Cuando en los libros que hablan de la época de Luis XIV se valora la aportación del duque (no conde) de Saint-Simon es corriente despacharla en forma despectiva atribuyéndole prejuicios insalvables para que merezca crédito lo que dice. Sería la voz de la aristocracia, disgustada por la preferencia que para las labores de gobierno manifestaba el rey por las gentes que procedían de la clase media, del que pronto se llamará Tercer Estado. La mejor prueba de ello es, sin duda, el papel que a lo largo de casi toda la obra se hace desempeñar a Louvois, malvado adlátere del monarca, funesto para el país y para las personas de calidad. No es, desde luego, positivo el retrato que de él hace ni tampoco el balance de su gestión, pero convendría que aclaráramos de inmediato que cuando el noble memorialista justifica su malquerencia no ataca el mérito, el talento, como baremo a utilizar en la promoción política, sino la obsesión antiaristocrática que, a su juicio, movía las decisiones del poderoso ministro de la Guerra. Es fácil confirmar este punto de vista si nos fijamos en la opinión que tiene del otro gran estadista del reinado, Colbert, también de extracción plebeya; a éste le atribuye todas las reformas positivas hechas en el país (su enriquecimiento, su reorganización para mejorar los recursos); es el ángel bueno del Rey Sol. Todo su esfuerzo fue, sin embargo, vano, pues Louvois va a ver en él un rival personal y toda su política belicista, que puso a Francia al borde de la catástrofe, tiene su origen en el deseo de secar las fuentes de riqueza abiertas por aquél. Así, habría una dialéctica mezquina que enfrentaría a dos hombres de similar procedencia y con objetivos muy distintos: Colbert tendría la visión del Estado que corresponde a un hombre honesto y capaz; Louvois, con sus intrigas y su soberbia, representaría esa envidia que se traduce aún hoy en el ansia de rebajar a los demás para exaltarse uno mismo. En ningún caso Saint-Simon incorpora estas cualidades negativas a la burguesía como conjunto; para él está clara la responsabilidad personal del hijo de Le Tellier en la dirección de la política exterior y militar de Luis XIV. Precisando más su análisis vemos dos reproches fundamentales: en primer lugar, Louvois realiza una revolución interna en la estructura militar eliminando la exclusiva nobiliaria en la oficialidad y estableciendo el ''cuadro'' (es decir, el escalafón) como procedimiento de ascenso en los grados; la crítica se centra tanto en un verdadero prejuicio aristocrático como en un criterio para el segundo caso que parece al menos tan bueno como el objetado, pues, en términos actuales, se primaba la antigüedad sobre el ''curriculum'' y se impedía que los más capaces llegaran jóvenes a los altos mandos, sustituidos por sesentones burocratizados (esta polémica no es un caso aislado en la historia militar: bien sabido tenemos, en el ámbito español, el enfrentamiento casi permanente de la artillería y la infantería por esa misma causa). Pero lo que más enfatiza nuestro noble informador es el error continuado de mantener a Francia en perpetuo estado de guerra para hacerse Louvois indispensable ante un rey al que se podía manipular con facilidad mediante la adulación y el brillo de la gloria. El desastre final, ausente ya Louvois, con un rey humillado ante las potencias coaligadas y un país hundido en la miseria, sería la consecuencia lógica de aquella política de ''grandeur'' tan disparatada, y la catástrofe natural de 1709 no haría sino profundizar en la herida.
Saint-Simon es, por otra parte, un cortesano típico de la esplendorosa época de Versalles, versado en ceremoniales y protocolo, pero, al mismo tiempo, es un detractor de ese mismo mundo; no se siente cómodo al recordar los sacrificios que costaba mantenerlo ni al observar las malas artes que obligaba a utilizar para triunfar en él; justifica que en el ánimo del rey hubiera un recuerdo espantoso de los peligros que la Fronda le hizo correr en su infancia, casi prisionero en el Louvre, pero no le parece razón suficiente habiendo otros lugares alejados de los peligros de los tumultos y en perfecta disposición para servir de Corte (Saint-Germain, Fontainebleau...).
De sus críticas no se libra ni el mismo rey. No olvida ningún defecto: vanidoso, corto de inteligencia, fácil de engañar, derrochador, lujurioso, egoísta, injusto con su propia familia legítima...Ni tampoco sus virtudes: bondadoso, ordenado, con prodigiosa memoria, sincero en su piedad, y, en el terreno físico, buena figura y con óptimas cualidades para ejercicios corporales. No obstante, lo que en un hombre corriente podría ser un balance compensatorio, en un rey no es admisible. Parece que estamos ante el retrato de su tío y suegro, nuestro Felipe IV, aunque superándole éste en capacidad y buenos sentimientos (con la mala suerte de gobernar sobre un país mucho más pobre y agotado).
Las pinceladas que dedica a otros personajes de la Corte no son más lisonjeras: resulta hasta retorcida la forma en que nos presenta a Mme. de Maintenon, modelo de astucia y beatería fingida; la transmisión que nos hace de los últimos momentos de la vida del rey y la actitud despectiva para con él de su esposa secreta subleva a quienquiera que valore algo la gratitud humana. No se salva de la crítica ni su cuñado el señor de Lauzun, una especie de D'Artagnan, también gascón, que con suerte extraordinaria llegó a lo más alto.
Por el contrario, disculpas de todas clases sirven para justificar su buena opinión del Duque de Orleans, el Regente, del cual era amigo y seguidor. No es de extrañar, por otra parte, que Saint-Simon minimice la propensión de su protector al desenfreno si se le podía adjudicar, como gobernante, un cambio de rumbo que permitió a Francia acabar con la pesadilla de la guerra continua y a la nobleza recuperar influencia en las decisiones. Aun así, no desiste de encontrar algún rasgo descalificador y halla como más relevante el hecho de haber permitido a su tío que le casara con una de sus bastardas. La ilegitimidad de origen, a lo largo de toda la obra, es motivo de desprecio constante, y el escándalo del encumbramiento ilegal de los hijos de la Montespan (Duque del Maine, conde de Tolosa) el mayor reproche que dirige al rey, su padre adulterino.
Es dudoso que tengamos derecho a menospreciar su estilo; para el lector de hoy resulta quizá demasiado descriptivo y enfatizador de nimiedades, pero si recordamos que es contemporáneo de Bossuet y otros autores que han pasado a la historia de la literatura, habremos de reconocer que está más cerca de la sencillez expositiva de la generación posterior que de la grandilocuencia de la suya.
Dos capítulos nos pueden proporcionar, además, una apreciación complementaria de su prosa: aquél en que cuenta la ''crisis de la ventana'', divertido y satírico a un tiempo, y el epílogo, sobre el terrible invierno de 1709, el más frío por los efectos que produjo de los últimos siglos, digno de ser estudiado y valorado por los climatólogos para que no quede como simple anécdota.
Así pues, quédese si acaso el duque de Saint-Simon fuera de las antologías literarias, pero agradezcamos que se tomara la molestia de conservar para nosotros hechos y situaciones que quizá sólo un cortesano era capaz de captar, hechos y situaciones de un reinado rico en documentos oficiales que sólo con el complemento de aquéllos encuentran pleno sentido.