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EL HERIDO
a Miguel Hernández, in memoriam No
sabrán morir los jóvenes soldados sin
sacar el pecho, con la sangre boca arriba, ésa
que huele a mar entre tus manos: sangre de tantísimos
heridos que perdieron la guerra. La
misma guerra que tú has perdido. Tú,
Miguel, el más herido, el único que conforta nuestro
ánimo en noches de bodega y trinchera, en
la soledad de la noche última, océano de carbón que llega a nuestras manos como confesión de
poeta. ¿Quién
arranca las estrellas del cielo y besa los latidos de una tierra que te llora? Porque
un soldado muerto es un poema de
acíbar en tus labios, condena y aliento para
un futuro que promete ser arduo como
el dolor que nos arranca la vida sin que podamos hacer
nada por ti, el más herido, el más cautivo entre los barrotes de una celda injusta. Tú,
Miguel, que
por la libertad sangras un rayo que no cesa, esposo
soldado, poeta de los débiles, defensor de
las raíces de un pueblo que te ofrece sus frutos para
elevar tu voz frente a las alambradas, para
recuperar la savia de tu furia y seguir firmes en la lucha de cada día.
Nosotros, que aún tenemos la vida,
te añoramos. |