domingo, 27 de julio de 2008


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El Cerro.. Niños de Belarus
 

Reportaje visto en internet de: www.lavanguardia.es  titulado "¿ Porque lloras, mamá?"

REPORTAJE:   "¿Por qué lloras, mamá?"                                                            Atrás
 
   

Chernóbil. "¿Por qué lloras, mamá?"  

Mientras cenaba he visto en "Pecado original".

 

Un pequeño reportaje sobre el atractivo turístico de Chernóbil, un lugar al que cada año acuden más visitantes. Les fascina ver el escenario de la mayor catástrofe nuclear europea. Como máximo, pueden quedarse dos días, las radiaciones son muy peligrosas. Supongo que eso añade más morbo a la experiencia.

 

Eso me recuerda al turismo bélico, al que disfruta segregando adrenalina al recorrer la ex Yugoslavia poco después de que acabaran sus guerras. Leí no sé dónde que hace unos años había un tour operador italiano que invitaba a sus clientes a vestirse con el chaleco antibalas y a viajar en 4x4 por parajes en los que aún se podía casi casi oler a pólvora.

 

Todo ello me ha hecho recordar la entrevista que ayer hacía Ima Sanchís a la periodista y escritora ucraniana Svetlana Aleksievich. Entre las respuestas de esta experta en Chernóbil, aparecidas en La Contra de La Vanguardia, destaco la siguiente:

 

"(...) Hay algo muy importante que ustedes no han entendido.

 

–¿De qué se trata?

–Ustedes pueden estar tranquilamente sentados en su casa de Barcelona, en sus despachos..., pero si ocurre un accidente en los países Bálticos en poco tiempo la nube tóxica estará sobre sus cabezas, respirarán ese aire y toda su vida se transformará.

 

–Todos estamos expuestos.

 

–Así es, por eso me parece ingenuo no tener una postura ecológica clara, porque de ella depende nuestra supervivencia. Necesitamos otro modelo de mundo. Si miles de bomberos y jovencísimos militares con ideas heroicas en la cabeza no hubieran dado su vida apagando aquel fuego, ahora no podríamos vivir en Europa.

 

Entrevista íntegra:

 

SVETLANA ALEKSIEVICH, PERIODISTA Y ESCRITORA, EXPERTA EN CHERNÓBIL

 

"¿Por qué lloras, mamá?"

Nací en 1948 en Ucrania. Vivo en el exilio, en París, por estar en contra del presidente de Bielorrusia. Me licencié en periodismo y he publicado varios libros que no vieron la luz en mi país hasta la era Gorbachov. Estoy separada, tengo una hija de 23 años. He dado una conferencia en el CCCB sobre las consecuencias de Chernóbil

 

 

Todos los supervivientes de Chernóbil dicen lo mismo: lo que ha ocurrido no se puede comparar con nada, es una faz nueva del mal. Nadie estaba preparado para un acontecimiento de esas dimensiones ni para sus consecuencias.

 

 

 

–Cuénteme lo que usted ha vivido.

 

–Me he pasado tres años viajando, preguntando a trabajadores de la central, científicos, ex funcionarios, médicos, soldados, personas evacuadas y las que se han quedado...

 

–También estuvo presente en la evacuación de algún pueblo.

 

–Chernóbil acabó con 485 aldeas y pueblos, 70 de ellos están enterrados para siempre bajo tierra. La radiación hacía imposible la vida allí pero aquella mujer no quería abandonar su casa: “Yo sé lo que es la guerra, me dijo, pero ahora brilla sol y el campo florece. Todo vive, los pájaros, los ratones... ¿Por qué tengo que abandonar mi casa?”.

 

–No entendía.

 

–Nadie entendía. Estamos viviendo un escenario de la guerra del futuro. Chernóbil es muerte invisible. Sólo hay muerte, pero tú no la ves, los campos están contaminados, el agua, el aire, la leche, el trigo con el que se hace el pan. Ni siquiera puedes caminar descalzo sobre la tierra. Y no tiene solución.

 

–Chernóbil sigue matando.

 

–Murieron centenares de miles de personas y todavía hay dos millones que viven en los alrededores, más allá del área de seguridad de 30 kilómetros, y que siguen sufriendo las consecuencias.

 

–Hay pueblos en los que la mortalidad supera en un 20% a la natalidad.

 

–Debido a la acción constante de pequeñas dosis de radiación, en Bielorrusia cada año crece el número de enfermos de cáncer, de personas con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicologías y mutaciones genéticas.

 

–Hágame la crónica del futuro.

 

–Las consecuencia son todavía impredecibles porque durarán miles de años. La radiactividad sigue ahí idéntica al primer día. Estar embarazada es, en mi país, una desgracia. Pero hay algo muy importante que ustedes no han entendido.

 

–¿De qué se trata?

 

–Ustedes pueden estar tranquilamente sentados en su casa de Barcelona, en sus despachos..., pero si ocurre un accidente en los países Bálticos en poco tiempo la nube tóxica estará sobre sus cabezas, respirarán ese aire y toda su vida se transformará.

 

–Todos estamos expuestos.

 

–Así es, por eso me parece ingenuo no tener una postura ecológica clara, porque de ella depende nuestra supervivencia. Necesitamos otro modelo de mundo. Si miles de bomberos y jovencísimos militares con ideas heroicas en la cabeza no hubieran dado su vida apagando aquel fuego, ahora no podríamos vivir en Europa.

–La nube tóxica llegó hasta aquí.

 

–Aquel 26 de abril de 1986 se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria, Rumania. El 30 de abril en Suiza y norte de Italia. El 1 y 2 de mayo en el resto de Europa y en Japón. El 4 de mayo en China. Luego en India, EE.UU...

 

–Tuvimos suerte.

 

–El cuarto reactor, la instalación llamada Refugio sigue guardando en sus entrañas 20 toneladas de combustible nuclear. Las grietas superan los 200 m2, por lo que siguen desprendiéndose aerosoles radiactivos.

 

–¿Puede el sarcófago destruirse?

 

–Según documentación que he recogido nadie lo sabe, hasta hoy es imposible aproximarse. Pero todos los científicos saben que la destrucción del Refugio daría lugar a unas consecuencias aún más terribles que las que se produjeron en 1986.

 

–¿Cómo viven los supervivientes?

 

–“La muerte nos rodea”, me explicó la maestra Nina Konstantinovma. “Doy clases a unos niños que no se parecen a los que había hará unos diez años”.

–...

 

–“Ante los ojos de estos críos, constantemente entierran algo o a alguien –dijo Nina–. Cuando están en formación caen desmayados, cuando se quedan de pie unos 20 minutos les sangra la nariz. No hay nada que les pueda asombrar o alegrar. Siempre soñolientos, cansados. Las caras, pálidas, grises”.

–...

 

–“Ni juegan ni hacen el tonto –continuó explicándome la maestra–. Y si se pelean, si rompen sin querer algo, los maestros hasta se alegran. No les riñen, porque no se parecen a los niños. Y crecen tan lentamente. Les pides en clase que te repitan algo y no pueden”.

 

–Ha recopilado usted historias sobrecogedoras.

 

–Son historias cotidianas. Existe la gran historia, el accidente de Chernóbil que afectó a una quinta parte de Bielorrusia, y existe la crónica cotidiana que todavía se escribe.

 

–... Y que podría ser la suya, la mía o la de cualquiera.

 

–Eso es lo que hay que entender. Cuando la central estaba en llamas la gente salía a los balcones con los niños en los brazos: “Fíjate bien en este espectáculo porque es único”, les decían. Ahora toda esa gente, todas esas viudas que vieron regresar a sus maridos de la central, los vieron llenarse de llagas y escupir pedazos de pulmón, siguen sin entender.

 

–¿Viven con miedo?

 

–Sí. Me da miedo vivir en esta tierra, me confesaba una mujer. Me han dado un dosímetro, ¿Y para qué me hace falta? Lavo la ropa, la tengo blanca como la nieve, en cambio el dosímetro pita. Preparo la comida, pita. ¿Para qué lo quiero? Doy de comer a los niños y lloro.

 

“¿Por qué lloras, mamá?”

 

IMA SANCHÍS - 29/07/2004 - La Vanguardia

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