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Erase una vez, en un maravilloso reino de fantasía
donde todo era lo que parecía, un escorpión.
Un escorpión a secas, ni bueno, ni malo, ni guapo,
ni feo. Aun siendo tan común, en el reino todos
lo conocían, incluso el rey con su corona y toda
su pompa rompía el protocolo y se paraba a saludarlo.
Un buen día, el escorpión le pidió
audiencia y el rey, algo molesto, se la concedió
porque temía contrariarlo:
¿Por qué le tendré miedo?- se preguntó-
¡¡¡Yo soy el Rey!!!
Cuando el escorpión se presentó en la
corte, saludó al rey inclinando la cabeza como
corresponde y elogió su corona:
-Buen Rey, la corona de este reino ya brilla, creo que
ha llegado el momento de que le cuente mi secreto, creo
que puedo volar. Y querría demostrárselo
a su corte, ¿podría convocar a todos para
el té de esta tarde?-
El rey respiró aliviado. Eso era cosa de poco,
pero decidió que sería la última
vez que vería al escorpión, no era capaz
de razonar por qué, pero su sola presencia le
producía escalofríos.
Los primeros que llegaron fueron el médico con
su flamante maletín, el constructor que encontró
el modo de hacer ladrillos y el recién estrenado
relojero de la corte.
Poco después llegaron el pregonero, que felicitó
al médico por haber sabido curarle de su afonía
y el sabio ciego, que por algún milagro que nadie
se explicaba ya no era ciego y veía las cosas
de todos los mundos.
Luego hizo acto de presencia la Reina Madre, feliz porque
había encontrado a su hijo, el Rey, al que había
perdido. A la Reina Madre la acompañaba la jueza,
recién nombrada por el Rey a instancias de su
dulce progenitora, que la quería como nuera.
Segundos antes de que la hora se cumpliera, se presentó
el aguador, más eléctrico que nunca porque
había encontrado por fin su jarra. Casi no se
dio cuenta de que estuvo a punto de arrollar al músico
que llegaba tañendo en su lira la melodía
más hermosa que nadie de ese reino ni de ningún
otro había escuchado jamás.
Las campanadas de las cinco dieron paso al escorpión
junto a un Rey emocionado al ver reunida a su corte
bajo los influjos de tan bella música. Pero el
soldado, el ultimo invitado, irrumpió en la sala
con sus malos modos habituales diciendo a voz en grito
que había recuperado su espada.
El escorpión sonrió. Ya estaban todos.
Tomó su sitio en la gran mesa redonda, entre
Su Señoría la jueza y el sabio que ya
veía. Alzó la voz y les dijo:
"Aunque seguís aquí, ya casi no estais.
Estais bien, ya abrimos y limpiamos las viejas heridas.
Ahora pueden cicatrizarse. Mañana las maquillareis
y casi diriais que todo fue un mal sueño. Pero
yo no las olvidaré, siempre sabré donde
estaban, a qué olían, qué arma
provocó cada una de ellas.
Yo, ya solo, recordaré la forma de cada una de
ellas. ¡Qué bellas eran! Cada una a su
modo, tenía la impronta de ese ser maravilloso
que representais cada uno de vosotros, cada una reflejaba
vuestra verdadera esencia, vuestros miedos de siempre,
vuestras viejas seguridades ya vacías.
Os dejo marchar y veo que respirais aliviados. Mi sola
presencia os hace recordar, revivir ese dolor que considerais
feo, indigno, vergonzoso. No os diré que todo
esto os hizo más plenos, más humanos,
más vosotros. Pensaríais que es morbo,
no lo entenderíais. Como tampoco entiendeis qué
es lo que os acucia a que ahora os alejeis de mí.
Buscareis excusas, algo que dije o algo que os contarán
que dije. Y os hareis fuertes, os cargareis de razones
para volverme la espalda. No os preocupeis. Yo no diré
ni haré nada. No es de mí de quien huís,
sino de vosotros mismos. Intentais esquivar la posibilidad
de que pueda pasar de nuevo aquello, escapais del dolor,
no entendisteis lo suficiente.
O, tal vez sí.
En cuanto a mí, al principio, me invadirá
la pesadumbre. Me rebelaré contra mi propio destino.
Renegaré de mí mismo. La marcha de cada
uno, el desprecio y la ingratitud harán que me
jure no volver a acercarme a nadie más. Incluso
pensaré en seguiros, en arrojaros a la cara lo
que fuisteis, en poneros delante de los ojos esa realidad
que os empeñais en negar: un soldado sin espada,
un constructor sin ladrillos, un pregonero sin voz,
una madre sin su hijo, un rey sin corona, un médico
que no cura, una jueza sin ley, un sabio que no ve,
un relojero sin reloj, un aguador sin agua y un músico
sin lira.
O, tal vez no.
Puede ser que no piense nada de eso. Pero, en todo caso,
me descubriré en el pecho unas puñaladas
que huelen a vosotros, que me hablan de vosotros, que
son vuestras. Y sabré que todo está bien,
que no os habeis ido, que nunca os ireis, que estais
y estareis siempre en mí. Que formais parte de
mí. Cada una de vuestras puñaladas es
tan hermosa como cada uno de vosotros, cada marca que
me dejais es tan hermosa como lo fueron las vuestras.
Y le devolveré la sonrisa a vuestro recuerdo.
Exactamente igual como os sonrío ahora."
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