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TEMPESTADES
En la cordillera es frecuente que estalle una tempestad. Torbellinos de
oscuras trombas de nubes ponen su brochazo de óleo oscuro en En la composición de estas escenas entra el oro en abundancia, o
se funde y corre a raudales o se incendia y flota en llamaradas, se evapora y
difumina al horizonte, arrobando los sentidos y la fantasía. Y mientras el
oro metálico puede en la ornamentación artística lograr efectos maravillosos,
el oro solar tiene la pompa de lo trascendente; el uno abre el mundo de la
belleza gótica y renacentista y el otro el del estilo barroco en toda su
amplitud optica-impresionista. En el primer caso el
oro enriquece la decoración, en el otro cumple el rito representativo del
esplendor solar. En esta epopeya de la naturaleza, la pintura y la poesía se
colman de recursos invalorables y el mismo suelo renace lozano porque la
tormenta con el desprendimiento del nitrógeno de las tempestades fecunda la
tierra y renueva su vigor. Aún cuando de estas hecatombes cósmicas resultó truncada la
cúspide del "Huascarán", aquella
mutilación en vez de restarle belleza, la aumenta cada vez más, porque la
imaginación al reconstruirla le añade la creación de la fantasía haciéndolo
mas deslumbrante y majestuoso. Mientras que una tempestad en los andes no es mas que un ritmo de
la naturaleza, un terremoto es una catástrofe. El aborigen nativo ante estos
fenómenos fue precavido, construyendo viviendas resistentes a los sismos y a
salvo de aluviones, aclimatando colonias especiales que vivían cerca de los
nevados para evitar la sobrecarga del hielo y evitar los estragos del
derrumbe. La tortuga con aquella su caparazón de protección, fue sin duda el Puede que las fuerzas interiores de la tierra, estén influidas
por la ubicación, altura, peso y masa; el caso es que de tiempo en tiempo se
presenta un terremoto. En el mes de mayo el resplandor extraordinario de las Cruces
llenan de alborozo el mundo andino y el acontecimiento es celebrado con
fiestas en su honor. La naturaleza se decora con la floración de campo y la
euforia de los ruiseñores llenan las campiñas de una
melodía placentera. La leyenda de la existencia de una estrella que lucha con
el sol tiene un valor excepcional de valentía. De otro lado el brazo mayor de
la "Cruz del Sur" pasa por el eje del Polo, circunstancias que
muchas veces son marcadas por catástrofes cíclicas. Y aquello de combatir a una fuerza mas poderosa de porfiar
y estar siempre en desafío y en aptitud de reanudar la lucha es cuestión que tiembla
el espíritu indígena. Igual es la porfía que el regnícola atribuye al "Huascarán" y la campiña en su lucha con los
elementos cósmicos. El terremoto del 31 de mayo del 70 tuvo los alcances de un
cataclismo. La ciudad de Yungay y poblados vecinos
fueron arrasados y donde el sismo o el alud no alcanzaron a destruir, un
ciclón de aire provocado por el desplazamiento del nevado arranco el pueblo
de Huashcao, treinta casas y noventa chozas. Allí
no llego el hielo, simplemente el viento, apretujando costillas y cráneos,
hizo estallar las viseras, segó como una hoz la vegetación del campo dejando
inerte a sus seres vivientes. Si los anteriores terremotos afectaron gravemente a Yungay, el del 70 lo arrasó definitivamente. La magnitud
de la tragedia fue horrorosa. Un alud de hielo de setenta millones de metros cúbicos
que desprendió del "huascarán", sepultó a
Yungay y pueblos aledaños. El material de piedras y
palizadas se acumuló en el río Santa formando un deposito de agua que
llegando hasta Mancos desbordándose y arrancando estancias y villorrios,
terrenos de labranza, líneas férreas hasta detenerse en el mar. Para terminar este capitulo vuelvo a la esplendidez de nuestro
anfitrión, don Jose María Lobina Falcón que en su larga y provechosa
existencia, no solo le cupo ser testigo de varios terremotos y de sufrir sus
estragos sino también que insensiblemente y sin proponerse captó la poesía y
la música del lugar. Jamás supo que era un autentico producto del paisaje y
que en el la magia y el mito, la tragedia y la belleza se habían decantado
para dar a brotar una personalidad hondamente humana en que las sabias de la
tierra le ofrecieran el aroma de sus flores y los latidos del corazón su
ritmo melódico. Don Jose María sentía una emoción reverencial al narrar el
resurgimiento de Yungay cada vez que los cataclismos
le afectaban. En aquellas narraciones habían reminiscencias deslumbrantes,
remembranzas poéticas de insondables lejanías, magias y conjuros, luces
refulgentes de relámpagos y un temblor profundo de las fuerzas interiores de
su ser que denunciaban su humanismo, una vena lírica y nostálgica, preñado de
lágrimas cristalinas por la honda pena que laceraba su alma al recordar a sus
hijos inmolados por torva mano del destino. La versión del resurgimiento esta
imbuida de cierta esencia panteísta y de una angustia e ilusionada
preocupación de mensaje. Decía que después de
cada catástrofe la campiña renacía con mayor lozanía por que no en vano
aquellas tierras fueron regadas con la sangre de las víctimas y el llanto de
los sobrevivientes; que en las flores de los jardines y vergeles renacía
también el destello de la hermosura de tantas muchachas desaparecidas; que en
los claveles y las rosas reverberaba el color de sus labios y en el perfume
de las retamas estaban la fragancia de tanto aliento sepultado; que la
aperlada elegancia de las magnolias, dalias y crisantemos era la emoción
plástica de tanta hermosura virginal cubierta por el lodo; que los idilios
comenzados continuaban en el canto de las cuculíes y en el diálogo de las
trinitarias y lucero que son los ojos de las niñas sepultadas y de los
ángeles consternados del firmamento; que en la fuente o en la encañada resuena
el eco de la canción de los trovadores y la imploración de los amantes siguen
invocando la gracia de las que fueran mujeres doradas como un arrebol de la
mañana, sonrosadas como una azucena, piadosas como una santa, fragantes como
las rosas, preciada la boca de coral, blondo el cabello tersa la frente de
marfil y fascinante rostro bello; que el poema de los ósculos de los amantes
se reeditaban en el beso de luz que estallan en las corolas de las flores y
que la caricia de los efebos y las doncellas se repetía en el alborozo de las
aves en su canto matinal; que en el prado la luz de la aurora inundaba su
esplendor a las montanas, a las mansiones y cabañas anidándose en lechos de
jacintos y guirnaldas de madreselvas, reverberando en el éter y en los lagos absortos
y brillando en el rocío de las flores, despertando a las mariposas que en
bandadas multicolores de zafiro oro y esmeralda levantaban el vuelo
ofreciendo un espectáculo maravilloso y esparciendo el polvo de las flores
para embriagar los sentidos y arrobar la fantasía. |