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El problema de los aspectos en
astrología
El establecimiento y la diferenciación de niveles
entre los principios astrológicos ha sido una
de los procedimientos que mayor claridad ha aportado
a su conocimiento. En la cúspide de esta jerarquía
de niveles, los aspectos desafían nuestra comprensión,
al igual que el alma en lo alto de la conciencia desafía
nuestra visión desconectada de las cosas y nuestra
ignorancia. El misterio de los aspectos es el misterio
del alma, velado tras las apariencias.
Aspectos y percepción
Tal y como se comenzó a emplear el término
en astrología, aplicado a las relaciones angulares
entre planetas, el término aspecto se empleó
en el sentido original de contemplar u observar, siendo
specere la raíz latina. Contemplar o considerar
significa mirar con atención, al igual que observar
implica prestar atención (siendo lo que llama
la atención un espectáculo).
Por lo tanto, en el origen de los aspectos tenemos una
referencia directa al fenómeno de la percepción
sensible, y al de la atención como función
reguladora, discriminatoria y selectiva de la misma.
La cuestión atencional es central en el estudio
de la conciencia, en tanto muestra en la misma elementos
direccionales y volitivos.
Entre otras derivaciones significativas encontramos
auspicio, a vista de ave, curiosa por su connotación
prognóstica que encontramos también en
el origen del hecho astrológico. Más relevantes
son el verbo especular (specula = puesto de observación),
y la palabra espejo, superficie de reflexión;
tanto especulación como reflexión aluden
a la actividad mental dirigida (por la voluntad) y la
contemplación selectiva de ideas. Redundando
en este sentido, la expectación es la atención
puesta en el devenir de la percepción, y las
expectativas, inferencias acerca de la experiencia o
esperanzas de suceso.
Podemos confirmar por tanto, que al menos desde este
punto de vista, los aspectos tienen que ver con un modo
de la actividad de la mente, que surge a partir de la
percepción, y que a su vez da lugar a una configuración
preliminar del campo de la experiencia perceptiva en
un sentido, que según esperamos aclarar, resulta
teleológico, es decir, dotado de finalidad.
Aspecto y apariencia
Por lo general, usamos el término aspecto cuando
queremos referirnos a la apariencia que presentan las
cosas, apariencia que cambia cuando también lo
hace el punto de vista y la perspectiva. Lo que requiere
mirar las cosas desde otro ángulo. En la observación
astrológica, el punto de vista permanece constante,
pero no así los fenómenos que observamos.
Cuando nos movemos en el espacio, abordamos las cosas
desde distintos ángulos, lo que nos lleva a su
comprensión total circular. Al girar en
torno a algo de esta manera completa, se producen cambios
en nuestra manera de ver las cosas, y por ende en nuestra
subjetividad. Pero cuando son las cosas las que cambian,
las que al girar alrededor nuestro nos presentan sus
diferentes aspectos o ángulos, experimentamos
la permanencia del observador esta diferencia
es la que introduce la ley de la relatividad. Y lo que
se nos aparece en tanto que observadores son las distintas
fases en las que se nos manifiesta o revela el mundo
objetivo.
Lo que los aspectos revelan del mundo de las apariencias
es que este no es continuo, sino discreto (con rigor,
nos revelan su faz cuántica). A pesar
de que la observación del ciclo solilunar, modelo
original de los ciclos de relación, nos muestra
un proceso gradual de revelación y de ocultamiento,
la experiencia privilegia a determinados momentos del
ciclo. El carácter de la relación misma,
en el caso de la lunación, permanece oculto o
subjetivo más del 80% (5/6) del tiempo que dura
el ciclo, y solo se manifiesta o emerge con claridad
en determinados intervalos en función de los
orbes de sensibilización y en el resto de los
ciclos planetarios, el periodo de latencia es aún
mayor.
Fase (phainos) quiere decir precisamente aparición,
manifestación. Las fases de la luna y de los
planetas nos presentan los diferentes aspectos de un
ciclo de iluminación y reflexión gradual
de la luz del sol. En el plano, un ángulo se
forma mediante la intersección de dos líneas
en un punto, pero también los planos pueden intersectarse,
dando lugar a aristas. De modo curioso, la palabra arista
aludía originalmente al perfil de una espiga
o de una espina de pescado, la manifestación
de un esquema discontinuo o discreto de energía.
Esto no es meramente fortuito: podríamos superponer
una raspa de pescado a un esquema del sistema solar,
y veríamos coincidir la espina central con el
vector de expansión desde el sol hasta la periferia,
apareciendo espinas allí donde las
órbitas concéntricas cortan al vector.
Del mismo modo que en un mundo de energía, los
números nos remiten a los principios arquetípicos
que establecen diferentes ratios de vibración,
originando por ende diferencias en la manifestación,
el concepto de ángulo es igualmente arquetípico.
Diferentes proposiciones esotéricas afirman que
el espacio es una entidad, que los números son
entidades, que las ideas son entidades. Los ángulos
deben ser también entidades arquetípicas
, expresando como lo hacen ratios numéricos que
generan planos, delimitan espacios, en algún
lugar llega a establecerse la identidad entre la raíz
latina angulus, ángulo, rincón, con la
griega angelus, mensajero; aunque dudosa, no deja de
ser sugestiva y crean ciclos, como cualquier
observación astronómica demuestra (el
ciclo precesional mismo como sabemos se debe a una inclinación
de 23º). Los ángulos, poseen una cualidad
constructora de conciencia y también de forma:
los elementos mínimos que permiten establecer
una medida angular son dos rectas, dos direcciones en
el espacio, que se cruzan en un punto. Es solo desde
este punto, un verdadero punto de vista y un centro
de percepción, desde el que es posible hacer
una medición y encontrar un número que
defina la relación entre dos direcciones en el
espacio, dos caminos de la energía, y su repercusión
en un plano de la existencia.
El carácter cíclico
de los aspectos
Prestaremos ahora atención a este carácter
polifásico de la relación entre los planetas.
La actividad de nuestro sistema solar, no demasiado
relevante pero sin duda un fenómeno bastante
singular en el cosmos conocido, se inicia a partir del
movimiento de rotación del sol sobre si mismo
y de la irradiación de su energía al espacio
del que su masa le permite apropiarse. La irradiación
de energía va acompañada de la emisión
o proyección de materia solar al espacio. Como
consecuencia del movimiento solar, la materia del sistema
se va arrastrada en este movimiento circular mientras
al mismo tiempo se estratifica y condensa en las masas
planetarias, las cuales se distribuyen en el espacio
de forma puntual por lo que no puede sino ser el efecto
de un campo magnético gravitatorio. Aunque estamos
acostumbrados a pensar que el movimiento de los planetas
describe órbitas en torno al sol, lo cierto es
que el sol se mueve a su vez en dirección perpendicular
a su ecuador, en apariencia hacia la estrella Vega y
girando alrededor de otro centro de gravedad, con probabilidad
Sirio. Extrapolando el momento de percepción
del ser humano a la magnitud del sistema, el presente
del mismo abarcaría unos ochenta años
terrestres, tiempo en el que el plano invariante del
sistema adquiriría una proyección tridimensional,
y una forma ovoide en la que las órbitas de los
planetas pasarían a ser espirales. Obtendríamos
un cuerpo semejante a un caso especial de lo que en
magnetismo conocemos como solenoide, un núcleo
rodeado de espiras, formando verdaderas fundas o capas
electromagnéticas en torno al sol, y muy semejante
a lo que pensamos que podría ser la distribución
concéntrica de los campos físico, emocional,
mental, etc., en un ser humano.
Es evidente que cada órbita o espiral de un
planeta posee una frecuencia, y que las relaciones entre
las distintas frecuencias siguen las leyes de los números
sencillos que podemos encontrar en progresiones propias
del mundo orgánico, en particular las que se
relacionan con la proporción áurea. Aunque
no mediante una correspondencia perfecta, las medidas
de las diferentes distancias, velocidades y periodos
pueden ordenarse de forma que evidencien las mismas
proporciones que encontramos en la escala diatónica
sobre la que se basa la música occidental. Las
órbitas planetarias, representando líneas
equipotenciales en el campo gravitatorio del sistema
solar, están por así decirlo, afinadas.
La música tonal occidental se basa en la influencia
gravitatoria que ejerce la nota fundamental de la escala
sobre el discurso sonoro, y sin esta influencia, el
devenir musical carecería de la finalidad y sentido
del propósito que el ser humano necesita proyectar
en todo fenómeno lineal, en especial el temporal;
y con ello la música carecería de un sentido
que pudiera intuirse. Para poder descubrir en el orden
sonoro tal sentido, la relación entre los tonos
de les escala debe poder representarse como relaciones
entre números enteros, y este orden es discreto,
no continuo caso este de los números racionales.
De igual manera, la relaciones entre las órbitas
expresan una distribución discreta de la energía
en el espacio. De la imagen de espirales en torno a
un núcleo se deduce con facilidad la imagen analógica
de un transformador de corriente alterna. La irradiación
solar que vitaliza el sistema, se transmite de una órbita
a otra mediante transformaciones de frecuencia. Toda
irradiación electromagnética propaga o
transporta energía de un punto a otro del espacio,
mientras que sus sucesivas modulaciones producen una
diferenciación o descomposición del tono
básico de este energía en frecuencias
armónicas. Ahora bien, las diferencias perceptibles
de tasas de vibración (o frecuencias), en tanto
que discretas, dan a lugar a diferencias de cualidad
al ser percibidas y toda percepción implica resonancia
o vibración simpática con la energía
que impacta (a la que se es sensible en virtud de cierto
afinamiento o alineamiento).
Así que cada órbita planetaria representa
una cualidad diferenciada de la energía solar,
un tono preciso de la escala de frecuencias del sistema.
Ahora bien, al traducir diferencias de vibración
al movimiento en el espacio, resultando en velocidades
distintas, nos encontramos con que las posiciones planetarias
rítmicamente se alinean y se desalinean. En todo
movimiento periódico o cíclico, llamamos
a esto diferencias de fase. La analogía con la
corriente alterna es de lo más pertinente debido
a que ésta es cíclica, tiene una frecuencia
y presenta fases en el seno de una polaridad fundamental
que cambia de modo constante. Las diferentes fases de
la corriente alterna transportan la energía eléctrica
mediante modulaciones de su frecuencia e induciendo
corrientes derivadas por resonancia.
Nos encontramos con que la interacción entre
dos órbitas cualesquiera, cada una con su frecuencia
identificativa, genera otro ciclo con una frecuencia
distinta, que en cierto modo no estaba antes presente.
Por ejemplo, el periodo de Júpiter es de 12 años,
el de Saturno de aproximadamente 30, y el periodo del
ciclo Júpiter-Saturno es de 20 años. Una
frecuencia distinta, y por tanto, una nueva cualidad.
Procediendo de modo analógico, la generación
de cualidades compuestas a partir de principios simples
nos remite al proceso de diferenciación creciente
que preside al menos una vertiente de la manifestación,
con la proliferación de formas diferenciadas
y el despliegue del potencial de la creación
siendo quizás el modelo más obvio
la tabla periódica de los elementos químicos
que sustentan todas las formas físicas.
Aspectos y planetas
Esta reflexión debería servir para resaltar
la afinidad de los aspectos con los planetas, y no solo
porque sean los planetas los que los formen. Dada la
naturaleza por igual cíclica de las revoluciones
planetarias en torno al sol, que da lugar a zodiacos
o campos zodiacales, los cuales son continuos aunque
variables, es frecuente establecer analogías
entre los aspectos y los signos, considerando estos
últimos en tanto que fases de un proceso, lo
que en verdad es cierto. Aunque debe existir una relación
substancial entre los ciclos de traslación y
los de aspecto, ya Rudhyar diferenció entre ciclos
de posición y ciclos de relación en Los
ciclos de lunación aunque luego,
y no sin lógica, desde esta visión se
adscribió la conjunción, el inicio del
ciclo de relación, a Aries, el comienzo del ciclo
de posición. Sin embargo, aunque la energía
de los signos crece y decrece, lo hace sin solución
de continuidad, lo que no puede decirse de los aspectos,
que emergen o se manifiestan dentro de los estrechos
límites de los orbes.
Han de ser los planetas, como de hecho se comprueba,
los principales referentes para determinar la cualidad
de los aspectos, porque las órbitas de los mismos,
que son los espacios de probabilidad en los que el planeta
se manifiesta, y a semejanza de las órbitas de
los electrones, tienen un carácter discreto,
y representan un nivel de energía bien delimitado.
Y una asignación coherente debe reflejar el orden
en el que la energía solar se diferencia y distribuye
en el espacio, es decir según la secuencia planetaria
a partir del sol. Es obvio que existe algún tipo
de relación entre los niveles discretos (aspectos
y planetas) y los niveles continuos (signos y casas)
de la carta, puesto que de no ser así dejaría
de tener sentido el orden clásico de las regencias
planetarias en el zodiaco.
Aspectos y motivación
La estructura de aspectos se relaciona en psicología
astrológica con el ámbito de la motivación,
y la motivación es la raíz de todo movimiento,
el sentido, la causa y la finalidad de toda experiencia.
La energía es ser en movimiento y potencialidad.
Existe una constante transformación entre el
estado potencial y cinético de la energía,
debido a la dualidad esencial espíritu-materia
en el escenario del espacio. En el átomo humano
que la carta representa vemos esta dualidad aparecer
por primera vez como la tensión polar entre el
centro y la periferia las casas , entre
el punto irradiante del Padre y la Matriz receptiva
del espacio. Esta diferencia de potencial entre los
polos hace irradiar la energía latente hacia
el mundo objetivo de las formas, salvando la distancia
con el movimiento.
Podemos entender por tanto la motivación como
la manifestación de impulsos dirigidos hacia
una meta u objetivo. Pero el objetivo es tanto el fin
de algo como su manifestación formal que
yace (ob jectum, jacere) ante nuestros sentidos
y susceptible de ser conocida. El objetivo de la manifestación
es el mundo objetivo. Y la motivación es el impulso
hacia la manifestación objetiva de una finalidad.
Existe una finalidad a priori, meta (mas allá)
o teleos, que tiende a plasmarse en lo objetivo, siendo
a partir de ahí posible su inteligencia por el
ser humano, cuya conciencia se proyecta sobre el mundo
de la formas de la misma forma que la cabeza de nuestro
pez da la espalda a su motor caudal, al origen del movimiento.
Esta separación del origen hace caer en el olvido
o la inconsciencia la motivación causal, y hace
que sea preciso observar el efecto creado para deducir
su fuente y su finalidad. La finalidad configura la
experiencia; siendo inconsciente, esta configuración
se alcanza por medios también inconscientes,
y lo que podemos observar son sus efectos. La finalidad
solo puede ser identificada atendiendo a la forma de
la experiencia, abstrayéndose de ella y remontándose
hasta la fuente. Por lo tanto, el conocimiento objetivo
por medio de la experiencia es tanto la finalidad de
la manifestación como el medio de reconocería.
Lo que quiera que emane del centro de la carta solo
podemos entenderlo en términos de vida, voluntad,
propósito y finalidad. Propósito, proposición
o propuesta es tanto como representación de una
idea en tanto que móvil o proyecto; el enunciado
proponer un problema es tautológico:
(proballo = proponere). El propósito central
de la carta plantea un problema cuya solución
se encuentra en la estructura de aspectos, de igual
modo que el Plan divino es la respuesta de la materia
inteligente al Propósito Divino, la articulación
de un orden en el tiempo y el espacio, una estrategia
de realización. La energía emanada radialmente
desde el centro es una tanto misión como e-misión,
más bien una pro-misión o pre-misa: en
lógica de enunciados, una premisa bien fundada
contiene el germen o per-mite el paso a una conclusión
que represente una verdadera progresión en el
pensamiento. Y en esta progresión del pensamiento,
en esta extracción de significado del conocimiento,
parece residir la finalidad de la evolución humana.
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