar las pinturas, pero no las encontraban. El primer grupo de pinturas lo encontré yo. Luego , Mahmud encontró los otros grupos. Empezaron a preparar el fuego para la comida. Estaba claro que volveríamos a estar cerca de Bir Lehlú a la puesta del sol, y que dormiríamos otra vez junto al puesto de la Misión de las Naciones Unidas. Hash, encargado de la cocina en la misión, era primo de Sidi. Los puestos de Naciones Unidas que vigilan el cumplimiento de los acuerdos de paz se aprovisionan abundantemente por helicóptero desde Marruecos y se aburren soberanamente. Dos razones perfectas para que Sidi quisiese pasar la noche allí, comiendo y charlando con su primo. A mi no me importaba regresar un día mas tarde a los campamentos. Lo si que me molestaba era volver a tener una conversación estúpida con Sidi; el volvería a presentar la situación de tal manera que pareciese que era yo el que decidía pasar la noche all'ed. Y yo no estaba dispuesto.

Iniciamos el regreso. Con ayuda del cuentakilómetros tomé las distancias entre Erqueies Lemgasem y la montaña de Galeb El Annania y entre esta y Tifariti. Había tomado varios puntos de referencia con el GPS y con ayuda de mapas prepararía los tres días de marcha. De todas formas pediría a Brahim que nos acompañasen guías. El desierto no está como para ponerse a andar con un mapa y un GPS. Lo único que me quedaba era saber la distancia entre Erqueies Lemgasem y la montaña de Garet El Massiad. Donde intentaríamos terminar la marcha. En total serían tres días de marcha. El primer día andaríamos de Tifariti a Galeb El Annania. Galeb El Annania son dos montañas de forma cónica, no muy altas, pero que se ven desde muy lejos.  Lo que también les confiere un cierto carácter mágico es que el viento, y la arena que lleva dentro, han tallado las rocas, dándolas formas de esculturas de Gaudi. El segundo día andaríamos de Galeb El Annania hasta Erqueies Lemgasem, veríamos las pinturas rupestres y tomaríamos sureste haciala montaña de Garet El Massiad, la montaña más alta de la zona, acampando a mitad de camino. Y el tercer día subiríamos a la montaña. A esto habría que añadir un día para llegar a Tifariti y otro para regresar a los campamentos. Ocho horas diarias de todoterreno por el desierto no es un paseo precisamente. En estos trayectos aprovecharíamos para visitar el yacimiento de fósiles y los grabados en las rocas. También veríamos restos suficientes de material de guerra y agujeros en el suelo. Las ruinas del cuartel español de Tifariti, dinamitado por Marruecos en su retirada.  Y un triste detalle que no se escapa: el cementerio de Tifariti es muchísimo más grande del que podía corresponder a su población.

De regreso, Mahmud dijo algo y señaló algo. Sidi redujo la marcha y nos dirigimos hacia el sitio señalado. Nos bajamos, Mahmud empezó a dar patadas a una mata de cactus de unos treinta o cuarenta centímetros de alto. Los arrancó por la base. El y Sidi empezaron a recogerlos y llevarlos al coche. A mi me pareció estúpido que cogiesen los cactus por la parte de arriba, llena de pinchos. Apliqué mi lógica, racional pero estúpida fuera de casa, y cogí dos cactus por la base, donde no había pinchos. Los llevé al coche. Me llamó la atención que guardasen los cactus con mucho cuidado y bien tapados, bien para que no se cayesen o para que nadie los viese. Salek me contó que era una planta medicinal muy rara y apreciada. Que una vez tratada  mediante un procedimiento complejo y a base de miel se obtenía una medicina  que curaba los tumores. Me contaron que una española se había curado el cáncer de pecho gracias a esa medicina. Al cabo de una media hora empecé a notar la boca muy amarga. Me empezó a picar la nariz, lugo los ojos. La verdad es que me encontraba mal y se lo dije a Sidi. .- "¿Tu has tocado leche de cactus?". Me preguntó. .- "S i . Le respondí. .- Muy peligrosa, Una gota en el ojo te deja ciego. Paramos y me lavé las manos y la cara. Al coger los cactus por la base había tocado la leche del cactus, yo me había limitado a secarme con el pantalón. El picor aún me duró más de una hora. Moraleja: allí donde fueres haz lo que vieres.

Volvimos a pasar la noche junto a la base de Bir Lehlú. Hash nos trajo abundante comida, pescado y fruta. Después de cenar vinieron a tomar té con nosotros dos soldados saharauis y su oficial. Este se llamaba  Rizzo. ¿Sería familia del Rizzo que acompañó a Quiroga en su expedición?. Vaya usted a saber.  Llegó a los campamentos con cuatro años, de eso hace veintisiete. Había estudiado cinco años en cuba: tres en la academia militar general y dos en antiaéreos. La conversación fue amena, hablamos de mi viaje y de cuba. Cuando le pregunté cuanto tiempo llevaba destinado allí, se le esfumó la hospitalaria sonrisa, espero, y después balbuceo.  .- "....mucho".

Regresando a los campamentos, por Mauritania, pasamos junto a un circulo de piedras planas clavadas en la arena. .-"¿Qué era eso?". .-"Una tumba". Los nómadas no tienen cementerios, tienen tumbas, tumbas solitarias al lado de los caminos. Y para ellos la muerte es dulce, como el tercer té. Más adelante, nos cruzamos con unos diez camiones atestados de bultos y de gentes encima de los bultos.

.-"¿A dónde va toda esa gente?"
.- "Van a visitar a sus familias en Mauritania"
.- "Pero, Sidi, sí se llevan hasta las jaimas...."
.-"...  la mayoría regresa".