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Julio CARO BAROJA: EL LABERINTO VASCO

Durante el siglo XIX el País Vasco y Navarra - en menor medida Cataluña - mantuvieron encendida la guerra civil en España, negándose a admitir los cambios estructurales de tipo jurídico, administrativo, económico y social que el liberalismo intentaba introducir. La contestación tenía su base en el medio rural, clerical e interior del territorio y precisamente fueron las ciudades y la costa, que miraban hacia el exterior desde hacía siglos, el más formidable obstáculo que se opuso a las pretensiones carlistas; frente a Bilbao murió Zumalacárregui y con él las ilusiones de conquistar tan vital centro económico. Perdida la partida en el terreno bélico, los caminos del carlismo se bifurcan: el tradicionalismo monárquico elige la vía parlamentaria con poca fortuna, pero otros nostálgicos del Antiguo Régimen leen arrobados los textos fundacionales del nacionalismo vasco, debidos a la pluma de Sabino Arana; así nacen la palabra Euskadi y la ikurriña, novedades formales que envuelven el pensamiento político centrado en el integrismo religioso, la revitalización de la lengua vasca (eusquera), la conservación de la pureza de las costumbres y el inmovilismo social y económico. Tanto como estos valores afirmativos, destacan en la concepción nacionalista vasca los negativos, es decir, el rechazo a la contaminación étnica, a la libertad de conciencia y a las nuevas normas de civilización. Una fotografía-fija de tal desideratum, que el mismo Arana explica, sería la de un domingo cualquiera, tras la misa, reuniendo en la plaza a mozos y mozas que bailan al son del ''chistu'' y el tamboril, presidido todo ello por las autoridades eclesiásticas.

No hace falta que hablemos de la reacción que, fuera del País Vasco, produjo este interesantísimo movimiento político-cultural ni del prestigio adquirido por el fino intelectual que lo promovió. Nos limitaremos a constatar que, lejos de agrupar en torno suyo al conjunto de la población, provocó el rechazo no sólo de los cada vez más numerosos inmigrantes, castellanos en su mayoría, sino de los vascos más familiarizados con el entorno europeo. Quiso la mala suerte que uno de ellos, vasco sin complejos, nacido en los horizontes abiertos que miraban al mar, Miguel de Unamuno, apareciera como un sarcástico impugnador del aún incipiente nacionalismo (dirigiéndose a la minoría vasco-navarra, esto es, carlista y nacionalista en católica alianza, durante los debates parlamentarios de 1932 acerca del Estatuto catalán, tuvo la osadía de calificar de ''invento'', de ''Volapuk'', el eusquera promovido por los patriotas vascos, y dijo, además, conocer al inventor). Otro hombre, contemporáneo suyo, Pío Baroja, la tomó con los carlistas residuales recomendándoles que leyeran más como medio para hacerles entrar en razón. No fueron muy efectivas sus recomendaciones como tampoco trascendieron las palabras de Unamuno en última instancia. Por el contrario, el nacionalismo avanzaba, a pesar del paréntesis abierto por la guerra civil y el régimen nacionalista español, de postulados genéricos tan cercanos. Con el fin biológico de ese régimen el pensamiento de Sabino Arana adquiere automáticamente carta de legitimidad democrática y prosigue, dividido en distintas líneas estratégicas, la realización de sus ideales.

Con el respaldo de la mayoría de la intelectualidad vasca y española - más si cabe de ésta última -, el nacionalismo vasco han transferido al campo científico sus doctrinas políticas, con lo cual las ha hecho inatacables, salvo para francotiradores sin respaldo académico, como es el caso de Julio Caro Baroja, sobrino del escritor, y, como él, hombre de formación agnóstica y poco amante de la mitología; a ese talante personal se unía su condición de etnólogo e historiador de libre trayectoria; cuando joven, el nacionalismo español le cerró las puertas de las aulas; ya viejo, se encontró desplazado en un ambiente dominado por el nacionalismo vasco, simple variante cuantitativa del primero. Quizá las dificultades derivadas de una y otra descalificación acentuaron otra de sus tendencias, el inconformismo, fácil de ejercer por un individuo que podía prescindir sin problemas del aplauso y disponía de recursos económicos suficientes. Por ello, siguió sin morderse la lengua. Multitud de escritos, sobre todo en forma de artículos, le sirvieron para desgranar sus consideraciones, y tal es el origen de esta obra, recopilación de algunos de ellos que, en conjunto, hacen las veces de síntesis de su pensamiento.

Al finalizar el prólogo deja ya claro el sesgo de su percepción de la realidad actual: ''Este país vive en tiempos de tragedia y la tragedia se basa en una falta de adaptación absoluta a su espacio y a un desconocimiento total del tiempo en que vive. Fomentar tradiciones e idiomas es una cosa. Burocratizar la tradición y forzar el uso del idioma por medios coercitivos es otra...Seguiremos con un ''reconstructivismo'' político pensando en reglamentar la tradición...Y en medio de ese caos violencias de todas clases, uniones más por el resentimiento que por el amor y otras plagas, largas. Más que las de Egipto al parecer''.

El concepto de ''identidad'', esgrimido continuamente por toda clase de nacionalistas, le lleva a un primer análisis de carácter histórico. Rechaza, por tanto, cualquier afirmación que sitúe a un pueblo por encima de esa contingencia; hay que entender, pues, la identidad, si se quiere valorar, en sentido dinámico, no estático. No vale escoger arbitrariamente una etapa cualquiera del pasado y extenderla hacia adelante y hacia atrás; esa etapa, además, suele ser vista de un modo idealizado y, por tanto, deja de pertenecer al campo de la historia; podría ser poesía; es política. Y en el caso del País Vasco esas etapas o ciclos en sentido amplio, son muchos, hasta nueve incluyendo la presente; abierto o cerrado, receptivo o refractario, rural o urbano, monolingüe o bilingüe, compacto o pluriétnico, el territorio vasco ni siquiera ha tenido una exacta continuidad geográfica. ''Hoy entre país y pueblo hay una diarmonía de que dan cuenta, de modo preciso, la cifra de extensión del país y la cifra de población, comparadas desde fines del siglo XVIII a nuestros días. Pero quién reflexiona sobre esto? Y sobre todo para qué sirve la reflexión?''.

Con verdadera repulsión aborda el autor otro de los aspectos que definen al nacionalismo actual, pero que también es común a otras ideologías totalitarias: el Populismo. Se apresura, sin embargo, a delimitar el término, tan equívoco y con tantas acepciones. Se centra en el valor que le dieron, a principios del XIX, los románticos conservadores, para enfrentarlo con los propuestos por la Revolución francesa; frente a la libertad de las personas, del individuo, y la igualdad jurídica, surge la libertad de los pueblos y la desigualdad entre ellos como signo de identidad; se habla de ''espíritu del pueblo'' y el individuo debe asumir su existencia como componente de ese colectivo. Pero veamos la enumeración que, en abstracto, hace Julio Caro Baroja, de las connotaciones que se suelen asociar al populismo: ''1.- El populista, en su programa político, quiere hallar la base en una identidad primitiva o en un pasado remoto; 2.- Este pasado se caracteriza por unas cuantas notas homogéneas, acordes y positivas; claro es que no excluyen rasgos ''anticivilizados''; 3.- Para ello tiene que ocultar, seleccionar o deformar si es preciso, la realidad histórica; 4.- Idealiza al ''pueblo'' sin fijar demasiado bien sus caracteres, aunque da como fundamentales las ideas de ''raza'', lengua'' y ''clase social'' (campesinado, etc.), unida a características anímicas; 5.- Menosprecia a los elementos foráneos, caracterizándolos de modo peyorativo, y atribuye todo mal a influencias exteriores, incluso a la ''civilización''; 6.- Pretende por otro lado actuar revolucionariamente, destruyendo las instituciones que rigen en el momento porque las considera impuestas por un poder tiránico y advenedizo; y 7.- Pretende crear un estado nuevo frente a otro anterior, que es malo en conjunto.'' Saltan bien a la vista las contradicciones inherentes al populismo, que se harán todavía más profundas en derivados tales como el fascismo y el nacionalsocialismo; a propósito del primero trae Caro Baroja a colación la famosa frase de Ortega: ''Por cualquier parte que tomemos al fascismo hallamos que es una cosa y a la vez la contraria''. Pero siempre encontraremos intelectuales capaces de tender puentes, establecer conexiones verosímiles.

Si en el siguiente capítulo (''El espacio natural de lo autonómico'') vuelve a insistir en lo relativo a la dinámica histórica y a la oposición entre libertad del pueblo y libertad del individuo, siendo aquélla una clara reminiscencia medieval, que amenaza de nuevo con ahogar la autonomía de los ciudadanos, en el titulado ''Sobre la violencia actual y sus causas'', después de invalidar la violencia de tesis sociológicas en boga hace un siglo, como la evolucionista del italiano Alfredo Niceforo, para quien la violencia de algunos pueblos, como el siciliano, se explicaba por atavismos acumulados a lo largo de siglos que culminan con una influencia nefasta de origen español, hace un descarnado paralelismo entre el caso siciliano y el vasco, pero desde otro ángulo; en ambos casos, afirma, se trata de una violencia de signo político en su justificación inicial; ahora, en el País Vasco, aprovechando la proclividad de los jóvenes a los radicalismos, se extorsiona, se secuestra y se mata en nombre de ideales políticos. Solo ahí esta la raíz de la violencia.

En ''Euskaldunizacion'', Julio Caro Baroja advierte de los peligros que para la misma lengua vasca tiene el procedimiento utilizado para su revitalización. No entra en el rigor mayor o menor que ha presidido la formación de esa ''koiné'' llamada euskera, pero sí le preocupa la torpeza de los métodos de enseñanza. Una lengua desconocida para la mayoría, distante de los dialectos hablados, que sólo dispone como material de ejercicios gramaticales, tendrá forzosamente que encontrar enormes dificultades para implantarse, pues altera el orden lógico de todo proceso expansivo de una lengua, que hace preceder a todo ello la creación literaria, marco culto indispensable para el posterior aprendizaje.

El pesimismo del autor se manifiesta más agudamente en el capitulo VII, que, sin ser el último, cierra sin embargo la temática aquí abordada. Recuerda haber oído a sus mayores referir como años atrás, a finales del XIX, era general la esperanza en un futuro mejor, en un siglo XX que traería definitivamente el progreso. En una situación parecida, él se felicita de no llegar a ver lo que será el siglo XXI, pues no espera nada bueno. Triste perspectiva para un hombre que luchó toda su vida contra los fantasmas de la irracionalidad y el fanatismo. Al menos el destino ha querido darle no hace mucho esa pequeña satisfacción.


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