John
Muir

Levantó
la cabeza y contempló uno de los espectáculos
más grandiosos que la naturaleza ofrece a los ojos del
ser humano: una aurora boreal, de “suprema, serena y celestial
belleza”. Sobrecogido por tanta belleza “regresé
a mi cabaña, avivé el fuego, me calenté
un poco y me preparé para ir a la cama, aunque demasiado
feliz y rico en auroras como para dormirme.” Quien habla
así es John Muir, sin duda uno de los más importantes
e influyentes ambientalistas y defensor de la naturaleza de
todos los tiempos. Pero, ¿quién es John Muir,
desgraciadamente tan poco conocido en España?
El
21 de abril de 1838 nace en Dunbar, Escocia, un niño
que bautizan como John, que a los tres años empieca a
ir a la escuela, pero a los once años emigra junto a
su familia a los Estados Unidos, la tierra prometida para los
europeos en busca de un futuro mejor, donde llega en 1849, instalándose
en Wisconsin. El padre de Muir, autoritario, hace trabajar a
su familia desde la salida hasta la puesta del sol. Con su hermano,
cuando pueden dejar el arado, pasean por los campos y los prados,
deteniéndose con curiosidad en la contemplación
de un pajarillo o en la belleza de una flor.
En
1860 se matricula en la universidad de Wisconsin, donde cursa
durante dos años estudios de Química, Geología
y Botánica. También desarrolla su faceta como
inventor, y presenta algunos de sus inventos en la feria estatal
de Madison, donde es galardonado con dos premios.
Desde
los veinte años disfruta del contacto con la naturaleza
y se aficiona a realizar largas marchas a pie por Wisconsin,
Iowa, Illinois y Canada (1863) . Empieza a realizar diferentes
viajes de investigación por todo el país, con
el objetivo de explorar las cumbres, valles y montañas,
pero también para dar respuesta a la llamada de la naturaleza,
que le atrae irremisiblemente. En 1867, cuando trabajaba en
un taller de carruajes, sufre un grave accidente en el ojo,
que hace temer por su vida y su visión. Afortunadamente
se recupera, pero este accidente le marca y supone un cambio
en su vida, ya que a partir de ese momento Muir decide dar un
cambio a su existencia y dedicarse a la conservación
de la naturaleza. En 1867 realiza un largo viaje donde camina
mas de 1000 millas desde Indianápolis hasta el Golfo
de México, de allí cruza hasta Cuba, regresa a
Panamá, atraviesa el istmo de Centroamérica y
toma un barco que por la costa oeste le lleva a San Francisco.
En 1868 empieza sus exploraciones de California y Yosemite.
A pesar de sus muchos viajes por todo el mundo, California,
y su Sierra, Sierra Nevada, serán siempre su lugar predilecto,
su paraíso poseído. En 1870 descubre los glaciares
de la Sierra Californiana, los explora y desarrolla su teoría
sobre la glaciación del valle de Yosemite. Incapaz de
alejarse de aquellas tierras, se instala a vivir en una cabaña
en el valle de Yosemite, que es a menudo visitada por gentes
atraídas por su fama que empieza a crecer. En 1871 tiene
su primer encuentro con Emerson en Yosemite, donde vive durante
años. En 1879 realiza su primer viaje a Alaska, donde
descubre el glaciar Bay y el que luego se ha bautizado como
glaciar Muir.
En
1880 contrae matrimonio con Louis Wanda Strentzel y la familia
se muda a Martínez, en California, donde nacen sus hijas
Wanda y Helen. Con su suegro crea una explotación agrícola
de fruta, obteniendo un gran éxito. A partir de entonces
se suceden sus viajes por Alaska, América del Sur, África,
Australia... El principal objetivo de sus viajes es siempre
la investigación, especialmente de los glaciares, y el
descubrimiento, pero su curiosidad natural le impulsa a fijarse
en todo aquello que ve, desde las costumbres y modos de vida
de los indios a los más variados fenómenos de
la naturaleza.
Escritor
y publicista prolífico, escribe más de 300 artículos
y 10 libros, donde narra sus viajes y exploraciones. Estas publicaciones
le proporcionan un importante tribuna para exponer y defender
su filosofía sobre la naturaleza, la vida salvaje y la
preservación de los grandes espacios, consiguiendo un
notable impacto en la sociedad de su época.

En 1892 funda el Sierra Club, organización que nace con
una clarísima vocación conservacionista. En su
origen el Sierra Club intentaba proteger a Yosemite de los ataques
que buscan reducir los límites del Parque, y para “hacer
algo por las tierras silvestres y alegrar las montañas”.
El célebre Sierra Club ha pervivido hasta nuestros días
fiel al legado fundacional de Muir, siendo una referencia incontestable
en el mundo conservacionista americano. En 1901 publica Nuestros
Parques Nacionales un texto sobre los Parques Nacionales, que
llama la atención del presidente Roosevelt. En 1903 Roosevelt
visita a Muir en Yosemite y allí, bajo los árboles,
elaboran conjuntamente los programas de conservación
de la naturaleza que el presidente Roosevelt impulsará
a lo largo de su mandato. A partir de los primeros años
del siglo XX Muir se vuelca en una lucha incansable en defensa
de la conservación de la naturaleza. Su bien ganado prestigio,
su acceso a las tribunas más influyentes y su convicción
indestructible permite que el Congreso declare el valle de Yosemite
como Parque Nacional en 1890 y posteriormente se realice la
declaración de los Parques Nacionales de Sequoia, Mount
Ranier, Petrified Forest y Grand Canyon. Por ello es de toda
justicia bautizar a Muir como padre de los Parques Nacionales.
En 1906 fallece su esposa y el 24 de diciembre de 1914 fallece
de neumonía a los 76 años de edad en un hospital
de Los Angeles.

Hasta aquí un breve bosquejo biográfico de Muir,
pero a pesar de una vida tan activa y excitante, con viajes
notabilísimos y una obra literaria de primera categoría,
la importancia de Muir va muchos más allá, y su
legado se extiende hasta nuestros días.
John
Muir fue muchas cosas: explorador, viajero, granjero, naturalista,
inventor, filósofo, escritor, pero aquello que le da
un lugar en la historia es que es uno de los padres del conservacionismo
y piedra angular, absolutamente fundamental, de la cruzada en
defensa de la naturaleza.
Cuando
Muir explora y viaja, la inmensa mayoría de las tierras
de Estados Unidos, Canadá, Alaska son tierras vírgenes,
prácticamente por descubrir y explotar, con una naturaleza
en estado primigénico no modificada por la actuación
humana. Mientras que las generaciones contemporáneas
a Muir ven en aquellas tierras minas de carbón, bosques
para talar, prados para las reses o simples explotaciones ganaderas,
Muir descubre allí la esencia de la naturaleza, y se
imbuye de la convicción de la obligación del ser
humano de conservar aquellos parajes, no explotarlos. La naturaleza
es el templo, el santuario del ser humano, y como tal debe ser
preservado.
Con
Muir nace el concepto de Wilderness, de imposible traducción
al castellano, pero que intenta reflejar la idea de los grandes
espacios salvajes incontaminados, en estado puro, no modificados
por la actuación humana.
Esta
visión es absolutamente excepcional, única e irrepetible
en el siglo XIX, en una nación poderosa que iba explorando
su territorio y empezaba a construir su poderío a partir
de la explotación de los recursos naturales.
Muir
tiene la intuición genial, casi divina, de la necesidad
de protección de la naturaleza, y si hoy conocemos a
las Sequoias es gracias al tesón de Muir en su defensa.
Si hoy la figura de los Parques Nacionales tiene el prestigio
actual, es gracias a Muir, que consiguió convencer a
sus contemporáneos que era necesario proteger determinados
espacios de toda actuación humana.
Uno
de los rasgos más sobresalientes del pensamiento de Muir
es dar un valor moral a la naturaleza y el paisaje. Hasta su
época la tradición filosófica occidental
negaba cualquier valor moral a todo aquello que no fuera humano,
y en ningún caso estaba dispuesta a aceptar que un bosque,
un glaciar, un río o una pradera tuviera valor por si
mismo, no en tanto en cuanto por estar al servicio o disposición
del ser humano, sino por su mera existencia, y por lo tanto
hubiera una justificación ética en su protección.
La incansable defensa de Muir de esta línea de pensamiento
le convierten en uno de los ideólogos fundamentales del
conservacionismo, y en una de las piedras angulares de la escuela
de Concorde, que junto con Thoreau y Emerson, es una referencia
en una nueva filosofía y ética. Con estos autores
Muir configura una visión cuasi religiosa de la naturaleza,
un elogio de la vida salvaje frente a la intelectual y sienta
las bases para la crítica a una civilización que
se está forjando, puramente materialista y utilitarista,
que hace a los hombres dependientes de los otros sin contacto
con el medio natural, en la línea del trascendentalismo
defendido por Emerson.
Cuando otras líneas de pensamiento, especialmente la
liderada por Gifford Pinchot (1865-1946) plantean un uso controlado
de los recursos naturales, con una visión más
economicista, enfrente se alza el pensamiento de Muir que aboga
por una protección total de determinados espacios naturales.
Estas dos tradiciones, la conservación pura y la utilización
controlada de los recursos naturales, encarnadas por Muir y
Pinchot serán los motores del posterior movimiento conservacionista
y ecologista mundial.
Muir
fue un visionario, con una intuición genial, y pieza
fundamental en el nacimiento de la consciencia conservacionista,
que con el tiempo dará lugar al movimiento ecologista.
Muir
tuvo una importante influencia social en su época, gracias
a su notable actividad publicista, con constante colaboraciones
en la prensa y publicaciones periódicas, y con la publicación
de 10 libros. Sus páginas escritas destacan de manera
muy homogénea por su calidad literaria, la sencillez
y belleza de su prosa, su espiritualidad natural y la transmisión
de su filosofía conservacionista, que le convierten en
la conciencia ambientalista nacional de los estados unidos.
Su
influencia es grande, su visión de la naturaleza, su
concepción del paisaje y de la vida natural transciende
a su obra. Creo que se puede afirmar que la obra de autores
como Jack London, Mark Twain, Thoreau, Cooper, Curwood e incluso
Zane Grey no se pueden entender sin la influencia de Muir. Muir
da a la sociedad americana el valor del imaginario de la naturaleza
y su valor moral.
En
1879 Muir realiza su primer viajes a Alaska, unas tierras lejanas
e inexploradas que Estados Unidos había comprado recientemente
a Rusia. Con posterioridad Muir regresaría a Alaska en
1880, 1881, 1890 y 1899. De cada viaje, de sus exploraciones
y descubrimientos, Muir tomaba notas en unos cuadernos. En los
últimos años de su vida Muir da forma a estos
apuntes y justo cuando muere está corrigiendo los textos
de lo que serán estos Viajes por Alaska.
En
la apasionante lectura de estas páginas descubrimos un
Muir fuerte, valiente y decidido, incansable ante larguísimas
caminatas o las adversidades metereológicas, que explora
aquellas tierras de la mano de predicadores o capitanes de barcos.
Muir está especialmente interesado en la exploración
de los glaciares, donde realiza exploraciones históricas,
pero todo le atrae. Una tormenta, una ensenada en una isla,
la flora, la fauna. Su actitud es de curiosidad, de perenne
aprendizaje ante la sabiduría de la naturaleza. Mientras
sus coetáneos viajan para encontrar oro o cazar pieles,
Muir se enriquece con el espectáculo de la naturaleza,
los grandes paisajes y la vida animal.
Nos
trasmite una visión de los pueblos indios de aquellas
costas totalmente distinta a otras. Son unas gentes sencillas,
pero inteligentes, con una enorme dignidad natural y un alto
sentido moral de la convivencia, con las que Muir se relaciona
a partir de la humildad y el respeto, no desde la soberbia y
la superioridad colonial de sus coetáneos.
Es
un texto de viajes, de exploración y descubrimiento,
pero por encima de todo es un texto hermoso, un canto a la belleza
de la naturaleza, a la libertad natural, al respeto entre los
pueblos, una oda a las montañas, a los animales, a los
bosques y a las plantas. Su pluma se maravilla y apasiona ante
cada puesta de sol, ante una tormenta, ante el mar embravecido,
ante los grandes hielos glaciares, ante unos paisajes sublimes.
No
es este un texto más de un explorador decidido y con
carácter, sino que es un poema, un canto de amor a los
grandes espacios, a la wilderness, un elogio de la comunión
con la naturaleza, y finalmente al encuentro con uno mismo.
Són una páginas bellas, delicadas, sensibles.
De Muir aprendemos que el paisaje, la contemplación de
la naturaleza puede desvelar fuertes sentimientos y tener una
influencia moral sobre aquel que esta abierto y preparado para
ello.
Muir
termina su libro con un bello canto a la belleza de las auroras
boreales. Lo suscribimos plenamente, pero para aquellos temerosos
de los fríos que acompañan a las auroras, Muir
era también un gran enamorado del astro rey y como dijo
en uno de sus textos “El sol no brilla sobre nosotros,
sino dentro de nosotros”, frase que refleja a la perfección
su pensamiento conservacionista y ético.
Prólogo al libro Viajes por Alaska,
publicado por Ediciones Desnivel
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