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Emil LUDWIG: GENIO Y CARACTER

Cuando el género biográfico llegó a su más alto grado de prestigio, allá por los años de entreguerras, Ludwig era el autor que servía de referencia. A él se debe el viraje ocurrido en el tratamiento de esta forma de historia, rompiendo con la aséptica acumulación de datos fielmente contrastados que hacían del personaje algo parecido a la materia de estudio de un entomólogo, aunque sin llegar a lo que hoy se pide (un diálogo entre el biografiado y su tiempo, una visión contextualizada). El objetivo de Ludwig, sin embargo, es el hombre concreto del que habla; no lo utiliza con fines ejemplarizantes ni está al servicio del conocimiento histórico global; éste, en todo caso, le sirve para descifrar mejor los puntos de oscuridad que presenta su protagonista. Es, por tanto, un indagador de los mecanismos y de las motivaciones que crean un carácter, un genio, y por ello exige libertad en la utilización del método que le parece más adecuado para llegar al fondo, a la comprensión de la personalidad; busca las claves psicológicas, si bien no lo hace al modo freudiano, como Zweig; prefiere confiar en algo tan eterno como la intuición del escritor, su capacidad de percibir lo esencial, para lo cual la documentación es sólo un material de apoyo, no la base de su retrato. Muchas veces lo repite en la introducción de esta obra, y lejos de aceptar ser inscrito en la categoría de ''dilettante'', afirma la superioridad de esa vía sobre la mera ordenación de testimonios inertes. Claro que tampoco aspira a la verdad científica ni rechaza otras iniciativas del mismo tenor que las suyas pero de distinto resultado. En realidad, pues, Ludwig se sitúa en el campo de la libertad creativa: la historia, la biografía en este caso, está al servicio de la literatura, y por encima de la objetividad (Acaso es posible?) busca la autenticidad, y ésta reposa más en el escritor que en la materia dada.

Bien es verdad que en sus obras mayores (Napoleón, Bismarck) se muestra mucho más ortodoxo y da entrada a la erudición, al menos la ajena, por ser indispensable para lo minucioso del relato. Pero aquí se libera de tales servidumbres y depura a los personajes de todo aquéllo (circunstancial, cronológico) que no es imprescindible para perfilarlos. Así nos encontramos, en este caso, con la más fiel aplicación de sus postulados. En breves páginas realiza las semblanzas (''retratos psicológicos'' los llama) de otros tantos protagonistas de la historia en mayor o menor medida. Como es natural, predominan los de origen germánico (nueve en total). Sólo hay un rey (Federico el Grande), tres políticos puros (Stein, Lenin y Wilson), cuatro ocasionales (Maquiavelo, Peters, Rhodes y Rathenau), seis escritores o músicos (Leonardo, Weber, Bang, Dehmel, Balzac y Haupmann), un explorador-periodista (Stanley) y un militar burócrata (Sendler).

Ante tanta dispersión qué elementos comunes podemos encontrar, fuera de lo profesional o del origen? Está claro que sólo uno: se trata de hombres solitarios, movidos por una especie de fuego interior que alimenta sobradamente su vida; algunos se casan más bien tarde, y unos pocos tienen descendencia, pero en ningún caso su trayectoria está en función de esos intereses. Su aislamiento no es tampoco por rechazo social - la mayoría fueron buenos comunicadores y algunos, seductores fáciles. Se consagraron a ideas o proyectos que trascendían los afanes de orden material, considerando su realización algo así como un imperativo que les determinaba. Si hay que hablar de felicidad, pocos la lograron, pues en ellos lo racional ahoga el mundo emotivo. Quizá encontraron el sosiego, es decir, la felicidad de la conciencia.

Maquiavelo, como Leonardo entre los siglos XV y XVI contrastan cronológicamente con el resto (más o menos contemporáneos), pero, fuera de ese accidente, su mentalidad - las de ambos - está más en consonancia con nuestros tiempos; Leonardo anticipa la transformación técnica de la civilización occidental e inaugura un diálogo activo con la naturaleza, a la que admira y desea dominar; es un hombre sin prejuicios, sin ataduras intelectuales, un creador en quien sólo la imaginación estaba a la altura de sus dotes artísticas, científicas y técnicas. Por lo mismo, Maquiavelo, escritor y político, resulta difícil de clasificar, aunque ha sido el éxito y el fracaso respectivamente lo que le ha hecho entrar en la historia.

La personalidad de Federico II de Prusia es una de las más contradictorias y desafía a psicólogos e historiadores; sólo el Enrique V de Shakespeare se acerca a tan versátiles actitudes vitales. En realidad, parece que hay varios individuos distintos, cada uno correspondiente a una etapa de su existencia: de joven, el príncipe era un frívolo y amanerado ''petimetre'', delicado y enclenque; su padre impidió brutalmente que continuara por ese camino. De ahí sale un intelectual que busca en la filosofía y en la historia una realización al margen de su destino dinástico. Cuando, en una tercera fase, asume el poder, se enamora de él no por lo que en sí significa, sino por la gloria que proporciona; no es aún un estadista, pues la fama es un valor que comparte con su anterior designio; quiere, además, ser famoso para ser admirado por los filósofos (sobre todo por su amigo Voltaire, que no lo podrá aguantar); por eso logra superar su horror por la sangre de las batallas y se convierte en un general feliz entre soldados y caballos. Pero, conseguida la gloria y firme en el poder, va más allá y se define a sí mismo como un constructor del Estado, de la riqueza de su país, un reformador; ya es estadista. Y, viejo, lleno de laureles y creador de un Estado fuerte y poderoso, valora las pequeñas cosas en un mundo cerrado, acompasado por unos pocos amigos decrépitos, escéptico pero no desgraciado. Sabe que ha pasado a la historia. Para qué más?

En los últimos años de su reinado Federico II descubrió a un excelente administrador, un técnico de organización que no era súbdito suyo, sino señor autónomo: el barón Stein. Varias veces será ministro en el reinado siguiente (Federico Guillermo III). También nos encontramos aquí con un hombre contradictorio: aristócrata, desprecia a los príncipes y se apoya en el pueblo; disciplinado, jamás sentirá la tentación revolucionaria al fallar la vía de la reforma por culpa de un rey pusilánime; nacionalista, se opondrá con todas sus fuerzas a la Francia napoleónica, modelo por otra parte, del Imperio que él quería para Alemania. Trabajador incansable (en pocos días logró abolir la legislación feudal prusiana y construir un nuevo Estado burocrático no muy alejado de lo que predicaba Saint-Simon (el conde), su capacidad quedó desaprovechada durante larguísimos paréntesis. Estuvo a punto de ser emperador democrático en una fase revolucionaria y, sin embargo, prefirió la soledad orgullosa antes que cambiar sus fidelidades. Podía haber adelantado en cincuenta años lo que Bismarck logró (el II Reich) sobre bases más sólidas (lejos del militarismo prusiano), y murió creyendo que la unidad nunca llegaría por la mezquindad de los príncipes. Fue un estadista de una pieza que apenas gobernó unos pocos años. Su vida no fue un fracaso: fue su entorno el que fracasó. Stanley, Peters y Rhodes fueron, los tres, creadores de imperios coloniales en favor, respectivamente, de Bélgica, Alemania e Inglaterra. También sufrieron la ingratitud: Stanley, de Inglaterra, su patria de nacimiento y su última morada. Peters, un británico germanizado, de su Alemania desdeñosa hacia el fenómeno colonial (nunca deseado por Bismarck); Gran Bretaña se desmarcó de Rhodes cuando éste creó dificultades con los boers (serían los negros matabeles, a los que sojuzgó, quienes le dieran magnífica sepultura). Pero también son muy distintos: para el famoso explorador lo importante era su faceta de periodista; lo demás: había que hacerlo, simplemente. Peters, eterno estudiante de filosofía, hubiera preferido destacar con una buena tesis antes que como hombre de acción (que lo fue con extraordinario éxito). Rhodes disfrutaba con el poder; su enorme riqueza le hubiera permitido una existencia más que holgada, pero la sacrificó a sus ambiciones (el ferrocarril El Cairo-El Cabo y la creación de la Unión Sudafricana) ninguna de las cuales llegó a ver realizadas en vida.

Otros dos personajes se suceden, y, a la vez, contrastan: Lenin y Wilson, el oportunista genial, el realista por excelencia, y el idealista. El primero llevaba en sí el destino del fracaso y, contra todas las previsiones, triunfó. El segundo, todopoderoso presidente de los Estados Unidos, principal factor de la victoria aliada, fracasó. Si hay una razón que explique tal paradoja sería esta: Lenin supo manejar a los hombres, estuvo a la altura de los acontecimientos y maniobró con habilidad para decantarlos a su favor; Wilson se dejó arrastrar por los segundos, y los primeros lo tuvieron fácil para hacerle la vida imposible (Clemenceau, Lloyd George, Orlando). De ahí que la Rusia vencida y humillada se convirtiera pronto en el terror de Europa y la América vencedora fuera despreciada tras agradecerle los servicios prestados. Sin estos dos hombres, quizá, la historia posterior a la Primera Guerra Mundial hubiera sido algo distinta. Judío acaudalado, superdotado intelectualmente (parece que el tópico se cumple en la conjunción de las tres características), Rathenau fue, como Stein, un lujo para su país, Alemania, al que también la mediocridad y el prejuicio negaron el reconocimiento. Sólo al final de la guerra y en la paz se recurrió a él como tabla de salvación, y no desmereció en esa labor. Murió víctima de un acto terrorista, pero el autor adivina que esa muerte y el consiguiente entierro multitudinario sustituyeron en su beneficio a la reticencia que sin duda habría predominado de seguir vivo. Y a la soledad, su verdadera compañera. Otros dos personajes, esta vez artistas, Weber (músico) y Balzac (escritor); alemán el uno, francés el otro, tendrán en común una existencia dominada por el trabajo abrumador, que agotaría sus fuerzas antes de tiempo. Ahora es el afán de prestigio social y la lucha por el desahogo económico lo que determinará su trayectoria y lo que agotará sus cualidades. Por eso han quedado para la historia en un plano inferior a lo que de ellos pudo esperarse: Weber será el maestro de Wagner; Balzac hará el papel de transcriptor de la burguesía de su tiempo.

Los tres escritores que siguen (Hermann Bang, Dehmel y Gerhard Hauptman), danés el primero y alemanes los dos últimos, no han pasado, desde luego, por el tamiz de la internacionalización. No significan nada para nosotros. Si Ludwig los incluye es a título de gusto personal, pues ni siquiera gozaron en su tiempo de una popularidad indiscutible. Y lo mismo sucede con quien cierra la lista: en vez de su nombre lo que resalta es el hecho de representar un arquetipo, el militar austrohúngaro, el funcionario fiel a su emperador; por eso el apartado se titula ''Retrato de un oficial'' y poco importa que se trate de Sendler (así se llamaba) que de Schmidt o Bauer. Un imperio bien administrado por burócratas probos y respetuosos con la ley no pudo sobrevivir a pesar de ellos porque otras fuerzas, ciegas y apenas controlables, vinieron a hacerle frente: las tensiones nacionalistas que deseaban librar a sus países de las ''cadenas de oro'' (así las llamaron luego aquéllos que las cortaron). El nuevo mundo surgido tras la guerra era muy distinto. Se quiso aprovechar a aquellos hombres que garantizaban por su honradez y eficacia la puesta en marcha de las instituciones recién creadas. Algunos se integraron. Otros, como este general, organizador nato, prefirieron morir fieles a su juramento de antaño a un emperador que ya no existía.


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