SOLA, LA BARCA;
LA MAR, SOLA
Apartada, en un rincón de
ocres, la barca
recibía la bendición del agua. Esa mar que buscaba su sombra, con
soledad de gaviota en horas de crepúsculo, con el
rumor desgarrado de quien ansía la muerte
contra las rocas y persiste
en arrancarse los cabellos. Besos salados, abrazos de
espuma, añoran y
anhelan las tablas de la barca. Decenas de huellas sin rumbo
ni horizonte buscan su
infinito en la arena despeinada. Sola, la mar, requiebra su
locura de
muchacha triste en la ventana cerrada de la noche. Sus lágrimas hallan respuesta
en mi boca desnuda de algas, redonda como la luna
sin niño que acunar en las
frías noches que tejen las olas del invierno. La mar –sabed, amigos-
es el reflejo de mi alma. La mar, sola, siempre dentro
de su túnica azul, sirena para marineros que
podrán amarla en tierra, doncella de un ángel sin alas
que se ahoga en tristeza cuando no
puede verla, ni abrazarla. Recogí el corpiño de mi sangre
y, volviendo la vista, elevé un
arco de despedida. La barca dejó caer
un remo. La mar pobló su piel de redes
plateadas. Solas se quedaron a la
espera de mi regreso, al borde de la nada. |