ZAPPAROLI

per Dino Buzzati

 

Nunca estuve allí. Sin embargo puedo verle salir del refugio Marinelli a la luz de la luna, alejarse entre las rocas y luego por la nieve fosforescente, tric tric, puedo escuchar el sonido rítmico de su piolet sobre las piedras, tric tric, cada vez más lejano y después, el silencio. Tan solo su delgada silueta oscura sobre los glaciares, erguida y llena de vida, quizás demasiado romántica, con la elegancia austera de quien parte para la eternidad. (Había estado conmigo algunos días antes. Me relató que a causa del mal tiempo permaneció bloqueado dos días en el refugio Resegotti. " ¿Y qué hadas?" Se rió. "Nada: escuchaba la música del viento silbando en las estructuras metálicas... sonaba como los violines, ziim ziim... de Wagner ¿No te suena?").

Puedo verle hacerse cada vez más pequeño e indistinto en la palidez de la noche. Pero aunque fuerce mi imaginación, no consigo verle desaparecer. Sigue siempre allí, con el piolet en la mano; se adentra paso a paso en un inmenso laberinto, mientras su delgada sombra -oblicua y con la cabeza baja- le sigue por el sendero. Se ha alejado irremisiblemente de nosotros, de las habitaciones caldeadas, del círculo de amigos en la noche, de los candelabros que iluminan los teclados de majestuosos pianos negros. Ha traspasado la frontera, no le alcanzaremos jamás, no se girará ni se detendrá por más que gritemos. Sin embargo, aunque se aleje enormemente, continuo viéndole, solo, luchando en medio de las ruinas fantasmagóricas de sus catedrales de cristal.

Nunca estuve allí y sin embargo puedo ver una vez más la gran cara este del Monte Rosa -su reino-, hermosa no en el sentido habitual del término, sino por su salvaje desorden, decorado caótico de rocas derribadas, de trágicos bloques de hielo caídos en las laderas, de corredores rutilantes que se entrecruzan entre rocas en equilibrio precario, desagregación de elementos en los que era capaz de descubrir las arquitecturas de su universo poético: naves, criptas, pilastras, estatuas de Moloch, jardines suspendidos, nichos, columbarios, pequeños patios, cimbras, cúpulas, garras de león, monumentales escaleras, blancas Venus dormidas. Pero debiera ser él quien nos lo explicara con sus sorprendentes comparaciones.

Un hombre en la cincuentena parte al encuentro con su destino, solo, sin que nadie lo sepa, como un adolescente en fuga. Es un músico, un escritor. En su juventud, cuando descendía de las cimas, parecía un arcángel rubio. Conserva algo vagamente angélico, cándido. Alto, enjuto, con su hermoso rostro perfumado de fuerza y de verdad y su elegancia natural tan británica, podría pasar aún por un hombre joven. Pero ¿hasta cuándo? Lo que sorprendía en Ettore Zapparoli era ese continuo torrente de ilusiones y de proyectos, como si tuviera siempre la vida por delante. En ese sentido era verdaderamente un adolescente.
Como artista no tuvo nunca suerte. Uno de sus ballets, Enrosadira, había logrado traspasar las puertas de la Scala, figuraba ya en los programas de mano; vinieron entonces los bombardeos y no se volvió a hablar más de ello. Aquella confianza en el futuro compensaba en cierta manera su mala suerte. Con tantas ideas y con tanto entusiasmo debía de haberse abierto
camino. Sin embargo, vio como amigos de su edad habían conseguido una buena posición, una reputación, una esposa, hijos ya crecidos, una secretaria, una villa, un automóvil. Mientras él estaba, en cierto modo, siempre comenzando y vivía sólo. De temperamento amable, incapaz de envidia, gentleman por naturaleza, no se irritaba jamás; o en todo caso, disimulaba su tristeza con un extraordinario pudor. Se le tenía por un artista algo excéntrico, bohemio, un Peter Pan adulto, un personaje del siglo XIX nacido con cien años de retraso. De ahí su incapacidad para integrarse en eso que se ha convenido en llamar la vida. De ahí también la dispersión de su talento en tantas direcciones. Se apreciaba su compañía ya que era brillante, leal, humano, y hablaba como nadie de la música y de la montaña, con imágenes extraordinarias, con adjetivos y onomatopeyas cuyo carácter barroco cautivaba, pues eran profundamente originales y sinceras. Pero sobre todo, había que oírle narrar sus ascensiones en solitario, los vivacs a más de 3.000 metros, las tormentas. Ahí estaba lo mejor de sí mismo; y sus relatos, aunque insólitos y extraños, tenían el acento de la verdad. Tanto que en sus novelas Norte azul y El silencio tiene las manos abiertas los más hermosos pasajes son los consagrados a la montaña.

Sus amigos le estimaban pero una vez acabada la charla, volvían a sus asuntos ya sus casas. Y Zapparoli el artista, el bohemio, caminaba solo por las calles desiertas rumiando sus esperanzas de días mejores. Sí, lo mejor estaba aún por llegar. Pero cincuenta años ya pesan. Un día, de pronto, se contempla lo que resta de camino: ayer parecía que no iba a acabar nunca; y ahora resulta que apenas queda un corto tramo, estrecho, trabajoso; no lo bordean bosques ni ninfas, sólo arbustos desmedrados y, allá en el horizonte, el polvo de la estepa. Llega el día en que ya no basta tener el espíritu joven, porque la piel se aja y sobre el rostro de arcángel se dibujan las arrugas; porque llega una manada de jóvenes lobos que no se había visto venir. Nace entonces una duda: ¿Y si la bella historia no comenzó jamás, si los buenos tiempos son ya del pasado?

Pero le quedaba la montaña. Mucho más que los hombres, la montaña le había tratado bien; Zapparoli había encontrado allá arriba alegrías auténticas e incluso un destello de gloria. Le estaba agradecido: la abordaba con respeto y amor, no la acometía a tontas ya locas, sino después de mucho estudio y tentativa. Se entrenaba con rigor y en la primavera realizaba largas excursiones con una mochila cargada de piedras. Es cierto que necesitaba asimismo una gran dosis de suerte para salir con bien de proezas como las suyas, temerarios juegos de azar ~ insólitos y sobre inmensas y espantosas paredes en ruina, ametralladas por las piedras y los aludes.

Cuando escribo estas palabras, me remuerde la conciencia: remordimientos de no haberme mostrado más amable con él la última vez que vino a verme a la redacción, de haberle dicho sin ambages que su último relato no estaba a la altura, de no haber sabido hacer prueba de humildad y de paciencia con alguien que tenía tanto de ambas, de no haber sabido comprenderle mejor cuando callaba por dignidad aquello que ya le roía interiormente, de escribir hoy palabras que tal vez le disgustarían. Estoy convencido no obstante que, comprensivo e indulgente como ~es ni ninfas, era, si pudiese leer estas líneas por encima de mi hombro -y, por otra parte, ¿por qué no? ¿qué sabemos nosotros, al fin y al cabo?- sonreiría y juraría que todo es verdad, incluso aunque no lo creyera, con tal de no contrariarnos.

Un hombre que, ya en la cincuentena, comienza a sentir el peso de los años, sale de un refugio, en plena noche y va a la aventura. En el gran claro de luna, la pared se alza imponente entre vagos ecos de desprendimientos lejanos. El artista cansado y desdichado, vuelve hacia la única criatura que, además de su padre y de su madre, ha sido benigna con él.

Tal vez un poco antes de partir, tumbado en la litera del refugio, ha meditado largamente sobre mañanas lúgubres. Tal vez se ha dado cuenta de que no es ya un hombre joven, un Peter Pan, sino un solitario viejo; que ha perdido sus padres que eran sus raíces; que todo o casi todo está aún por iniciar; que se halla solo bajo la lluvia en las aceras de Milán, descorazonado,
ahogado por el sentimiento de lejanía e inaccesibilidad de las montañas. Tal vez se ha visto a si mismo recorriendo las calles para colocar sus trabajos literarios y musicales a los que, sin duda, les ha faltado una época más próspera, más calmada, más amante del arte y un público más refinado; o llamando a las puertas de los periódicos, de las editoriales, de los teatros, de viejos amigos que tienen la cabeza en otras preocupaciones, amigos distraídos y egoístas, como yo mismo. Tal vez ha entrevisto la puesta de sol melancólica de una tarde que ni siquiera ha existido. Alrededor suyo el estrépito de un mundo ansioso y ajeno donde no encontraba su lugar. Y la montaña ¿sería generosa una vez más con él? Aunque suene atroz, me pregunto si la gran pared no ha sido en efecto bondadosa. " jZapparoli, Zapparoli!" gritamos haciendo bocina con las manos hacia los glaciares mudos. " ¿Zapparoli, por qué no regresas?" Pero, en el fondo ¿no somos unos hipócritas? ¿Qué podríamos ofrecerle si regresara? De este modo finalmente permanece intacto, guarda su silueta de arcángel, llevado en una especie de triunfo, mientras desde el viento, las rocas, las nieves, las aguas, los hielos interpretan las sinfonías que él habría del alpinismo querido componer. Puedo verle siempre allí, empuñando su piolet, terriblemente indefenso y solo, muy pequeño, un niño en la misteriosa inmensidad del santuario.

Dino Buzzati, Corriere Della Sera, 1 de septiembre de 1951.

Extret de Tramuntar, nº1, octubre de 2006, publicat en conmemoració del centenari del naixement de Dino Buzzati (1906-1972)

Jorge Cruz Orozco, 2006