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EN EL ANDÉN En los
adioses la boca recogía la memoria de los
días incendiados, de las calles nocturnas que
dormían bajo nuestros pies, o bajo la lluvia de un domingo triste, a la salida del cine. ¡Qué
lejos de ti mi cuerpo de barro en aquella hora! ¡Qué
solo caminé por las frías avenidas! En el
andén las lágrimas de hoguera recorrían mis mejillas y delataban mi dolor. Pero
sé que regresarás, que mi
carne no aceptará más esperas, ni andenes que
recorrer en tardes grises de invierno; con la
mirada roja de insomnio, fuera de mí al despedir tantos trenes con la garganta rota. Mi
boca romperá la soledad del hielo. Sé que
volverás a latir entre mis brazos como la sal marina que besa cada orilla. |