Tipo de Ruta:
Cultural en la visita a Montalban y Melque, y naturaleza en todos los accesos a los monumentos y en las barrancas del Burujón.
Duración de la ruta:
Es una buena ruta para hacer en una sola jornada, preferiblemente es recomendable elegir un día soleado y no muy frio de invierno, o mejor de primavera para ver el Castillo de Montalbán.
Como llegar:
Tomamos la carretera de Toledo hasta la capital de Castilla-La Mancha, y giramos luego a la derecha, rodeando el casco histórico siguiendo las indicaciones hacia Talavera de la Reina y la Puebla de Montalban, por la CM-4000. Esta localidad se encuentra a unos 28 kilómetros desde que abandonamos la autovia, y desde ella podremos internarnos en el conjunto de Melque a través de la CM-4009.
Restaurantes:
Es una buena zona para degustar buenos platos de caza y suculentos guisados en casi todas las localidades de la ruta. En la Puebla tenemos dos propuestas muy interesantes, Los Arcos y Antonio, ambos de un precio similar (20-24 euros). Sin embargo es más recomendable acercarse hasta Las Ventas con Peña Aguilera, y acercarse por Casa Joaquín, de precio bastante ajustado, y más especializado en la gastronomía local.
Horarios visitas:
Cuidado con la visita al castillo de Montalbán, esta prohibido acercarse entre el 1 de febrero y el 16 de mayo para preservar la época de crianza de las especies protegidas del entorno. Para visitarlo por dentro, es preciso acercarse los sábados por la mañana, cuando el guarda nos explicará todos sus secretos, de 08:30 a 13:30 horas. La iglesia de Santa María de Melque y su centro de interpretación tiene los siguientes horarios:
Del 01/Octubre al 30/Abril: de Miercoles a Domingo: 10:00 h a 14:00 h Y 15:00 h a 18:00 h.
Del 01/Mayo al 30/Septiembre: 10:00 h a 14:00 h y 16:00 h a 20:00 h
Cartografía:
No resulta necesario ningún mapa adicional a la tradicional e imprescindible guia de carreteras actualizada. En cualquier caso podemos recurrir a los mapas del Instituto Cartográfico Nacional.
Consejos Útiles:
Abstenerse de hacer esta ruta con mucho calor, es una zona muy expuesta al sol y siempre viene bien llevar un sombrero. Cuidado con algunas zonas del castillo de Montalbán, no están habilitadas, y subir a algunas torres o estancias puede resultar algo peligroso.
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La ruta propuesta en esta ocasión repasa algunos de los parajes más olvidados de nuestra geografía, y que en su momento constituyeron lugares de una importancia primordial. Cuando sobrepasamos la ciudad de Toledo, en dirección a la Puebla de Montalbán, nos invade una extraña sensación de dirigirnos a "ninguna parte", sin referencias concretas de una localidad o de un enclave que aparentemente pueda resultarnos verdaderamente atractivo; esta sensación se incrementa al llegar a la Puebla, y tomar el desvio que nos conducirá rumbo a Menasalbas. Kilómetros y kilómetros de la soledad más absoluta por los parámos y montes de Toledo, según nos vamos alejando el cauce del Tajo, sin apenas presencia humana en forma de fincas de ganado o cultivos. Esa sensación desaparece ante el avistamiento de nuestro primer objetivo. Nuestra ruta comienza a unos 15 kilómetros de esta última localidad, en un alto de la carretera, cuando aparece a mano derecha, encaramado en un barranco la silueta del castillo de San Martín de Montalbán. Para llegar hasta él, tenemos que obviar el cartel que hemos visto en la carretera y seguir unos 300 metros más, desde donde parte una pista de tierra a mano derecha. En este punto es recomendable dejar el coche y emprender nuestro camino a pie por dicha pista. El castillo no aparece ahora ante nuestra mirada, y así seguirá durante el comienzo de nuestra andadura hasta la fortificación, un paseo de unos 2 kilómetros. Las indicaciones no existen, y basta mencionar que continuando la sinuosa pista terminaremos por desembocar en la finca que rodea el castillo. A unos 200 metros observaremos una pequeña casa donde viven los guardas del castillo, que no se puede visitar durante unos meses al año a causa de la necesidad de proteger la vegetación mediterránea que lo rodea, enclave donde viven especies amenazadas. Fuera de esta época de cria, el castillo permite su visita, aunque es más recomendable acercarse los sábados por la mañana, cuando podemos contar con los consejos del guia local que lo enseña.
La fortaleza resulta impresionante, especialmente en su vertiente norte y oeste, aunque su estado es ruinoso. Los arcos de entrada tienen una altura descomunal, con arcos ojivales que se elevan decenas de metros sobre nuestras cabezas. El castillo tiene un perímetro de 700 metros y en su forma actúal fue construido por los templarios, tras arrebatar a los árabes el enclave durante la reconquista el rey Alfonso VII de Castilla. Nos encontramos probablemente ante la más importante fortaleza del Temple castellano camino de Andalucia; una vez en su interior, a través de su entrada Este, nos encontraremos con un auténtico laberinto de pasadizos, recodos y niveles, que recuerdan el característico triple recinto que adoptaron los monjes templarios en muchas de sus construcciones. Dos de las torres tiene formas pentagonales, forma geométrica vinculada al sellón de Salomón o pentagrama estrellado que tiene al 5 como protagonista (ver la ruta del Cañón del Rio Lobos). Merece la pena destacar en este punto la curiosa leyenda que recoge el investigador Juan García Atienza, según la cual este castillo acogió los amores de Mainete con la princesa mora Galiana, la hija del conde Galofre de Toledo, y que revela los buenos contactos que pudieron existir entre la Orden Templaria y los musulman es chiitas. En su interior hay que destacar también el formidable patio de armas, desde el que se obtiene una panorámica general del conjunto, y varios aljibes o cisternas para el almacenamiento del agua, lo que serviría para aguantar grandes asedios. Una de los misterios más interesantes que encierran sus piedras son las marcas de cantería que podemos encontrar en muchos sillares; tradicionalmente podemos ver algunas de estas marcas en edificios religiosos, y resulta sorprendente ver la acumulación que presentan algunos muros de este castillo; incluso uno de ellos acoge la estrella de David. Hacia el norte, podemos asomarnos, siempre con cuidado, para contemplar el barranco del rio Torcón, un valle lleno de vegetación mediterránea autóctona que esconde una variada fauna, con una población permanente de águila perdicera, buitre leonado y buho real entre otras especies. Desde alguna de las torres del lado sur o del este, podemos intuir la majestuosidad del castillo en su época de esplendor, y también lamentar la falta de inversiones del estado en recuperar una de las señas de identidad de los siglos XII y XIII más importantes de la provincia de Toledo. Las aspilleras y almenas de algunas torres han desaparecido, y algunas torres han sido desmochadas por el paso del tiempo y la erosión, pues se sabe que aquí no hubo batallas siginificativas, al margen de una saqueo continúo desde hace siglos. Lo que realmente otorga un cierto halo romántico y misterioso a esta fortaleza es lo poco que sabemos de ella, a pesar de sus colosales dimensiones. Según cuenta José Ramón Morales, natural de la zona, su padre estuvo de niño al cuidado de un rebaño de ovejas en la finca del castillo, y en una ocasión, tuvo que ser bajado con la ayuda de cuerdas hasta una cámara subterránea para rescatar un cordero; al regresar del fondo, contaba que había visto múltiples estancias en el subsuelo. Esta historia recuerda a la del castillo de Gisors, en Francia, otro enclave templarios sobre el que se multiplican las leyendas de pasadizos subterráneos cargados de tesoros y misterios ocultos, que aún están por descubrir.
Regresamos por el camino que nos ha traído de sde el coche y buscamos nuestro próximo destino, la iglesia visigótica de Santa María de Melque. Para llegar hasta ella debemos continuar por la carretera en dirección a San Martín de Montalban, y apenas a un kilómetro o dos, encontramos una desviación perfectamente señalizada a mano izquierda que nos deposita en la misma explanada de acceso. La presencia de un monumento religioso del siglo VIII en una zona tan castigada por el expolio y la transformación de antiguos restos medievales. Junto al templo se ha instalado un moderno centro de interpretación que nos ofrece todo tipo de información, y que complementa una visita que hace años, estaba bastante descuidada y adolecía de una serie de facilidades mínimas para el visitante. El templo formaba parte de un monasterio que, como otros muchos debía formar una especie de corona en torno a la capital del antiguo reino visigodo, Toledo. Tras la invasión árabe en el complejo se efectuaron algunas reformas mozárabes, y se militarizo con el añadido de una torre en su centro de la que pueden verse sus restos. Según nos cuentan los que conocen bien este estilo artístico, la iglesia es uno de los mejores ejemplos de arte visigótico de toda Europa, tiene planta de cruz griega, es decir, con los brazos del mismo tamaño que la nave central y llama la atención del visitante por sus arcos de herradura presentes en portadas y ventanas. Una vez dentro, la oscuridad y la penumbra invitan al recogimiento interior, en una atmósfera que parece sacada de otro tiempo, potenciada por la claridad que se filtra a través de las pequeñas saeteras. Los expertos aseguran que la forma de construcción y su planta se asemejan a otros templos contemporáneos construidos en Siria o Jordania, a miles de kilómetros de la Hispania Visigoda, aunque es también evidente la pervivencia de una técnica de construcción tardorromana. De hecho en sus alrrededores se han descubierto restos de una quinta romana, lo que dice mucho en favor de la teoría de este templo como mausoleo de un personaje importante del reino visigodo. No obstante y como en el caso de Montalbán, hay muchas lagunas en su periplo histórico que aún están por conocer, y de hecho sigue habiendo autores que consideran a Santa María como un templo mozárabe en base de a sus arcos de clave más islámica o su cerrada herradura; y también hay que decir, para añadir más leña al fuego, que fue plaza ocupada por los Templarios, que restauraron la vieja fortificación musulmana que se había levantado sobre la torre del templo.
Abandonamos las soledades de Melque, para buscar un buen lugar donde llenar el estómago. En este sentido es altamente recomendable descender un poco más hacia e sur, y acercarse hasta alguna de las localidades de los montes toledanos donde la caza se convierte en el plato de todos los días. La localidad más interesantes, tanto desde el punto de vista gastrónomico como cultural, es Las ventas con Peña Aguilera. Su curioso nombre procede de la fusión de dos núcleos de población, y el nombre de la Peña se reconoce facilmente cuando se atisba el inexpugnable castillo que corona la localidad, de origen musulmán y de planta cuadrada. Si es posible, no debemos escapar la oportunidad de visitar la iglesia del pueblo, de siglo XV y con un meritorio artesonado mudejar, que demuestra que los tesoros aún pueden conservarse en tierras manchegas. Dejamos atrás el reposo de Las Ventas, punto de partida de otra ruta, la de los Montes de Toledo, y nos dirigimos de nuevo hacia el norte, hacia Cuerva y Polán, para tomar el desvio que nos lleva hasta el Embalse de Castrejón. Una vez en Polán es recomendable visitar a cuatro kilómetros el espléndido castillo de Guadamur, del siglo XV y en el que se alojaron Doña Juana la Loca y Felipe el Hermoso, el Cardenal Cisneros y el emperador Carlos V entre otros personajes ilustres. A partir de aquí, es muy interesante emprender este camino avanzada la tarde, para que la visita a las barrancas coincida con el atardecer, y así disfrutar así de una gama de tonalidades sorprendente. La carretera que traíamos se une a la CM 4000 que n os había conducido hasta La Puebla de Montalbán, giramos a la derecha, y junto al puente del arroyo de Alcubilete, apenas medio kilómetro desde el cruce, sale una pista de tierra a mano derecha señalizada con el nombre de "barrancas". Esta pista es accesible a turismos, aunque preferiblemente 4x4 y de suelo alto, por lo que el resto deben dejar el coche al comienzo de la misma y emprender el resto a pie. Desde la carretera hasta llegar al embalse hay unos tres kilómetros, de un páramo salpicado de algunos olmos y encinas, con escaso desnivel, que no hace presagiar la presencia de los cortados hasta avistar la orilla del rio Tajo. La pista hace algunos giros y cambios de orientación que no deben despistarnos, siguiendo siempre el camino más ancho y transitado, hasta alcanzar las barrancas de Burujón, un paisaje de cárcavas erosionadas por el agua, que se asoman a un cortado sobre el azul intenso de las aguas. La imagen es de postal, y dificilmente imaginable al comenzar nuestro paseo, que nos ha llevado unos 45 minutos. Al otro lado del embalse crecen algunos matojos de carrizal, ecosistema que acoge una gran variedad de aves, incluyendo gaviotas reidoras. cormoranes, garzas y patos. En invierno la presencia de una comunidad de migratorias anima el paisaje e invita a traer los prismáticos para observarlas. En este encantador paraje, que parece animarnos a retirarnos del mundanal ruido, cómo si de los desiertos de Galilea se tratara, podenos el broche de oro a esta ruta sorprendente.
Alfredo Orte Sánchez.
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