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Se han hecho duros e incompasivos
y de
los que quedan vivos y mal viviendo,
muchos
se han perdido caminando a la inversa,
buscando
pasados que viven en el presente
para
construir futuros que no llegarán hasta mañana.
Y es
que el dolor del momento es de quienes
lo
sufrimos viviéndolo.
Nunca
aprendimos a vivir aprendiendo,
porque
nos metimos en nosotros mismos
en el
afán de hacernos grandes...
¡y nos
estamos haciendo añicos!
No
quiero que llores, Madre...
pero
igual no puedo evitarlo.
Tus
hijos, de tantos y tan variados, no llegan a conocerse
y sin
embargo han aprendido a odiarse.
Están
en todos lados, destruyéndose, asesinándose
y
buscando justificaciones a lo injustificable.
Comen
de sus propias carnes y se envenenan a conciencia.
Ni
siquiera los buitres se atreven
a comer
de su carroña
Alguna
vez será que tu grito realmente se deje oir
y el
sonido se mueva a través del espacio
contaminando a
la ignorancia y la temeridad.
Yo
espero, Madre, que como desde siempre seas compasiva.
¡Ay,
Madre herida!
¡Sólo
tú sabes lo que duelen los hijos!
Los primeros,
los de ahora... ¡los de siempre!
Impotencia,
rabia, dolor y miedo...
Y los
ecos del grito se desvanecen entrando a los salones
de las
puertas cerradas, donde los artífices
del
pésame protocolario hacen nada conformándose.
La
impotencia gana tiempo y la frustración se encuba,
porque
ni los buitres se atreven comer de la carroña
de las
esperanzas que nunca llegaron
a ser
verdes...
¡Y es
que sólo tú sabes lo que duele un hijo!
Eso no
va a impedir que sigan gritando
las conciencias
que mamaron de la teta justiciera
que
ha vivido alimentando a millones de años,
millones
de hijos, millones de esperanzas,
millones
de mañanas, millones de dolores,
millones
de tiempos, millones de pésames,
millones
de hijos,
millones
de buitres... ¡Millones de Madres!
¡Ay,
Madre herida!
¡No
dejes de lanzar tu grito!
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