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LOST HIGHWAY Rodaba el contrabajo por la acera erguido como el mástil de una interrogación. Iban a la deriva, el contrabajo y ella, rodando entre los cláxones, las cuerdas traspasadas por los taxis como un San Sebastián agonizante. –¿Habéis visto a mi madre? –preguntaba la chica con la diana del miedo dilatada en los ojos. Nadie la había visto. Como Gretel, que no encontró el camino de vuelta a casa, iba dejando un rastro de colillas sobre las losas gigantescas, tatuadas de chicle. Pero una homeless
que iba a la rebusca en la paradisíaca playa de ceniza, en aquel cenicero desterrado de los lugares bien, bajo la marquesina del hotel de lujo, guardaba esas colillas, como los marsupiales, en su bolsa de plástico, en su pobreza azul con sobrepeso. Así que Gretel no volvió a su casa ni fue a parar a la de chocolate, pero sí a la unidad móvil de metadona, en la octava, muy cerca de la estación donde ella misma u otra multiplicada en los espejos clava unos ojos mudos en un mapa mudo como los ojos de la esfinge, pregunta por su madre, por una dirección, por la casa del aire. Pero es que aquella casa ya voló, se desplomó como si una paloma desde el racimo de semáforos en verde o rojo junto al Parque. Se desplomó el castillo de los naipes marcados. De modo que es ahora la madre quien pregunta por el hijo, la sota por el rey, la mujer por el hombre en el yermo caótico del sur, donde al fin desembocan en dolor las stock
options, los seguros médicos, los planes de pensiones, los colegios privados. En el mismo dolor que es el morir entre el oro podrido de los sueños. |