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Lucien FEBVRE: COMBATES POR LA HISTORIA

El fundador de la revista ''Annales'', padre también de una historia que él llama ''viva'' (sus seguidores la han bautizado con otros nombres, como ''total'' o ''integral'', además de ''nueva'') ha desencadenado una revolución, desde 1929 al menos, en este campo de estudio, que en principio podríamos centrar en una idea: precisamente la ruptura de ese campo, la desaparición de los límites convencionales que le habían separado de otras parcelas del conocimiento humano; hace del hombre, de la vida humana, el objeto de su interés como historiador porque considera a esa vida humana individuos, grupos, realizaciones, andaduras - el verdadero sujeto de la historia como realidad. Con esto ya despeja la confusión habitual que surge cuando, por la doble acepción de la palabra ''historia'', las funciones sujeto-objeto resultan ambiguas.

Febvre también aboga por una historiografía que no se quede en el método - tan caro a los positivistas, pero que sólo es un instrumento, y, además, pobre, porque, en la opinión de los budas oficiales de fines del XIX (siguiendo a Fustel de Coulanges) sólo los textos y su tratamiento crítico sirven de fuente a los hechos (y éstos, los hechos, son sagrados, son la historia de verdad, limitándose el historiador a depurarlos y ordenarlos con la mayor asepsia posible). Por el contrario, los documentos, en la nueva historia, son infinitos; basta con que quien los maneja sepa hacerles hablar, sean piedras, caminos, topónimos o papeles privados.

Campo infinito, documentos infinitos...Si antes era difícil ser historiador, Febvre lo pone casi imposible. Qué titán será capaz de manejar semejante masa de datos concernientes a cualquier aspecto de la vida humana? Pero es que, para complicarlo más, exige al futuro historiador una cultura previa mucho más diversificada de lo habitual: formación jurídica, económica, estadística, lingüística, conocimiento de las técnicas de las ciencias naturales aplicables a la historia (métodos químicos, físicos o biológicos). El historiador, por otra parte, debe huir del especialismo, no puede quedarse encerrado en tiempos o temas demasiado segmentados.

Campos infinitos, documentos infinitos, formación exhaustiva...Todo ello es lo menos importante. Donde el historiador tiene que actuar como tal, acercándose con ello a la verdadera acepción del término ''ciencia'', es en el modo de abordar el tema. Como varias veces repite, quien mira a través de un microscopio no ve nada que tenga sentido; el sentido se lo da la hipótesis de trabajo que previamente ha hecho: ''quien no sabe lo que busca no lo encontrará''. Elaborar esas ideas, esos presupuestos es ya avanzar gran parte del camino; ello permitirá más tarde servirse del trabajo especializado de otros (él ve al historiador como jefe de un equipo técnico al que da directrices y cuyas investigaciones sintetiza y redacta desde su capacidad de ''generalista''), y no librar al azar la obtención del material necesario para su menester (no es, por tanto, un recogedor de restos informes que encuentra por casualidad).

Campos infinitos, documentos infinitos, formación exhaustiva, planteamiento de hipótesis, trabajo de equipo...Todo esto Para qué? La historia tradicional, según él, a pesar de su aparente prestigio, no respondía a lo que la sociedad culta le demandaba: comprender e] presente a través del pasado y el pasado a través del presente. No juzgar, ni describir, ni enumerar: reconstruir con imaginación para comprender el mundo. Tampoco para buscar en el pasado tradiciones, identidades estáticas, modelos, sino, al revés, pare eludirlo, para liberarnos de él en lo que tiene de rémora para la vida actual. Ni para demostrar lo inexorable de nada, pues la vida es demasiado fluida y no puede ser reducida a una progresión lineal y unívoca.

Qué proyecto! Quién no se apunta? Pero Quién no se siente, de inmediato, excluido del grupo de los escogidos? Quién tendrá la pretensión de creerse en condiciones de cumplir todos los requisitos? Hay hombres que se han acercado mucho a ese ideal, y, en algunos aspectos, les han sobrado condiciones: el mismo Febvre, Bloch, Braudel, Vicens Vives, Reglá...Pero el historiador común, el epígono, no se siente con fuerzas para abordar tan ardua tarea. Y vuelve a agarrarse a la monografía, a la especialización, a la microhistoria, como antes de esta revolución, aunque ahora se apoye, no en la crítica textual, sino en la fotografía aérea, en la arqueología industrial, en las estadísticas o en las filmotecas. Eso sí, se autotitulará discípulo de aquéllos y se mostrará despectivo con la manera de trabajar de las generaciones anteriores. Exactamente la actitud vital de los epígonos de Michelet o de Momsen; la suficiencia del que necesita estar a bien con lo que hoy es doctrina para obtener la respetabilidad profesional que anhela.

No es, desde luego, una exposición sistemática la forma que adopta este nuevo proyecto historiográfico: se trata de una serie heterogénea de artículos que engloban desde discursos académicos hasta conferencias, con inclusión de varias, muy interesantes, recensiones críticas extraídas de ''Annales''.

Las citadas recensiones se pueden dividir en tres apartados: críticas negativas a la metodología tradicional; críticas, también negativas, a otras innovaciones como la suya, pero que no le merecen crédito; y crítica vehementemente positiva, a la gran obra de Braudel ''el Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II''.

En el primer caso, hay que remarcar su fobia, al parecer hasta personal hacia Seignobos, el gran maestro de la historia francesa junto con Bourgeois. Es una andanada contra el vacío del positivismo, aureolado con la respetabilidad de un falso cientificismo (versión decimonónica). Del mismo modo trata a Louis Halphen, director de la famosa colección ''Peuples et Civilisations'', al que acusa de hacer una historia ''historiorizante'', que no queda claro en qué consiste (Una finalidad en sí misma?).

Si hasta ahora hemos visto un Lucien Febvre revolucionario, rompedor y desafiante, su actitud cambia de un modo radical cuando tiene enfrente la fuerza arrolladora de la ideología (Guerin y su historia de las clases sociales en la Revolución francesa), la portentosa capacidad analógica de Spengler o la imaginación creadora de Toynbee. A los tres los trata como intrusos. Al primero lo ve como un descarado manipulador que busca credibilidad a base de amenazas anatematizadoras contra quienes discrepen de su visión trotskista, pero se cuida mucho de invalidar la tesis de la presencia de fermentos socialistas en la más burguesa de la revoluciones parisinas. Del segundo le separa una especie de repugnancia que, más que en razones de orden epistemológico, se apoya en un juicio de intenciones; es casi un ataque ''ad personam'' incluyendo la malévola alusión a sus simpatías filonazis, tan mal pagadas, por cierto. No está bien que un historiador que se precie de imparcial asuma el papel de un Clemenceau. Con Toynbee es de suponer en Febvre una grave perplejidad: nada más cercano a su manifiesto en favor de la imaginación, de la ruptura de moldes, de la concatenación de fenómenos, del abandono de la erudición estéril en favor de otro tipo de erudición al servicio de la comprensión global de todo el proceso histórico. Pero le parece que el sabio diletante inglés va demasiado lejos; como Lutero, se vuelve contra su seguidor y le echa encima a sus antiguos enemigos. Ahora Febvre es la quintaesencia del rigor, de la ortodoxia, de no hacer hablar a los hechos más allá del marco en que se desarrollan. Conservador frente a Toynbee, se siente desbordado y marca de nuevo los límites, acota otra vez, como sus predecesores. Ir más allá es estar fuera: traducción a la historiografía de la mentalidad leninista. Pero no es culpable de nada. Así es la vida, a la que él rinde culto.


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