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Crane BRINTON: LAS VIDAS DE TALLEYRAND

El interés por las grandes figuras de la Revolución Francesa tiene, a mi parecer, dos planos: los historiadores con carga ideológica suelen destacar a Robespierre y Napoleón, tanto para ensalzarlos como para denigrarlos, a menudo de modo contrapuesto. Son además los personajes que más impacto causaron en el ánimo popular, odiados o amados. Por ello los libros de texto los han sacado del común acerbo y los han convertido en paradigmas. A su alrededor pululan como astros sin luz propia otros individuos (Danton, Fouché, Tallien, Murat) de necesaria inclusión en un Quien es Quien básico de aquella época para el hombre de hoy. Y en ese Vademécum no está, creo, Talleyrand, personaje en todo caso excéntrico y poco definido para el gusto medio. Hasta los profesores de historia contemporánea carecen de una información precisa sobre el Príncipe de Benevento, y, todo lo más, saben de él alguna ingeniosa ocurrencia, o lo recuerdan como objeto de la cólera de Napoleón (la traición de Erfurt y lo de ''la media llena de barro...''). Yo, por mi parte, reconozco haberlo utilizado conscientemente para amenizar mis clases y, según parece, con éxito, pues los farragosos hechos de la Revolución resultan poco atractivos para los estudiantes sin la pimienta que el anecdotario de este hombre proporciona.

Cuando cayó en mis manos este libro, escrito por un norteamericano, creí que iba a encontrarme con una biografía amena, divertida, un pozo lleno de epigramas, ciertos o falsos, atribuidos al ingenio del ex-obispo de Autun. Mis esperanzas de solazarme en ese sentido quedaron truncadas. Desde el principio al final se trata de una obra sin concesiones a la vulgaridad, al prejuicio o a la superficialidad, y desde aquel primer contacto mío con el libro (hace de ello quizá 25 años) las relecturas han sido abundantes, y cada una de ellas ha confirmado y ampliado mi primera impresión: el personaje es excepcional; se acostumbra a decir que la revolución devora a sus hijos (así pasó en la francesa como luego en la bolchevique; Robespierre y Napoleón, tan grandes en la suya, Trotsky en la soviética, son inteligibles sólo dentro del proceso revolucionario, son creaciones de la revolución, de los tiempos revueltos, y su papel lo podían haber desempeñado de manera similar Saint-Just, Jourdan y cincuenta más). Ahora bien, Talleyrand es ''alguien'' antes de la Revolución, en la Revolución y después de la Revolución; sobrevuela los acontecimientos, los encauza cuando puede, se aparta cuando prevé el fracaso suyo o del sistema y vuelve para reconducir situaciones fluidas pero peligrosamente inciertas. No es un simple funcionario hábil, ambicioso y corrupto al que la falta de grandeza evita el hundimiento definitivo; por el contrario, es el hombre que encuentra la solución al problema financiero que había desatado el proceso (venta de los bienes de la Iglesia y creación de los asignados, desvirtuado esto último contra su parecer), es el ministro que diseña, durante el Directorio, el plan de enseñanza que servirá de modelo a Europa durante dos siglos tras ser asumido luego por Napoleón; es el mentor del corso al sugerirle crear una dinastía nueva que acabase con la Revolución y la provisionalidad y que uniera a los franceses; es el autor de un admirable proyecto de equilibrio europeo, propuesto al Emperador en la cumbre de su gloria tras Austerlitz (consistente en apoyar a Austria en los Balcanes como sucesora del Imperio Otomano, lo que nos habría evitado, al menos, la Primera Guerra Mundial y la más reciente guerra de Bosnia). Es el primer europeo consciente, ya en 1807, de que Napoleón caería, y habría que preparar lo necesario para que no arrastrase a Francia en su derrota (Ojalá Alemania hubiera tenido un Talleyrand en Versalles en 1918! Nos hubiésemos ahorrado, quizá, la Segunda Guerra Mundial). Es el gran prestidigitador del Congreso de Viena, al que llegó como representante de los vencidos y del que salió como triunfador, tanto o más que Metternich (incluso después de Waterloo consiguió trato de guante blanco para su país). Es, por último, el hombre que en 1830 evita la internacionalización de la nueva revolución mediante sus dotes persuasoras cerca del Duque de Hierro, su amigo y admirador Wellington, a la sazón primer ministro inglés. Había jurado fidelidad trece veces a trece señores o sistemas, de los cuales doce cayeron antes de su retiro definitivo; no hubo por su parte traición, sino previsión; se apartó de cada uno de ellos cuando sus advertencias fueron desoídas, y el hecho de que siempre volviera es bastante reconocimiento por parte de los dueños de la situación de lo indispensable de su colaboración. No se dejó, pues, arrastrar por los acontecimientos sino que, cuando pudo, los encauzó y, cuando no, se reservó. Murió viejo y al parecer respetado en grado sumo.

Fue luego, tras su desaparición, el momento en que su figura comienza a adquirir el tono negativo que aún ahora conserva; los doctrinarios de cada ideología veían en él un enemigo y no le han perdonado su fidelidad a sí mismo, a Francia y al sentido común: para los bonapartistas era un felón, para los jacobinos un corrupto, para los católicos un apóstata, para los legitimistas un oportunista. Todo ello era injusto, pues nunca fue ''de los nuestros''. Es verdad que, por el contrario, creyó en determinados momentos que el régimen al que servía podía, si no se desviaba del realismo político, ser lo mejor para el país, para la sociedad, para Europa y para él. Y no es su responsabilidad si el absurdo o la locura se instalaron en las mentes de los grandes hombres a los que dejó de servir.

Quedaría desvirtuado el libro si centráramos su contenido sólo en la personalidad del eterno ministro de Asuntos Exteriores. El autor aporta muchas más cosas y no de un modo complementario. La figura de Talleyrand, su carácter, no se entiende fuera de la atmósfera en la que se formó. Es más, quizá se trate de la quintaesencia del aristócrata ilustrado de la segunda mitad del siglo XVIII: tolerante, escéptico, refinado, ''bon vivant'', consciente de la injusticia de sus privilegios pero sin dejarse arrastrar por idealismos humanistas abstractos, sabedor de que, debajo de las grandes palabras del radicalismo ilustrado, estaba la envidia de las clases medias, sentimiento poco esperanzador cuando se instala en forma de igualdad doctrinaria. El ''esprit'' de esos tiempos, antes del comienzo del caos, era incompatible, en hombres como nuestro perigordiano, con el fanatismo, aunque fuera el de la razón. Si la necesidad del proceso revolucionario no parece hoy tan evidente como al celebrarse el primer centenario (historiadores actuales como P. Chaunu o R. de La Cierva la niegan con sólidos argumentos, y hay otros muchos investigadores actuales en la misma línea), sí que podemos aventurar que de un modo paulatino Francia podría haber evolucionado, como Gran Bretaña, y, como en ella, la aristocracia, en sintonía con la burguesía y respetada por ésta, habría liderado el cambio sin los traumas que trajo consigo el vaivén originado por el radical enfrentamiento entre las clases. Si muchos aristócratas ya no creían en la función de su estamento, si muchos burgueses veían en aquéllos unos enemigos a abatir sin contemplaciones, también había gentes en ambos lados con intereses comunes, lazos de sangre, mentalidades en sintonía, sentido común, y, sobre todo, sano relativismo. En ese supuesto, Talleyrand hubiera sido un Walpole (Quién era más corrupto?), un Pitt (Quién era más oportunista?) o un Melbourne (Quién se escandalizaba más del emergente puritanismo de la burguesía, quién más enemigo de lo cursi?). En todo caso, la paz en Europa hubiera sido más efectiva (el pacifismo le parecía el principal enemigo de la paz), o, al menos, tanto como la que tras el Congreso de Viena y gracias a él, entre otros, proporcionó un siglo de estabilidad merced a su clarividente pesimismo.


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