Tipo de Ruta:
Naturaleza en todo el Parque Natural de Tejera Negra, y pueblos pequeños y pintorescos en la sierra de Ayllón.
Duración de la ruta:
En una jornada podemos conocer los principales atractivos de la zona. No obstante podemos enlazar con otros itinerarios muy interesantes, como la zona de la arquitectura negra o los enclaves monumentales de Atienza y Sigüenza, ambos descritos en las rutas 1 y 3 de esta web.
Como llegar:
El principal acceso se encuentra por la carretera de Burgos A-1, hasta pasar Somosierra y luego tomar la N-110 hasta Riaza. Para tomar la carretera de Alquite y Madriguera hay que entrar en el casco urbano del pueblo, y seguir las indicaciones a Santibañez del Val o ermita de Hontanares. Madriguera se encuentra a unos 10 kilómetros de Riaza.
Restaurantes:
Riaza es un centro gastronómico ineludible en la provincia de Segovia, y sus asadores tienen merecida fama. Pero por dar una referencia sorprendente para presumir ante los amigos, es muy interesante el restaurante "El encinar" en la minúscula población de El Negredo. En la entrada a Tejera Negra disponemos de una magnífica área recreativa con mesas, bancos y una fuente para todos los amantes de la comida campestre, así como en las inmediaciones de la ermita de Hontanares, está última muy sombreada.
Horarios visitas:
El mayor interés monumental lo constituyen algunas iglesias románicas de la comarca, pero su atractivo está más bien en el exterior, por lo que no hay que preocuparse de sus horarios de apertura. Lo más destacado son las restricciones que existen en Otoño para visitar Tejera Negra, solamente pueden entrar 200 vehículos en el aparcamiento en esta época del año. Para reservar nuesta plaza de aparcamiento hemos de llamar a los siguientes números de la Delegación de agricultura y Medio Ambiente de Castilla-La Mancha:
630 367 990 - 636 666 138 - 636 981 323 y 638 317 099. Las reservas de Otoño se pueden realizar a partir del 1 de septiembre, y son válidas hasta las 13 horas del día de la reserva.
Cartografía:
Es muy recomendable comprar el mapa de las Sierras de Ayllón y Ocejón que podemos conseguir en la Tienda Verde de la calle Maudes, escala 1:50.000.
Consejos Útiles:
El mejor momento para disfrutar de esta ruta es el otoño, porque las hayas se engalanan con sus mejores colores en contraste con el verde del pinar. Aproveche las primeras horas del día para evitar las aglomeraciones. No obstante también es muy recomendable la primavera, especialmente en la cara norte de Ayllón, cuando los campos se vuelven verdes en contraste con el rojo de las casas y la nieve de las cumbres. La pista de acceso al parque natural es de tierra y no se encuentra en muy buen estado, tenga cuidado con las suspensiones y las llantas.
|
La sierra de Ayllón es uno de los pocos lugares salvajes que les quedan a los madrileños a menos de 200 kilómetros del dragón que alimentan, y que no para de crecer. Bien es cierto que en los últimos años está aumentando el interés y el turismo por estos parajes, pero aún conservan todavía un atisbo de la pureza y autenticidad de la que siempre han gozado. Probablemente deba estos honores a su alejamiento de las principales rutas de comunicación, o tal vez al atractivo que ejerce la villa de Riaza que parece aglutinar todos los intereses de los domingueros en fin de semana; en cualquier caso, hoy podemos descubrir en esta ruta algunos de los valores naturales que han hecho de esta sierra un lugar único. Riaza, capital de la comarca, es el centro de operaciones de to dos aquellos que quieren subir a la estación de la Pinilla, o a degustar las sabrosas carnes de un buen cordero, aspectos ambos que en absoluto son incompatibles. No debe el viajero inquieto abandonar la villa, sin siquiera acercarse hasta la hermosa plaza mayor poligonal, tipicamente castellana, donde todavía tienen lugar festejos taurinos; algunas de las calles de su entorno, han sabido mantener todavía, de forma milagrosa un aire serrano apacible y encantador, con el suelo adoquinado y las balconadas corridas de madera. Pero hoy nuestro pensamiento quiere soledades, y en busca de ellas abandonamos Riaza por una carretera local, rumbo a Santibañez del Val. Al poco de tomarla surgira a mano derecha el desvio hasta la ermita de Nuestra Señora de Hontanares, patrona de la villa, enclada en un paraje boscoso de robles y pinares de aspecto bucólico y pastoril. Un consejo de amigo, en su entorno se encuentra la mejor y más pácifica área recreativa de cuantas pueda encontrar en verano en toda la zona centro peninsular.
Continuamos nuestra ruta y alcanza, Alquite, uno de los llamados pueblos negros. Al llegar, desaparecen las posibles dudas que tuviéramos sobre el origen de este adjetivo, pues todas las casas están hechas de pizarra, propia del entorno, que contrasta con el rojo del otras localidades de su entorno. Alquite es un pueblo enano, minúsculo, que empieza a despertar de su letargo en estos años gracias al turismo de segunda residencia; unos cuantos privilegiados han comprado viejas casas y las han restaurado conservando el estilo de la zona pero dotándolas de todas las comunidades. Es la mejor manera de vivir en un pueblo pintoresco, y a poco más de una hora de la gran ciudad. Cuenta con una iglesia de origen románico, sencilla, en la que lo más valioso es su portada. Abandonando este pueblo, nos percataremos paulatinamente del cambio en el sustrato del suelo que vemos a ambos lados de la carretera, dominado de forma intensa por el rojo de arcilla y piedras. Es el mismo color que sorprende al llegar a Villacorta, el primero que presenta esta peculiaridad arquitectónica. Apenas unos pocos kilómetros han pasado desde la negrura oscuridad de las paredes de Alquite, por lo que el viajero no deja de preguntarse cual es el or igen de tan extraño y repentino contraste: la única explicación se encuentra en la omnipresente sierra de Ayllón, que geológicamente es un conglomerado de arcillas y pizarras, punto de encuentro de dos eras de diferente evolución. Villacorta tiene un aspecto bastante más abandonado que su vecino de pizarra, un tanto evocador. Un poco más adelante encontramos un desvio a mano derecha hasta la encantadora aldea de Becerril, encaramado en las faldas de la sierra en un paraje arbolado muy bonito; esta vez el caserio es mayoritariamente de pizarra, negro como el tizón, muy similar a los pueblos que hemos visto en la ruta de la arquitectura negra del norte de Guadalajara. Lo más interesante es su iglesia románica de Nuestra señora de la Asunción, especialmente su ábside de tambor semicilíndrico, en buen estado de conservación.
Retomamos de nuevo nuestro vehículo y alcanzamos el pueblo rojo por excelencia, Madriguera, quizá el más atractivo de toda la comarca. Madriguera se encuentra en un paisaje ondulado, un tanto retirado de los perfiles de la sierra; todo el caserio esta levantado de arcilla, piedra roja y balconadas de madera, con muchas viviendas que han sido rehabilitadas por algunos urbanitas que han decidido instalar aquí su particular válcula de escape. Afortunadamente todavía el pueblo no ha degenerado como esos otros conjuntos segovianos que viven por y para el turismo de cochinillo y siesta, al estilo de Pedraza o Sepúlveda: apenas se ve gente paseando por sus calles, que en muchos casos, aparecen sin revestir, co n perros recostados en sus sombras e higueras plantadas por doquier. Llama la atención también el uso de una madera barnizada que juega precisamente al equívoco, con los rojos que imitan a la piedra, espercialmente en los marcos de las ventanas y en algunos balcones. No existe una sola construcción que rompa con la dominante del conjunto, incluso el propio ayuntamiento, parece un pequeño chalet sólo distinguible por la presencia de las banderas constitucionales. Bien es cierto que sorprende ver estas humildes construcciones, bien remozadas eso si, junto a la imponente presencia de coches de gama alta que brillan en días soleados por expreso deseo de sus dueños. Es cierto que ya no viven apenas agricultores y ganaderos en Madriguera, pero al menos ha vuelto la vida a sus calles, y poco a poco se ha generado también un importante desarrollo del turismo rural. Un paseo por sus callejuelas nos llevará de nuevo a la entarda, donde habremos dejado nuestro vehículo, en apenas unos minutos. Al salir del pueblo, conviene detener el coche en una curva muy cerrada a derechas, camino de Santibañez, desde donde tendremos una panorámica formidable del conjunto, rojo como el fuego, en contraste con la sierra negra al fondo, muchas veces coronada de un halo de nieves y hielo, en las inmediaciones del pico del Lobo. Es una postal de cuento que, en determinadas épocas del año, permite agotar las baterias de la cámaras de fotos.
Un par de kilómetros adelante llegamos a El Negredo, otro de los pueblos pizarreros que ha sufrido algunas invasiones de otros materiales modernos para su desgracia, y a continuación a Santibañez de Ayllón, donde cogemos la comarcal C-114 para introducirnos con velocidad en tierras de Guadalajara. Si dispone de tiempo, y es un amante del románico, no deje de tomar el desvio a Grado del Pico, minúscula aldea a orillas del río Aguisejo, que conserva un templo parroquial con una magnífica galería porticada y un capitel único, el de la adoración de los Reyes Magos. El paisaje cambia, y se hace más abrupto, y también lo hacen los caserios, menos homogéneos; aqui se puede decir que comienza la ruta del románico del norte de Guadalajara. Otro ejemplo de gran belleza que atravesaremos en nuestra ruta hacia Tejera Negra, es el de Villacadima, con una portada polilobulada que sorprende al visitante con su herencia islámica. Y por fin, entre páramos de inmensas soledades que aparentan una falsa aridez, llegamos a Cantalojas. Esta localidad parece estar perdida en medio de la nada, a una gran distancia de cualquier nucleo de población de cierta entidad. Fue aquí donde Iciar Bollaín decidió rodar buena parte de su película "Flores de otro mun do", contando con la colaboración de los propios vecinos. Cantalojas es la puerta de entrada al Parque Natural de Tejera Negra, al que se accede por una pista forestal de ocho kilómetros, no asfaltada, que se interna en el valle del río Lillas. Nada más salir del pueblo, es recomendable deternerse en el centro de interpretación abierto de abril a noviembre todos los días donde podremos conocer la importancia de este espacio protegido. Hayas, robles, pinos, serbales, acebos, y abedules conforman una cubierta vegetal única en el centro de la península, con características propias de otros espacios más atlánticos, y que en ocasiones nos recordaran a los bosques que podemos encontrar en Asturias o en Cantabria. Este pequeño reducto de bosque norteño atrae como pocos lugares a los madrileños en el otoño, cuando las hayas y demás árboles de hoja caduca explotan en una sinfonía de colores de impactante espectáculo. Probablemente el hecho de que se encuentren tan cerca de la capital, motiva la invasión masiva de estas montañas olvidadas en octubre y noviembre, lo que ha obligado a las autoridades a establecer restricciones en el acceso con objeto de regular la protección del parque de la rapiña de fin de semana (ver horarios de visita en información práctica). Lo cierto es que esta es la época donde resulta más recomendable su visita, si bien en la primavera el hayedo goza de un color verde intenso de gran belleza, y menores aglomeraciones, que convierten estos valles en un paraiso para el caminante.
Desde el centro de interpretación debemos continuar por la pista de tierra que, en ocho kilómetros de baches y socavones, nos deposita de forma un tanto lamentable en el aparcamiento del valle de Lillas. Bancos, mesas de piedra, una fuente e incluso barbacoas sorprenden al visitante tras este penoso acceso, con un área recreativa de lo más amable y remozada. Aqui abandonamos nuestro vehículo, disponiendo de dos rutas principales para adentrarnos en el parque, la senda de carretas de unas tres horas de duración, y la del valle del río Sorbe, de unas cinco horas en total. Ambas están bien señalizadas desde el principio con paneles y marcas en los árboles, siendo imposible la pérdida en todo su recorrido. Geográficamente Tejera Negra se dispone a lo largo de dos valles, el del Lillas, que nos ha venido acompañando desde Cantalojas, y el del Sorbe, que toma rumbo sur para unirse posteriormente al Jarama. La primera suele ser la ruta más transitada, supone un paseo muy agradable y asumible para cualquier persona, que primero circula de forma paralela al río para después remontar hasta el collado de Mata Redonda, desde donde tendremos una de las mejores panorámicas del bosque. El haya se diferencia del resto de especies, no tanto por el color, sino por la forma nervada de sus hojas, a diferencia de la lobulada del roble. Su crecimiento en este área tan meriodional constituye toda una rareza, pues es bien sabido que el haya necesita de climas frios y húmedos todo el año por lo que generalmente, solamente crece en las montañas del norte penínsular. La sierra de Ayllón goza del privilegio de contar con unos veranos algo más lluviosos de la normal, con frecuentes nieblas y tormentas, lo que favorece el mantenimiento de este pequeño bosque. Junto a los vecinos hayedos de la Pedrosa y de Montejo, este es el que se encuentra más al sur de toda España.
A lo largo de nuestro camino, van cambiando las diferentes especies arboreas que se identifican a través de didácticos paneles, lo que permite hacerse una idea muy general de la gran variedad florística de Tejera Negra. La senda ecológica continua a media ladera hasta alcanzar el collado Hornillo, punto de conexión con la ruta del Sorbe. De sde aquí podremos admirar hacia el sur el barranco que da nombre al parque, en el que destaca sobre todo una buena mancha de tejos, un árbol que puede vivir hasta 2000 años, de frutos y hojas tóxicas; como curiosidad, cabe destacar que en la antigüedad estaba considerado como árbol sagrado, e incluso en la Edad Media llegaba a plantarse cerca de las iglesias porque se pensaba que sus raíces podían fomentar su longevidad en la boca de los difuntos que se enterraban en su entorno. Es una de las rarezas botánicas de la reserva, por cuanto el tejo también se encuentra en regresión en el sistema central. Todo el parque se encuentra rodeado de altísimas montañas que superan los 2000 metros, y que culminan en el pico Buitrera, de 2046 y desde el cual se obtiene una vista excepcional que alcanza hasta el Moncayo. Cuando aprietan los frios, Tejera Negra cubre sus negras piedras del blanco del hielo y de la nieve; es entonces cuando estas montañas recuperan su ambiente hostil y salvaje, y cuando se entiende su profundo aislamiento. Posiblemente merced a la intensa degradación que viene sufriendo la sierra de Guadarrama, los inquietos caminantes madrileños acuden a Ayllón para conocer como eran sus montañas cuando todavía nadie se interesaba por ellas, y conservaban un aire silvestre y auténtico. Regresamos por la senda círcular hasta el aparcamiento, en un descenso rápido tras el cual podremos rememorar una jornada inolvidable en plena naturaleza.
Alfredo Orte Sánchez.
|