JUKE BOX

 

La sirena aturdida entre sus luces

y el percutor que tiembla en el asfalto

como un galgo ahorcado que agoniza

descienden a murmullo tras el vidrio.

 

El ruido sí, pero también la música

de un saxofón que tiende su arco iris

hacia la Estatua de la Libertad,

esa barbie Miss Liberty que dice:

Give me your huddled masses.

Dame tus masas y una monedita:

su sonido alimenta también mi corazón.

 

En el Battery Park mojan sus pies

las notas en la curva partitura

multicolor del arco iris.

El chapoteo musical invita

a bañarse en el Hudson vespertino

y una ardilla enigmática

atenaza la luz como una brasa.

Nada que ver –no busking

con el metro y su tedio obligatorio,

de día laboral.

 


El taxista empezó la incongruencia

con música de cámara

tarareada en el atasco

en vez de la sonata de injurias en A minor,

mientras los tubos de neón torcían

los recodos de todo el laberinto.

 

La siguió aquel ensayo al aire libre

de música naíf, panes y peces

multiplicados para la merienda

con escamas brillantes en el Fulton.

 

Después nos llevó el hilo musical

a alimentarnos de palabra adonde

Ariadna, traje azul, pamela enorme,

recogía algodón o atravesaba

la orilla de un Atlántico domingo

rumbo a África en un espiritual.

 

La tanta luz se convirtió en el tísico

hilo de una bombilla

que brillaba a través de la dulzura

de aquel sirope cantarín de Broadway.

Que nos mojó las alas en melaza,

nos empapó las alas en lo inane.

 

Nos acabó salvando aquel enjambre

frenético de jazz: un clarinete

escapado de un club, claro clarín

clavado en la diana de melaza.

El síncope. La sístole. La diástole.

Un clarinete. Woody, tócala.

Un solo de neurosis

antisentimental, espídico, vibrante.

Jazz en un tubo estrecho de bebida

por el que descendemos

a la altura del View.

 

Cipreses soñolientos,

pirámides de cieno,

columbarios de acero vespertino.

Cipreses soñolientos

que acongojan al cielo con su lanza,

pirámides de cieno

que ascienden la soberbia

luminosa de un rayo,

columbarios de acero vespertino

que custodian cien negros

con sus cien alabardas que desbordan

la bragueta y el marco

de una foto de Mapplethorpe.

Columbarios, pirámides, cipreses

que derraman su música interrupta,

su luz descuartizada.

 

Pero ahora volvamos a la hierba

donde espera la ardilla

con el lomo arqueado

en la tranquilidad de aquel atardecer,

en el Battery Park de Nueva York.

 

Tiene manchas de otoño prematuro

el saxofón dorado del verano.

Un saxofón como un túnel de luz

que lleva a la ciudad del arco iris.