LOST HIGHWAY

 

Rodaba el contrabajo por la acera

erguido como el mástil

de una interrogación.

Iban a la deriva, el contrabajo y ella,

rodando entre los cláxones,

las cuerdas traspasadas por los taxis

como un San Sebastián agonizante.

 

–¿Habéis visto a mi madre?

–preguntaba la chica

con la diana del miedo

dilatada en los ojos.

 

Nadie la había visto.

Como Gretel, que no encontró el camino

de vuelta a casa, iba

dejando un rastro de colillas

sobre las losas gigantescas,

tatuadas de chicle.

 

Pero una homeless que iba a la rebusca

en la paradisíaca playa de ceniza,

en aquel cenicero desterrado

de los lugares bien,

bajo la marquesina del hotel de lujo,

guardaba esas colillas,

como los marsupiales,

en su bolsa de plástico,

en su pobreza azul con sobrepeso.

 

Así que Gretel no volvió a su casa

ni fue a parar a la de chocolate,

pero sí a la unidad

móvil de metadona,

en la octava, muy cerca

de la estación donde ella misma u otra

multiplicada en los espejos

clava unos ojos mudos en un mapa

mudo como los ojos de la esfinge,

pregunta por su madre,

por una dirección,

por la casa del aire.

 

Pero es que aquella casa ya voló,

se desplomó como si una paloma

desde el racimo de semáforos

en verde o rojo junto al Parque.

Se desplomó el castillo

de los naipes marcados.

 

De modo que es ahora

la madre quien pregunta por el hijo,

la sota por el rey,

la mujer por el hombre

en el yermo caótico del sur,

donde al fin desembocan en dolor

las stock options, los seguros médicos,

los planes de pensiones, los colegios privados.

En el mismo dolor que es el morir

entre el oro podrido de los sueños.