SUBIDA
AL MONTE VENTOSO
FRANCESCO
PETRARCA

La excursión de Dante
al Mont Ventoux, en la Provenza francesa, se ha considerado
por los historiadores del montañismo como la primera
ascensión a una montaña con fines puramente personales,
alejada de un deseo de conquista o exploración. Reproducimos
aquí este texto fundacional del montañismo, de
enorme valor histórico.
A
DIONISIO DA BURGO SAN SEPOLCRO, DE LA ORDEN DE SAN AGUSTÍN
Y PROFESOR DE SAGRADAS ESCRITURAS, ACERCA DE CIERTAS PREOCUPACIONES
PROPIAS
(FAM. IV, 1)
Impulsado
únicamente por el deseo de contemplar un lugar célebre
por su altitud, hoy he escalado el monte más alto de
esta región, que no sin motivo llaman Ventoso. Hace muchos
años que estaba en mi ánimo emprender esta ascensión;
de hecho, por ese destino que gobierna la vida de los hombres,
he vivido –como ya sabes– en este lugar desde mi
infancia y ese monte, visible desde cualquier sitio, ha estado
casi siempre ante mis ojos. El impulso de hacer finalmente lo
que cada día me proponía se apoderó de
mí, sobre todo, después de releer, hace unos días,
la historia romana de Tito Livio, cuando por casualidad di con
aquel pasaje en el que Filipo, rey de Macedonia, –aquel
que hizo la guerra contra Roma–, asciende al Hemo, una
montaña de Tesalia desde cuya cima pensaba que podrían
verse, según era fama, dos mares, el Adriático
y el Mar Negro. No tengo certeza de si ello es cierto o falso,
ya que el monte está lejos de nuestra ciudad y la discordancia
entre los autores hace poner en duda el dato. Por citar sólo
a algunos, el cosmógrafo Pomponio Mela refiere el hecho
tal cual, dándolo por cierto; Tito Livio opina que es
falso; en cuanto a mí, si pudiera tener experiencia directa
de aquel monte con tan tanta facilidad como la he tenido de
éste, despejaría rápidamente la duda. Pero
dejando de lado aquel monte, volveré al nuestro.
Me
pareció que podía excusarse en un joven ciudadano
particular lo que era apropiado para un rey anciano. Sin embargo,
al pensar en un compañero de viaje, ninguno de mis amigos
–por increíble que sea decirlo– me parecía
adecuado en todos los aspectos, hasta tal punto es rara, incluso
entre personas que se estiman, la perfecta sintonía de
voluntades y carácter. Uno resultaba demasiado tardo,
otro demasiado precavido; éste demasiado cauto, aquel
impulsivo en exceso; éste demasiado lóbrego, aquel
demasiado jovial; en fin, uno era más torpe y otro más
prudente de lo que hubiera querido. Me espantaba el silencio
de éste, de aquél su impúdica locuacidad;
el peso y el tamaño de uno, la delgadez y debilidad del
otro. Me echaba para atrás, de éste, la fría
indiferencia: de aquél, la frenética actividad.
Defectos que, aunque graves, pueden tolerarse en casa –pues
todo lo soporta el afecto y la amistad ninguna carga rechaza–,
mas estas mismas faltas en un viaje se hacen insuportables.
Así, mi exigente espíritu, que deseaba disfrutar
de un honesto deleite, sopesaba desde todos los ángulos
cada una de ellas sin detrimento de la amistad, rechazando en
silencio cualquier cosa que previera que iba a suponer una molestia
para el viaje que me proponía. ¿Qué opinas?
Finalmente busqué ayuda en casa, y revelé mi intención
a mi único hermano, menor que yo y al que tú conoces
bien. Nadie pudo haberlo escuchado con mayor alegría,
feliz de ser para mí al mismo tiempo un amigo y un hermano.
El
día establecido partimos de casa, llegando al atardecer
a Malaucène, un lugar en la falda de la montaña,
en la ladera septentrional. Allí nos demoramos un dá
y, finalmente, al día siguiente, acompañado cada
uno de sus criados, ascendimos la montaña no sin mucha
dificultad, pues se trata de una mole empinada, rocosa y casi
inacesible. Pero como dijo el poeta: “el trabajo ímprobo
todo lo vence”. Lo prolongado del día, la suavidad
del aire, la fortaleza de nuestra determinación, el vigor
y la agilidad corporales y el resto de las circunstancias favorecían
a los caminantes; sólo la naturaleza del lugar suponía
un obstáculo. En una loma de la montaña nos topamos
con un anciano pastor que trató de disuadirnos por todos
los medios y con abundantes razones de que continuáramos
el ascenso, relatándonos como cincuenta años antes,
empujado del mismo ardor juvenil, había ascendido hasta
la cumbre, sin que ello le reportara sino arrepentimiento y
fatiga, el cuerpo y las ropas desgarrados por las rocas y los
matorrales; tampoco sabía de nadie que antes o después
de aquella vez hubiera osado hacer otro tanto. Mientras nos
contaba estas cosas a voz en cuello, en nosotros –como
ocurre en los jóvenes, que no creen en quienes les aconsejan–
crecía el deseo, como resultado de la prohibición.
Entonces el anciano, advirtiendo que ninguno le atendía,
avanzó un corto trayecto entre las rocas y nos señaló
con el dedo un estrecho y escarpado sendero sin dejar de darnos
numerosos consejos, que todavía repetía cuando
ya la habíamos dado la espalda y nos alejábamos.
Abandonados con él las escasas ropas y objetos que podrían
suponer un impedimento en nuestra marcha, nos dispusimos a acometer
solos la escalada, ascendiendo con paso vivo. Pero como suele
suceder, al esfuerzo inicial le siguió velozmente la
fatiga, por lo que nos paramos en un risco, no muy lejos de
allí. Desde este punto retomamos el camino y seguimos
avanzando, pero más lentamente; yo, en particular, marchaba
con un paso más mesurado por un sendero del monte. Mientras
mi hermano se dirigía hacia las alturas por cierto atajo
que atravesaba la cima misma de la montaña, yo, más
flojo, descendía por el flanco más bajo y cuando
me llamaba, indicándome el camino más recto, le
respondía que esperaba que el acceso a la otra ladera
fuera más fàcil y que no me asustaba que la senda
fuera más larga si permitía proseguir más
llanamente. Pretendía así excusar mi pereza, pues
cuando los demás ya habían alcanzado la cumbre,
yo erraba por los valles sin que se abriera ante mi una vía
de acceso más fácil; por el contrario, el camino
se alargaba y el esfuerzo inútil se hacía más
pesado. Mientras tanto, agotado ya de cansancio e inquieto por
las confusas revueltas del camino, decidí intentar atacar
directamente la cumbre. Cuando exhausto e impaciente me reuní
con mi industrioso hermano, el cual se había restablecido
tumbándose un largo rato, ascendimos juntos durante un
trecho. Apenas habíamos dejado aquella colina, y he aquí
que habiendo olvidado el tortuoso recorrido anterior, me precipité
de nuevo sendero abajo, vagando otra vez por el valle en busca
de caminos largos y fáciles, aunque acabé dando
con un camino largo y difícil. Posponía, claro
está, el esfuerzo de la ascensión, pero la naturaleza
no se doblega al ingenio humano, ni es posible que alguien corpóreo
alcance las alturas descendiendo ¿Para qué decir
más? No sin risas de mi hermano y enojo mío, eso
me sucedió tres veces más en el transcurso de
unas pocas horas. Engañado así varias veces, me
senté en uno de los valles. Allí, pasando en un
vuelo mental de las cosas corpóreas a las incorpóreas,
me decía a mí mismo éstas o similares palabras:
“Has de saber que lo que has experimentado hoy en varias
ocasiones en el ascenso de este monte es lo que te sucede a
ti y a muchos cuando os acercáis a la vida beata; pero
no es tan fácil que los hombres se perciban de ello,
pues los movimientos del cuerpo son visibles, mas los del espíritu
permanecen invisibles y ocultos. En verdad, la vida que llamamos
beata está situada en un lugar excelso y, como dicen,
es angosta la vida la vía que conduce hasta ella. Asimismo,
se interponen muchas colinas y es necesario avanzar de virtud
en virtud, por preclaros peldaños. En la cima se halla
el final de todo y el término del camino al que nuestra
peregrinación se orienta. Allí desean llegar todos,
pero como dice Nasón: “Querer es poca cosa; necesario
es desear ardientemente algo para conseguirlo”. Tu, ciertamente,
–a menos que también te engañes en esto,
como en muchas otras cosas–, no solamente lo quieres,
sino que también lo ansías. Entonces ¿qué
te retiene? Nada, evidentemente, excepto la senda que atraviesa
los bajos deseos terrenales y que a primera vista parece más
llana y libre de obstáculos. Sin embargo, cuando hayas
vagado durante largo tiempo, habrás de ascender hacia
la cima de la vida beata bajo el peso de un esfuerzo pospuesto
de manera inoportuna o te deslizarás indolente en el
valle de tus pecados. Y si allí te hallaran –me
horrorizo de tal presentimiento– las tinieblas y las sombras
de la muerte, sufrirías la noche eterna en perpetuos
tormentos”. No sabría explicar cuánto ánimo
y vigor me infundió este pensamiento para afrontar lo
que me restaba de camino. ¡Y ojalá que pueda completar
con el espíritu aquel viaje por el que día y noche
suspiro de la misma manera que, superadas finalmente las dificultades,
hoy llevé a término el viaje a pie! Y no se si
será mucho más fácil lo que pueda ser realizado
por el propio espíritu, activo e inmortal, sin movimiento
espacial alguno en un abrir y cerrar de ojos, que lo que ha
de llevarse a cabo a lo largo de un periodo de tiempo con el
concurso del cuerpo moribundo y caduco y sometido a la pesada
impedimenta de sus miembros.
Hay
un pico más alto que todos los demás, al que los
montañeses llaman “Hijuelo”; por qué,
lo ignoro a menos que sea –supongo– para decirlo
a modo de antífrasis, como sucede en otros casos, pues
más bien parece el padre de todos los montes vecinos.
En su cima hay una pequeña planicie; allí, finalmente,
exhaustos, nos paramos a descansar. Y puesto que has alcanzado
las cuitas que se alzaron en mi pecho mientras ascendía,
escucha, padre, las restantes; te lo ruego, dedica una sola
de tus horas a leer lo que me sucedió en un día.
Primeramente,
alterado por cierta insólita ligereza del aire y por
el escenario sin límites, permanecí como privado
de sentido. Miré en torno de mí: las nubes estaban
bajo mis pies y ya me parecían menos increíbles
el Atos y el Olimpo mientras observaba desde una montaña
de menor fama lo que había leído y escuchado acerca
de ellos. Después dirigí mi mirada hacia las regiones
de Italia, a donde se inclina más mi ánimo; los
Alpes mismos, helados y cubiertos de nieve, a través
de los cuales aquel fiero enemigo del nombre de Roma pasó,
resquebrajando la roca con vinagre, si hemos de creer la leyenda,
parecían estar cerca de mí, cuando, sin embargo,
distaban un gran trecho de donde yo me encontraba. Suspiré,
lo confieso, en dirección al cielo de Italia, visible
más bien al ánimo que a los ojos, y me invadió
un deseo desmesurado de volver a ver a los amigos y la patria,
tal que en ese momento, no obstante, me avergoncé de
la debilidad aún no viril del sentimiento hacia ambos,
a pesar de que no me faltaba excusa para uno y otro, sostenido
con el apoyo de importantes testimonios.
Ocupó
entonces mi mente un nuevo pensamiento, que me transportó
de aquellos lugares hasta estos tiempos. Así pues, me
decía a mí mismo: “Hoy hace diez años
que, abandonados los estudios juveniles, marchaste de Bolonia
¡Oh dioses inmortales!, ¡oh sabiduría inmutable!,
¡cuántas y cuán considerables transformaciones
he visto en tu modo de vida durante este espacio de tiempo!
Omitiré innumerables de ellas, pues aún no me
encuentro en puerto, donde pueda recordar a salvo las tempestades
pasadas. Llegará quizás el día en que enumeraré
todos los hechos en el orden en que sucedieron, con aquellas
palabras de tu Agustín a modo de prólogo: “Quiero
recordar mis inmundicias pasadas y la corrupción carnal
de mi espíritu, no porque las ame, sino para amarte a
ti, Dios mío”. En cuanto a mí, ciertamente,
todavía me quedan muchos asuntos ambiguos y penosos.
Lo que solía amar, ya no lo amo; miento, lo amo pero
menos. He aquí que he vuelto a mentir: lo amo, pero más
vergonzosamente, con mayor tristeza; finalmente ya he dicho
la verdad. Pues así como es: amo, mas lo que querría
no amar, lo que desearía odiar; no obstante, amo, pero
contra mi voluntad, forzado, coaccionado, con pesar y deplorándolo.
Y reconozco en mí el sentido de aquel famosísimo
verso: “Odiaré, si puedo; si no, amaré a
mi pesar”. No han transcurrido aún tres años
desde que aquella voluntad disoluta y perversa, que me dominaba
del todo y reinaba en el castillo de mi corazón sin que
nadie se lo opusiera, comenzó a verse reemplazada por
otra, rebelde y reluctante. Entre ambas se ha entablado desde
entonces una lucha agotadora, que tiene como campo de batalla
mi mente, por el domino del hombre dividido que hay en mí”.
Así
meditaba acerca de los últimos diez años. Entonces
comencé a proyectar mis cuitas hacia el futuro, preguntándome
a mí mismo: “Si te tocara en suerte prolongar esta
vida efímera otros dos lustros y en ese tiempo te aproximaras
a la virtud proporcionalmente a cuanto lo has hecho durante
estos dos años gracias al combate que tu reciente voluntad
sostiene contra la antigua, alejado de tu porfía primitiva,
¿no podrías entonces acudir al encuentro de la
muerte a los cuarenta años, aunque falto de certeza,
al menos lleno de esperanza, renunciando con ánimo sereno
al resto de una vida que se desvanece en la vejez?”. Estos
y otros pensamientos parecidos daban vueltas en mi pecho, padre.
De mis progresos me alegraba y de mis imperfecciones me lamentaba,
así como de la común inestabilidad de las acciones
humanas. Perecía haber olvidado de algún modo
en qué lugar me encontraba y por qué razón
había acudido allí, hasta que, dejadas a un lado
mis cuitas, que eran más apropiadas para otro lugar,
miré en torno mío y vi aquello que había
venido a ver; cuando se me advirtió, y fue como si se
me sacara de un sueño, que se acercaba la hora de partir,
pues el sol se estaba poniendo ya y la sombra de la montaña
se alargaba, me volví para mirar hacia occidente. La
frontera entre la Galia e Hispania, los Pirineos, no podía
divisarse desde allí, no porque se interponga algún
obstáculo, que yo sepa, sino por la sola debilidad de
la vista humana; en cambio se veían con toda claridad
las montañas de la provincia de Lyon a la derecha, y
a la izquierda el mar que baña Marsella y Aigües-Mortes,
distante algunos días de camino; el Ródano mismo
estaba bajo mis ojos. Mientras contemplaba estas cosas en detalle
y me deleitaba en los aspectos terrenales u momento, para en
el siguiente elevar, a ejemplo del cuerpo, mi espíritu
a regiones superiores, se me ocurrió consultar el libro
de las Confesiones de Agustín, un presente fruto de tu
bondad, que guardo conmigo en recuerdo de su autor y de quien
me lo regaló y que tengo siempre a mano; una obra que
cabe en una mano, de reducido volumen, mas de infinita dulzura.
Lo abro para leer cualquier cosa que salga al paso ¿pues,
qué otra cosa, sino algo pío y devoto podría
encontrar en él? Por azar, el volumen se abre por el
libro décimo. Mi hermano, que permanecía expectante
para escuchar a Agustín por mi boca era todo oídos.
Dios sea testigo y mi propio hermano que allí estaba
presente, que en lo primero donde se detuvieron mis ojos estaba
escrito: “Y fueron los hombres a admirar las cumbres de
las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos
cauces de los ríos y la inmensidad del océano
y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí
mismos”. Me quedé estupefacto, lo confieso, y rogando
a mi hermano, que deseaba que siguiera leyendo, que no me molestara,
cerré el libro, enfadado conmigo mismo, porque incluso
entonces había estado admirando las cosas terrenales,
yo que ya para entonces debía haber aprendido de los
propios filósofos paganos que no hay ninguna cosa que
sea admirable fuera del espíritu, ante cuya grandeza
nada es grande.
Entonces,
contento, habiendo contemplado bastante la montaña, volví
hacia mi mismo los ojos interiores, y a partir de ese momento
nadie me oyó hablar hasta que llegamos al pie; aquella
frase me tenía suficientemente ocupado en silencio. Y
no podía persuadirme de que había dado con ella
por azar; al contrario, pensaba que lo que allí había
leído había sido escrito para mí y para
ningún otro, recordando como antaño Agustín
había supesto lo mismo sobre sí cuando, mientras
leía el libro de los Apóstoles, según él
mismo relata, lo primero que había venido a sus ojos
fue el siguiente pasaje: “No en banquetes ni en francachelas,
no en lechos ni en actos indecentes, no en los enfrentamientos
ni en la rivalidad, mas sumérgete en el señor
Jesucristo, y no alimentes la carne en tu concupiscencia”.
Lo mismo le había ocurrido previamente a Antonio, cuando
escuchó el lugar del Evangelio que dice: “Si quieres
ser perfecto, ve y vende cuanto tienes y dáselo a los
pobres. Después ven y sígueme y alcanzarás
un tesoro en el cielo” y como si esas palabras de la Escritura
hubieran sido leídas para él en particular, ganó
para sí el reino celestial, según cuenta su biógrafo
Atanasio. Del mismo modo que Antonio, que cuando escuchó
esto, ya no se propuso otra cosa, y al igual que Agustín,
que habiendo leído aquello, a partir de entonces no siguió
más allá, así yo tabién encontré
en el breve pasaje citado la razón y el límite
de toda mi lectura, meditando en silencio cuán faltos
de juicio están los hombres, pues descuidan la parte
más noble de sí mismos, se dispersan en múltiples
cosas y se pierden en vanas especulaciones, de modo que lo que
podrían hallar en su interior lo buscan fuera de sí.
Admiro la nobleza del alma, salvo cuando se desvía por
propia voluntad, alejándose de sus orígenes, y
torna en su desdoro lo que Dios le ha conferido para su honra.
¿Cuántas veces aquel día, mientras volvíamos,
piensas que me giré para contemplar la cumbre de la montaña?
Me pareció entonces que apenas tenía un codo de
altitud en comparación con la altura del alma humana
cuando no se sumerge en el fango de la inmundicia terrenal.
Este otro pensamiento se me ocurría también a
cada paso: “Si no he escatimado tal sudor y esfuerzo para
que mi cuerpo estuviera más cerca del cielo, ¿qué
cruz, qué prisión, qué suplicio debería
espantar al alma cuando está acercándose a Dios,
inflamada y a punto de conquistar la cima de la gloria y el
destino humano?”. Asímismo, me venía a la
mente este otro: “¿Cuántos habrá
que no se aparten de este sendero ya por temor a las dificultades,
ya por el deseo de comodidades?” ¡Oh, hombre feliz
en exceso! Si es que alguna vez ha existido, creo que es acerca
de él sobre quien opina el poeta:
¡Feliz
quien pudo conocer la razón de las cosas
y a todos los temores y al inexhorable hado
sometió bajo sus pies, así como el estrépito
del avaro Aqueronte!
¡Oh
con cuánto empeño debemos esforzarnos, no en alcanzar
un lugar más elevado en la tierra, sino en domeñar
nuestros apetitos, incitados por impulsos terrenales!
Entre
estos movimientos oscilantes de mi pecho, sin que sintiera lo
pedragoso del camino, torné a aquél rústico
hostal del que había partido antes del amanecer en lo
profundo de la noche; la luna llena se ofrecía a modo
de grata bienvenida a los caminantes. Así pues, entretanto,
mientras los criados se afanaban en preparar la cena, me marché
yo solo a un rincón de la casa, con el fin de escribirte
deprisa y a deshora esta carta, para evitar que, si la aplazaba,
con el cambio de lugar se transformaran quizá también
los sentimientos, apagándose mi deseo de escribirte.
Así, ve, mi querido padre, cómo no quiero ocultar
a tus ojos nada en mí, pues desvelo escrupulosamente
no sólo mi vida entera, sino también cada uno
de mis pensamientos; reza, te lo ruego, por ellos, para que
errabundos e inestables como han sido durante un largo tiempo,
encuentren alguna vez reposo y, habiendo oscilado inútilmente
de aquí para allá, se dirijan al único
bien, verdadero, cierto e inmutable. Vale.
Malaucène,
26 de abril
La
epístola, compuesta en 1353, aunque fechada en 1336,
pertenece a la colección de los Rerum familiarum libri,
IV, 1, cuyo texto fue fijado en Le familiari, según la
edición debida a V. Rossi y U. Bosco, Florencia, 1933-1942,
vol. I, pp. 153-161 y que he confrontado con la más reciente
edición bilingüe de Ugo Dotti, Urbino, 1974. Ambas
toman como base la edición de las Opera, Basilea, 1581.
Ed.
Península: Manifiestos del Humanismo. Col. Nexos, Barcelona
2000. Pp. 25-35.
Traducción de María Morrás