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Introducción

Si, al decir de Freud, la Civilización ha restringido en el hombre su propensión a la felicidad, no ha sido tan cruel como para negarnos alguna contrapartida que, al mismo tiempo, proporcione a la mente un fuerte estímulo intelectual y satisfaga el anhelo estético que existe en algunos seres humanos. En mi caso particular ese placer intelectual y estético se ha centrado desde siempre en los libros, y, especialmente, en los que intentan acercarse a la memoria de la humanidad. El hecho de que mi trayectoria académica y profesional coincida con el mismo objetivo no ha tenido como consecuencia, sin embargo, poner en primer lugar un interés utilitario en la lectura. De hecho, siento una cierta aversión al libro de texto ''ad usum alumni'' y me he despedido cuanto antes de los que por obligación he tenido que estudiar, y confieso que, como profesor, poco caso hago de los que las normas recomiendan. Por el contrario, he procurado siempre fomentar el trato directo con obras menos codificadas, en las que importa tanto el contenido como la forma de expresión, el análisis de los hechos como la perspectiva del autor. En ese camino, que yo mismo empecé hace tiempo, he valorado la imaginación en la hipótesis, la claridad en los conceptos, la humildad en las conclusiones, y la honestidad en los fines.

Aquél a quien le gusta la Historia (y no sé a estas alturas aún el porqué) no es en principio ningún especialista, llega a ella con una curiosidad universal en el espacio y en el tiempo, y a través de ella se va creando su propia visión del pasado, con un alfa y una omega, intentando que la primera retroceda al máximo y que la segunda dure lo más posible junto con él mismo. Por desgracia creo que ahora proliferan los historiadores segmentados y, curiosamente, en los campos menos consustanciales con el oficio: la historia contemporánea y la historia local o regional. En ambos casos tengo por cierto que hay poco interés por la historia y mucho por la ideología: nostálgicos de una edad de oro inexistente y manipuladores de un pasado-presente negado en sus evidencias llenan hoy los seminarios universitarios y fabrican en serie profesores-robots que lo tienen todo claro. Y es triste reconocer esto por quien publicó como primer trabajo académico un estudio sobre su pueblo y ha dedicado el resto de sus investigaciones a la historia contemporánea de España. He de manifestar sin embargo que, en el primer caso, se trató de una imposición desde fuera, que procuré satisfacer con dignidad pero sin perder el sentido de la medida; en el segundo asumo toda la responsabilidad y la explicación es sencilla: me muevo mejor en el mundo de la investigación con fuentes impresas que con legajos o restos arqueológicos. Pero como degustador pasivo siento una especial preferencia por la historia antigua y por las grandes concepciones de la historia universal.

Creo, por otro lado, que si dividimos el quehacer del historiador en dos grandes campos, el analítico-monográfico y el de síntesis, hay que concederle al primero el mérito de establecer las bases firmes de los hechos, pero sólo el hermeneuta es capaz de satisfacer las grandes preguntas que al pasado se hacen y sólo él puede desprenderse de la rígida jerga erudita asociada al primero y sustituirla por lo que sigue siendo, a la manera humanista, un género literario en el más amplio sentido.

He tenido la suerte de haber sido estudiante durante el más fecundo período de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valencia. La experiencia personal no hubiera sido tan rica hoy y me apena que los jóvenes actuales que comparten conmigo el virus de la historia se desilusionen de inmediato al entrar en contacto con la Universidad; ni los planes de estudio, ni los contenidos, ni los enfoques de las materias resultan atractivos; es otra cosa, una especie de ''fontanería superior''; pero lo peor es que hay que tener mentalidad de tal; se ha cosificado e instrumentalizado el saber; se convierte en axiomas lo que siempre se ha considerado hipótesis o interpretación. Se ha llegado al extremo de señalar a los profesores de la nueva enseñanza secundaria como objetivos a lograr en la formación sociohistórica del alumno meras entelequias ideológicas; si los políticos han desechado del Código Penal la figura del rufián No será que quieren despenalizarse a sí mismos después de convertir la Historia en una formación del Espíritu Nacional, Regional o Parroquial?.

Y vuelvo a mi propia experiencia. Cuando acabé mis estudios estaba muy poco seguro de mis conocimientos (y ahora aún perdura esa sensación), pero tenía un activo que no poseía antes: era capaz de pensar en libertad porque quienes me habían enseñado habían tenido una gran honestidad intelectual, dentro de la natural pluralidad de enfoques. Y, rara casualidad, sus palabras llegaban a mis oídos con el mismo placer con que empezaba a disfrutar de los libros. Si pudiera, quisiera transmitir el rigor cáustico y contundente de un Ubieto desmontando mitos, la brillantez improvisadora de Reglá y su enorme capacidad de síntesis; el casi aristocrático tono de J. M. Jover para exponer con claridad la maraña de guerras y paces del siglo XVIII, los sugestivos planteamientos de J. San Valero sobre los inicios de la humanidad (el San Valero universal, no local). Otros hubo, y no despreciables, pero no les debo tanto. En cambio, a aquéllos les agradecí que no frustraran mi entusiasmo sino, por el contrario, que lo encauzaran y le dieran el impulso definitivo. Después todo cambió y quizá así tenía que ser. Las grandes mentes creadoras, en ciertas épocas y ante ciertas circunstancias, se tienen que retirar a sus cuarteles de invierno. Y allí suelen seguir su camino utilizando la letra impresa. Por ello sigo cada día esperando un libro nuevo que no desmerezca de otros ya degustados. Y los hay que sorprenden por su fidelidad a la verdad, a la honestidad, a la claridad, y, cosa imprescindible, a la amenidad. Por eso, cuando termino la lectura de cualquiera de ellos me digo ''He aprendido. He gozado''. Lo que significa: he aprendido porque he gozado y he gozado porque he aprendido.

Voy a hablar de libros procurando olvidarme de premisas académicas. Sé hacer una recensión y sé hacer un resumen. Pero esto es más importante: quiero transmitir, si puedo, simultáneamente, contenidos, recuerdos de lectura, valoraciones, perspectivas de ayer y de hoy, connotaciones y todo aquéllo que sirva para desear leerlos. Por desgracia las librerías actuales no tienen fondos permanentes y serán, en la mayoría de los casos, las bibliotecas públicas las encargadas de suministrarlos. No importa, se utilizan aunque los bibliotecarios se molesten.

Finalmente, una advertencia: si me he decidido a realizar este intento no ha sido pensando en quien lo pueda leer, ya que nadie me lo ha pedido. Es para mi propia satisfacción y regusto. Demasiados son los libros de historia cuyos autores ni siquiera tienen el atrevimiento de leerse a sí mismos. De esos libros, aquí no se encontrará ni uno.


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