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Ernest LABROUSSE: LAS ESTRUCTURAS Y LOS HOMBRES

El estructuralismo, es, hasta ahora, la última corriente más o menos original dentro de la teoría de le historia, pero su camino empezó hace ya tiempo, a principios de siglo, y su nacimiento es ajeno a aquélla. Tiene una doble paternidad: la más temprana aparece con Saussure - por tanto corresponde a la lingüística. Y es casi una exigencia de ésta en tanto que intenta analizar un nivel de lenguaje que transcienda los particularismos de las lenguas concretas; la dinámica iniciada por los estudios de gramática comparada que tanto sirvieron para hacer progresar los conocimientos acerca del indoeuropeo llevaron a los investigadores a ambicionar una meta: los mecanismos o relaciones que se incluyen en el concepto abstracto de lenguaje, aun sin entrar en el nivel del significado. La palabra ''estructura'', sin ir más lejos en su definición, resultaba bastante apropiada para identificar terminológiccnente este fenómeno. Por otra parte, y un poco más tarde, la antropología cultural, de la mano de Claude Levy-Strauss, al estudiar las sociedades primitivas actuales, caracterizadas por su estabilidad, encuentra también adecuada la misma palabra para designar esos conjuntos humanos donde el sistema de relaciones más susceptible de ser detectado es el del parentesco. Este tipo de relación, el parentesco, establece a su vez un nexo con el concepto lingüístico, pues hay una interdependencia clara en este caso entre un hábito social y la necesidad de ser expresado mediante un código lingüístico pertinente. En tercer lugar, los avances en estos dos sectores de la actividad intelectual incidieron, en mayor o menor medida cada uno de ellos, en el pensamiento filosófico dando lugar a la aparición de figuras que, como antes Nietzsche, tienen un pie en cada territorio: es el caso de Wittgenstein o de Michel Foucault.

Esta ampliación del uso del concepto de ''estructura'', siempre dentro de las ciencias humanas, trajo consigo una doble dificultad: redefinirlo para hacerlo homogéneo y evitar por exceso de generalización que se convirtiera en inoperante desde el punto de vista metodológico en cada una de las parcelas del conocimiento.

La cosa se vino a complicar todavía más cuando a partir de los años cincuenta los historiadores empezaron a interesarse en convertirlo también en una corriente propia. Bien es verdad que el concepto ''estructura'' ya había sido utilizado desde mucho antes por los historiadores sociales, pero está claro que no tenía otro significado que el de sistema de organización (equivalente en historia económica a lo que Marx llama ''relaciones de producción''). La iniciativa vino de Francia y el proceso es además curioso: se trata de investigadores que, nacidos a la historia como discípulos tardíos de Bloch y Febvre, habían recaído muy pronto en el campo marxista al ser la mayoría de ellos especialistas en temas económicos y sociales (como Lefebvre y Labrousse), tal como también sucedió en España con los últimos discípulos de Vicens Vives (Nadal, Fontana, Giralt). Tal perspectiva marxista, al colisionar con el estructuralismo, dará lugar a una posición híbrida en sus cultivadores, para quienes de un modo u otro subsistía la credibilidad en el primer método, buscando en el estructuralismo sólo un complemento formal de aquél.

El clima intelectual del momento (meses antes del ''mayo'' del 68) y las abiertas discrepancias, cada vez mayores, entre quienes se definían como estructuralistas propiciaron la celebración de un coloquio en La Sorbona entre las principales figuras de cada tendencia (aunque excusaron su asistencia precisamente Levy-Strauss y Foucault, Lacán y también Sartre, que poco antes había definido el existencialismo como una variante ya abandonada del pensamiento marxista). Es por otra parte significativo que la organización corriera a cargo de la revista ''Raison Présente'' y fuera patrocinada por la ''Union Racionaliste''. La trayectoria del coloquio ratificó esa orientación tan francesa hacia lo especulativo en detrimento de un desarrollo más centrado en el manejo de argumentos concretos. Por ello, a pesar del interés del tema en sí y de la calidad de los invitados, las dificultades de comprensión mutua (en cuanto al lenguaje empleado) no permitieron pasar de un estadio puramente preliminar, de la problemática derivada de la falta de un consenso previo. La conclusión que se extrae, a ese nivel, es que no se podía hablar de estructuralismo, sino de estructuralismos. Y el culto público asistente, en sus interpelaciones a los actuantes, reflejó bien tal desconcierto.

Aunque en el librito aparece como primera figura Labrousse, en realidad éste es el director y uno de los ponentes de la segunda sesión, la dedicada específicamente al estructuralismo y la historia. En la primera participa sólo un historiador-filósofo, Henri Lefebvre, y el resto son lingüistas y psicólogos, con un objeto común inicial: llegar a un acuerdo, por desgracia fallido, en las líneas fundamentales. La oposición más radical enfrentó a Martinet, psicólogo, con Lefebvre, el primero defendiendo un concepto de estructuralismo funcional, más o menos independiente y de cierta flexibilidad; por contra Lefebvre, con vehemencia anatematizadora, no aceptaba ningún concepto de estructura que no estuviese inspirado en el materialismo histórico.

Iniciado así el punto de partida de las discrepancias entre la historia y las demás ciencias sociales, el siguiente coloquio, en el que intervinieron, aparte de Labrousse, otra vez Martinet, Goldmann, Albert Soboul, Pierre Vidal-Naquet y Madeleine Reberioux, tiene un tono menos discrepante. El hecho de ser casi todos historiadores establece ya una tendencia a unificar criterios en dos direcciones: primero, respecto a la relación diacronía-sincronía y su importancia respectiva en las estructuras, y, segundo, el acoplamiento necesario a la metodología marxista y también a ese sistema.

Nada más clarificador que la forma de abordar la cuestión por parte de Labrousse: en principio el estructuralismo, esto es, la afirmación de que existen unas relaciones internas más o menos estáticas dentro de un sector de la actividad humana (lingüístico, económico, social...) le da a esa estructura un carácter sincrónico, permanente, que es incompatible con la idea de que la historia es cambio, movimiento, diacronía. Pero el marxismo viene en ayuda nuestra e identifica esa estructura estática con la fase dialéctica reaccionaria (tesis); para tipificar lo que hay de cambiante, de móvil, emplea el término ''coyuntura'', pero a su vez considera que en realidad se trata de ''otra forma'' de estructura'' de carácter dinámico y menos estable. La estructura, en sentido sincrónico, tiene contradicciones internas que no excluyen una influencia de origen externo a la estructura específica, aunque perteneciente a un sistema de relaciones, una estructura global, de mayor amplitud. De ello resulta que las estructuras cambian, y el cambio se produce a ritmos distintos según se trate de uno u otro tipo de estructura - según él, las que sirven de ''motor'' del cambio son siempre las estructuras económicas, que tiran de las más lentas estructuras sociales; las más reacias al cambio son las estructuras mentales, forzadas por las anteriores a ello. Esos cambios estructurales tienen como factor desencadenante un progreso en la conciencia social, que se acrecienta además cuanto más se separa de lo individual y alcanza una mayor presencia colectiva. Por ello, cuando se pregunta a sí mismo si la historia tiene un sentido, la respuesta que obtiene es positiva y la encuentra en ese progreso - puro marxismo.

En una línea similar, aunque más escéptico en cuanto a la fecundidad del estructuralismo como corriente autónoma se manifiesta Soboul, para quien ''si bien es cierto que el estructuralismo provoca la reflexión de los historiadores, no ha influido todavía, que yo sepa, en ningún punto de la investigación histórica: no hay trabajos históricos franceses inspirados en el estructuralismo''. Y es verdad, a no ser que unamos a esta tendencia la llamada ''historia cuantitativa'', a la que por otra parte podríamos vincular de algún modo también a Labrousse.

Quizá el único estructuralista puro o que así se presenta en este coloquio es Vidal-Naquet, fiel transcriptor de los métodos antropológicos a la historia; su parcela de estudio - la historia griega - le permite encontrar estructuras paralelas a las de las sociedades primitivas actuales, que son negadas a quienes han optado por el acelerado ritmo de los tiempos modernos. Y ello le da pie para discrepar, con timidez, del carácter incompatible de las contradicciones internas y colocar en su lugar una relación entre factores opuestos para que a su vez son complementarios y, en consecuencia, no fomentan la inestabilidad.

M. Reberioux se centra en otro problema, el de la continuidad o discontinuidad de las civilizaciones, que ni siquiera el mismo Marx, del que se declara seguidora, pudo resolver fuera del propio ámbito de la civilización occidental. En este sentido valora la aportación del estructuralismo, que da sentido a trayectorias distintas a la seguida por nosotros, pero que por otra parte plantean un inconveniente grave: la tendencia a observar esos otros espacios culturales como estáticos, a modo de fotografía fija, en contraste con la percepción del continuo cambio de la civilización occidental.

Los tiempos del estructuralismo parece que han pasado y no sólo en la historia, y en ésta han dejado más polémica y planteamiento de problemas que muestras significativas de su validez. Acaso ha permitido por lo menos enriquecer el vocabulario histórico y añadir, para algunos períodos y para algunos segmentos de las sociedades del pasado, un método que, como en la historia primitiva, explica su cohesión o la falta de ella.


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