La Fronda empezó siendo una revolución y acabó en vodevil. No otra cosa se deduce de esos acontecimientos seguidos a través de estas Memorias, por lo demás de altísimo valor literario y exquisitamente vertidas al español por Cipriano Rivas Cherif, ilustre intelectual y cuñado de Azaña. El autor fue uno de los actores más influyentes a lo largo de todo el proceso, apareciendo bien como narrador directo, bien (segunda parte) a imitación de Jenofonte y César, nombrándose en tercera persona.
El paralelismo con Inglaterra, que aquí no merece ni una línea, es dramático al principio, con un poder real todavía más débil en Francia por la minoría de edad de Luis XIV. La conjunción de fuerzas en un momento dado - Parlamento, pueblo de París y aristocracia - resultaba formidable, aunque carecía de objetivos comunes, lo cual fue la causa de las desavenencias internas: el episodio de la escapada nocturna del Louvre (la reina y el pequeño rey), nos recuerda sobre todo la huida a Varennes de Luis XVI un siglo más tarde. Y, sin embargo, en 1649, el rey de Inglaterra pierde poder y cabeza, mientras que tres años después, en 1652 la victoria de la monarquía francesa es indiscutible y antecede a su época de mayor esplendor. Ni la puntillosa nobleza, ni la vanidad de los magistrados ni el descontento de la voluble población de la capital llegaron en ningún momento a cuestionar la institución, la Corona: simplemente querían compartir con ella el poder; y el pueblo ni eso, pues más bien gozaba del espectáculo y se dejaba manipular sin problemas.
Estas Memorias abarcan sólo un corto período de la vida del autor, entre 1634 y 1652, dieciocho años, pero la impresión que produce su lectura, por la multiplicación de episodios, los cambios de alianzas y las constantes intrigas, es de tensión no interrumpida. Quien vivió y participó en aquello, a buen seguro que creyó vivir más de una vida, y con más razón quienes sufrieron heridas que parecían mortales.
La Rochefoucauld, que era todavía simple heredero del ducado al comenzar su narración - por tanto joven y con una vehemencia nacida de su condición aristocrática - nos sitúa en el momento preciso del definitivo encumbramiento de Richelieu, el enemigo de su clase. La figura del Cardenal nos recuerda plenamente a Dumas, que se inspiró en el retrato aquí trazado: cobarde en el ánimo, persistente en la resolución, y vengativo; lo hace, además, presuntuoso con la reina, cuya negativa a sus requerimientos será la causa del encono de su posterior conducta con ella; el episodio de los ''herretes de la reina'' fue cierto, aunque no hubiera un D'Artagnan para ilustrarlo. Todos los enemigos del Cardenal son tratados con benevolencia por el memorialista: la reina madre, el duque de Orleans, Cinq-Mars...El rey, en cambio, tiene perfiles poco atractivos: insinúa taras (intelectuales y afectivas); afirma que aborrecía personalmente al Cardenal, pero no encontraba a otra persona que le descargara como aquél de las obligaciones de gobierno.
En esa Corte dividida, con la reina bajo sospecha, La Rochefoucauld, por odio al Cardenal, por caballerosidad o por cálculo - es posible que hubiera de todo un poco - es un confidente de Ana de Austria, con una intimidad en la que participa también la duquesa de Chevreuse, una intrigante dama a la que hoy llamaríamos ''gafe'', pues llevó la perdición a quienes la seguían; tampoco ella, en verdad, tuvo suerte, y, finalmente, le superó con creces en doblez e inconstancia la propia Reina. En ese pequeño y atemorizado círculo había grandes esperanzas puestas en una futura regencia, vista la mala salud del rey y del primer ministro.
Pero las cosas sucedieron de otro modo. Durante el breve período transcurrido entre la muerte de Richelieu y la del rey Luis XIII - unos pocos meses - otro personaje, hasta entonces insignificante, va a hacerse con el poder, y nadie sospechaba que alguien tan irresoluto, adulador y poco firme en sus resoluciones (aunque nada cobarde en su ánimo) se mantendría en su puesto (con dos breves y estratégicos paréntesis) durante casi veinte años, hasta su propia muerte: Mazarino.
La reina, no sabe La Rochefoucauld por qué, cayó en las redes del italiano, con lo cual quedaron descolocados todos los bandos: el duque de Orleans, otra de las víctimas de la política de Richelieu, ya no podía hacer causa común con la regente, que se apoyaba en una criatura del Cardenal de La Valette. El príncipe de Condé, famoso ya por sus hechos militares, deseaba participar en el gobierno como cabeza natural de la nobleza. El Parlamento de París veía en Mazarino otro aristócrata que amenazaba sus libertades. Y el coadjutor de París, futuro cardenal de Retz, en conexión extraña con los bajos fondos de la población parisina, se creía llamado al papel que aquél representaba o - no queda claro - era un intrigante contumaz. Todos ellos, con la reina, formaban un conjunto de agraviados, de marginados sometidos durante demasiado tiempo a la impotencia.
El inicio de los disturbios vino de la acción popular inducida y del Parlamento. Esto es propiamente la Fronda, palabra cuyo origen, dice Rivas, está en la equivalente a nuestra ''honda'', instrumento que usaban los muchachos de París en sus disputas de pandillas; así que en principio se puede hablar, por analogía, de una riña ''a pedrada limpia'', una anárquica manifestación de descontento que por su propia naturaleza era imprevisible en sus resultados inmediatos (no se sabía hasta qué punto tal desbordamiento podía poner en peligro a las personas de la familia real o a los miembros del Gobierno). A esta Fronda plebeya se agregará la ''Fronda de los príncipes'', con Orleans y Condé a la cabeza, el primero con reservas, el segundo con decisión, pues tras él estaba su ambiciosa hermana la duquesa de Longueville, su hermano menor el príncipe de Conti y los ilustres militares el duque de Bouillon y el hermano de éste, el luego casi invencible Turena. También giran alrededor de Condé otros vástagos de la nobleza, como el autor de estas Memorias, el duque de Nemours y el duque de Beaufort - el más atolondrado de todos ellos. Asombra, y mucho, la explicación que en cada caso da el autor de las motivaciones de unos y otros, con independencia de la verdadera causa, que también manifiesta más de una vez con toda ingenuidad (el restablecimiento de la antigua forma de gobierno, o, lo que es igual, el poder para la aristocracia): cuestiones de prelación, enemistades entre nobles derivadas de pequeñas faltas de cortesía, intereses matrimoniales, ilusiones desvanecidas...Con estos materiales fácil resultaba que nuevas desavenencias derivaran en replanteamientos de la situación y cambios de alianza, como se verá.
Una oposición tan formidable dejaba a la reina y al cardenal Mazarino aislados, lo que llevó a éste a romperla atrayéndose a Condé - dispuesto casi siempre al compromiso, pese a la actitud inversa de su hermana; con ello, la mayoría de los que seguían a Condé no tuvieron otro remedio que aceptar la novedad, si bien no faltaron las advertencias sobre el doble juego del Cardenal. En efecto, cuando éste se vio más firme en el poder tras unas negociaciones secretas con los otros bandos frondistas (incluido el duque de Orleans), ordenó la detención y confinamiento de Condé (1649). Por desgracia para el primer ministro, tenía enemigos dentro de la Corte y del gobierno y su control sobre los grupos opositores se mostró poco eficaz, de modo que se produjo una generalizada protesta por la prisión de Condé, que obligó a Mazarino no sólo a devolverle la libertad, sino a autoexiliarse, pues la alternativa era que la familia real quedara de hecho prisionera en el Louvre. La vuelta de Condé y su reconciliación con la reina permitió a ésta mayor capacidad de maniobra, con lo que pudo salir de París con sus hijos (el rey y el duque de Anjou) y seguir manteniendo correspondencia con Mazarino, el cual desde Colonia mandaba las adecuadas instrucciones. Recibido en la capital como un héroe, Condé no se atrevió a asumir en persona la regencia ni a apoyar al duque de Orleans para que la ejerciese; y aquí se produjo, según el memorialista, la gran equivocación, pues el tiempo corría a favor de la familia real y de Mazarino; la vuelta de éste dejó las cosas más claras, al menos para que Condé se convenciera de la inutilidad de las palabras; y de la necesidad de recurrir a las armas. Así, la Fronda sale de París y se convierte en guerra civil, con su punto de fricción principal en la Gascuña, en la ciudad de Burdeos. La situación era de lo más confusa, incluso en política exterior: oficialmente en guerra España y Francia desde hacia más de una década (y hasta 1659), uno de los bandos, el de Condé, recurrirá a la ayuda española o de sus aliados (el duque de Lorena) en dos frentes (mediante un ataque directo desde Flandes, y con oro, hombres y barcos para defender Burdeos). La falta de unidad de la alta nobleza y la presencia del joven rey junto a su ejército hicieron que éste se impusiera y Condé no tuvo otro remedio que volver a la vía de las negociaciones, acabando así este primer episodio de la guerra civil.
No había, sin embargo, terminado aún el problema; la ambigua situación en que quedó Condé, el odio de la reina hacia él, las intermitencias en la actitud del duque de Orleans, el afán de protagonismo del cardenal de Retz y el descontento del Parlamento y del preboste de París dieron lugar a una nueva fase de disturbios. Los consejos de La Rochefoucauld, siempre tendentes a la ruptura, se impusieron y Condé se dispuso a encender de nuevo la guerra civil, esta vez sin ocultar su alianza con España, principal favorecida por los acontecimientos. En los episodios subsiguientes demostró Condé tanta pericia estratégica como poca visión política: su pequeño ejército pudo hacer frente con éxito al del rey, y era además el dueño de París (la familia real hacia tiempo que no había puesto los pies en la capital); pero la superioridad militar y el prestigio de la Corona se impusieron. La Corte aún quería un desenlace pactado, pero sea que Condé temía ser de nuevo engañado, sea que su odio a la reina y a Mazarino superaran cualquier otra consideración, no aceptó, prefiriendo en su lugar exiliarse y ponerse al servicio de España, a la que aportó sus extraordinarias dotes de general. Con el rey ya oficialmente mayor de edad, no había pretextos para seguir el peligroso camino de la desobediencia, y la Fronda se desvaneció. Luis XIV tomó buena nota de la experiencia, que le sirvió para eliminar luego tales focos de tensión de raíz.
La falta de objetivos políticos concretos y comunes, y la mezquindad de los motivos personales son razones suficientes para explicar el fracaso de esta pseudorrevolución. Pero qué hubiera sucedido si alguien hubiera asumido el papel de un Cromwell? Era posible una figura semejante? El respaldo hugonote era demasiado escaso para darle una cobertura religiosa, los intereses de la burguesía de París no eran opuestos a una monarquía que justificaba su especial posición capitalina, las clases bajas carecían de líderes propios. No cabe otra alternativa que la soñada por La Rochefoucauld: una república aristocrática coronada, la refeudalización. Extraño camino que sólo los nostálgicos y puntillosos nobles creían viable.