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Les pongo en
antecedentes porque luego pasa lo que pasa. Se acaba de celebrar en Madrid la XII Asamblea de
FILAE. ¿Ustedes no saben lo que es eso? No se preocupen, no pasa nada.
Esas siglas, FILAE, se corresponden con la
Federación Iberolatinoamericana (¡ahí
va!) de Artistas y Ejecutantes. Dice el prospecto al uso que se trata de una
asociación internacional de artistas de todo género y pelaje,
naturalmente iberolatinoamericana, que reúne a unos 300.000
músicos y actores de toda Iberolatinoamérica para
defender la gestión de sus derechos de autor, su dignidad como
artistas y, ya puestos, pues la libertad de expresión, la democracia y
los derechos humanos. Y lo que sea menester. Una encomiable iniciativa hasta
que uno se da cuenta de que ese “Foro Iberolatinoamericano de
las Artes” está presidido por el que es, a su vez, presidente de
la Sociedad
de Autores, Intérpretes y Ejecutantes de España (AIE), ese
inolvidable personaje que atiende –y se peina– por el nombre de Luis
Cobos.
Caraaamba, Luis Cobos. Tiempo sin saber de ti, oh
genio irrepetible de la música, oh Beethoven redivivo, oh
gloria inmarcesible de las semicorcheas hispanas. Luis Cobos. Con eso
está todo dicho. Las inmensas multitudes que acudieron al Anfiteatro
del Colegio de Médicos de Madrid (unas cuatrocientas personas, y soy
muuuy generoso) para la entrega de premios, becas y demás lindezas de
esta curiosa FILAE, deliraban en aplausos hacia aquel a quien alguien
llamó, sin confesarse antes, el maestro Luis Cobos, y a
renglón seguido lo calificó, impunemente, de “director de
orquesta y compositor”.
Luis Cobos, ¿les suena? Sí, hombre,
sí. Hagan memoria. Aquellos discos inolvidables de hace casi ya veinte
años, en los que se grapaban sonoramente fragmentos de zarzuela, de Mozart,
de Vivaldi... músicas recortadas, mutiladas, macheteadas y
pegadas unas contra otras sin el menor respeto a los compositores, y a las
que ese genio, ese príncipe de la creatividad, ese... hijo de su
madre, añadía invariablemente una caja de ritmos
electrónica. Todo sonaba igual: Chisss-pun, chisss-pun, chisss-pun, y
a aquel martirio, a aquel sonido ferroviario (oír aquello era como ir
en el tren y escuchar cómo suena), a aquel atontamiento mendaz,
insultante y ridículo, pensado sólo para imbéciles,
sometía ese “maestro, director de orquesta y compositor”,
las melodías de Chueca, Barbieri, Serrano y Sorozábal;
las de Mozart, las de Vivaldi, de Strauss, las de yo
qué sé cuántas víctimas mortales más...
Déjenme, por favor, que les cuente una
anécdota personal. Yo entrevisté al insigne Luis Cobos
hace ya casi 14 años. Fue en Palma de Mallorca. Verano de 1988. Daba
un “concierto” este hombre en el Auditorio de la ciudad y
había puesto, en el periódico en el que yo colaboraba por
entonces, cinco páginas enteras de publicidad, un dineral. Así
que la entrevista, naturalmente, tenía que ser a favor. Yo
advertí a la gente del periódico: “No soy la persona
más adecuada para hablar con ese individuo. Yo sí soy
músico, yo soy, entre otras cosas, director de orquesta. Mandad a otro”.
No me hicieron caso. Pobres.
Les resumo parte de aquella entrevista inolvidable.
Agárrense. Naturalmente, guardo la cinta como oro en paño, lo
que sigue es un levísimo extracto:
–Señor Cobos, ¿por qué se
empeña usted en cortar obras famosas y, con su célebre
caja de ritmos, no las ofrece enteras?
–Ah, tío, porque no todo en la música
clásica es bueno, ¿saes? La Quinta Sinfonía
de Beethoven, porjemplo, tiene unos siete u ocho minutos
comerciales, tío. Lo demás es puro relleno, es malo, no sirve, osea.
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–Ya. Usted dirige casi nada más que discos.
¿No se ha planteado dirigir un concierto en vivo, con una orquesta,
ante un público habitual de la música clásica?
–Ah, no, tío. Hay demasiada competencia, osea.
Fijaté, estando ahí el Karajan, que tiene el mercao
copao, ¿cómo vas a pretender vender más que
él? No le puedes hacer sombra, eso es muy difícil. Igual cuando
se muera, tío, pues me lo planteo...
–Usted ha destr... Ha versionado, como se dice
ahora, obras de Mozart, de Vivaldi, de Johann Strauss,
de tantos compositores, además de los españoles. ¿Por
qué nunca se ha atrevido con Johann Sebastian Bach? Es uno de
los más grandes...
–Ah, tío, qué cosas me preguntas, osea.
Bach es un coñazo, tío, un rollo, no es nada comercial,
su música es algo que te duerme, ¿saes? No hay manera de
sacar de ahí nada que venda...
Ahí lo tienen. Esa luminaria de la intelectualidad
hispana es Luis Cobos. Este tío empezó, dicen sus
hagiógrafos (que los tiene; para eso preside la remunerativa AEI)
que comenzó, a los quince años, fundando y ¡dirigiendo!
una escolanía en Campo de Criptana. Incitatus desea desde
aquí fervientemente a los habitantes de esa bellísima comarca
que se hayan recuperado de tamaña tragedia, lo cual, sin duda, no
habrá sido tarea fácil; lo mismo ocurría con Atila,
o eso dicen; que, por donde pasaba su caballo, la hierba tardaba
décadas en volver a crecer, si es que crecía.
Incitatus desafía desde aquí a ese
pedazo de... Bueno, a Luis Cobos, a que haga públicos no ya sus
títulos académicos de dirección orquestal, de
composición o de contrapunto. Eso sería crueldad mental. Incitatus
se conformaría para siempre con ver, con sus propios ojos, el
certificado académico según el cual el “maestro” Luis
Cobos, el “director de orquesta y compositor” Luis Cobos,
terminó alguna vez Quinto curso de Solfeo y sabe leer correctamente
una partitura musical. Incitatus apuesta desde aquí,
formalmente, cien mil millones de euros, la salvación de su alma y
sobre todo su prestigio como músico y como crítico musical, ¡poniendo
por testigos a sus lectores!, a que jamás se verá ese
documento. Porque no existe. Porque ese cretino, ese depredador musical, ese
sacamantecas de los clásicos, ese atropaduros, ese fraude, ese
sinvergüenza que se hace pasar por “director de orquesta y
compositor”, no sabe siquiera leer música.
Como “director de orquesta” hay que
reconocerle, sin embargo, un hallazgo para la Historia de la Música Universal.
Ese hallazgo es el culo. Es el único tipo (osea)
que se ha atrevido a subirse a un podio y que ha dirigido con el culo. En
serio se lo digo. Yo lo vi colocarse frente a la Royal Philharmonic
Orchestra de Londres, una de las mejores orquestas privadas
europeas (que estaba, naturalmente, contratada para hacer aquella
vergüenza; para eso es privada y vive de sus contratos), y marcar el
compás no con las manos, no con la batuta, sino a caderazos. O sea,
con el culo. ¿Y las manos? Ah, imposible: el maestro Luis
Cobos estaba demasiado ocupado peinándose la melena como para
ocuparse, ¡encima!, de la puñetera batuta. Dirigía a
golpes de cadera, como si estuviera bailando (¡es que estaba bailando,
no sabe hacer otra cosa!), moviendo el culo para la cámara de
televisión de un modo absolutamente seductor.
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