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Carlos SECO: GODOY. EL HOMBRE Y EL POLITICO

El nacionalismo español ha tenido en la fecha del 2 de mayo de 1808 el último de sus aniversarios patrióticos y el único que, como en el caso de los micronacionalismos, celebra una derrota: nada menos que la pérdida, momentánea, de la independencia. Buscando un culpable, la opinión pública de la época, y después los mismos historiadores (por lo general los no especialistas en el tema) lo han encontrado en la persona de Godoy, don Manuel Godoy y Alvarez de Faria, que de mediano origen aunque hidalgo, llegó a ser en plena juventud generalísimo, duque, príncipe (el único de la historia de España que no es príncipe heredero ni miembro de la familia real hasta que Espartero alcanzó el mismo honor pocos años más tarde), y, como dice Madol, el primer dictador de la Europa contemporánea. Sólo con eso basta en España para matar la reputación de cualquiera, con independencia de los méritos que se hayan desplegado (pues la envidia, nuestro acreditado vicio, no comprende súbitos triunfos de nadie, a no ser mediante la lotería u otro género de azar). Si además se trata de un joven alto, rubio, de tez blanca, inteligente y amable, si bien no demasiado culto, que en calidad de guardia de palacio tiene contacto directo diario con una reina casquivana y un rey bobo (según esa misma opinión general), no hace falta tampoco esforzarse para encontrar una explicación que añade al asombro la razón favorita de cualquier maledicencia de vecinos: la transgresión sexual.

Desde 1793 hasta 1808 (marzo, Motín de Aranjuez), exceptuando el breve intervalo de 1798-1800, fue Godoy primer ministro y factótum de los reyes, el hombre más poderoso de España desde los tiempos del Conde-Duque, más cercano al trono que éste al estar casado con una mujer de sangre real si bien no infanta, la condesa de Chinchón. Pero desde la última fecha hasta 1851, año de su muerte, media vida aún, fue un superviviente de sí mismo, exiliado (Roma, París) y, si no condenado formalmente, sometido a una conjuración del silencio, a un olvido lacerante, chivo expiatorio de una catástrofe que había reducido a España a un papel de potencia de tercera clase enfrentada con su propia mediocridad. No se había inventado todavía la expresión, pero se puede afirmar, en su caso, que no era ''políticamente correcto'' liberarle de una carga que, de otro modo, habría gravitado sobre todo el pueblo español, o, al menos, sobre todas sus clases dirigentes. El anciano que, abandonado y pobre, paseaba por los jardines de las Tullerías como un ignorado y modesto pensionista, sin haber perdido la cortesía y la amabilidad que siempre todos le reconocieron, es un ejemplo poco frecuente de estoica resignación, muy alejada de venganzas y resentimientos. Por fortuna para él la publicación de sus Memorias (en los años treinta) y la falta de prejuicios en su contra de la reina Isabel II (alguien ha pensado que porque se trataba de su nieta) le devolvieron la respetabilidad oficial, pero no la rehabilitación política ni la económica.

Esas Memorias, no demasiado conocidas en su primera edición, volvieron a ser impresas formando parte de la Biblioteca de Autores Españoles, de Rivadeneyra, con un extenso y bien documentado prólogo de Carlos Seco Serrano. Era una lástima que un estudio tan valioso quedara sólo para una minoría de lectores, y por ello, al poco tiempo, la Colección Austral formó con él un pequeño volumen conteniendo el texto, ampliado y puesto al día. Por primera vez un investigador, convenientemente distanciado en el tiempo y utilizando fuentes de información de variado espectro, se atrevía a abordar un tema tan manido por los tópicos.

Romper con los tópicos era muy difícil, y más tras la publicación, poco antes, de la biografía escrita por Madol, proclive en demasía a dar crédito a las fuentes francesas y, de entre las españolas, a la tendenciosa capacidad imaginativa del marqués de Villaurrutia. Pero el más formidable enemigo con el que había que contender era una figura coetánea a los hechos y para la que, a su vez, Seco tiene una gran predilección desde el punto de vista estético: Goya. Como pintor de cámara fue un verdadero ''terrorista'', haciendo de la imagen de los reyes o de la del favorito (recostado en actitud displicente) una especie de caricatura (observable si contrastamos estas imágenes con las que dan otros pintores de la Corte, como, por ejemplo, Mengs). Si lo que ''vio'' Goya fue, a través de su fina percepción, la ''psicología'' de los personajes (simpleza del rey, fealdad repelente de la reina, adiposidad otomana del príncipe de la Paz), es extraño que éstos, al verse así representados, no hubiesen montado en cólera expulsándolo cuando menos de su cargo, en vez de lo cual lo mantuvieron, como lo mantuvo luego Fernando VII, y más tarde José Bonaparte, y como quizá se hubiera mantenido tras la Restauración si ''El Deseado'' lo hubiera llamado. Si podemos dudar con fundamento de la integridad moral de tal individuo (me refiero a Goya, por supuesto), y si dejamos a un lado la por otra parte discutible calidad de su obra (no siempre valorada como en la actualidad), el testimonio ''psicológico'' de esta representación plástica no alcanza ni con mucho a equilibrar las múltiples muestras, escritas o pintadas, que sobre el particular han dejado personas del entorno con tanta o mayor credibilidad. Es de temer, sin embargo, que en la ''cultura de masas'' el dictamen de los ''dilettantes'', aun someros, se apoyará en la patente de corso que solemos dar a éste y a otros artistas.

Seco se limita a la humilde función que corresponde a un historiador: procurar acercarse a la verdad, o, al menos, desmontar falsas evidencias. Y para ello tiene que buscar razones serias y testimonios documentales de garantía. Los segundos aparecen profusamente en las notas. Las primeras van a ir desgranándose de acuerdo con los acontecimientos, de los que fueron prisioneros los protagonistas.

No hay duda de una cosa: la revolución francesa fue el factor que determinó la trayectoria de la monarquía española, como lo hizo con todos los Estados europeos. De no haber sido así, no habría habido razones para exonerar a Floridablanca, primero, y a Aranda, después. Fue el desconcierto del primero y el peligro de su política antifrancesa en el intento de salvar la vida de Luis XVI, y la manifiesta falta de sintonía del aragonés con lo que en aquel momento era el sentimiento generalizado del país, lo que obligó a los reyes a buscar una ''tercera vía'', para la cual se necesitaba a un individuo nuevo, hechura de los propios monarcas, no comprometido con ningún grupo de presión, que no tuviera fuerza tampoco por sí mismo, y que mereciera por sus cualidades personales la confianza regia (lealtad y gratitud). Poco había donde elegir en una corte aislada, cerrada al contacto exterior. Si además aceptamos, sin rasgarnos las vestiduras, que la reina no fuera un dechado de virtudes domésticas, contrastando con la rectitud moral de su esposo (Que parecido con María Antonieta y Luis XVI, hasta en el acoso que ambas reinas sufrieron por parte de libelistas, generalmente a sueldo!), cabe considerar la figura de Godoy como una respuesta adecuada a lo que se precisaba.

En una primera etapa (1794-1798) la decisión de los reyes sintonizó con la opinión pública: la energía de Godoy para hacer frente a la guerra contra Francia fue tan altamente estimada como su posterior habilidad, una vez perdida la partida, en conseguir un tratado de paz lo más favorable posible (Basilea, 1795); el título de Príncipe de la Paz colmó su vanidad pero hacía justicia (quizá excesiva) a sus méritos. Y la casi inmediata reanudación de la tradicional política de alianza con nuestros vecinos del norte (tratado de San Ildefonso) se justificaba en dos juicios irreprochables: la República francesa había cambiado de signo (los regicidas de la Convención habían perdido el poder, que estaba ahora en manos de un Directorio moderado), y, estabilizada así la situación, quedaba claro que ''el enemigo'' seguía siendo, a nivel geopolítico, Inglaterra (enemigo de una potencia americana como España); sólo la colaboración marítima francoespañola podía contrarrestar el poder naval británico. Era cruel aliarse con el país que había ejecutado a su rey, pero los intereses del Estado se situaban por encima de los de la dinastía. La pérdida del poder en 1798 también fue consecuencia de la política internacional y no, como se ha insinuado, por celos de la reina, que siguió tratándolo, igual que el rey, con el mismo aprecio que cuando gobernaba. Sin embargo, la manifiesta incompetencia de sus sucesores (Urquijo, Saavedra) le devolvió el poder en 1800, y con mucha mayor fuerza.

Fue entonces cuando se irá gestando la leyenda completa del favorito, a la que sin duda ayudó él con una indisimulada voracidad de honores y dinero (que no necesitaba solicitar, pues le eran dados casi de modo perentorio por unos reyes sumamente agradecidos con quien se atrevía a navegar en aguas turbulentas). Pero la animosidad contra el Príncipe de la Paz tenía raíces en una problemática más compleja. Tenía en contra a varios sectores sociales, pues chocaba con sus aspiraciones o aquéllos no se identificaban con algunos aspectos de la política del favorito.

La Revolución había dividido a la clase dirigente en tres grupos: los ''tradicionalistas'', que ven en el Despotismo Ilustrado la causa de aquélla, por lo que de política de progreso tenía (como en Francia, será la aristocracia la que en su mayor parte se vincule a esta tesis, y con ella el antiguo ''partido militar'' de Aranda, precisamente el hombre que poco antes se había manifestado más que afín con los planteamientos revolucionarios); los ''protoliberales'', élite intelectual identificada con los jacobinos (muy minoritaria aunque con capacidad de manifestarse en determinados ambientes sensibles y que cayeron en la ingenuidad de dejarse manipular por Aranda, como sucedió con la conspiración de Picornell); y los ''ilustrados'' de antes, que no creían necesario variar el rumbo, convencidos de que el progreso interior del país no tenía necesariamente que desembocar en una revolución. Este tercer partido, moderado y de centro, había perdido a su principal valedor, Floridablanca, cuando éste derivó en su política hacia los planteamientos del primer grupo (el ''Pánico de Floridablanca''); los reyes recelaban, con o sin razón, de otros posibles líderes (Jovellanos, Cabarrús); no tenía, por tanto, a nadie que lo representase, y es en él en el que se injertó Godoy, y lo demostró no sólo llamando al gobierno a Jovellanos (que se apresuró a aceptar y, muy pronto, a conspirar contra su promotor, al parecer por razones de tipo puritano), sino enfrentándose con la Inquisición (por primera vez en la historia de España un ministro osaba hacerlo) y sustrayendo a ésta toda jurisdicción política (lo que trajo, entre otras cosas, la liberación de Olavide), y continuando a un ritmo acelerado el programa político ilustrado (entre el primer y el segundo período de su gobierno se crearon la mayoría de las instituciones científicas y técnicas de la época, superando en amplitud tanto a la etapa anterior (Carlos III) como posterior (Fernando VII): escuelas técnicas superiores, Observatorio, instituciones pedagógicas (se introdujo en España el método de Pestalozzi)...

Enfrentado a la Iglesia (por el tema de la Inquisición, luego por la desamortización de bienes eclesiásticos que pactó con el Papa y por el escándalo de su vida privada, con esposa y querida oficial - Pepita Tudó), a la aristocracia (deseosa de hacer frente a él lo que con don Alvaro de Luna hicieron los nobles castellanos) y a la misma persona del Príncipe de Asturias (proclive en un principio, tras su matrimonio napolitano, a la amistad con Inglaterra, y envenenado por las confidencias del canónigo Escoiquiz, otro ingrato protegido del dictador), perdida su inicial popularidad y sustituida ésta por una animadversión cada vez mayor (un verdadero bombardeo de chismes sobre su vida privada y sobre sus relaciones con los reyes le convirtió en una especie de monstruo) no disponía de otro apoyo que la confianza real, que por otra parte se basaba en la seguridad de que Godoy acertaba en la política internacional conveniente para el país. La necesidad de justificarse en tal terreno ante los reyes y ante los ciudadanos le hizo depender en exceso de la voluntad de Napoleón, una vez fracasada la tentativa de crear un núcleo de países neutrales que no hipotecaran su soberanía ni a Francia ni a Inglaterra. Una segunda maniobra, en este caso en sentido probritánico, tampoco fructificó, sino que, por el contrario le obligó a volver a la alianza francesa, pero ahora ya no como un igual: el tratado de Fontainebleau es un verdadero ''diktat'' de Bonaparte, que jugaba además la carta del Príncipe de Asturias, convertido en incondicional suyo. Las disensiones dentro de la familia real (que llegaron a su máximo con la conspiración de El Escorial, de 1807) van a abrir a Napoleón perspectivas nuevas que no requerían ya la presencia en el gobierno de Godoy. Este, persuadido del peligro, opta por la única posibilidad de zafarse de la presión francesa: trasladarse con los reyes hacia el sur y, si fuera preciso, embarcar hacia América para continuar desde allí la resistencia. Su plan se vino abajo al adelantarse el partido fernandino y promover varios aristócratas disfrazados el Motín de Aranjuez (marzo de 1808). El estado de indignación popular, general y justificado, por el descaro con que Napoleón obraba a su antojo en España, fue canalizado por ese partido, no para oponerse a las iniciativas francesas, sino para provocar simplemente un cambio en el trono y la caída del odiado ministro. Triunfante el golpe, se demostró muy pronto la inutilidad del resultado, que no hizo otra cosa que facilitar el desenlace final en beneficio de la familia Bonaparte.

Con el desastre político llegó también una clarificación ''a posteriori'' de las relaciones entre los reyes y el valido; por un lado resulta insólito en la historia que la gratitud de un monarca hacia un servidor suyo lleve a aquél a anteponer la vida del segundo a sus propios intereses (por eso abdicó Carlos IV), pero no menos ejemplar es, por otro, la actitud de Godoy, que acompañó en el destierro a sus benefactores y no los abandonó mientras vivieron. Si hay un caso de amistad inconmovible, por encima de los avatares políticos, es éste, de modo que, más que otra cosa, la relación, desde muchos años atrás, era la de unos padres y un hijo en perfecta sintonía. Pero hasta el momento final les persiguió el rencor de Fernando VII y la animadversión de la reina Carolina de Nápoles; esto último explica, quizá, la extraña actitud del rey en los pocos días que pasaron entre la muerte de su esposa Marìa Luisa y la suya, al ordenar a su antiguo ministro que abandonara su residencia romana (aunque sin manifiesta voluntad de ruptura definitiva).

El principal reproche que hoy podemos hacerle, tanto al rey como a Godoy, es el de que su orientación en política exterior llevó al país al desastre. Pero cabría preguntarse dos cosas: Qué país, salvo Inglaterra, se vio libre del vendaval napoleónico? Y qué político, en la España real de finales del siglo XVIII y principios del XIX hubiera sabido maniobrar con mayor éxito?

De poco sirve desvelar estas cuestiones si el pueblo se empeña en llamar Pepe Botella a un José Bonaparte abstemio y ''El choricero'' a Godoy por su simple origen extremeño. Lo malo es que, quizá, esto es lo ''políticamente correcto''.


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