LA PINTURA Y LA MÚSICA EN EL

 

 CALLEJON DE HUAYLAS

 

                             

                   El nativo tiene propensión a la pintura. El magnifico espectáculo del paisaje le atrae a ello. Tiene a su alcance los materiales más ricos y abundantes. Lo más frecuente es que comience con un paisaje de la cordillera. El Huandoy, el Huascarán, el Copa o el Pelagatos son los motivos más frecuentes. El diletante diseña el cuadro ordenándolo en perspectivas y siguiendo en lo posible el orden de la naturaleza; traza el poblado de techos rojizos y pardos, con sus callecitas solitarias y parques melancólicos; avanza al campo y en la profusión y orgía del panorama escoge un prado de ambiente bucólico o las estampas de colinas en ascensión.

 

                 Todo el enjambre de la vida pastoril o el colorido musical de la naturaleza entran en la composición y culminante en la inminente majestad del nevado. Tras el esbozo se destaca el espacio en una sentida unción de profundidad y misticismo. Es el fondo luminoso del cuadro que el artista con maestría borda y rellena. El espacio y la luz son como el escenario del paisaje y los resortes esenciales de la pintura. El pintor subyugado por el encanto de la sinfonía sideral pinta cielos prístinos e impolutos como una canción azul o un verso de brillantes, sus paletadas hacen brotar celajes sutiles y núbiles auroras. La nube alada flota como una madeja de ilusiones, la niebla rosa anaranjada extiende su áureo manto y hasta el tono plúmbeo premonitorio de la tempestad ofrece su decoración y la maravilla del fenómeno metereológico.

 

                 Hay una intima tendencia al tinte azul y verde: son los colores de la lejanía y la primavera. Y en el paisaje que acuna este estilo y pone próvido en las manos un azul espiritual y trascendente. El artista que ha conquistador la atmósfera logra muy pronto transformar el color en melodía y colocar su obra en un plano incorpóreo.

 

                  Igual técnica es empleada en la pintura costumbrista.. La aldea solitaria, la humilde choza indígena, la milenaria ruina arqueológica, son orientados en la misma perspectiva; solo cuando el artista ha querido circunscribir su paleta a cosas aisladas y concretas prescinde del nevado y del cielo, pero entonces el espacio y el fondo del cuadro se sumergen en la verde tonalidad de la naturaleza, en aquel verde musical que partiendo de los jardines y praderas hacen historia en las ruinas incaicas y pátina en los musgos de las cumbres andinas.

 

                   Otro de los temas favoritos es el retrato. Indios severos, sobrios ceñudos, adustos en actitud demiúrgico; indias rozagantes de saya policroma, rollizas y exuberantes en la más apacible lozanía; caballeros de la ciudad o hacendados del campo llenos de hidalguía y ponderación; damas elegantes y magníficas, espirituales y casi etéreas.

 

                    El artista trata el retrato en todos sus detalles. La frente es la aureola de la cara y sello de su personalidad. Y en la mujer del Callejón la frente es amplia y dulce, reflejo y producto de su paisaje. Quien haya observado como las flores se dan mejor cuando más gozan del sol y se abren en su dirección comprenderá el efecto del paisaje sobre la fisonomía. De aquí que el artista se empeñe en buscar los límites precisos y el tono requerido de la frente para lograr una obra fiel y de arte.. Y con fortuna consigue su objeto y sus lienzos nos ofrecen frentes serenas como un cielo de mayo, frentes suaves y arrulladoras cargadas de ilusión y ensueño, frentes especulares como si luces y músicas interior lo iluminaran, frentes melancólicas en las que el fuego de una pasión hubiera dejado su huella de amor.

 

                  En la belleza de una mujer no puede dejarse de un lado la mano. En esta tierra de las magnolias y margaritas, de los cielos tersos y prístinos, las manos de una mujer no podían ser menos liliales y diáfanas.. las manos son las mejores embajadoras del tacto, ellas nos dan el placer de la suavidad y de la voluptuosidad de la blandura, transmiten y reciben la emoción, son sabias en la expresión y caricia, su lenguaje tiene una riquísima sintaxis y lo que es más figures que deslumbran y subyugan. Siendo las manos ejecutoras d la idea y el sentimiento son el reflejo del alma y del corazón; se burilan en su lumbre. De aquí su poder y riqueza expresiva que supera a todo léxico. Nada igual al poder comunicativo de dos manos enamoradas que se enlazan. Ni la más fluida elocuencia seria bastante si en una declaración amorosa las manos no prestaran su sortilegio y hechizo. Casi siempre basta un apretón de manos para que dos almas se hayan fusionado y dicho mil albricias.. manos santas de madre que son  cauterio del dolor; manos diáfanas y angelicales de virgen, émulas de las rosas y que como alas de querubines señalan la ruta de un edén; manos místicas de vestal hechas para la oración y el arrobo eucarístico; manos abstractas como una idea o una nube, hechas para la demostración del pensamiento y exégesis de la filosofía; manos espirituales hechas de flor de lirio y perfume de clavel para engalanar ilusiones y quimeras; manos blancas de armiño que alumbran y hechizan; manos gráciles y donosas mensajeras de la amistad; manos de ave, aterciopeladas, satinadas y sedosas hechas para el deliquio y el efluvio; manos tímidas y tibias que se arrullan como tórtolas; manos sonrosadas y sensitivas saturadas de luz de aurora y de melodía musical; manos pulcras y elegantes hechas para deslumbrar y pontificar en los salones; manos augustas de porte palatino, hachas para recamar mantos reales y darlas el beso cortesano; manos pálidas y refinadas de princesas hechas para la fascinación y ensoñación; manos señoriales y apolíneas hechas como un verso o una cadencia;  manos carnosas y pródigas llenas de zumos y miel; manos ávidas y nerviosas hechas ara el arrebato y el éxtasis; manos escuálidas donde la melancolía pone su congoja; manos blondas y fragantes de doncellas que cautivan y conturban; manos ardientes y sonrosadas de la amada en cuyas cuencas bebemos los filtros del amor y cuyos dedos enhebran en nuestra cabellera idilios inmortales y poemas novelescos, manos éstas tan queridas que su contacto nos electriza y nos anegan como en un tibio mar de pétalos; manos armoniosas de las artistas hechas para la liturgia del ritmo y la coreografía de la danza; manos de morbideces ambarinas de las cortesanas, expertas y lúbricas, hechas para el enervamiento y la embriaguez voluptuosa.

 

                 Tal la pasión del diletante que no omite detalle para hacer lucir la mano y poner fanales en las yemas de los dedos y lacas y luz de jazmines en las uñas.

 

                  En Recuay, Moisés Gonzalez Moreno y Mauro Aquino cultivaron la pintura del retrato con logro y promesa. Son los epígonos de un estilo romántico. Carlos Vivar incursionó por el campo vernacular. Humberto Chávez Bayona, José Guillén y Enrique Paredes Palacios, el la remota generación jáv en huaracina fueron destacándose con energía y elegancia. Cávez Bayona en sus lienzos “La Imponente Cordillera Blanca”, “El Paisaje Típico del Calleján d Huaylas” y “Claro de Bosque”, muestra su maestría paisajista y su fácil expresión. En “Manoletina”, “Chola Hilandera” y :Desnudo de Mujer”, tiene empeños ecológicos y y bordes cromáticos. Guillén en la copia de “La Mujer del Velo” ha puesto cendales en el lienzo y tul en vez de cubrir hace resaltar la desnudez florida y triunfante. Paredes Palacios, tiene afanes cósmicos: son los paisajes que le embargan y hacen aflorar su afición telúrica. “El Puente de San Francisco” es una acuarela que le revela inconfundiblemente.(En La exposición de acuarelistas en la Capital peruana en 1955, obtuvo una mención honrosa).

 

En Carhuaz la pintura tuvo con Teófilo Castillo, destellos clásicos. Discipu;lo de Vuodat y Bougereau, llevó por Europa su emoción artística. En la Exposición de Luxemburgo, obtuvo la Medalla de plata por su “Virgen Consolatriz”.

 

           En Yungay, Félix Chávez y Max León fueron los pioneros de la plástica. “El Astrólogo” de Chávez es una muestra de paleta fina e inspirada. El dominio del gris y del verde revelan al artista de calidad. Max León, poeta y místico se dio a la sublimación de la línea. Sus denudes de mujer y sus paisajes del “Huascarán” le valieron en Paris merecidos aplausos. A la señora Clemencia Chávez, la afición a la pintura le viene por herencia. En “La Agonía de Cristo”, de su ilustre padre don Félix, se encuentra el origen de su arte. Tal el lienzo de “Santa Teresa”, de “La Madre” y de “La Abandonada”. En su pincel los tonos azul y rosa tienen prelación, Julia Tello Olivera fue la más reciente revelación yungaina. Su paleta ágil, sutil y sensitiva trazaron espacios luminosos, fondos sonoros, perspectivas poéticas, donde la melodía del color arroba y el arrebol del paisaje hace soñar. En “La Casa del Oso” las aguas se mueven y el rumor de la floresta orquesta partituras de color.. En sus lienzos el claro oscuro hace maravillas y los colorea azul-verde, tendencia a la pintura del Callejón, se moderan con los tintes pardos de que se vale. Los modelos barrocos hubieron influenciado en ella, por eso sus paisajes blondos y flexibles, aquellos rostros de rosa y aurora, de melodía y espiritualidad, de idealidad e incorporeidad que son su característica.

 

           En Corongo Esteban Paredes Bernuy, captó tonalidades primas y se nutrió de las más pura emoción andina. Dibujante de Variedades, tuvo audaces interpretaciones. El lienzo de “Don Amadéo Bulnes” sintetizó el matiz de su pintura y el estilo de todo su arte. Ganado por la influencia de Miguel Angel se esmeró en tamizar el esbozo y dar fisonomía a la obra. Una inquieta rebeldía espiritual, que lo llevó muchas veces a la prisión, le dió un sello inconfundible.

 

             La música  es un ritmo que no solamente deleita el espíritu sino que lo eleva a un mundo nuevo de sensaciones; y cuando más se le cultiva o se la goza predispone mejor y crea una ansiedad y desasosiego insatisfecho. La impresión de la música en los temperamentos nerviosos es decisiva: crea al artista o lo precipita a la fatalidad. Es que la música actúa sobre la sensibilidad y como ésta tiene su límite la exitación lo coloca frente del desborde. Esto explica la influencia del acalorado feroce de las marchas guerreras en un combate: una sonata en los temperamentos apasionados. Tal la Marsellesa de Rouget de Lisle o la sesión musical en el “Otelo” de Ludwing.

 

              La melodía deleita, procura el placer de manera tan grata que no harta ni cansa. En sus dominios no se conoce el hastío. Y como la sensibilidad se sobrexcita con la música la ansiedad del placer aumenta insatisfecha. Nada agudiza, refina y excita la voluptuosidad de los sentidos como la música. Los amantes sin saberlo se valen y los expertos lo explotan.

 

               En este ensayo abordamos el campo de la literatura musical solo en cuanto constituye un lenguaje de formas del paisaje. Suave o estacato, allegro o  feroce, la música es un lenguaje, ora en el tono profundo de los violines o flautas o en la música etérea de los órganos. El artista, habitualmente enriquece la plástica musical; licua el color en el sonido y tenemos el azul-índigo en el arpegio de las liras y el oro y la púrpura en el fragor de las cornetas. La armonía musical se hace constructiva y arquitectonal y fluyen sonoridades maximizas o leves como de templos y monumentos, decoraciones y arabescos barrocos, capiteles bizantinos, columnas persas y salomónicas, estrías dóricas, florones árabes, fretes y frisos florentinos. Invade la religión y la liturgia musical se reviste de sederias y brocados, se recama de oro y piedras preciosas, se hace solemne en la majestad del templo, fastuoso en el espléndido ceremonial, asceta y místico en las voces atormentadas de su coro..

 

                Los sonidos tienen un mecanismo físico que se refleja en nosotros en vibraciones espirituales, diferenciadas en cada persona solo por la idea y la intensidad. Un acorde nos impresiona según su ritmo y plasticidad.. El ritmo animado nos comunica alegría y el lento tristeza y melancolía. Y para lograr el objetivo perseguido por el artista bastará recurrir a los recursos y resortes técnicos de la plástica. Dentro de este concepto el artista tiene la posibilidad de recurrir en cada caso a las combinaciones de ritmo melódicos en proporción suficiente para lograr la euforia o la melancolía. Tal la obra de Debussy o de la de Bach, donde la música en un plano abstracto opera pura y nítida, exenta de complejidades intelectuales o sentimentales. Tenemos también la música anecdótica y biográfica, la música con tema o idea, con ambiente y escenario, con leyenda y patina, con folklore e historia, como la Serenata de Shubert, Walkirioa de Wagner o la Pampa y la puna de Valderrama. Un verdadero paisaje musical donde se hace acopio de originales y riquísimas normas litúrgicas y referenciales y en el que los motives extramusicales relievan la obra. Es en esta interdependencia de valores donde la música adquiere contenido humano y social inconfundible. De aqui arranca su influencia en el pueblo y cuando se diga de la música popular se estará hablando invariablemente de un alma producto del paisaje.

               Hay en la música de Ancash tonalidades cósmicas que el artista del lugar trata de someter a temas estéticos y sociales. El fragor del trueno, su estruendo y retumbar en el espacio, el estridor crepitante del rayo, el aura leve o el huracán bravío, el tenue murmullo de las ondas de los lagos, el rumor del río o de la floresta, el rutilante espejo de las nieves y el fúlgido sol por sobre el paisaje multicolor, el melancólico repicar de las campanas, el arrullo de las aves, la fragancia de los frutales y el perfume de las flores son materiales que en manos del artista se tornan en mallas sutiles, en encajes musicales, en cascadas de oro, ríos de miel, floración de arabescos, sortilegios mágicos, constelaciones estelares y sinfonías luminosas que sirven para construir castillos incorpóreos, palacios sonoros, guirnaldas y bouquet de tonalidades hechizantes y para crear poemas y ensueños y engarzar penas y esperanzas. Un verdadero paisaje musical donde el alma se desliga, se difunde y anega en el concierto del universo.

 

              El indio modula una música melancólica y producto del paisaje aterido de la puna y rezago de tonos que le viene de muy lejos. Hay en su música la nostalgia de una pasada grandeza y el furtivo anhelo de un goce místico. Cuando el indio tañe su quena se sume en la evocación y el ensueño, se enajena, se torna visionario. Y la melodía brota exacerbante, arrebatada o tenue, borda lamentos  o suspiros. El eco de esta música resuena en las encañadas, se proyecta en la acústica de la montaña y gime como una pena o un lamento.

 

              En el valle el juglar matiza esta música, lo hace sociable, sensual y fascinante. Pléyades de conjuntos irrumpen en la capital llevando matices singulares del “Huayno” y la “Marinera”.

 

En las ciudades se cultiva la música clásica y es altanera con la de salón. Los bohemios y noctámbulos son expertos en la música transida de la serenata. Y en los bailes el vals adormece a las parejas y al envolverlos en el torbellino de su vértigo los hace soñar en aventuras románticas y deleites inefables. No así la música actual, contemporánea, perrera y cambiante, que atrona los espíritus normales.

 

EL  HUAYNO

 

             El “Huayno” es una melodía onomatopéica. El artista indio ha dominado y captado las voces de la naturaleza y lo ha sometido a su métrica musical. Es el céfiro que juega con la fronda de los bosques y da a brotar una melodía alegre, es el rumor de la fuente, del río y de la cascada, es el trino de las aves, el ritmo del trigal, el garbo de las flores, el esplendor de las auroras y la alegría del sol. Tiene el calor, la gracia y desenvoltura de los paisajes de los valles y aquella sutilidad de los de la puna. La luna le presta su ensueño nacarado y el cielo arreboles de oro y plata, los celajes sus nubes y la fiesta de sus estrellas..  La melodía se enriquece y se engasta con aditamentos de arte, ora tiene la arrogancia y la majestad del vuelo del cóndor, el compás erguido y alquitarado de las llamas, la agilidad del gamo, el ritmo terso y afelpado de las vicuñas, el arrullo de las torcasas, el trino de las aves, la angustia de la jalca, la vehemencia de sus caminos y el celo del deseo y la ansiedad de lo espiritual. Luego entra en la composición aquella vena nostálgica del indio, su espíritu mágico, su cosmogonía, su mítica, las grandes melodías del silencio de la montaña y de su alma, el misticismo, el grito de las fieras, la oscuridad y la luz de su ancestro. Entra la melodía con engarces de pena, de ruego y alborozo: es una historia del pueblo y la comunidad, el dolor de las derrotas o los himnos del triunfo. El romance le da su nota central: es el amor y la aventura que ofrenda sus galas llenas de ilusión y de ritmo. De aquí aquella orquestación singular indígena donde el preludio tiene suavidades de flor o de nube y fugas de huracán y tormenta como si dominados el viento, el trueno, la tempestad y el relámpago dejaran su eco para exaltar y estremecer la esperanza o la pasión. Los sones multífonos se eslabonan y se decantan, evoluciona el ritmo, asume contornos definidos y aires de abstracción y el artista indio que ha logrado suavizar e idealizar la melodía consigue también dar a la música autóctona una modalidad discursiva y descriptiva. Resulta entonces que “El Huayno” es una composición musical quintaesenciada, expressión del paisaje y del alma popular.

 

                                          

 

LA MARINERA

 

 

                    Otro ritmo popular representativo es la “Marinera”. Su melodía tiene el  aderezo de lo indio con la vena del español de la conquista. Es un filtro de las ceremonias orgiásticas de Grecia que al pasar por la zarabanda persa y cachuca Mozambique llegó a España a refugiarse en la Jota aragonesa y el fandango andaluz, para luego enlazarse con el yaraví y el huayno y dar a brotar la marinera .  

 

             Esta síntesis y esta historia tenían que nacer de ella un ritmo mágico y una rapsodia musical. En efecto, mientras el huayno es la floración y el ritmo de la línea recta, la marinera es la luz que crepita de la tension del arco o de una línea curva. Mientras el huayno tiene fulguraciones nacaradas de aurora y de luz de la mañana, la marinera es la fiesta del sol del medio día; mientras el huayno tiene ritmos que diafanizan al alma la marinera embargo con su fanatismo y lascivia; mientras la línea recta se rebela y crispa en el huayno, la línea curva hace ondulaciones sensuales en la marinera. Son los aires de la virilidad que impulsan a la conquista, la altivez que da arrogancia y solemnidad y y que al venir desde muy lejos y de muy dentro dan a verberar aquel ansestro lúbrico, negroide, perdulario y cósmico de su fisonomía.

                     El compás de la marinera es de 6x8 y consta de cuatro periodos. En el primero  el preludio hace una entrada de laberintos con ritmos ágiles y versátiles, insinuantes y provisores. En esta parte el tambor y el cajón hacen llamadas al bombo, al arpa o a la guitarra; los redobles instant con toques de fondo y extreme; entonces la melodía entra con tiento y mesura, contesta y garbea ritmos de aliento, sabrosos y provocativos. Es un careo y una justa de ritmos sortílegos. En este periodo las parejas salen al ruedo y esbozan cumplidos y requiebros de la más salerosa cortesanía. Luego entra en escena el compás bailable y, la chispa de la jarana se enciende: la melodía tiene ritmos de contorneo y esguince, de algazara y coquetería, recorta y pule figures rítmicas, glosa bizarrías y anécdotas, transita epopeyas e idilios, romances y quimeras. En esta parte la melodía se acicala de giros y tonos más solemnes, es una música litúrgica revestida de la más donosa plasticidad, insinúa transporte y ensueño, adoración y vértigo. La música ejecuta cadencias precisas y verbosas, describe escenas, sentimientos e ideas que objetiviza e idealiza en el ritmo. La expresión dramática de las parejas se enriquece, los cuerpos traspasados por el embrujo de la melodía recitan ritmos y movimientos alados y como en un verso se fusionan para florecer en la rima.

 

                La música ingresa a un periodo de remanso, es un marasmo sinfónico, hace sondeos y requiebros, es la resbalosa que retoza de malicia y socarronería; una melodía recóndita da a brotar guaraguas y molinetes que afloran en la cintura y flamean en el pañuelo. Y finalmente se avecina la fuga, la anuncia el guapeo del público y un coro de palmas. La música sube de dosis y la melodía es una visión delirante, de acordes brillantes y dinámicos. Las parejas de la solemnidad de la coreografía han pasado al torbellino de la fuga; el ritmo es un raudal que avasalla y el movimiento una tromba que lo rebulle todo. Galopa el pulso y la sangre arde y crepita, se incendia y estalla.. Ha llegado a la sublimación y un compás final anuncia la muerte del rito. Y la música tras haber sobreexcitado a las parejas lo serena y los devuelve a la realidad como desmaterializados y despojados de toda sensualidad.

 

                Tal la marinera, una melodía y una ceremonia en la que las parejas se endiosan y el público ora y delira. Mientras las parejas se arroban en el éxtasis el público se encandila y excita, estalla y jalonea frenético, Mientras los movimientos de la pareja es una canción el público corea estribillos ardientes. Los mismos músicos entran en escena, se enardecen y su lascivia pasa a las cuerdas y al ritmo, ayudan al compás y sus cuerpos como batutas embriagadas y desgarbadas vibran y urgen el ritmo.

 

                 En la música y la poesía el natural hace entrar en escenario a la mujer. Es ella que inspira su canto o motiva su pena; su influencia da al producto musical o literario del paisaje una cauda de melodía y perfume. La India de saya multicolor cuando joven es sabrosa y una graciosa zalamería da a su persona un hechizo singular. La cara tostada y redonda, su busto erguido y amplios los senos cargados y rematados en cabeza de limón; las caderas anchas y macizas, las piernas severas y fuertes hacen juego con el escenario colosal de los andes y encienden pasiones agitadas, idilios felices o trágicos. En las ciudades el tipo de mujer se idealiza. El clima suave, la vida lánguida y sosegada de los poblados, la holgura, los grandes salones de casonas conventuales, las artes plásticas y suntuarias, la cultura , la religión, el ambiente han forjado un tipo de mujer que propios y extraños califican de bello; suave y sedosa, el sol pone sobre su piel visiones ambarinas; vaporosas e irreal, flor de donaire y perfume de ilusión, es el númen de los bardos. El elemento humano y social invade el campo musical, es el amor y la mujer, la belleza y la aventura lo que le estimula. Cuando no es el artista que crea, al aficionado, y aquí comprendemos al pueblo, no le falta un instrumento conque expresar su pena o alegría. El cultor musical tiene refinamientos inverosímiles. Su guitarra es como una mujer engreída, llena de adornos e incrustaciones y cuando lo toma sus manos se estremecen de alborozo y lujuria; una ansiedad febril, mezcla de sensualidad y misticismo le acomete y, con extrema cautela tiembla y afina para luego pulsarla en ejercicios e introducciones atrevidas y difíciles. Tras el minucioso y florido registro aborda el tema; gimen las primeras en la digitación exacerbada y nerviosa y poseído y tocado la fibra de su genio el cultor se remonta en elevadísimas escalas, se refunde en sonoridades profundas; los bordones revuelven las entrañas y los mundos se desbordan como ríos, irrumpen como volcanes, atruenan como la tempestad, fluye el rayo y su luz ilumina el caos, condensa la naturaleza convulsa y, va dando forma a las cosas a los seres y el poseído espera ver brotar la adorada imagen de la amada ausente y lejana o la voz inequívoca de la querida desaparecida. Otras veces es la melancolía, el reclamo y el cariño que se desbordan al pie de las ventanas o balcones como un remanso musical impregnado de esencias narcóticas.

 

                  En la soledad la guitarra se estremece de dolor, la música se reviste de nostalgia y el artista vierte sus lágrimas en la melodía mientras sus dedos sangran su pena en la malla temblorosa de las  cuerdas. Otras veces las guitarras prestan su arrogancia en la diversión, la música de baile enardece sus cuerdas y el cultor arranca a los bordones voces roncas, escalas densas y pasmosas, colmadas de sensualidad que llenan de vibración las buhardillas y ventorrillos. Es el embrujo de las cuerdas y de la música que logra la expansión vital del hombre y de la derivación de sus inhibiciones y abstenciones por causes melódicos. Roto el cerco de contención se muestra rozagante y discurre la alegría en torrentes musicales llenos de esperanza y vigor. El guitarrista está como un médium prendido al instrumento, sus manos frenéticas recorren el traste con maestría lasciva y surgen notas lánguidas, gemidos entrecortados, ondas voluptuosas que contagian y conturban, que estremecen y hacen estallar.

 

                  El guitarrista conoce el efecto de su música. En las cuerdas de su guitarra se mece la ilusión y la fantasía, se urde la intriga de las pasiones, los requiebros se cimbran y hacen esguinces y el galanteo como en un trapecio hace equilibrios y malabares rítmicos. Escoge su canción o lo compone. Las voces del hombre se difunden en una ansiedad varonil; es la voz de ruiseñor en su canto a la aurora; las voces de las mujeres sollozan de ternura, se diluyen en ensueños: es la música de la alondra que llama al amor.

 

                 En Huaraz existieron varios conjuntos musicales, y hubo un Conservatorio Oficial de Arte Vernacular. Pero la música folklórica con emoción y sabor popular y no exenta de resabios culturales estaban el repleto cartapacio y en la encandilada cadera de las guitarras de Wily Guzmán. Musicógrafo y bohemio. Ultimo Inca de Pumacayán, amauta de calles y plazuelas Wily Guzmán deambulaba en torno de los cafés con un séquito de caciques de la juerga. El tufo de una mesa vecina los había tentado y, sentados alrededor cominzan la sesión musical; uno que otro admirador lleva la batuta hacienda que el mozo sirva otra tanda. Poco a poco Wili iva cediendo a la inspiración, los temas se aglomeran y rebosan, se escapan de las pautas y de las llaves y, les habla de la música como de un reino de hadas, donde princesas raptadas de sus palacios por genios malignos fueran despertando de su sueño por el conjuro de la melodía. Tal el efecto portentoso de su última creación que luego de escarbar en el infalible “Cartapasio” muestra a los ojos atónitos para enseguida hacer la lectura con el tamborileo de sus dedos sobre la mesa. Nada iguala al poder de la música. Wily que lo supo ejecutó ritmos cabalísticos, sones abracadabrantes y, las botellas tocadas por el hechizo se escancian, las copas se llevan y el “séquito” obla el tributo lleno de admiración y orgullo. Wily como un pontífice de la liturgia musical imparte reglas y preceptos, distribuye papeles, recomienda órdenes y se apresta a partir; el “séquito” maravillado ve que las cosas se difuminan, que las casas dan vueltas y ante la inminencia de perder a “Wily” en el torbellino del caos se agarran de él y, sobreviene el milagro. Wily toma la batuta y toca a fuga. El “séquito” se ha dispersado en ondas que cabriolean. El programa del día ha tocado a su fin. Por la noche el “séquito” se selecciona. El programa apunta música de “serenata” y señala una nomenclatura de calles donde el perfume de una mujer guarnece una ventana. “Wily” es el tenorio de la música; por las primas de su guitarra vuelan y juegan las aves y las flores. Irrumpen dardos, se vuelca el !carajo!; braman de ira y de ansiedad los bordones, se agitan y revuelven con las pasiones que afloran; hace piropos delicados, endechas salerosas, brindis elegantes; y cuando compone óperas acicala con disimulo una melodía cosquilleante para armonizar la severidad de la pieza. “Wily” fue profesor de música, su fama rebasa a su cátedra. Pero lo que le ha dado el título de “Maestro” no es tanto la enseñanza del solfeo como su cundiría juglar. “Wily” fue un mago de la guitarra, jamás la toma del traste, ha de ser de la cintura, por algo le llama Eloisa y ha mandado grabar con nácar ese nombre al pie de la sirena incrustada en la falda. Y con ademanes de galán rendido hace el papel de Abelardo y toma a la amada Eloisa con finura romántica, para acabar con requiebros de varón en cello; las cuerdas vibran, jadean impacientes, se ahogan con emoción, se enervan en el paroxismo y, las manos de “Wily” crispadas por la inspiración ejecutan maravillas y sortilegios crepitantes de morbideces rítmicas que seducen y embriagan a los oyentes y dejan exhaustos al “Maestro”. “Wily” es el resumen del “séquito” y el índice de una centuria literaria. Su inquietud lo hubo llevado a tentar las musas del parnaso y a templar prosas de compases majestuosos.

 

              En Yungay Amacho Molina tiene fama bien ganada de virtuoso y juglar. No hay juerga sabrosa sin el arpa o el violín de Amacho. La naturaleza le negó el don de la vista y todas sus facultades se reconcentraron para la música. Sutil en la letra y en la melodía, hábil y con un presentimiento instintivo de las formas bellas. Sus canciones picarescas describen siluetas y fisonomías con admirable exactitud y, jamás galán precavido pudo desorientarlo haciendo recorridos de laberinto para emplazarlo al pie de una ventana sin que al instante le hubieran identificado. Amacho era un cultor musical de grandes cualidades; organista de la parroquia, su voz tiene inflexiones místicas, se difunde en el templo como volutas de incienso, tiene angustias de penitencia y sus lamentos son como voces proféticas que hacen vibrar las bóvedas y estremecer el aterrido rebaño; farrista sempiterno, no desdeña ofertas ni escatima su buen humor y, mientras la melodía de su guitarra presta su embrujo a la fiesta sus canciones de fuerte sabor picaresco despabilan y ahuyentan recatos. En el jaleo medra su lascivia y con voz frenética excita a las encandiladas parejas; en las caídas del ritmo algo así como un desmayo de la virtud o de la melodía parece suceder, para luego levantarse con aire de insatisfecha y triunfante sensualidad y para ungir la farra victoriosa. Tal Amacho, prototipo del juglar picaresco en quien la ambición acicatea en su empeño de suplantar galanes y hurtar doncellas.

 

             En Caraz “Mister Flaco”, don José Figueroa, un bohemio de la guitarra, es el representante de los bardos jaraneros y tenorios. Su voz de flauta ahora ya ronca como las de un arpa, hería las noches, escalaba balcones, abría puertas y despertaba damiselas. Su voz tenia impostaciones de añoranza y melancolía y sus viejas canciones cautivan por el aroma de evocación y de recuerdo. De todas sus aventuras y proezas no le quedó sino su vieja guitarra a la que se arrimaba en busca de ternura. Y como un traste largo templado para serenatas se le veía a “Mister Flaco” posar su bohemia en las tertulias caracinas.

 

             El canto tiene cultures de vocación. Es en las filas de la mujer que la vena del buen gusto señorea. La Iglesia tiene el privilegio de las mejores voces corales. Es bajo la solemnidad de sus bóvedas y la suntuosidad de sus altares que los coros como palomas místicas pueblan la majestad del ambiente. En una misa cantada de Domingo una voz de contralto descorre el velo del silencio y va subiendo en ondas temblorosas por entre las flores de los maceteros; escala por las volutas y racimos de las columnas barrocas, se mece en las alas de los querubines y refulge en el oro de los arabescos y cenefas. Las voces del coro entran a la estrofa y un dulzor armónico va ganando a las almas, los hace flotar, los eleva en la fantasía musical gregoriana hacia las regiones del empíreo. En las distribuciones nocturnas de algún novenario los coros libres del ceremonial y ritualismo de la misa, dan a escuchar un florilegio angélico y ameno; son himnos que alborozan, cánticos que envuelven de dicha sana y confortante. Otras voces angustiadas dan rienda libre a su dolor y la melodía como un sollozo da a escuchar la pena que se agranda y hace trágica en el eco que devuelven las bóvedas y en las estrofas que repiten las almas dolientes.

 

             De vez en cuando las funciones teatrales de beneficio logran anunciar un programa de canto. Debe haberse vencido el pudor de alguna corista de iglesia. Y el público afluye rebosante. Música clásica u otros motives se ha escuchado y aplaudido.

 

              Es en los salones donde reina la gracia del canto. Las voces se lucen en ella, rivalizan en donosura, se destacan y surgen prodigios que resumen y quintaesencian la música de cámara y dan sabor al aire popular. “Estrellita” doña Rosa Orellana en Huaraz era una de ellas. Su voz de contralto soprano llega nítida y argentina hasta muy cerca de las cuatro octavas y en su laringe gorjean canarios inspirados por la maravilla de la aurora. Tal la diva vernacular, primitiva y en desazón, reacia al artificio y sofisticación de los estilos y de las escuelas, como una mora silvestre, como un capulí. Nadie como ella puedo edulcorar la nostalgia y hacerla más querida.

 

               Héctor Ochoa, era un artista de la música tenia empeños canonistas y su influjo en la cultura huaracina es decisiva; es el maestro de varias generaciones. Alejandro Collas, cultor vernacular, mantenía la afición musical y era de los mas destacados de las melodías criollas. Fausto Maguiña Cerna y J. Santiago Maguiña –Chauca folkloristas han recopilado en canciones el aservo musical de Ancash. Ygualmente Lolo y Nini Sánchez Guzman, su padre don Elezar, el famoso Sacastrán, el Chiste, Jaime Loli Romero, Neco Estrada y Jorge Betancour Pagaza.

 

                En Carhuas Fortunato Guardia y Miguel Peñaranda eran los custodios de la música popular. En Corongo Juan Olievra, Garay y Oscar Armijo hn logrado captar partituras cósmicas y su música impregnada de lirismo tiene expresiones sensibles. En Cochucos Adalberto Oré Lara bebió en las linfas cristalinas del terruño las más tiernas melodías de la sierra y su vocación natural lo llevó a la música popular. Sus valses dulces y nostálgicos como Murió el Sargento” Oh Victoria, “Nunca Podrán”, “Si don Luis”, tienen un dramatismo y una vena que embrujan. Igualmente Raúl Cardoso Araujo, virtuoso del concierto de cuerdas, nos alegra en la actualidad con esa música de antaño querida.