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Autor: José Antonio Rodríguez
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SINERGÍAS, TELEOLOGRAMAS Y ESPINAS DE PESCADO (I)

El problema de los aspectos en astrología

El establecimiento y la diferenciación de niveles entre los principios astrológicos ha sido una de los procedimientos que mayor claridad ha aportado a su conocimiento. En la cúspide de esta jerarquía de niveles, los aspectos desafían nuestra comprensión, al igual que el alma en lo alto de la conciencia desafía nuestra visión desconectada de las cosas y nuestra ignorancia. El misterio de los aspectos es el misterio del alma, velado tras las apariencias.

Aspectos y percepción
Tal y como se comenzó a emplear el término en astrología, aplicado a las relaciones angulares entre planetas, el término aspecto se empleó en el sentido original de contemplar u observar, siendo specere la raíz latina. Contemplar o considerar significa mirar con atención, al igual que observar implica prestar atención (siendo lo que llama la atención un “espectáculo”). Por lo tanto, en el origen de los aspectos tenemos una referencia directa al fenómeno de la percepción sensible, y al de la atención como función reguladora, discriminatoria y selectiva de la misma. La cuestión atencional es central en el estudio de la conciencia, en tanto muestra en la misma elementos direccionales y volitivos.

Entre otras derivaciones significativas encontramos auspicio, a vista de ave, curiosa por su connotación prognóstica que encontramos también en el origen del hecho astrológico. Más relevantes son el verbo especular (specula = puesto de observación), y la palabra espejo, superficie de reflexión; tanto especulación como reflexión aluden a la actividad mental dirigida (por la voluntad) y la contemplación selectiva de ideas. Redundando en este sentido, la expectación es la atención puesta en el devenir de la percepción, y las expectativas, inferencias acerca de la experiencia o esperanzas de suceso.

Podemos confirmar por tanto, que al menos desde este punto de vista, los aspectos tienen que ver con un modo de la actividad de la mente, que surge a partir de la percepción, y que a su vez da lugar a una configuración preliminar del campo de la experiencia perceptiva en un sentido, que según esperamos aclarar, resulta teleológico, es decir, dotado de finalidad.

 

Aspecto y apariencia

Por lo general, usamos el término aspecto cuando queremos referirnos a la apariencia que presentan las cosas, apariencia que cambia cuando también lo hace el punto de vista y la perspectiva. Lo que requiere mirar las cosas desde otro ángulo. En la observación astrológica, el punto de vista permanece constante, pero no así los fenómenos que observamos. Cuando nos movemos en el espacio, abordamos las cosas desde distintos ángulos, lo que nos lleva a su comprensión total ­ circular. Al girar en torno a algo de esta manera completa, se producen cambios en nuestra manera de ver las cosas, y por ende en nuestra subjetividad. Pero cuando son las cosas las que cambian, las que al girar alrededor nuestro nos presentan sus diferentes aspectos o ángulos, experimentamos la permanencia del observador ­ esta diferencia es la que introduce la ley de la relatividad. Y lo que se nos aparece en tanto que observadores son las distintas fases en las que se nos manifiesta o revela el mundo objetivo.

Lo que los aspectos revelan del mundo de las apariencias es que este no es continuo, sino discreto (con rigor, nos revelan su faz “cuántica”). A pesar de que la observación del ciclo solilunar, modelo original de los ciclos de relación, nos muestra un proceso gradual de revelación y de ocultamiento, la experiencia privilegia a determinados momentos del ciclo. El carácter de la relación misma, en el caso de la lunación, permanece oculto o subjetivo más del 80% (5/6) del tiempo que dura el ciclo, y solo se manifiesta o emerge con claridad en determinados intervalos en función de los orbes de sensibilización y en el resto de los ciclos planetarios, el periodo de latencia es aún mayor.

Fase (phainos) quiere decir precisamente aparición, manifestación. Las fases de la luna y de los planetas nos presentan los diferentes aspectos de un ciclo de iluminación y reflexión gradual de la luz del sol. En el plano, un ángulo se forma mediante la intersección de dos líneas en un punto, pero también los planos pueden intersectarse, dando lugar a aristas. De modo curioso, la palabra arista aludía originalmente al perfil de una espiga o de una espina de pescado, la manifestación de un esquema discontinuo o discreto de energía. Esto no es meramente fortuito: podríamos superponer una raspa de pescado a un esquema del sistema solar, y veríamos coincidir la espina central con el vector de expansión desde el sol hasta la periferia, apareciendo “espinas” allí donde las órbitas concéntricas cortan al vector.

Del mismo modo que en un mundo de energía, los números nos remiten a los principios arquetípicos que establecen diferentes ratios de vibración, originando por ende diferencias en la manifestación, el concepto de ángulo es igualmente arquetípico. Diferentes proposiciones esotéricas afirman que el espacio es una entidad, que los números son entidades, que las ideas son entidades. Los ángulos deben ser también entidades arquetípicas , expresando como lo hacen ratios numéricos que generan planos, delimitan espacios, — en algún lugar llega a establecerse la identidad entre la raíz latina angulus, ángulo, rincón, con la griega angelus, mensajero; aunque dudosa, no deja de ser sugestiva — y crean ciclos, como cualquier observación astronómica demuestra (el ciclo precesional mismo como sabemos se debe a una inclinación de 23º). Los ángulos, poseen una cualidad constructora de conciencia y también de forma: los elementos mínimos que permiten establecer una medida angular son dos rectas, dos direcciones en el espacio, que se cruzan en un punto. Es solo desde este punto, un verdadero punto de vista y un centro de percepción, desde el que es posible hacer una medición y encontrar un número que defina la relación entre dos direcciones en el espacio, dos caminos de la energía, y su repercusión en un plano de la existencia.

El carácter cíclico de los aspectos

Prestaremos ahora atención a este carácter polifásico de la relación entre los planetas. La actividad de nuestro sistema solar, no demasiado relevante pero sin duda un fenómeno bastante singular en el cosmos conocido, se inicia a partir del movimiento de rotación del sol sobre si mismo y de la irradiación de su energía al espacio del que su masa le permite apropiarse. La irradiación de energía va acompañada de la emisión o proyección de materia solar al espacio. Como consecuencia del movimiento solar, la materia del sistema se va arrastrada en este movimiento circular mientras al mismo tiempo se estratifica y condensa en las masas planetarias, las cuales se distribuyen en el espacio de forma puntual por lo que no puede sino ser el efecto de un campo magnético gravitatorio. Aunque estamos acostumbrados a pensar que el movimiento de los planetas describe órbitas en torno al sol, lo cierto es que el sol se mueve a su vez en dirección perpendicular a su ecuador, en apariencia hacia la estrella Vega y girando alrededor de otro centro de gravedad, con probabilidad Sirio. Extrapolando el momento de percepción del ser humano a la magnitud del sistema, el presente del mismo abarcaría unos ochenta años terrestres, tiempo en el que el plano invariante del sistema adquiriría una proyección tridimensional, y una forma ovoide en la que las órbitas de los planetas pasarían a ser espirales. Obtendríamos un cuerpo semejante a un caso especial de lo que en magnetismo conocemos como solenoide, un núcleo rodeado de espiras, formando verdaderas fundas o capas electromagnéticas en torno al sol, y muy semejante a lo que pensamos que podría ser la distribución concéntrica de los campos físico, emocional, mental, etc., en un ser humano.

Es evidente que cada órbita o espiral de un planeta posee una frecuencia, y que las relaciones entre las distintas frecuencias siguen las leyes de los números sencillos que podemos encontrar en progresiones propias del mundo orgánico, en particular las que se relacionan con la proporción áurea. Aunque no mediante una correspondencia perfecta, las medidas de las diferentes distancias, velocidades y periodos pueden ordenarse de forma que evidencien las mismas proporciones que encontramos en la escala diatónica sobre la que se basa la música occidental. Las órbitas planetarias, representando líneas equipotenciales en el campo gravitatorio del sistema solar, están por así decirlo, afinadas. La música tonal occidental se basa en la influencia gravitatoria que ejerce la nota fundamental de la escala sobre el discurso sonoro, y sin esta influencia, el devenir musical carecería de la finalidad y sentido del propósito que el ser humano necesita proyectar en todo fenómeno lineal, en especial el temporal; y con ello la música carecería de un sentido que pudiera intuirse. Para poder descubrir en el orden sonoro tal sentido, la relación entre los tonos de les escala debe poder representarse como relaciones entre números enteros, y este orden es discreto, no continuo ­ caso este de los números racionales.

De igual manera, la relaciones entre las órbitas expresan una distribución discreta de la energía en el espacio. De la imagen de espirales en torno a un núcleo se deduce con facilidad la imagen analógica de un transformador de corriente alterna. La irradiación solar que vitaliza el sistema, se transmite de una órbita a otra mediante transformaciones de frecuencia. Toda irradiación electromagnética propaga o transporta energía de un punto a otro del espacio, mientras que sus sucesivas modulaciones producen una diferenciación o descomposición del tono básico de este energía en frecuencias armónicas. Ahora bien, las diferencias perceptibles de tasas de vibración (o frecuencias), en tanto que discretas, dan a lugar a diferencias de cualidad al ser percibidas y toda percepción implica resonancia o vibración simpática con la energía que impacta (a la que se es sensible en virtud de cierto afinamiento o alineamiento).

Así que cada órbita planetaria representa una cualidad diferenciada de la energía solar, un tono preciso de la escala de frecuencias del sistema. Ahora bien, al traducir diferencias de vibración al movimiento en el espacio, resultando en velocidades distintas, nos encontramos con que las posiciones planetarias rítmicamente se alinean y se desalinean. En todo movimiento periódico o cíclico, llamamos a esto diferencias de fase. La analogía con la corriente alterna es de lo más pertinente debido a que ésta es cíclica, tiene una frecuencia y presenta fases en el seno de una polaridad fundamental que cambia de modo constante. Las diferentes fases de la corriente alterna transportan la energía eléctrica mediante modulaciones de su frecuencia e induciendo corrientes derivadas por resonancia.

Nos encontramos con que la interacción entre dos órbitas cualesquiera, cada una con su frecuencia identificativa, genera otro ciclo con una frecuencia distinta, que en cierto modo no estaba antes presente. Por ejemplo, el periodo de Júpiter es de 12 años, el de Saturno de aproximadamente 30, y el periodo del ciclo Júpiter-Saturno es de 20 años. Una frecuencia distinta, y por tanto, una nueva cualidad.

Procediendo de modo analógico, la generación de cualidades compuestas a partir de principios simples nos remite al proceso de diferenciación creciente que preside al menos una vertiente de la manifestación, con la proliferación de formas diferenciadas y el despliegue del potencial de la creación ­ siendo quizás el modelo más obvio la tabla periódica de los elementos químicos que sustentan todas las formas físicas.

Aspectos y planetas
Esta reflexión debería servir para resaltar la afinidad de los aspectos con los planetas, y no solo porque sean los planetas los que los formen. Dada la naturaleza por igual cíclica de las revoluciones planetarias en torno al sol, que da lugar a zodiacos o campos zodiacales, los cuales son continuos aunque variables, es frecuente establecer analogías entre los aspectos y los signos, considerando estos últimos en tanto que fases de un proceso, lo que en verdad es cierto. Aunque debe existir una relación substancial entre los ciclos de traslación y los de aspecto, ya Rudhyar diferenció entre ciclos de posición y ciclos de relación en “Los ciclos de lunación” ­ aunque luego, y no sin lógica, desde esta visión se adscribió la conjunción, el inicio del ciclo de relación, a Aries, el comienzo del ciclo de posición. Sin embargo, aunque la energía de los signos crece y decrece, lo hace sin solución de continuidad, lo que no puede decirse de los aspectos, que emergen o se manifiestan dentro de los estrechos límites de los orbes.

Han de ser los planetas, como de hecho se comprueba, los principales referentes para determinar la cualidad de los aspectos, porque las órbitas de los mismos, que son los espacios de probabilidad en los que el planeta se manifiesta, y a semejanza de las órbitas de los electrones, tienen un carácter discreto, y representan un nivel de energía bien delimitado. Y una asignación coherente debe reflejar el orden en el que la energía solar se diferencia y distribuye en el espacio, es decir según la secuencia planetaria a partir del sol. Es obvio que existe algún tipo de relación entre los niveles discretos (aspectos y planetas) y los niveles continuos (signos y casas) de la carta, puesto que de no ser así dejaría de tener sentido el orden clásico de las regencias planetarias en el zodiaco.

Aspectos y motivación

La estructura de aspectos se relaciona en psicología astrológica con el ámbito de la motivación, y la motivación es la raíz de todo movimiento, el sentido, la causa y la finalidad de toda experiencia. La energía es ser en movimiento y potencialidad. Existe una constante transformación entre el estado potencial y cinético de la energía, debido a la dualidad esencial espíritu-materia en el escenario del espacio. En el átomo humano que la carta representa vemos esta dualidad aparecer por primera vez como la tensión polar entre el centro y la periferia — las casas —, entre el punto irradiante del Padre y la Matriz receptiva del espacio. Esta diferencia de potencial entre los polos hace irradiar la energía latente hacia el mundo objetivo de las formas, salvando la distancia con el movimiento.

Podemos entender por tanto la motivación como la manifestación de impulsos dirigidos hacia una meta u objetivo. Pero el objetivo es tanto el fin de algo como su manifestación formal ­ que “yace” (ob jectum, jacere) ante nuestros sentidos y susceptible de ser conocida. El objetivo de la manifestación es el mundo objetivo. Y la motivación es el impulso hacia la manifestación objetiva de una finalidad.

Existe una finalidad a priori, meta (mas allá) o teleos, que tiende a plasmarse en lo objetivo, siendo a partir de ahí posible su inteligencia por el ser humano, cuya conciencia se proyecta sobre el mundo de la formas de la misma forma que la cabeza de nuestro pez da la espalda a su motor caudal, al origen del movimiento. Esta separación del origen hace caer en el olvido o la inconsciencia la motivación causal, y hace que sea preciso observar el efecto creado para deducir su fuente y su finalidad. La finalidad configura la experiencia; siendo inconsciente, esta configuración se alcanza por medios también inconscientes, y lo que podemos observar son sus efectos. La finalidad solo puede ser identificada atendiendo a la forma de la experiencia, abstrayéndose de ella y remontándose hasta la fuente. Por lo tanto, el conocimiento objetivo por medio de la experiencia es tanto la finalidad de la manifestación como el medio de reconocería.

Lo que quiera que emane del centro de la carta solo podemos entenderlo en términos de vida, voluntad, propósito y finalidad. Propósito, proposición o propuesta es tanto como representación de una idea en tanto que móvil o proyecto; el enunciado “proponer un problema” es tautológico: (proballo = proponere). El propósito central de la carta plantea un problema cuya solución se encuentra en la estructura de aspectos, de igual modo que el Plan divino es la respuesta de la materia inteligente al Propósito Divino, la articulación de un orden en el tiempo y el espacio, una estrategia de realización. La energía emanada radialmente desde el centro es una tanto misión como e-misión, más bien una pro-misión o pre-misa: en lógica de enunciados, una premisa bien fundada contiene el germen o per-mite el paso a una conclusión que represente una verdadera progresión en el pensamiento. Y en esta progresión del pensamiento, en esta extracción de significado del conocimiento, parece residir la finalidad de la evolución humana.

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