Todo en Ortega y Gasset es perspectiva histórica. Cualquiera de sus libros, de sus artículos, se apoya siempre en planteamientos históricos; no hay verdad, no hay realidad humana que no pase por ese tamiz. Y él mismo cree y dice que este enfoque es propio de su tiempo, superando los sistemas de pensamiento anteriores, ahistóricos o intemporales, pero dejando la puerta abierta a un futuro en el que sea a su vez superado el suyo.
Podemos escoger entre muchas de sus obras; es tentador seleccionar ''La rebelión de las masas'', la que le dio proyección universal a pesar del provincianismo de nuestros intelectuales, pero, aparte de no ser en sí un ensayo propiamente histórico en sentido de amplio espectro temporal, conviene no hacerlo aquí con objeto también de huir de tópicos y valorar otras muestras, tan intuitivas o más, de su gran capacidad de análisis de la realidad.
Por ello he preferido fijarme en un librito que hace tiempo leí y que, en proporción a sus dimensiones, más me hizo meditar sobre los temas analizados. Se trata de ''Historia como sistema'', publicado por primera vez en la Colección Austral, como tantas otras hijas de su ingenio, en 1935 y reeditada después varias veces. La verdad es que, además de su brevedad, tiene un contenido plural, pues junto al trabajo que corresponde al título - un tercio del total del tomo - hay otros varios (pequeñas intervenciones para registrar su voz en la Fonoteca Nacional y dos valoraciones de sendas obras de historia de la Filosofía de las cuales la primera merece que le demos una trascendencia mayor que la de un puro comentario). Por otro lado, al comenzar la lectura, de inmediato, se tiene la impresión de no encontrarse uno ante un pensamiento original, y el mismo autor, con honradez poco corriente, lo advierte implícita e incluso explícitamente. Ortega no se ve a sí mismo como una isla volcánica surgida de improviso (acaso sí en España, pero esa es otra cuestión); es un gran conocedor del pensamiento que le precede y que le circunda y su mérito esté en saber clarificar y enriquecer las pautas marcadas. No sé, por otra parte, si la originalidad absoluta es un valor absoluto en los intelectuales (como en el mundo del arte y de la literatura) o, por el contrario, es una excentricidad, genial quizá, pero marginal para el devenir acumulativo del saber. Si, por tanto, se reprocha a Ortega su falta de originalidad, reconozcamos al menos que estaba impregnado hasta los huesos de los efluvios de su tiempo.
Es más. Todo lo antedicho es presupuesto necesario para comprender su visión de la realidad. La realidad humana, como campo inteligible, no se puede entender si no es a través de la historia. Es así Ortega un historicista, como Spengler por ejemplo, y su concepto de la historia va mucho más allá que los que barajan los especialistas en teoría de la historia, preocupados fundamentalmente por problemas metodológicos (cómo definir el campo de estudio, cómo utilizar las técnicas, cómo verificar los hechos, temas en fin de heurística y hermenéutica). La historia no es una ciencia que se cierra sobre un fragmento específico de la realidad humana como cualquier materia codificada académicamente; saber historia no es una respuesta a una necesidad más o menos superflua de la curiosidad humana. Por abrumador que parezca a quienes no precisamos de pretextos para definirnos como amantes de la historia (pues parece más bien un virus que nos ha sido inoculado), Ortega afirma que la historia es el método, el camino (hacia) el conocimiento del ser humano. Así como no hay conciencia del yo sin presencia del tú (realidad presente), tampoco es inteligible el yo-tú de ahora sin el tú anterior, es decir, los otros tús que nos han precedido, como también nos es imposible comprender el yo actual sin el yo anterior, nuestros yoes pasados en nuestra propia experiencia vital. Así, la experiencia histórica es el punto de referencia de nuestra actuación, y no para someternos a una línea premarcada, sino, más ciertamente, para evitarla, pues pocas veces la realidad anterior es satisfactoria (aquí vendría bien recurrir a la famosa apostilla de Santayana: el que no conoce la historia está obligado a repetirla; aunque también es cierto el refrán que la contradice al sentenciar que ''el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra''). De ahí la razón histórica como razón vital: el hombre se va haciendo a costa de sus fracasos y éxitos y se manifiesta como el único ser de la naturaleza que se niega a permanecer como ente acabado, terminado: el hombre no tiene naturaleza, tiene historia, en frase lúcida del mismo autor.
Para quienes vivimos ahora y de algún modo estamos vinculados al conocimiento del pasado qué fácil nos puede resultar el responder a esa despectiva pregunta pseudoutilitaria de ''para qué sirve la historia?'', y también a la siguiente en orden de relación según la mentalidad de quienes ven en la Universidad un centro de formación profesional superior: Para qué sirve un conocimiento que no es de razonar sino de memorización?. La contestación está clara: quien no sabe historia no puede entender ni de economía (Marx dixit), ni de psicología (Freud lo ratifica), ni de filosofía (pongamos a Nietzsche, pero también a su antagónico Hegel como testimonios), ni de matemáticas o física (Qué hay detrás de ciertos axiomas que sirven de base al pensamiento científico en cada época? Por qué ésos y no otros, y porqué entonces y no en otro período? Se puede conocer (no utilizar, ojo, en forma técnica) la ciencia sin saber historia de la ciencia? Se puede saber historia de la ciencia sin saber historia?
Ahora bien, está en crisis, sin embargo, la autoridad de estos pensadores, y, por supuesto, la de Ortega y Gasset. El futuro quizá invalide estas afirmaciones, y sería bueno que nos proporcionara mejores perspectivas, mejores argumentos. Pero ahora, aún, leer al fundador de la Revista de Occidente resulta un ejercicio no sólo ameno, sino útil al cerebro, que se ve así zarandeado y obligado a salir de la feliz entropía en la que la mayoría de los seres humanos se han instalado: el caos como orden sólo lo pueden aceptar quienes confunden la razón con la naturaleza y se rinden ante ella; sería aberrante que un perro no se comportara como tal perro, pero lo mismo sucedería si cualquier hombre se comportara como ''homo habilis'', de acuerdo con su estructura biológica. Qué descendientes más monstruosos le han salido al pacífico y feliz carroñero del Africa Oriental!