TEMPESTADES

  

                 En la cordillera es frecuente que estalle una tempestad. Torbellinos de oscuras trombas de nubes ponen su brochazo de óleo oscuro en el lienzo del cielo. Aquellas, cargadas de electricidad se multiplican, se dispersan o se juntan y refunden o truenan como cíclopes y gigantes fantásticos. Otras veces toman las formas de endriagos, de gnomos o monstruos. Arrecia el huracán y chocan las nubes y revientan dando a estallar truenos retumbantes, relámpagos de oro y rayos de brillo diamantino. Cerca o lejos de la tempestad una feria de meteoros añaden su luminaria ofreciendo el espectáculo grandioso de un instante de palingenesia. Y mientras el retumbar de los elementos estremece la tierra un olor a pólvora se esparce en el ambiente. La lluvia que no falta en estas ocasiones se desata en torrentes desbordantes. Pronto llega la calma y por doquier la sinfonía de color del arco  Iris, pone su nota de fiesta en el paisaje, mientras que los arroyos y ríos esparcen una canción litúrgica como una melodía celestial, poco después el cielo cobra tonalidades translúcidas de turquesas.. Luego se pierde en la altura entre los arreboles dorados, dejando pinceladas geniales para la pintura e ingentes tesoros para la poesía y la música.

En la composición de estas escenas entra el oro en abundancia, o se funde y corre a raudales o se incendia y flota en llamaradas, se evapora y difumina al horizonte, arrobando los sentidos y la fantasía. Y mientras el oro metálico puede en la ornamentación artística lograr efectos maravillosos, el oro solar tiene la pompa de lo trascendente; el uno abre el mundo de la belleza gótica y renacentista y el otro el del estilo barroco en toda su amplitud optica-impresionista. En el primer caso el oro enriquece la decoración, en el otro cumple el rito representativo del esplendor solar.

En esta epopeya de la naturaleza, la pintura y la poesía se colman de recursos invalorables y el mismo suelo renace lozano porque la tormenta con el desprendimiento del nitrógeno de las tempestades fecunda la tierra y renueva su vigor.

Aún cuando de estas hecatombes cósmicas resultó truncada la cúspide del "Huascarán", aquella mutilación en vez de restarle belleza, la aumenta cada vez más, porque la imaginación al reconstruirla le añade la  creación de la fantasía haciéndolo mas deslumbrante y majestuoso.

Mientras que una tempestad en los andes no es mas que un ritmo de la naturaleza, un terremoto es una catástrofe. El aborigen nativo ante estos fenómenos fue precavido, construyendo viviendas resistentes a los sismos y a salvo de aluviones, aclimatando colonias especiales que vivían cerca de los nevados para evitar la sobrecarga del hielo y evitar los estragos del derrumbe. La tortuga con aquella su caparazón de protección, fue sin duda el
tótem del lugar, como se advierte en los diseños que adornan las cabezas escultóricas en piedras de Huansacay, y los ceramios de Inka Pakollka, de la Cultura Recuay en Yungay.                   

Puede que las fuerzas interiores de la tierra, estén influidas por la ubicación, altura, peso y masa; el caso es que de tiempo en tiempo se presenta un terremoto.

En el mes de mayo el resplandor extraordinario de las Cruces llenan de alborozo el mundo andino y el acontecimiento es celebrado con fiestas en su honor. La naturaleza se decora con la floración de campo y la euforia de los ruiseñores llenan las campiñas de una melodía placentera. La leyenda de la existencia de una estrella que lucha con el sol tiene un valor excepcional de valentía. De otro lado el brazo mayor de la "Cruz del Sur" pasa por el eje del Polo, circunstancias que muchas veces son marcadas por catástrofes cíclicas.

Y aquello de combatir  a una fuerza mas poderosa de porfiar y estar siempre en desafío y en aptitud de reanudar la lucha es cuestión que tiembla el espíritu indígena. Igual es la porfía que el regnícola atribuye al "Huascarán" y la campiña en su lucha con los elementos cósmicos.

El terremoto del 31 de mayo del 70 tuvo los alcances de un cataclismo. La ciudad de Yungay y poblados vecinos fueron arrasados y donde el sismo o el alud no alcanzaron a destruir, un ciclón de aire provocado por el desplazamiento del nevado arranco el pueblo de Huashcao, treinta casas y noventa chozas. Allí no llego el hielo, simplemente el viento, apretujando costillas y cráneos, hizo estallar las viseras, segó como una hoz la vegetación del campo dejando inerte a sus seres vivientes.    

Si los anteriores terremotos afectaron gravemente a Yungay, el del 70 lo arrasó definitivamente. La magnitud de la tragedia fue horrorosa. Un alud de hielo de setenta millones de metros cúbicos que desprendió del "huascarán", sepultó a Yungay y pueblos aledaños. El material de piedras y palizadas se acumuló en el río Santa formando un deposito de agua que llegando hasta Mancos desbordándose y arrancando estancias y villorrios, terrenos de labranza, líneas férreas hasta detenerse en el mar.

Para terminar este capitulo vuelvo a la esplendidez de nuestro anfitrión, don Jose María Lobina Falcón que en su larga y provechosa existencia, no solo le cupo ser testigo de varios terremotos y de sufrir sus estragos sino también que insensiblemente y sin proponerse captó la poesía y la música del lugar. Jamás supo que era un autentico producto del paisaje y que en el la magia y el mito, la tragedia y la belleza se habían decantado para dar a brotar una personalidad hondamente humana en que las sabias de la tierra le ofrecieran el aroma de sus flores y los latidos del corazón su ritmo melódico.

Don Jose María sentía una emoción reverencial al narrar el resurgimiento de Yungay cada vez que los cataclismos le afectaban. En aquellas narraciones habían reminiscencias deslumbrantes, remembranzas poéticas de insondables lejanías, magias y conjuros, luces refulgentes de relámpagos y un temblor profundo de las fuerzas interiores de su ser que denunciaban su humanismo, una vena lírica y nostálgica, preñado de lágrimas cristalinas por la honda pena que laceraba su alma al recordar a sus hijos inmolados por torva mano del destino. La versión del resurgimiento esta imbuida de cierta esencia panteísta y de una angustia e ilusionada preocupación de mensaje.

Decía que después de cada catástrofe la campiña renacía con mayor lozanía por que no en vano aquellas tierras fueron regadas con la sangre de las víctimas y el llanto de los sobrevivientes; que en las flores de los jardines y vergeles renacía también el destello de la hermosura de tantas muchachas desaparecidas; que en los claveles y las rosas reverberaba el color de sus labios y en el perfume de las retamas estaban la fragancia de tanto aliento sepultado; que la aperlada elegancia de las magnolias, dalias y crisantemos era la emoción plástica de tanta hermosura virginal cubierta por el lodo; que los idilios comenzados continuaban en el canto de las cuculíes y en el diálogo de las trinitarias y lucero que son los ojos de las niñas sepultadas y de los ángeles consternados del firmamento; que en la fuente o en la encañada resuena el eco de la canción de los trovadores y la imploración de los amantes siguen invocando la gracia de las que fueran mujeres doradas como un arrebol de la mañana, sonrosadas como una azucena, piadosas como una santa, fragantes como las rosas, preciada la boca de coral, blondo el cabello tersa la frente de marfil y fascinante rostro bello; que el poema de los ósculos de los amantes se reeditaban en el beso de luz que estallan en las corolas de las flores y que la caricia de los efebos y las doncellas se repetía en el alborozo de las aves en su canto matinal; que en el prado la luz de la aurora inundaba su esplendor a las montanas, a las mansiones y cabañas anidándose en lechos de jacintos y guirnaldas de madreselvas, reverberando en el éter y en los lagos absortos y brillando en el rocío de las flores, despertando a las mariposas que en bandadas multicolores de zafiro oro y esmeralda levantaban el vuelo ofreciendo un espectáculo maravilloso y esparciendo el polvo de las flores para embriagar los sentidos y arrobar la fantasía.