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La Metáfora Viral en la Literatura y
Filosofía Postmoderna Textualidad, redes y discurso
ex-céntrico A partir del análisis de los problemas
epistemológicos y estéticos que plantea el diseño de lo que se ha dado en
llamar Hipertexto[1] me aproximaré a las nuevas retóricas con que la
postmodernidad crea y deconstruye sus objetos e instituciones. Aquí atenderé
al proceso de descentramiento o dislocación que se produce al moverse por una
red de textos, desplazando constantemente el centro, es decir con un centro
de atención provisional, un conjunto de cuerpos de textos conectados, aunque
sin eje primario de organización. Estas nuevas articulaciones discursivas,
propias de la digitalización de la escritura, que se En el
contexto de esta escritura laberíntica en la que corremos el riesgo del
extravío del autor perdido en el texto o por los constantes y expansivos
comentarios, estamos ante la idea del texto
como tejido en perpetuo urdimiento, como un tejido que se hace, se traba a sí
mismo y deshace al sujeto en su textura: una araña tal que se disolvería ella
misma en las secreciones constructivas de su tela. En un sentido similar en
la obra de William Burroughs el sujeto se encuentra
manipulado y transformado por los procesos de contagio. El lenguaje es un
virus que se reproduce con gran La
idea de recorridos en zig-zag,
de vagabundeos como articulación
discursiva –hipertextual–, nos remite a la idea de construcción
laberíntica. La metáfora del laberinto ilustra la experiencia de lectura en
el hipertexto electrónico. El laberinto es una figura
profundamente barroca, es una de las imágenes del caos: tiene un orden, pero
oculto y complejo. Esta vinculado desde la perspectiva de la producción
–o del diseño– a una complejidad inteligente y, desde la del
usuario, al placer del extravío y al gusto por la argucia, por la agudeza
para reencontrarse[2]. Curiosamente el laberinto contemporáneo se muestra como
una estructura que proporciona sobre todo el placer del enigma y del
extravío, más que el placer de la salida o elucidación. Es posible suponer
que esta característica de los laberintos de hoy obedece a un rechazo
generalizado a la sistematicidad, actitud que se
corresponde con un modo de pensar “nómade”
afín a la asistematicidad del pensamiento
postmoderno. Los abordajes fragmentarios
privilegian la forma sobre el contenido, una preeminencia de las
disposiciones de búsqueda y de acceso múltiple a los temas, sobre la mera
adquisición de determinados conocimientos[3]. Los mundos virtuales son
laberintos más formales que materiales. Viven una extraña vida que depende de
los diversos enlaces con los que están tejidos los modelos
lógico-matemáticos, que dan nacimiento a seres casi autónomos, intermediarios[4], en constante
epigénesis por nuestra interacción estructurante. En efecto, su
“plano” se modifica sin cesar bajo el efecto de nuestras
“trayectorias”, sus estructuras se forman en función de nuestros
desplazamientos. En general, es necesario hablar no sólo de un gusto
distinto al que otorga la seguridad de lo homogéneo e integral, sino de todo
un placer por el trabajo sin control, vehiculado por la extensión de un nuevo
tipo de tareas y prácticas que exigen la inmersión en pequeños bloques,
zonas, áreas, sin visión panóptica. Es lo que he denominado obsesión por los
fragmentos, propios de los nodos y enlaces digitales de las nuevas
tecnologías, las Estos nuevos laberintos nos
enfrentan a experiencias nuevas del espacio y a un nuevo género de paradojas.
La metáfora del laberinto remite a la idea del desplazamiento. El laberinto es a la vez mapa y territorio. Posee
ambas naturalezas que cruza y combina. Es un espacio intermediario, mediador,
entre el plano y la trayectoria. El laberinto ha de ser
vencido, no solamente contemplado. No puede seguir siendo un simple objeto de
saber, debe ser una verdadera prueba iniciática, es
el lugar y ocasión de un paso –un
pasadizo–. Una nueva puesta en relación de
las teorías hipertextuales –particularmente
la metáfora del laberinto– con el cine de Ruiz, nos abre a la visión
del autor como cartógrafo. La
metáfora viral. Como he señalado el aparato lógico-retórico puede ser
rearmado y asumir diversas maneras. Algo similar acontece en un sistema
viral, apto para reproducir a cada instante una replica de sí mismo. La idea
ha sido sugerida, como se vio, por William Burroughs.
De sus planteamientos puede desprenderse una zozobra ontológico-lingüística,
la duda: ¿somos nosotros los que hacemos el lenguaje o el lenguaje a
nosotros? El caso es que los virus, sean estos orgánicos o digitales
(informáticos), ilustran de manera insuperable los caminos que escoge el
universo para resumirse, en un ajuste de cuentas abstracto con los signos
–y su vocación viral– que amenazan con un día detenernos para
siempre en una confusión de lenguas: la dispersión en nuestra propia Babel,
el extravío en nuestro laberinto recursivo. El
virus informático es el más curioso y paradójico síntoma de que la
tecnología, al desbordar sus finalidades, provoca imprevisibles ironías.
Ellos, remotos, numerosos, multidireccionables,
anónimos, apostados esperando el sabotaje patológico: a fuerza de
autorreproducción ciega, amenazan con llevar el sistema al estado de entropía
máxima, muerte térmica de la programación, donde sólo habita el virus.
Es posible que en algunos años las técnicas de escritura viral, ya hoy en un
embrionario proceso invasivo, pasen a constituirse en los únicos medios de
expresión, en el ultimo balbuceo de un lenguaje infiltrado y parasitado, en
el cierre definitivo del universo del discurso. |
[1] Adolfo Vásquez
Rocca: Artículo “El
Hipertexto y las nuevas retóricas de la postmodernidad; textualidad,
redes y discurso ex –céntrico”, en PHILOSOPHICA, Revista
del Instituto de Filosofía de
[2] Es interesante observar que el proceso de
solución del enigma del laberinto sólo es posible actuando constantemente por
transformación más que por estabilidad.
[3] VERÓN, Eliseo, Esto no es un libro, Editorial Gedisa
S.A., Barcelona, 1999, p. 137.
[4] QUÉAU, Philippe,
Lo virtual, virtualidades y vértigos,
Paidós, Barcelona, 1995, p. 87.