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Jaime VICENS VIVES: TRATADO GENERAL DE GEOPOLITICA

No soy el primero en aseverar que Vicens Vives es el Ortega y Gasset de la historia, pero quizá sí me adelanto a quienes puedan afirmar que su labor ha sido más transcendente dentro de su campo de estudio; apenas si hay algún terreno que no haya recibido de él un enfoque nuevo, una remodelación casi total, si bien dentro de las tendencias iniciadas antes en otros países europeos. No hace falta que enumeremos en este lugar las ramificaciones de su impronta porque le dedicaremos necesariamente varios de estos comentarios y, sin embargo, no agotaremos todo el caudal de sus aportaciones. Y, como en el caso de Ortega, su íntima conexión con las corrientes europeas de pensamiento no le convierte en un mero epígono sino que, por el contrario, añade calidad a su contribución; es un historiador, pero al mismo tiempo un extraordinario escritor; frente a la retórica de sus coetáneos, al lenguaje casi siempre notarial de los eruditos, a las jergas neoescolásticas de quienes le sucedieron (incluidos algunos de sus discípulos más jóvenes y más inclinados a la historia cuantitativa), Vicens logra introducir ritmo, claridad de conceptos, concatenación de ideas, adjetivación precisa y brillantez expositiva. Nunca sus libros perderán esas cualidades porque reúnen los requisitos de la más bella literatura. Sólo uno de sus discípulos, Reglá, heredó de él tanto la multiplicidad temática como la maestría en el estilo.

Si en algunos temas Vicens introdujo virajes sustanciales y decisivos, en el que ahora abordamos sembró sobre un humus antes no cultivado en España: los condicionamientos geográficos del devenir histórico. Y es chocante que nuestro país, cuyas circunstancias geopolíticas son tan decisivas, no se haya interesado hasta llegar a él por comprender las causas de la mayor parte de nuestra trayectoria histórica. (Cuántos disparates se habrían evitado nuestros gobernantes si, al menos desde el siglo XVIII hubieran dispuesto de una información adecuada al respecto y la hubieran tenido en cuenta!)

La fecha en que escribió la obra (1950) en su primera versión nos explica bastante bien esta incursión del autor en un sector de conocimiento histórico un tanto alejado de sus inclinaciones habituales: el fin de la Segunda Guerra Mundial dio al traste con toda una concepción científica de la Geopolítica en los medios académicos alemanes al haberse asociado demasiado estrechamente a los objetivos políticos nacionalsocialistas; pero también por aquellas fechas salía publicado el ''Estudio de la Historia'' de Toynbee, cuyo impacto sobre Vicens fue evidente, y así lo manifiesta él mismo en más de un momento a lo largo de la exposición. Parece como si quisiera sacar de los escombros la Geopolítica como ciencia aún salvable y, de la mano de Toynbee y de la suya propia, redefinirla y presentarla como un instrumento útil no sólo para la mejor comprensión del pasado, sino también para detectar con mayor claridad las tendencias del presente.

El libro es breve en cuanto a la extensión, pero el contenido genera inmensas posibilidades de aplicación: es una codificación y, al mismo tiempo, un punto de partida tan amplio que amenaza con romper las barreras disciplinarias académicas establecidas, y se nos plantea la duda sobre el lugar correcto que debe ocupar en el espectro de las ciencias humanas: los geógrafos centroeuropeos y franceses habían integrado el estudio de la Geopolítica dentro de su esfera y le habían dado distintos nombres más o menos similares (Geografía Política, Geopolítica...), y se había planteado incluso diferenciar semánticamente lo que es Geografía Política ''estática'', más cercana a sus métodos de investigación, y una Geopolítica ''dinámica'', que se les escaparía hacia el campo de la Historia. Vicens apunta un nuevo concepto, el de Geohistoria para referirse a la Geopolítica retrospectiva y reclama así para el historiador una última y sintética fase de tratamiento.

Una vez aceptada la propuesta de Vicens, queda todavía una incógnita: Dónde ubicar esa Geohistoria? Es Teoría de la historia? Así lo parece si leemos a Spengler o a Toynbee. Corresponde más bien al campo de las Relaciones Internacionales? No cabe duda, al menos, de que sin un conocimiento adecuado de las pautas geopolíticas es imposible aprehender el galimatías de los objetivos expansionistas de los Estados, que quedarían como meros caprichos de reyes aburridos en caso contrario. No habría que descartar una tercera posibilidad: que corresponda al estudio de la evolución interna de los Estados, al impulso formativo que lleva a la construcción de aquéllos. Y aún hay quien, como el sueco Kjellén, la sitúa en la órbita del Derecho Político como una de las bases que lo estructuran. En función precisamente de la ubicuidad de la materia creemos, por nuestra parte, conveniente considerarla dentro de la Teoría de la Historia, al lado de la Cronología y la Filosofía de la Historia.

No es la parte menos valiosa, aunque sí la menos original, la que el autor dedica, de un modo exhaustivo, a pasar revista a la historia de la Geopolítica, desde sus antecedentes dieciochescos (Montesquieu) hasta sus primeros definidores un siglo más tarde: desde Ritter y Ratzel a Haushofer pasando por Kjellén y Mackinder.

Si quisiéramos destacar la aportación más decisiva a la didáctica, nos inclinaríamos, sin ambages, por la materialización cartográfica de la tendencias sugeridas por la Geopolítica; la riqueza de formas creadas para la comprensión geográfica de tales conclusiones se conjuga con una economía de esfuerzo que permite visualizar de inmediato una situación histórica determinada; sin ello no podemos hablar propiamente de cartografía histórica, y el camino iniciado de este modo se abre, con las técnicas informáticas actuales, en mil direcciones. El mismo Vicens aplicó estos símbolos universales en sus Atlas históricos, introduciendo al mismo tiempo la técnica del comentario de mapa geohistórico. Todavía hoy circulan a nivel escolar con la máxima garantía los mapas mudos que sugieren, mediante la simple presencia de tales signos, la correcta selección del resto de datos.

El contenido específico del libro, sin embargo, ocupa la segunda y tercera parte del plan expositivo, y es aquí donde la erudición salta las barreras de especialización temporal que la mayor parte de los historiadores se autoimponen, erudición manejada por una mente imaginativa para establecer conexiones espacio-temporales. En la segunda parte el factor geográfico se presenta como condicionante potencial del proceso histórico: los estímulos, los actores naturales, el clima, el relieve, el mar y el continente, el litoral y las islas, ríos y valles, pasos y puertos montañosos, las comunicaciones, el bosque y la estepa...En todos estos casos se trata de factores con determinadas gradaciones en relación con un supuesto ''optimum'' y con un nivel determinado de capacidad de adaptación del ser humano, o, en otros casos, de factores ''de oposición'' de tipo bien complementario. Con todos estos ingredientes de base, la acción humana permite un desarrollo real de esas posibilidades constituyendo núcleos geohistóricos con modelos diversos: Estados encabalgados y Estados constituidos a lo largo de cursos fluviales, así como tendencias expansivas: tendencia a buscar una salida al mar, tendencia a la expansión litoral, tendencia a la reconquista, tendencia a los glacis defensivos, exclaves y bases, las rutas como vías de expansión...

La tercera y última parte es la más cercana a los mecanismos de comprensión de las relaciones internacionales: se trata aquí de las ''tensiones'', es decir, de una realidad dinámica, viva, en la que se entrecruzan los intereses de los Estados. Como en el caso anterior, Vicens se cuida mucho de plantear la cuestión en términos deterministas, que harían de los hombres y de los pueblos simples marionetas del destino asignado, si no por los dioses, sí por el medio geográfico o la necesidad económica. Pero no se puede negar, por otra parte, que el ser humano tampoco actúa con categorías mentales puras; por el contrario, adapta sus objetivos a sus posibilidades en el caso de que no le ciegue el fanatismo o el exceso de confianza; también es posible que el medio en el que se desenvuelve, a su vez, influya y modifique, remodele, sus objetivos, pero no hay recetas fijas que permitan asegurar una respuesta única en cada caso. El primer asunto a tratar es el de la ''frontera'' como periferia de tensión, lo que obliga a pasar revista al concepto en sí a lo largo de la historia hasta llegar al mito de las ''fronteras naturales'' que, aunque esgrimido ya por Francia desde Richelieu y Luis XIV, no será sino con la escuela geográfica alemana cuando se le intente dar una cobertura ''científica''.

Otro motivo de tensión, antiguo pero sólo de alcance universal a partir de la modernidad, será la búsqueda en otro lugar de los minerales o las plantas de que se carece en el propio territorio; el imperialismo económico será su traducción en política exterior. La posesión de esos bienes exigirá el control de las rutas internacionales, bien terrestres, bien marítimas; el caso más evidente es la tendencia a la creación de ''maria clausa'', mares cerrados al tráfico de otros países.

Muy novedosa y apasionante es la parte que dedica a las tendencias exteriores de los Estados; estas tendencias se enmarcan ya en una visión planetaria, sólo posible a partir del siglo pasado en su total plenitud. El colonialismo (proceso de expansión marítima) y el satelitismo (proceso de expansión continental) han permitido la formación de superpotencias que tienen, no obstante, distintos niveles de solidez debido a la propia naturaleza de la expansión; ello obliga a platearse la superioridad de una u otra a la luz sobre todo de múltiples experiencias anteriores. Vicens se decanta por la mayor solidez de los imperios marítimos aunque sean más lentos en su constitución; da la razón así al almirante Mahan y a sir William M. James, para quienes el poder marítimo es la clave del éxito en las relaciones internacionales. Los imperios continentales, rápidos en su formación, tienden a la fragmentación ante el menor síntoma de debilidad del centro geopolítico de dominio, como tantas veces ha sucedido en las estepas asiáticas; con ello Vicens explica ''a priori'' el fin del imperio soviético, el más cercano reflejo del antiguo imperio mongol. Pero No podía sospechar Vicens que antes se produciría el hundimiento de los imperios coloniales (inglés y francés especialmente), sin que el poder marítimo pudiera contrarrestar el factor diferenciador que la propia geografía y la cultura había dado a los territorios coloniales? No queda claro, por tanto, mirando hacia el futuro, cuál de los dos elementos (el continental o el marítimo) servirá de nexo más firme a nuevas formaciones, pero los procesos integradores de carácter voluntario, no imperial, parece que se basan más en la contigüidad territorial que en los ''maria nostra''.

Hace cerca de cincuenta años que Vicens Vives escribió este libro en medio de un desierto informativo y de interés sobre su temática. Nadie, que yo sepa, ha vuelto a adentrarse en él desde entonces, aunque el libro sí que se ha reeditado con posterioridad (tengo la edición de 1981 y es posible que haya alguna reimpresión posterior). En ningún plan de estudios figura la Geopolítica como materia académica (ni en Geografía, ni en Historia al menos) y los universitarios actuales probablemente ni han oído hablar de ella. Sigue pagando las consecuencias de su desprestigio de posguerra, a nivel mundial? Es una prueba más de nuestro atraso, de nuestra desconexión respecto a las corrientes exteriores? Sin descartar ninguna de las dos opciones, prefiero plantear otra pregunta más útil: el conocimiento geopolítico Ayudaría a replantear con mayor rigor y sin prejuicios problemas actuales de España como son las tendencias centrífugas de los territorios periféricos? Permitiría comprender el anacronismo histórico de la posesión española de Ceuta y Melilla o de la presencia inglesa en Gibraltar? Si lográramos reconsiderar estos asuntos sería suficiente para otorgar a la Geopolítica patente de vigencia.


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