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Hilaire BELLOC: RICHELIEU

Quiérase o no, la figura del cardenal Richelieu ha quedado marcada entre el gran público por la forma en que la presentó Alejandro Dumas en su famosa novela ''Los tres mosqueteros''. Es una especie de villano, ansioso de poder, vengativo y arrogante, que busca la perdición de la reina para seguir teniendo controlado a un débil rey. Y lo cierto es que en este caso la recreación literaria del personaje se acerca bastante a la realidad, según parece. Sus biógrafos discrepan sobre móviles, sobre prioridades estratégicas o sobre rasgos concretos de su carácter, pero ninguno rompe con la imagen de hombre extraordinariamente ambicioso y de gobernante implacable: la razón de Estado le justifica en una época de divorcio entre la política y la ética. Sus abundantes retratos nos lo presentan hierático, de expresión fría, envuelto en magníficos ropajes cardenalicios. Merece el tratamiento de ''Eminencia'' por sí mismo, aunque un pequeño detalle le excluye de su utilización (pues no fue establecido por el Papa para los miembros de este Colegio hasta unos pocos años después de la muerte del todopoderoso primer ministro de Luis XIII).

Richelieu no es una excepción en la Europa de su tiempo; otros hombres contemporáneos suyos tuvieron sus mismos poderes, en un claro anticipo del sistema ministerial responsable ante el rey o ante el Parlamento. Alguno duró más, como el Conde-Duque de Olivares, pero a ninguno le acarició la suerte como a él, quizá porque Buckingham, Oextiern y Olivares fueron siempre fieles a su rey, mientras Richelieu subordinó esa fidelidad personal a un servicio en favor de la monarquía, y, por encima de todo, del Estado.

De Belloc conocemos, a través de sus numerosas obras biográficas, la finalidad que le guía: esbozar una galería de personajes históricos, entre el siglo XVII y el XVIII, que forjaron la Europa moderna o fueron víctimas de la dirección tomada por la historia. El, sin embargo, es también un perdedor y sus simpatías están con los segundos (como María Estuardo). Sólo en Inglaterra se podía mantener hasta el siglo XX esa quijotesca postura de rechazo del mundo moderno en nombre de la vieja cristiandad unida, pues la trayectoria del catolicismo inglés, igual que la correspondiente nostalgia escocesa (de los Highlands) por los Estuardo, ha sido precisamente el contrapunto de los valores triunfantes.

Si los años treinta de nuestro siglo son para Belloc la evidencia del fracaso de la civilización europea, desgarrada por una casi permanente guerra civil, las raíces de tal fracaso están en la división de Europa a partir de la Reforma. Por ello el intento imperial de Fernando II, ayudado por España, de reconstruir la unidad espiritual del continente, de la civilización, y de paso realizar la unidad política de Alemania, intento que trajo consigo la guerra de los Treinta Años, aparece como un momento decisivo que podía haber reconducido el proceso para el bien de Europa. Pero aquí se cruzó Richelieu, todo un cardenal romano, y lo frustró, permitiendo que un protestantismo casi vencido resurgiera y se impusiese en su mitad septentrional de modo definitivo.

A través de toda la obra resaltan dos constantes: por un lado la admiración hacia un hombre tenaz, perseverante e implacable, inteligencia brillante acompañada por una formación (teológica, militar y administrativa) poco corriente en su entorno. Si a un hombre así, además, le sonríe la fortuna, estamos ante un fenómeno que sobrepasa las valoraciones, enmarcadas en criterios más modestos, que nos sirven para analizar a la mayor parte de los gobernantes. Algo, más allá de lo humano, mefistofélico, aureola al personaje.

La tesis de Belloc es ésta: Richelieu, católico sincero pero defensor a ultranza de la autoridad real de la Corona francesa en este caso, se ve en la necesidad de elegir entre ambos imperativos, incompatibles desde que la Casa de Austria, en sus dos ramas alemana y española, convierte la causa del catolicismo en el ingrediente principal de su ideal hegemónico, como antes había sucedido (lo decimos nosotros) en los tiempos de Carlos I y Felipe II. Richelieu, al igual que antes Francisco I, antepone a la unidad religiosa de Europa la supervivencia de Francia. En el plano interior, ese mismo principio ''protonacionalista'', representado por la monarquía, intenta conseguir, mediante la tolerancia religiosa, la convivencia entre todos los franceses (aquí el precedente sería L'Hôpital, es decir, los ''políticos'' de finales del XVI), algo que hoy nos parece de lo más lógico. Dicho de otro modo: no quería la supremacía austríaca en Europa, pero era un declarado defensor de la recuperación contrarreformista; no era partidario de la unidad religiosa forzada en Francia, pero no estaba dispuesto a permitir la desobediencia hugonote (facilitada por el Edicto de Nantes), la existencia de un Estado dentro del Estado.

Si estos fueron los objetivos, está claro que se cumplieron. Tras el episodio de La Rochela, los protestantes franceses ya no van a oponerse como tales a la autoridad real, y, por su parte, Richelieu se abstiene de cualquier medida asimiladora: le basta con la fidelidad política. Y ahí estará, para Belloc, la raíz de la división de Francia en dos (la Francia católica, que seguirá haciendo honor a sus principios, y la Francia protestante, germen del librepensamiento, del escepticismo y, en definitiva, de la Revolución). Al menos, piensa el autor, Richelieu evitó que el triunfo inmediato de los hugonotes hubiese hecho de Francia un mosaico de repúblicas de tipo ginebrino.

La lucha en Europa va a ser, sin embargo, su gran designio. Cuando él llega al poder ( y con él su ''eminencia gris'' el padre José) ya hacía seis que había comenzado la guerra de los Treinta Años (1618-1648) y todo parecía indicar el éxito de las fuerzas imperiales. Por ello Richelieu se va a dar prisa en buscar el reequilibrio de un modo indirecto: contratando a peso de oro al rey de Suecia. A punto estuvo de ser el responsable de un cambio todavía más perjudicial para Francia si Gustavo Adolfo hubiera vivido lo suficiente para unificar el mundo germánico en su beneficio y en el del protestantismo, pero tuvo suerte el cardenal y Alemania siguió siendo un campo de batalla indeciso. La ayuda española al emperador amenazaba con volver a desequilibrar la balanza y esta vez, sin campeón interpuesto, Richelieu se involucra directamente y elige a España como enemigo principal. No verá el final del combate (1659) aunque sí el principio de ese final (sublevaciones de Portugal y Cataluña, convenientemente patrocinadas y financiadas por él). Tampoco será consciente de que el ejército que él organizará para esta guerra, primer ejército permanente y profesional de Francia, servirá de germen a la mayor fuerza militar de Europa en el reinado siguiente.

Quedan dos aspectos de su gobierno que merecen consideración aparte y que conservan hoy cierto aire de enigma: el papel del padre José y la actitud ante Richelieu del rey Luis XIII. Para Belloc, el padre José, capuchino, contrafigura física aunque no intelectual del cardenal, es un estrecho colaborador de éste, en plano de igualdad, y, lo que es más extraño, sin que entre ellos hubiera ningún recelo o desconfianza; su gran aportación sería el deseo de convertir a Francia en el verdadero centro del catolicismo en una Europa dispuesta de nuevo a emprender el ideal de cruzada, esta vez contra los turcos; pero para ello se necesitaba previamente transferir del Imperio a Francia la hegemonía política, y por ese sinuoso camino el padre José vendrá a coincidir con los planteamientos de Richelieu, que nunca llegó tan lejos en la búsqueda de objetivos. No es preciso decir que el medio se convirtió en fin y que el padre José no pudo ver realizado su propósito.

Luis XIII no parecía el rey adecuado para confiar el gobierno a un hombre como Richelieu. Más bien la vinculación inicial de éste con la reina madre y con Concini lo descalificaba, y por ello, tras el golpe de Estado de 1616, el ambicioso obispo de Luçon tuvo que pasar al ostracismo. Fue la misma María de Médici, tras la reconciliación con su hijo, la que volvió a llamar a Richelieu, que ya no perdería el poder desde ese año de 1624 hasta su muerte dieciocho años más tarde. Cómo fue posible que lo retuviera teniendo en contra a la reina madre, suplantada en la dirección política por aquél que todo se lo debía, a la reina consorte Ana de Austria, una Habsburgo escandalizada por la actitud antiespañola del primer ministro, y el díscolo e irresponsable hermano del rey, el duque de Orleans? La explicación está en Luis XIII, que a sus múltiples defectos de carácter y de formación unía sin embargo un alto sentido de su dignidad, de sus obligaciones y, sobre todo, de sus limitaciones. Así se entiende que, a pesar de una indudable antipatía personal por Richelieu, viera lo indispensable de su presencia al frente del Estado. En la famosa ''Journée des Dupes'' (''jornada de los incautos'') el rey, recuperado tras una enfermedad casi fatal que le hizo caer en manos de su madre y su esposa, recobró también la conciencia política al ratificar los poderes del cardenal cuando todo parecía perdido para éste.

Parece que no cabe duda acerca de la prioridad que Richelieu dio siempre a resolver los problemas del momento sin plantearse, por su propia seguridad, la continuidad en el cargo. Tanto al vincularse en un principio a la reina madre, como luego a un rey de salud delicada, sin hijos (fue un milagro el nacimiento de Luis XIV ya en 1638), estaba a merced de una situación fácilmente reversible. De haber muerto el rey en 1630, tanto Gastón de Orleans como las dos reinas no sólo lo hubieran destituido, sino que lo habría perdido todo, tal vez hasta la vida. Sin embargo, salvo el respeto que siempre demostró por la reina madre y la resignada aceptación de la inviolabilidad de la persona del hermano del rey, nunca se preocupó de prepararse el terreno para, mediante algún tipo de transacción, permanecer en el poder una vez muerto Luis XIII. La suerte le sonrió de nuevo y aún precedió a su monarca, aunque sólo por meses, en su salida de este mundo.

Sus enemigos hablan de crueldad por la forma en que trató, sin contemplaciones, a algunos conspiradores. Pero eran cabezas muy altas, y el escarmiento impidió males mayores. Quizá es menos disculpable su actitud en el caso del complot de Cinq-Mars, mozalbete irresponsable y lleno de vanidad, y más cuando el cardenal estaba ya a las puertas de la muerte. Mas, en este caso y en los restantes, no hay que olvidar que la última decisión la tomó el propio rey, verdadera víctima en potencia de los rebeldes. No es descabellado, pues, comprender que cuando el confesor preguntó a Richelieu si perdonaba a sus enemigos, éste contestara que no había tenido otros que los del Estado.

Su afán de riqueza no fue a la zaga del de un Buckingham o un Lerma, pero, aunque favoreció extraordinariamente a su familia, también dejó al Estado como heredero de algunos de sus bienes más valiosos, como el Palais Royal, luego residencia de los duques de Orleans hasta el siglo XIX. Fue también un mecenas generoso y así lo reconocieron las instituciones por él creadas o financiadas (no en balde la Sorbona acogió con respeto y orgullo sus restos mortales, según su deseo).

La política de Richelieu tuvo un instrumento material del que no disponía otra potencia (a excepción de Holanda): el dinero. Lo derrochó a manos llenas, bien para comprar aliados (Suecia, Saboya, príncipes alemanes, rebeldes españoles), bien para pertrechar un nuevo ejército. Para obtenerlo creó lo que hoy llamaríamos un terrorismo fiscal: Francia fue esquilmada sin contemplaciones para pagar con excesiva generosidad los gastos de ese programa, y Francia lo odió, sin duda. No fue un hombre popular ni lo intentó, pues su espíritu aristocrático no lo necesitaba.

A primera vista, todos sus logros se vinieron abajo poco después de su muerte y de la del rey. La Fronda y otros conflictos simultáneos hicieron de Francia un país de nuevo asolado por la guerra civil, con la autoridad real ignorada. Más tarde emerge una nueva Francia, con un Luis XIV cuyo poder absoluto envidian los demás monarcas. Fue la Fronda un simple paréntesis que no altera la tendencia ascendente de la autoridad real iniciada por Richelieu o hay que atribuir el mérito en exclusiva a Mazarino y al Rey Sol? El autor establece una línea clara de continuidad y no duda del papel decisivo de su biografiado en la trayectoria posterior, que llevará a Francia a ser la quintaesencia del Estado absoluto. Si fue así, bien valen los sacrificios y aun las crueldades que llevaron a domeñar a la díscola nobleza y no nos uniríamos al dolor de aquel familiar de una de sus víctimas que pidió autorización para poner junto a la tumba del verdugo una cita evangélica de perversa intención:

''Si tu hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto''.


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