RETABLO DE NUEVA YORK


PRÓLOGO

 

Para acercarse a Nueva York con ojos (y voz) de poeta hace falta valor y tener esa necesidad, aunque ello –nunca se sabe– pueda ser o un presente de la ciudad de las ciudades o sencillamente un tributo que exige al forastero. Sin embargo creo que para ello es necesario ser tan sincero o mentir tan bien que es difícil pensar en cuánto sin rozar el rubor.

 

Los antecedentes literarios de la gran urbe, un currículo poético que, sólo en castellano y por elegir a dos aproximadamente próximos, alberga obras tan conocidas como Poeta en Nueva York de Federico García Lorca o Cuaderno de Nueva York de José Hierro, hacen que las posibilidades de salir con bien de la empresa sean tan pocas que solo una necesidad personal y poética muy sincera –o muy bien fingida- puede animar semejante empeño. Si a ello le añadimos que el osado (en este caso Andrés González), conoce (lo demuestra en sus versos) y se ha dejado seducir por esas obras y que el reto no le ha hecho temblar el pulso, el mérito es todavía mayor.

 

Porque hay similitudes entre los libros de estos tres poetas. Más de actitud que materializadas en la forma (diálogo con la ciudad, disposición de oráculo, tono sentencioso…) ¿Será porque ello es lo que propicia Nueva York a cualquiera que se le acerque?  ¿Será porque ello es lo que les sugiere a tres poetas con un acervo cultural próximo, precisamente por eso mismo, por ser poetas y compartir esa formación?

 

         En mi opinión, de este Retablo de Nueva York destacan, además de su verdad (en el sentido poético del término), su elegancia formal, algo de lo que dan fe poemas como La ciudad, en el que el uso de una forma métrica más propia de otra época que de hoy en día -la sextina- le sirve al poeta para marcar el tono del libro y, sobre todo, para definir cuál es –entre todas– su ciudad, el Nueva York que a él se le muestra.      

                                  

         Otra característica del libro es la forma de González de afrontar el tema social, adelantando el tono humorístico e irónico de la obra que, en lo que respecta a ese asunto, casi siempre tiene el poemario. Sirve como ejemplo de ello la Oda a la sagacidad burócrata. Para González, lo social en este caso, se concreta más en la denuncia del absurdo que en la de otro tipo de conflictos o desigualdades, algo que luego cambia en textos como NYPD o en la sección Poemas de Autoayuda, donde lo social aparece en un sentido más convencional. 

 

         Resulta particularmente original la forma en que el autor de este Retablo de Nueva York se acerca al caótico lenguaje que impera en la ciudad de las ciudades mediante un soneto, algo que nos acerca a otra de las señas de identidad formales de González, que consiste en conjugar modernidad y tradición. Así, mezclar castellano, inglés y spanglish, convirtiendo el poema en un pachtwork lingüístico resulta útil para definir ese “this real mess de lenguas abrazadas” y también eficaz para transmitir al lector la sensación que el fenómeno le produce al poeta.

 

         Imaginativa –por el peculiar manejo del tiempo resulta la intemporalidad a que nos remite Calle 72 revelándonos la omnipresencia del poeta que en este caso observa desde fuera de esas coordenadas unos hechos sobre los que no juzga abiertamente pero sobre los que emite de forma velada una opinión. Igual que sucede con la voz de World wide way of life, que es –o simula que es objetiva mientras describe las acciones y sentimientos de unos personajes sobre los que, aunque con elegancia, ridiculiza (no bostezan juntos: “sincronizan” los bostezos”; no comen: “degluten”, no hablan: se “dedican berridos”…

 

         Llama también la atención la elección de elementos del pop que le lleva a incluir titulares de noticias, fragmentos radiofónicos y otros más propios del ámbito de la publicidad que de la poesía ayuda al poeta a conseguir la música de fondo del poemario. O el uso de la canción que le lleva a repetir versos, lo que concede a algunos poemas un ritmo hipnótico (Tambor del llano), también tiene una notable relevancia en un libro donde entre algún verso bien acomodado de Gerardo Diego, la música –y el ruido están inevitablemente presentes.

 

         La contención expresiva y sentimental de los Poemas de autoayuda en los que el poeta se salva del peligro de caer en el lugar común o en buscar la fácil identificación del lector por el tema es una elección que también se agradece. En ellos (ver 11 S) González consigue a través de la utilización de diversos planos en el espacio y en el tiempo y de incluir referentes culturales distintos universalizar –o globalizar el mensaje al tiempo que transmite una (¿esperanzada?) desolación.

 

         America the beautiful, donde deja una puerta abierta a la esperanza –o al menos yo entiendo que es una de sus posibles lecturas es un buen colofón para este Retablo de Nueva York. Aunque podamos intuir el destino de esa persona que llega a América (o hasta el nombre de América, como el poeta), su fe en esa nueva tierra prometida le salva de caer en el desaliento. ¿O es otro irónico guiño del poeta?

 

         Todo ello me lleva a pensar que estamos ante un logro poético de nivel nada desdeñable y eso es de agradecer si se tiene en cuenta que Retablo de Nueva York es la obra de un autor joven que empieza a abrirse camino con paso firme en el ámbito público de la lírica. Un género y un ámbito donde a menudo uno se pasea por la cuerda floja con grave peligro de dar con sus huesos (y con sus versos) en el suelo, algo de lo que –es obvio se salva Andrés González sin que sea ése su único mérito. Algo de lo que tenemos que felicitarnos, también, los lectores.

                                                    Luis Fernández Zaurín