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Una reflexión para una vida Hay diversas maneras de construir u
ocupar una vida. Por ejemplo, de no estar erigiendo poemas, tal vez, estaría
arreglando jardines (ingeniero civil, ambiental), de payaso (pintor, escultor
o arquitecto, y por extensión bailarín), alegrando a los niños para que algún
día puedan volar con sus alas, de chofer (ingeniero mecánico, hidráulico,
aeroespacial), transportando a los hombres que sostienen el mundo, de espía
(periodista, filósofo) que repara una cuestión de libertad, de barrendero
(geólogo, médico, biólogo, astrónomo), limpiando las calles para que alguien
visite la casa, o de abogado (sociólogo, filólogo, arqueólogo) que defiende a
las sociedades, pueblos, atisbos o culturas de orden, de algo. ¿Qué
será? Tal vez nada es absolutamente necesario o todo lo es. En lo que
creemos, en lo que creamos, en lo que crearemos, y en lo que creímos: todo,
en nuestros universos cíclicos, paralelos, copulados, anastomosados, lineales
y terroríficamente ambiguos o paradójicos. Es que suelen ser nuestros propios
símbolos los que nos atacan, una y otra vez, desde una posibilidad infinita u
olvidada. Recuerdo un poema de Charles Baudelaire,
donde se podría plantear infinitas posibilidades con, al parecer, finitos
símbolos: “El albatros”
(A menudo, por divertirse, los marineros/cogen albatros, grandes pájaros
de los mares,/que siguen, como indolentes compañeros de ruta,/al navío que se
desliza por los amargos abismos./Apenas los han colocado en cubierta,/estos
reyes del cielo, torpes y avergonzados,/dejan tristemente sus grandes alas
blancas/colgando como remos en sus costados./¡Este alado viajero que torpe y
débil es!/¡Hace poco tan bello, qué cómico y qué feo!/Uno le provoca
golpeándole con una pipa en el pico,/otro imita, cojeando, al desgraciado que
volaba./El Poeta es igual al príncipe de las nubes/que vence la tempestad y
se ríe del arquero ;/desterrado en la tierra en medio de abucheos,/sus alas
de gigante le impiden caminar.) Donde se puede ver que el
hombre (el albatros = el poeta = los marineros = el navío = los abismos)
depende, que los hombres dependen, de la misma cosa: el universo que conocen,
que entienden y manejan. No así, el que desconocen, el que no entienden, del
que se mofan... De aquel que para hacerse, verse y conocerse, tiene que pasar
un ciclo (proceso o estudio, y asimilación). Pero esto, quizás, es algo que Baudelaire no pensó, sino que literalmente como un
artista, como un poeta, se vio ajeno a la circunstancia, el ámbito en el cual
le toco vivir. El reflejo desde un espejo negativo (antónimo) a sí mismo, el
poeta que se sentía un gigante y por lo mismo (en una sociedad tácitamente
conservadora), torpe, avergonzado e inútil (lo que conlleva débil). Es así
que nuestros símbolos nos preceden: haciendo del acto un puro sesgo o
capricho pasajero. Y es
que la vida no es eso que nos dicen: caminos ya hechos para seguir, sino que
son los caminos para hacer, para entender y sostener. Ya lo ha dicho Antonio
Machado en “Campos de Castilla” (Caminante, son tus huellas/el
camino, y nada más;/caminante, no hay camino,/se
hace camino al andar./Al andar se hace camino,/y al volver la vista atrás/se
ve la senda que nunca/se ha de volver a pisar./Caminante, no hay camino,/sino
estelas en la mar.) Además, tenemos la muestra del gran camino que habla
en Los Andes o el canto escarpado de Pablo Neruda en “Canto
General” (Entonces en la escala de la tierra he subido/entre la
atroz maraña de las selvas perdidas/hasta ti, Machu
Picchu./Alta ciudad de piedras escalares,/por fin
morada del que lo terrestre/no escondió en las dormidas vestiduras./En ti
como dos líneas paralelas,/la cuna del relámpago y del hombre/se mecían en un
viento de espinas./Madre de piedra, espuma de los cóndores./Alto arrecife de
la aurora humana.) La
maravilla que es entender para apreciar, apreciar para poder entender lo
colosal; una predicción antes de la Segunda Guerra Mundial, y en plena o
secuela de la Primera, a la ya indefectible contaminación que todavía azotará
a los siglos, en un poema, vertido (la aventura de seguir erosionando sin
medida) de César Vallejo en “Los heraldos negros” (Dios mío, y
esta noche sorda, oscura,/ya no podrás jugar, porque la Tierra/es un dado
roído y ya redondo/a fuerza de rodar a la aventura,/que no puede parar sino
en un hueco,/en el hueco de inmensa sepultura.) La
cuestión es que si a algo se dedica una vida, es porque ese algo define
proyección y reflejo presente o futuro, pasado para presente o futuros para
pasados. Entonces no habrá alguien o algo capaz de corromper la delicada y
tortuosa manera de vivir, para ser y hacer maravillas con ella. La vida, como
la mujer para mi caso, nos juega “una suerte del suertero”, si
vamos a ser es porque hay material y si no vamos a ser es porque ¡hay que
apoyar! La vida siempre nos proyectará, aun si hablamos de ritmos solamente,
realidades o sueños, el asunto es que ella siempre nos presenta. Para
que se entienda, hablaré de mi caso. Después de un proceso largo, de cíclica
e intrincada educación, llegué a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos
y en ella apoyé mi todavía oscura u opaca vida (entre acierto y error); el
hecho es que me enamoré de una delicada mujer. Hasta ahí, nada de poesía en
mi vida, sólo fogonazos o lecturas de orden, pero nada de apoyo real y
capacidad ejemplar sino que banal. Fue en aquel momento cuando todo se
fracturó así como el hueso del amor, clavícula, por mí se precipitó una
explosión o la Gran Explosión (Big Bang) de mi vida. Me descubrí extraño, díscolo, hombre de
capa invisible pero de destrucción... Luego una implosión para no finiquitar
a los míos o precisamente a mí. Me refugié en los libros y leí lo que había
que leer para despertar lo que hago ahora, lo que ocupa mi vida, lo que trato
de construir y lo que ya soy: una flor negra (como destructor u opresor) o
“Las flores negras” (La flor amarga que es figura esbelta/Está
pariendo a su hijo el esperpento/Aquel que erigirá en el propio llanto/La
flor que será la materia muerta/En el viaje infinito que es la vida/De ave
negra hacia su agujero blanco/Que está suspendido al viajero manco/El creador
de flores y de vida/Protector de los valles siderales/El juez de las
estaciones. Naciente/Invierno que eres padre de las flores/Las muertas en el
pecho crepitante/Del juntador de naves y de
piedras/Aquel que será madre de las hidras). Pero, el asunto no es rotura
de amor sino mas bien “Encrucijada de
vida” que algún otro inventó. Entonces, no es que la poesía o la
literatura la haya estudiado o leído, para poder escribir (o decir), sino que
ella ya dormía, desde siempre, en mí; y como una simple antropología o
cataclismo de observación: me reconocí. En la poesía que riega las tierras
que alimentan a sus hijos, que construye las naves que cobijarán (salvarán) a
sus hijos... Para decir: siempre te veré como “Te veo poesía” (Te
veo bañada/En estas mis hojas/Color de la vida/Te veo resuelta/En estos tus
pasos/Delicados poemas/Color de las flores/Perdidas/En el viejo
sendero/Caminando/Contemplando absorto el río/Como viajera pura/Apegada/A
esta bañada de flores ladera/Color de la vida/Te veo perdida/En estas
laderas/Bañadas por la lluvia negativa/Aquella que en vez de caer/Sube parriba/Como suben tus pasos luchando/A favor de la
vida/Te veo dolida/En estos mis versos/Color de la vida/Color/De esa
herida/Que yace/Pegada/A tu muslo/Como una sonrisa/Que sangra/Cuando no es
amada.) Casualidades o no, en la vida de algo o de alguien, ella siempre
me muestra el camino a seguir. Y para confirmar y agradecer a los hombres que
corren conmigo o por dentro de mí, catedráticos arquetipos, maestros y
amigos, poetas, pintores, músicos que tengo la suerte de conocer: a Wáshington Delgado, Enrique Verástegui,
Martha Izarra, José Watanabe,
Marco Martos, Juan Cristóbal, Gerardo Chávez, Eduardo Cervantes, Rubén
Valenzuela Alejo, Pedro Uceda Martínez, Adrián Valderrama Lara y Mariano
Palacios López. Para finalizar... Yo no
sé si les gustó, si les gusta o si mañana les gustará la poesía que vertida
se encuentra aquí, pero me arriesgo, como arriesgan los que, todos los días,
salvan a algún hombre-igual sumergido en el fuego, desbarrancado de
casualidad a la luna, baleado por secretos de bancos, ensimismado de bebidas
con veneno para ratas o atropellado por robots que circundan a Dionisos. En
todo caso: la palabra siempre será mi juguete, así como “El juguete que
es la palabra” (La palabra juega/Para sí misma/Como juegan/En sus
juegos/Las bestias sin palabras/En la ruta del pájaro/Que siempre es él/Como
pájaro ajeno a la palabra/Entonces la palabra/Se revuelca de memoria/Como se
revuelcan los que acaban/Olvidando las palabras/En el poema del viejo
cantor/El eternamente joven/-Que ya parece despistado-/En la imprecación/Se
transforma/Un llamado sencillo/Que no perdona el olvido/Que no ahoga las
lágrimas/En una despedida sorda y ciega/Ya para entonces Muda/Como la misma
palabra/La que se aleja/De la bestia/De su juego/Del miedo de
ser/Olvidada/Ella misma se inventa en la guerra/Ella misma es el invento que
juega/Tan vieja/Como la misma palabra -palabra-/Como la misma guerra
-guerra-/Como el mismo hombre -hombre-/Como la misma bestia -bestia-/Y los
niños también juegan/-Los niños juegan a la guerra-/Con sus juguetes/Petálicos, fálicos.../De hombres/Hacen la guerra/Donde
juegan/Con sus juguetes/Metálicos, matálicos.../Y
donde la guerra fue juego/Ahora ya es el juguete/Del niño viejo/Aquel que
quiere inventar la última palabra/Fin.) Chorrillos, marzo de 2005 |