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Chernóbil. "¿Por qué lloras, mamá?"
Mientras cenaba he visto en "Pecado original".
Un pequeño reportaje sobre el atractivo turístico de
Chernóbil, un lugar al que cada año acuden más visitantes. Les fascina ver
el escenario de la mayor catástrofe nuclear europea. Como máximo, pueden
quedarse dos días, las radiaciones son muy peligrosas. Supongo que eso añade
más morbo a la experiencia.
Eso me recuerda al turismo bélico, al que disfruta
segregando adrenalina al recorrer la ex Yugoslavia poco después de que
acabaran sus guerras. Leí no sé dónde que hace unos años había un tour
operador italiano que invitaba a sus clientes a vestirse con el chaleco
antibalas y a viajar en 4x4 por parajes en los que aún se podía casi casi
oler a pólvora.
Todo ello me ha hecho recordar la entrevista que ayer
hacía Ima Sanchís a la periodista y escritora ucraniana Svetlana Aleksievich.
Entre las respuestas de esta experta en Chernóbil, aparecidas en La Contra
de La Vanguardia, destaco la siguiente:
"(...) Hay algo muy importante que ustedes no han
entendido.
–¿De qué se trata?
–Ustedes pueden estar tranquilamente sentados en su casa
de Barcelona, en sus despachos..., pero si ocurre un accidente en los países
Bálticos en poco tiempo la nube tóxica estará sobre sus cabezas, respirarán
ese aire y toda su vida se transformará.
–Todos estamos expuestos.
–Así es, por eso me parece ingenuo no tener una postura
ecológica clara, porque de ella depende nuestra supervivencia. Necesitamos
otro modelo de mundo. Si miles de bomberos y jovencísimos militares con
ideas heroicas en la cabeza no hubieran dado su vida apagando aquel fuego,
ahora no podríamos vivir en Europa.
Entrevista íntegra:
SVETLANA ALEKSIEVICH, PERIODISTA Y ESCRITORA, EXPERTA
EN CHERNÓBIL
"¿Por qué lloras, mamá?"
Nací en 1948 en Ucrania. Vivo en el exilio, en París, por
estar en contra del presidente de Bielorrusia. Me licencié en periodismo y
he publicado varios libros que no vieron la luz en mi país hasta la era
Gorbachov. Estoy separada, tengo una hija de 23 años. He dado una
conferencia en el CCCB sobre las consecuencias de Chernóbil
Todos los supervivientes de Chernóbil dicen lo mismo: lo
que ha ocurrido no se puede comparar con nada, es una faz nueva del mal.
Nadie estaba preparado para un acontecimiento de esas dimensiones ni para
sus consecuencias.
–Cuénteme lo que usted ha vivido.
–Me he pasado tres años viajando, preguntando a
trabajadores de la central, científicos, ex funcionarios, médicos, soldados,
personas evacuadas y las que se han quedado...
–También estuvo presente en la evacuación de algún pueblo.
–Chernóbil acabó con 485 aldeas y pueblos, 70 de ellos
están enterrados para siempre bajo tierra. La radiación hacía imposible la
vida allí pero aquella mujer no quería abandonar su casa: “Yo sé lo que es
la guerra, me dijo, pero ahora brilla sol y el campo florece. Todo vive, los
pájaros, los ratones... ¿Por qué tengo que abandonar mi casa?”.
–No entendía.
–Nadie entendía. Estamos viviendo un escenario de la
guerra del futuro. Chernóbil es muerte invisible. Sólo hay muerte, pero tú
no la ves, los campos están contaminados, el agua, el aire, la leche, el
trigo con el que se hace el pan. Ni siquiera puedes caminar descalzo sobre
la tierra. Y no tiene solución.
–Chernóbil sigue matando.
–Murieron centenares de miles de personas y todavía hay
dos millones que viven en los alrededores, más allá del área de seguridad de
30 kilómetros, y que siguen sufriendo las consecuencias.
–Hay pueblos en los que la mortalidad supera en un 20% a
la natalidad.
–Debido a la acción constante de pequeñas dosis de
radiación, en Bielorrusia cada año crece el número de enfermos de cáncer, de
personas con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicologías y
mutaciones genéticas.
–Hágame la crónica del futuro.
–Las consecuencia son todavía impredecibles porque durarán
miles de años. La radiactividad sigue ahí idéntica al primer día. Estar
embarazada es, en mi país, una desgracia. Pero hay algo muy importante que
ustedes no han entendido.
–¿De qué se trata?
–Ustedes pueden estar tranquilamente sentados en su casa
de Barcelona, en sus despachos..., pero si ocurre un accidente en los países
Bálticos en poco tiempo la nube tóxica estará sobre sus cabezas, respirarán
ese aire y toda su vida se transformará.
–Todos estamos expuestos.
–Así es, por eso me parece ingenuo no tener una postura
ecológica clara, porque de ella depende nuestra supervivencia. Necesitamos
otro modelo de mundo. Si miles de bomberos y jovencísimos militares con
ideas heroicas en la cabeza no hubieran dado su vida apagando aquel fuego,
ahora no podríamos vivir en Europa.
–La nube tóxica llegó hasta aquí.
–Aquel 26 de abril de 1986 se registraron niveles elevados
de radiación en Polonia, Alemania, Austria, Rumania. El 30 de abril en Suiza
y norte de Italia. El 1 y 2 de mayo en el resto de Europa y en Japón. El 4
de mayo en China. Luego en India, EE.UU...
–Tuvimos suerte.
–El cuarto reactor, la instalación llamada Refugio sigue
guardando en sus entrañas 20 toneladas de combustible nuclear. Las grietas
superan los 200 m2, por lo que siguen desprendiéndose aerosoles radiactivos.
–¿Puede el sarcófago destruirse?
–Según documentación que he recogido nadie lo sabe, hasta
hoy es imposible aproximarse. Pero todos los científicos saben que la
destrucción del Refugio daría lugar a unas consecuencias aún más terribles
que las que se produjeron en 1986.
–¿Cómo viven los supervivientes?
–“La muerte nos rodea”, me explicó la maestra Nina
Konstantinovma. “Doy clases a unos niños que no se parecen a los que había
hará unos diez años”.
–...
–“Ante los ojos de estos críos, constantemente entierran
algo o a alguien –dijo Nina–. Cuando están en formación caen desmayados,
cuando se quedan de pie unos 20 minutos les sangra la nariz. No hay nada que
les pueda asombrar o alegrar. Siempre soñolientos, cansados. Las caras,
pálidas, grises”.
–...
–“Ni juegan ni hacen el tonto –continuó explicándome la
maestra–. Y si se pelean, si rompen sin querer algo, los maestros hasta se
alegran. No les riñen, porque no se parecen a los niños. Y crecen tan
lentamente. Les pides en clase que te repitan algo y no pueden”.
–Ha recopilado usted historias sobrecogedoras.
–Son historias cotidianas. Existe la gran historia, el
accidente de Chernóbil que afectó a una quinta parte de Bielorrusia, y
existe la crónica cotidiana que todavía se escribe.
–... Y que podría ser la suya, la mía o la de cualquiera.
–Eso es lo que hay que entender. Cuando la central estaba
en llamas la gente salía a los balcones con los niños en los brazos: “Fíjate
bien en este espectáculo porque es único”, les decían. Ahora toda esa gente,
todas esas viudas que vieron regresar a sus maridos de la central, los
vieron llenarse de llagas y escupir pedazos de pulmón, siguen sin entender.
–¿Viven con miedo?
–Sí. Me da miedo vivir en esta tierra, me confesaba una
mujer. Me han dado un dosímetro, ¿Y para qué me hace falta? Lavo la ropa, la
tengo blanca como la nieve, en cambio el dosímetro pita. Preparo la comida,
pita. ¿Para qué lo quiero? Doy de comer a los niños y lloro.
“¿Por qué lloras, mamá?”
IMA SANCHÍS - 29/07/2004 - La Vanguardia
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