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IN GOD WE TRUST CALLE 72 Imagina pagar el alquiler en el Dakota Building. Imagina a un portero con librea. Imagina las vistas del 6º a Central Park que tuvo aquel que dijo bajo potente luz de focos: “Haz el amor y no la guerra”. Imagina al latino de El Barrio en el Dakota, que viene a repartir pizzas en bicicleta o friega la escalera. O al negro que lloraba en el oficio del Monte Nebo, en Harlem –antes de consolarse con el canto angélico del coro–, llevando hasta el vestíbulo en un taxi amarillo submarino a un melenudo de redondas gafas que también se desplaza en limusina. Radiaban el Imagine, su “I hope someday you’ll join
us”, después del 9/11, veintiún años después. “Ojalá que algún día te unas a nosotros”. Pero no en el Dakota, no os uniréis a él en el Dakota, donde todo es posible según Bernstein, donde la sombra de Lauren Bacall se viste primorosa para un cóctel. Yo he leído El
guardián entre el centeno. Me pareció mediocre. Mejor dicho: lo bastante mediocre como para que tantos la confundan con una obra maestra. En fin, que cada cual busque su gloria en el estercolero que prefiera. Pero esto es después. Imagina (decíamos ayer) un fresal encarnado como cinco balazos calibre 38 florecer en la nieve de diciembre junto a una limusina blanca en el corazón verde de Manhattan. Strawberry Hills
forever. El catcher
lo ha atrapado en pleno lunes. ¿Cómo? Si aquella misma tarde había aquel estrafalario dado la mano a Sean, a quien la nanny
lleva de paseo como otros tantos empleados llevan de paseo a los perros estresados que visitan psicólogos caninos. I didn’t mean to hurt you. I’m sorry that I made you
cry. “Que no lo sepa el niño por la radio” pidió a los medios la administradora de la fortuna personal del músico. Al pie del edificio, como una nube espesa de luciérnagas, coreaba el gentío And I’ll send all my
loving..., luego pasto de rumba y olimpiadas. Se diría después: “¿Tú que hacías la noche de la muerte de
Lennon?”. Como dijeron antes: “¿Tú que hacías la tarde de la muerte de
Kennedy?”. Como se habría luego de decir: “¿Tú qué hacías el once de
septiembre?”. Y cada vez pensamos, cada uno en su lengua: All we are saying is give peace a
chance! Give peace a chance! ¿El Guardián?
Todo el mundo debería leérselo una vez. Yo diría que Caulfield encarna una actitud adolescente de rebeldía que muy bien pudiéramos aplicar al conjunto de la masa social americana. Una oportunidad para la paz. Una oportunidad por un autógrafo. Una oportunidad para la fama a través de un exbeatle más conocido aún que Jesucristo. Ahora, Chapman, tranquilízate. Céntrate en la lectura de unas páginas mientras que llega y no la policía. Quizá John sí que pueda desde el cielo, mejor que desde el 6º, decirle a Holden dónde van los patos de Central Park en el invierno crudo. |