Elegir un libro no siempre es cuestión de gusto personal; si así fuera no incluiría éste entre los interesantes para el fin que persigo. No aprecio en él valores como la claridad o la elegancia en el decir; por el contrario, abusa bastante de esa tendencia tan francesa a una cierta suficiencia comparable, por insufrible, a la oscuridad conceptual de los historiadores alemanes de raíces kantianas o hegelianas. Tampoco parece que en la brevedad de la obra pueda decirse algo significativo si atendemos a lo ambicioso del título. De hecho no es sino al llegar a la mitad de su lectura cuando empieza a ofrecernos manifestaciones interesantes y ya, en sus últimos coletazos, resulta imprescindible al tratar de las más recientes corrientes historiográficas. A la altura de 1981 el autor ya tiene una perspectiva adecuada para sacar conclusiones no sólo sobre la trayectoria de las escuelas surgidas en el siglo XIX (positivismo, marxismo) sino también acerca de la para él más digna de consideración, al menos en profundidad, la que él llama ''la Nueva Historia'', cuya fecha de nacimiento sitúa en 1929 con la aparición de la revista ''Annales'', creada por Marc Bloch y Lucien Febvre. Creo que también se trata de la primera vez que la historiografía se contempla con una visión realmente universal. En lugar de seguir un camino lineal que, comenzando por Herodoto, continuaría por el mundo clásico, Edad Media, Renacimiento, Siglo de las Luces, etc., siempre dentro del mundo occidental, dedica capítulos intercalados a los espacios chino, árabe y judío, con lo que reconoce otros caminos, más antiguos que también pertenecen a la red de la historia, pero, como Spengler, advierte la mentalidad ahistórica que caracteriza a aquellas civilizaciones. El paso por el ámbito griego no le lleva mucho tiempo y sus pinceladas parecen indicar que supone en el lector un conocimiento de la materia que le exime de mayores precisiones. Y lo mismo podemos decir del resto de las etapas de la historiografía hasta el siglo XIX. Sorprende en todo caso que, metido ya en plena era de madurez metodológica, se olvide del historicismo, del que sólo hace referencias a sus orígenes diechiochescos (si no incluimos el concepto estricto al marxismo).
Carbonell sitúa en la tendencia erudita, de larga tradición, la preocupación por fijar un método que libere a la historia de su dependencia de la teología, de la filosofía o de la literatura. Ese método estaba implícito en el modo de trabajar de estos eruditos: la heurística; de ella, como consecuencia natural, saldrán los datos verídicos sobre los cuales hilvanar luego los acontecimientos; esta óptica vendrá por necesidad a confluir en un deseo de objetividad similar a la de las ciencias naturales y por ello hay continuidad entre esta historia erudita y el positivismo que dominará gran parte del siglo XIX.
La historia marxista, o, como el autor prefiere, las historiografías marxistas, van a ampliar de modo decisivo el campo de interés al incluir los aspectos económicos y sociales; resalta en este punto lo pobre del esquema cerrado propuesto por Marx y delimitado en mayor medida por Stalin, y su pronto desbordamiento ante una realidad más compleja (movimientos campesinos, trayectorias de otras sociedades no relacionadas con el proceso occidental); así lo vio, entre otros, Gramsci, que rompe incluso con el determinismo economicista y da entrada a otros factores y actores del devenir humano.
La historia de la historiografía se cierra con la gran aportación gala: la Nueva Historia. Francia coge el testigo tanto tiempo en poder de Alemania y da origen a un enfoque que va más allá del marxismo en cuanto a la extensión del campo de estudio, pues no sólo recoge las novedades que aquél aportó, sino que elimina cualquier límite temático; es una historia integral, total, que suma la historia política, la institucional, cultural, económica, social en aparente equilibrio; esa casi infinita amplitud del contenido del conocimiento histórico exige, por otro lado, la diversificación de las fuentes: todo es susceptible de servir de base a la investigación (la historia oral, estadísticas de cualquier tipo, cine, documentos privados); esta nueva metodología multiplica de tal modo la masa informativa que el historiador se ve bloqueado, abrumado por ella. Pero también aquí se producirá un cambio que superará la dificultad, en parte, mediante dos novedades: la importancia dada a la perspectiva del historiador, a la hipótesis de trabajo como seleccionadora del material a utilizar, y la ayuda de procedimientos técnicos (ordenadores, bases de datos, modelos matemáticos y estadísticos). La historia cuantitativa, así como la investigación prehistórica han avanzado, a cierta distancia respecto a otras ramas, gracias al empleo sistemático de ambos procedimientos.
Hay una conclusión del autor que no podemos dejar de hacer propia: el avance de la historiografía va paralelo a las transformaciones de la propia realidad humana. Los libros de historia responden, en cada etapa y en cada civilización, a las prioridades que la misma sociedad establece. Así la historia, como la literatura o la ciencia, es fiel reflejo de su tiempo; y podríamos añadir que al interrogar al pasado con preguntas que a nosotros ahora nos preocupan o nos interesan, el pasado aparece hermético y el esfuerzo por parte del historiador resulta casi heroico.