Lecturas paranoicas y métodos obsesivos de interpretación
Observaciones
hermenéuticas preliminares. Vivimos un momento no sólo sospechoso sino
también generador de otras tantas incertidumbres, como las que recaen sobre
los procesos significativos. El escepticismo postmoderno, descree radicalmente
ya no –como es obvio– de la verdad, sino de la posibilidad de
interpretaciones validas o más bien validadas de acuerdo a un criterio
externo o distinto a la ficcionalización de los
relatos. Sólo caben sobré
interpretaciones, lecturas intencionadas y maliciosas de los textos. Borges
sugería leer La Odisea o El texto soporta muy bien
este uso, que no entraña pérdida de la capacidad de entretenimiento de la fabula ni
del gusto cuando, al final, se descubre al asesino. Pero tomemos después El proceso, de Kafka
y leámoslo como si fuese una historia policíaca. La
representación virtual acentúa este clima de interpretaciones sospechosas o
de sospechas sobre las interpretaciones mismas, lo que –paradojalmente– de todos modos son formas de sobreinterpretación o interpretación paranoica. La realidad virtual
genera estas lecturas –que más bien pueden llegar a parecerse a
emplazamientos militares – en tanto se está como en el cartesianismo,
en una actitud táctica, esto es, instalada en la precaución, más preocupada
de no errar que de dar con una verdad.
El escenario que promueve tales recaudos es el de una cultura constituida por
todo tipo de procesos de hibridación ver
así como por una intelectualidad nómade, por
múltiples articulaciones discursivas surgidas desde los desplazamientos hipertextuales que ya se han tornado invisibles,
precisamente por su cotidianidad. Desde el zapping
a la navegación por la red, navegación donde acontece todo tipo de
naufragios, siendo responsabilidad de la filosofía –dado el
equipamiento del que dispone – conformar un equipo de socorristas. Si
no es posible interpretar o, lo que es lo mismo, puede interpretarse al
infinito y desde el ángulo que a uno le plazca. Las sospechas a
este respecto son razonables, si se tiene en cuenta que la cultura actúa como
una cadena de textos que por una parte se instruyen mutuamente y, por otra,
están en desplazamiento constante. Lo anterior no debiera conducirnos a
esperar que el intelectual posea un conjunto de competencias enciclopédicas,
así como habilidades de avezado navegante de estos mares tormentosos
–llenos de afluentes – sino, más bien, una clara conciencia de la
insalvable inserción contextual de todo significado, sea éste el de una obra
de arte o de una teoría física, y el consiguiente concurso simultaneo de una
red de “interpretantes”. Sin embargo, he aquí mi preocupación, no
hay que inferir de la infinitud de semiosis que no
existan criterios para una lectura
correcta, esto es que se haya clausurado la posibilidad de toda hermenéutica.
O es que las interpretaciones se consolidan a partir de los códigos
preexistentes. Estos criterios, desde luego, se debaten en el terreno
ideológico pues, llegado el momento de establecer el sentido que será
reconocido o validado, necesitamos apelar forzosamente a la calidad y rigor
del detentor de la interpretación más autorizada,
así como, posteriormente a la economía y belleza de la explicación. Profundizando estas
observaciones hermenéuticas, fundamentaré el valor cognoscitivo de la ficción
a través de la puesta en escena de algunas sobreinterpretaciónes,
interpretaciones sospechosas o lecturas paranoicas, que no es algo muy
distinto de lo que realizan ciertos historiadores y críticos culturales para
aproximarse a sucesos históricos, indagando no sólo en los hechos documentados,
sino en el modo en que ciertos personajes se instalan en el inconsciente
colectivo de una sociedad, generando todo tipo de interpretaciones paranoicas
–más aun si estas imágenes, constituidas en arquetipos al modo de Jung, vehículos
iconográficos de un método obsesivo de interpretación. Lecturas paranoicas o métodos obsesivos de
interpretación
En la interpretación paranoica o sobreinterpretación
histórica a la luz de la de la psicología
profunda se deslizan sutilmente aspectos del ámbito de las indagaciones
históricas tradicionales al terreno más especulativo del ficción narrativa o
la historia novelada, donde como he señalado, se pueden obtener perspectivas
de ángulos antes imposibles, antes del diseño de este nuevo escenario, que no
es otra cosa que un campo de proyección de la experiencia, un laboratorio
conceptual, un gran simulador. Mañana toda ciencia no será sino ciencia ficción o dicho de otro modo,
caeremos lucidademente en la cuenta que todos la
pretendida objetividad científica,
con la imparcialidad –descompromiso e
imparcialidad que se atribuye– no es otra cosa que una gran ficción,
develándose así algo que todos –de un modo u otro sabíamos– a
saber, que toda explicación es una ficción, una narración, un arreglo del
mundo desde nuestros particulares intereses vitales, desde nuestra toma de
posición en el mundo; una construcción que siempre ha tenido como eje el
deseo, el deseo que esta a la base de toda teoría. De ahí la importancia de
la honestidad del artista que sabe que su obra es producto de su inventiva y
no encuentra otro punto de arraigo que su sensibilidad, imaginación y
voluntad expresiva. Esto que afirmo ha sido ya sugerido por Feyerabend cuando señalaba que las ciencias o las artes,
o si se quiere, la lógica y la estética, no son ámbitos separados [o
separables], es decir, cada una de ellas no constituye un dominio propio,
sino que se entrecruzan en su actividad. De modo que hoy es posible –y
necesario– hablar de la creatividad científica y del pensamiento que
penetra la obra de arte, esto es, que la examina y es capaz de dar cuanta de
su naturaleza expresiva. Interpretación y Sobre-interpretación El fenómeno de la sobre-interpretación es
propiciado por nuestra tendencia natural a pensar en términos de identidad y
semejanza. Actuamos así porque cada uno ha introyectado
un principio incontrovertible, a saber que, desde cierto punto de vista,
cualquier cosa tiene relaciones de analogía, contigüidad y semejanza con todo
lo demás. Pero la diferencia entre la interpretación sana y la interpretación
paranoica radica en reconocer que esta relación es mínima y no, al revés,
deducir de este mínimo lo máximo posible. Para leer el mundo y los textos
sospechosamente, es necesario haber elaborado algún tipo de método obsesivo.
La sobreestimación de la importancia de los indicios nace con frecuencia de
una propensión a considerar como significativos los elementos más
inmediatamente aparentes, cuando el hecho mismo de que son aparentes nos
permitiría reconocer que son explicables en términos mucho más económicos. Los textos deben ser leídos – de acuerdo a esta perspectiva
– a la luz de otros textos, personas, obsesiones y retazos de
información. “Sólo se puede cotejar una frase con otras frases, frases
con las que está conectada mediante diversas relaciones inferenciales
y laberínticas”[1]. La cultura actuaría entonces como una cadena (red) de textos que
instruyen a otros textos. Confirmando la antigua sospecha de los cabalistas,
ante la vertiginosa deriva, ante el desplazamiento permanente, ante la sobre-interpretación. En cuanto un texto se convierte
en “sagrado” para cierta cultura, se vuelve objeto de un proceso
de lectura sospechosa y, por lo tanto, de lo que es sin duda un exceso de
interpretación.[2] Así como he señalado, esto también acontece con las interpretaciones de
Aquí me permito otro breve excursus. En la mayoría de los ejemplos habidos en la literatura moderna y
contemporánea, la interpretación supone una hipócrita negativa a dejar que la
obra de arte hable desde y por sí misma. Al reducir la obra de arte a su contenido
para luego interpretar aquello, falseamos
o, si se quiere, domesticamos la obra. La interpretación hace, así, manejable y maleable el arte. Este filisteísmo de la
interpretación es más frecuente en la literatura que en cualquier otro arte.
La obra de Kafka, por ejemplo, ha estado sujeta a
secuestros en serie por no menos de tres ejércitos de intérpretes. Quienes
leen a Kafka como alegoría social ven en él
ejemplos cínicos de las frustraciones y la insensatez de la burocracia
moderna, y su expresión definitiva en el estado totalitario. Quienes leen a Kafka como alegoría psicoanalítica ven en él desesperadas
revelaciones del temor de Kafka a su padre, sus
angustias de castración, su sensación de impotencia, su dependencia de los
sueños. Quienes leen a Kafka como alegoría
religiosa explican que K. intenta, en El castillo, lograr el acceso al
cielo; que Joseph K., en El proceso, es juzgado por la inexorable y misteriosa justicia de
Dios. La escritura de Kafka es un permanente comentario sobre sí misma, la
pregunta contenida en la pregunta, la declaración de la radical
insustancialidad del lenguaje. Kafka, es en sí
mismo un cruce de lugares, ya que si bien es un claro depositario de la
escuela del comentario y la textualidad talmúdica del laberinto,
esta a la base de todas las vanguardias no sólo artísticas sino en sus
manifestaciones más diversas, como la filosofía epigramática de Wittgenstein, la física de Heisenberg,
las teoría del caos –el teorema de la incompletitud–,
o en la plástica desgarrada del
expresionismo de Bacon, o en las autodestructivas
acciones de arte –performance de riesgo
artístico terminal– de Josep Beuys. Otra obra que ha atraído a los intérpretes es la
de Samuel Beckett. Los delicados dramas de la
conciencia encerrada en sí misma de
Intencionalidades ocultas e interpretaciones sospechosas. Una relectura de Freud y el psicoanalisis La prosecución de
intencionalidades ocultas ha movido a todos los escritos y prácticas del
psicoanálisis desde Freud hasta hoy; pero sin
reparar en los límites que debería tener la técnica de la asociación libre,
principio articulador del que depende.
A este respecto Wittgenstein cuestionaba la arbitrariedad y mera convencionalidad que caracterizaba la praxis del
psicoanálisis, y las metáforas de las que se valen las corrientes
psicológicas y psiquiátricas para validar sus teorías ante la comunidad
científica. En cuanto al
procedimiento de las cadenas asociativas, cada unidad en la cadena puede
convertirse en el punto de partida de un conjunto ilimitado de relaciones.
Por lo que la decisión del analista de interrumpir la progresión de recuerdos
y connotaciones que se despliega es, en una palabra, arbitraria. El problema radica en
la creencia de que “la siguiente asociación ya no dicha, o la siguiente
serie de imágenes habría podido ser la crucial, la clave para hallazgos más
profundos”[3]. Esta situación comporta
dos problemas: uno que ya esbozado por Wittgenstein
cuestiona las metáforas que el psicoanálisis no trata como tales, y que
ciertamente son útiles para la comprensión de ciertos fenómenos, pero que no
deben ser entendidas dogmáticamente. El otro problema dice relación con la práctica terapéutica,
aquel es el de establecer un límite bien fundamentado a la asociación libre;
cuestión que, al parecer, es insoluble. Siempre se puede decir algo más sobre
las experiencias de la vida, por lo que la lectura en profundidad se
convierte en una posibilidad que obsesiona y extralimita los procesos de
interpretación, incurriendo, con ello en un flagrante caso de sobreinterpretación. Aquí no es difícil
notar la similitud de los escritos de Freud con la
exégesis rabínica. En la libre asociación el descubrimiento de un significado
real que pueda tener alguna patología, es exiliado por la profusión de
relaciones que pueda tener con otros significados. La creencia de que siempre
se puede ir más a fondo produce una diseminación de la experiencia que puede
terminar por fragmentar al sujeto, amparados bajo el supuesto de que es
necesario descubrir más y nuevos estratos del inconsciente para así realizar
una lectura certera.
El mismo Freud ya había advertido algunos de los excesos que se
podían cometer, y se estaban cometiendo en el psicoanálisis. “En su
artículo Análisis interminable y
terminable intenta enfrentarse a este dilema. Reconoce que el proceso
psicoanalítico de asociaciones verbales no tiene fundamento teórico, y que la
única respuesta razonable es pragmática y profesional”[4], únicamente una cuestión
de praxis. “Es característica de la indiferencia de Freud
con respecto a la naturaleza del lenguaje mismo, siendo el lenguaje la
materia prima y el instrumento exclusivo de todo psicoanálisis
freudiano”[5]. Esto nos ayuda a
advertir una cierta disociación que habría entre la teoría psicoanalítica y
su práctica terapéutica; y también a concebir al psicoanálisis como una
teoría de la cultura y el hombre que reflexiona desde el cuerpo como centro
de gravedad de la existencia, donde comparecen todas las determinaciones
mentales, emocionales y físicas en una sola unidad. Ahora bien en su
aspecto negativo la praxis del psicoanálisis “se ha convertido en una
institución burguesa”[6] como ir a la universidad,
asistir a las piezas teatrales de Broadway, ver
televisión y concurrir a los grandes centros comerciales a cumplir con los
rituales del consumo; consumo en todo orden, desde hamburguesas hasta el
último film de moda. “El
tratamiento psicoanalítico no pone en tela de juicio a la sociedad, nos
devuelve al mundo algo más capaces de soportarlo y sin esperanzas. De este
modo, el psicoanálisis se entiende como antiutópico y antipolítico”[7]. En tanto intenta moldear
al individuo a la sociedad para entregarlo algo más dócil y sonriente. Si nos preguntamos, ya profundizando nuestra
lectura crítica del psicoanálisis como institución burguesa, el porqué del
empeño pertinaz del psicoanalista en convencer al obseso religioso, al militar histérico o
al fóbico padre de familia de que su Dios severo, su general inmortal y su hijo perverso no son sino figuras
distorsionadas de papá, si nos
preguntamos por las credenciales o omnipotencia del paralelismo familiar, por
la pervivencia del poderoso modelo paternal, podemos apuntar un hecho que,
sin proporcionar, desde luego, una respuesta, sí puede introducirse como
curiosidad ilustrativa: el modo en que ese modelo regía en la sociedad
psicoanalítica, el reparto de anillos y consignas entre los terapeutas
vieneses a la muerte de Freud. No se puede
descartar que una de estas consignas
hubiera sido la de reducir y extender todos los delirios al marco de
las significaciones paténtales, y su secuela.
Un trabajo de capital importancia[8] ha
sido dedicado al estudio de esa secuela por Deleuze
y Guattarti, y es un tema que rebasa por completo
los límites de lo que quisiera ser este texto. Diremos sólo que el psicoanálisis pisa un terreno
peligroso, un terreno donde “ Justicia y represión que han sido constantes en el
tratamiento de la (enfermedad mental y que tienen un carácter similar en el
psicoanálisis científicas) en cuanto a motivaciones; porque no hablamos sólo
del tratamiento dado a la enfermedad desde el punto de vista clínico, sino
del tratamiento desde el punto de vista de la teoría científica. La psicosis ocupa respecto del psicoanálisis el
mismo lugar del escollo que el problema del Estado en el marxismo. En ambos
casos la coletilla es la burocratización, el culto a la personalidad
–frase que aplicada a la psicoterapia analítica adquiere un sentido
lúcidamente nuevo–, la dogmatización del
método y su infección del liberalismo. Es esa ponderada (humanización) de la
locura lo que obliga a Desde la erradicación territorial hasta la
codificación científica, pasando por el confinamiento, el loco ha recorrido
un largo camino de fiscalización de la razón contenida en un código penal
implícito, esgrimido con una finalidad relevante para los controles de la
cultura; y el psicoanálisis ha sido incapaz de rebatir la tradición, no tanto
por lo precario de su innovación como por lo desgraciado de su restauración. Conceptos como posesión demoníaca, enfermedad mental, o
esquizofrenia, nos hablan de una sociedad, de una civilización y de una
cultura, de sus temores y de sus ambiciones, pero en absoluto dicen nada
sobre la persona del enfermo, y mucho menos sobre lo específico de la
enfermedad. |
[1]
RORTY, Richard, “El Progreso del Pragmatista”, en Interpretación y Sobreinterpretación,
Umberto Eco, ED. Cambridge
University Press, Madrid,
1997, Cáp.IV.
[2]
ECO, Humberto, Interpretación y Sobreinterpretación, ED. Cambridge University Press, Madrid, 1997, p.59.
[3] STEINER, George, Presencias reales, Editorial Espasa calpe, Buenos
Aires, 1993, p.63.
[4] Ibid. p. 63
[5] Ibid. p. 63
[6] SONTAG, Susan,
Contra la interpretación , Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 1996,
p. 333
[7] SONTAG, Susan,
Contra la interpretación , Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 1996,
p. 333
[8]
DELEUZE y GUATTARI, La sagrada familia.
En PARDO, José Luis, Transversales. Texto
sobre textos. Editorial Anagrama, Barcelona España, 1977.
[9]
FOUCAULT, Michel,
Historia de la locura en la época clásica. Editorial Fondo de Cultura
Económica, México, 1967
[10]
PARDO, José Luis, Transversales. Texto
sobre textos. Editorial Anagrama, Barcelona España, 1977, p. 110.