De entre todos los generales que protagonizaron nuestro siglo XIX es Narváez el único que alimentó una leyenda, casi siniestra, hoy todavía viva. También fue objeto de interés particular para la literatura, a través de la cual vuelve a manifestarse una personalidad de rasgos claramente negativos. En cambio la historia lo ha olvidado, del mismo modo que ha vuelto la espalda a la mayor parte de los gobernantes de aquella etapa tan repleta de acontecimientos y tan llena de claroscuros. Ya al final de su vida, Pabón intentó reivindicar la figura del Duque de Valencia aprovechando el inmenso aporte documental, abierto en 1962, consistente en la mitad del archivo que dejó aquél a su muerte (el resto fue a parar a Chile en extrañas circunstancias, aunque hace poco se anunció su recuperación); el inventario, de 150 páginas, da una idea del esfuerzo a realizar, que no pudo coronarse con éxito de un modo completo tal como sucedió en el caso de la biografía de Cambó, pero que al menos permitió al eminente historiador bosquejar las líneas por donde en el futuro pueda ir un estudio definitivo. No se trata, por tanto, de una biografía ni tampoco de una investigación exhaustiva de la etapa moderada; es en realidad un boceto deslavazado, retazos armados alrededor de la figura central, que adquiere por ello un valor muy estimable para el lector, que se encuentra así en la privilegiada posición de quien ve como el autor habla consigo mismo antes de pulir o de matizar - para bien o para mal - sus primeras conclusiones. Pues es de temer que, de haberse llegado a culminar la obra, ésta hubiera pagado el tributo que el espejo deformante del presente exige. La prueba de ello es la poca trascendencia que ha tenido la publicación del libro y el nulo impacto a la hora de revisar la valoración que los manuales hacen del general y su política. Triste suerte en la que acompasa a los libros que han pretendido hablar en serio de Godoy o de Fernando VII.
De los tres Narváez (el de la leyenda, el de la literatura y el de la historia, éste último inédito hasta ahora), Pabón aborda en primer lugar el que se impuso en la opinión pública de la época y, sobre todo, tras su muerte. La anécdota que le hace contestar que no puede perdonar a sus enemigos porque ''los he matado a todos'' cuando estaba expirando da una cruel versión de quien será conocido sobre todo por el nada laudatorio sobrenombre de ''El espadón de Loja'', hombre brutal, simple en su concepción política, vengativo, reaccionario, conspirador e incapaz de comprender las realidades profundas del país (puede que su iniciativa de crear la Guardia Civil le haya hecho víctima de los mismos tópicos que se han generalizado acerca de esa fuerza de orden público).
El segundo Narváez, el literario, se hace triple al no coincidir el retrato que de él hacen Galdós, Baroja y Valle-Inclán. Don Benito le dedica uno de sus ''Episodios'', en el que aparece ya como gobernante recién instalado y con su posición en peligro por las intrigas ultramoderadas o francamente absolutistas; no es santo de la devoción del escritor canario, pero la honestidad le obliga a reconocer en Narváez un firme defensor del liberalismo por encima de todo. Baroja, en las ''Memorias de un hombre de acción'' (''Las furias'') nos presenta a Narváez en un momento muy anterior, en plena guerra carlista, luchando a las órdenes del general Fernández de Córdova, su amigo, antecesor en el mando al general Espartero, todavía joven, ambicioso, seguro de sí mismo, valiente y apasionado, lo que no impide que también se manifieste con la máxima generosidad respecto al enemigo (en este caso su rival político, militar y de galanteo el coronel Pérez del Pulgar). Y por último, Valle-Inclán. Este es el único que no tiene fuentes directas al recrear la figura de Narváez (Galdós llegó a Madrid cinco años antes de la muerte del general, cuando aún era jefe del gobierno; Baroja dispone de documentos de su pariente Aviraneta). Ni falta que le hacía. Un hombre que salta desde la nostalgia del carlismo a la simpatía por el anarquismo (de anteburgués a antiburgués) no podía ver nada positivo en quien representa más que nadie los intereses de esa clase media equidistante en su visión política del absolutismo y del caos. Con razón Pabón, recordando a Maravall, dice que Valle hace antihistoria, y clasifica ''El ruedo ibérico'' dentro del género esperpéntico, en lo que también coincide con la opinión de Azaña (''En ''La corte de los milagros'' los personajes son muñecos inventados que hacen gestos...los campesinos andaluces hablan en gallego valleinclanesco''). Y así resulta un Narváez agitanado, chulo, ignorante y, en el momento de la muerte, ridículo y temeroso (sabemos que nada de ello responde a la verdad, ni siquiera las circunstancias finales de su muerte).
La yuxtaposición de esa leyenda gratuita de fulminante efecto - ''tranquilidad, señora, viene de tranca'', dicen que dijo a la reina Isabel II con su éxito (casi único en la Europa de su tiempo) frente a la marea revolucionaria de 1848 y la fortuna que ha tenido la visión de Valle-Inclán (las clases cultas españolas tienen en general una percepción de nuestro pasado que se apoya más en la literatura que en la historiografía, quizá porque la primera es mucho más rica y sugerente que la segunda, a no ser que se trate de una cierta actitud de voluntario autoengaño, como el que describe Baroja a propósito de la credibilidad política (''Con la pluma y con el sable''): ''El fetichismo por la palabra sonora y por el orador escultural producía en el español progresista una extraña incapacidad para enterarse del fondo de las cuestiones, de la realidad de los hechos y de la exactitud de las ideas'', han consolidado un Narváez que se inscribe en la ''España negra''.
Vayamos ahora a la historia (pidiendo perdón por ello, si es preciso).
Ramón María Narváez, nacido casi con el siglo (1799), de familia noble no demasiado boyante, vive en Loja (Granada) y su infancia coincide con la guerra de la Independencia, que también en su pueblo dividió a los vecinos, incluidos sus parientes. A los quince años, ya en plena Restauración, inicia su carrera militar en un cuerpo de élite, la Guardia Real, núcleo aristocrático del ejército regular español del momento; allí sirve y estudia durante cinco años, sobresaliendo en los conocimientos de carácter más técnico, lo que le lleva a quedar entre los seis cadetes (de 300) más brillantes. Ya miembro activo de la Guardia, llega el Trienio Constitucional (1820). Las desavenencias entre el rey y el gobierno llevan en 1822 a una situación explosiva, con enfrentamiento entre las milicias y la Guardia; en ese punto, Narváez, con unos pocos de sus compañeros, se suma a los defensores de la Constitución y contribuye al fracaso de la intentona realista. Un año más tarde, tras el Congreso de Verona, la intervención francesa (los ''Cien mil hijos de San Luis'') obliga al gobierno a planear la resistencia militar, y Narváez pasa a formar parte del ejército de Cataluña, mandado por Espoz y Mina, el único que actuó frente a los invasores; tuvo la suerte de ser internado como prisionero de guerra en Francia, donde permaneció durante dos años, hasta que una amnistía de Fernando VII hizo posible su vuelta (incluso su reincorporación al ejército, que rechazó). Así, pasa en Loja ocho años de su vida, sin otro futuro que la administración de sus propiedades (pocas, pues la mayoría de la herencia fue a parar a su hermano mayor, siguiendo la vieja tradición).
El inicio de la guerra carlista le permite reanudar la carrera militar en el ejército isabelino, llegando a coronel tras la batalla de Mendigorría. Valorado tanto por sus conocimientos profesionales como por su arrojo personal y su firme defensa del orden constitucional, se convierte tras la guerra en uno de los generales de más prestigio, aún sin partido. Será el fracaso de la Regencia esparterista, que aglutinó en contra del Príncipe de Vergara a todos los liberales menos a los progresistas leales a su persona (como Zurbano), lo que lanzará a Narváez, a su pesar, a la lucha política. El éxito de su pronunciamiento en 1843 le amargará toda la vida, pues el método (repetido tantas veces después) de resolver los problemas políticos recurriendo al ejército socavaba la legitimidad de las ideas defendidas y sembraba en el ejército la indisciplina (bien lo lamenta en su desesperada carta a Zurbano, a punto de sublevarse en un pronunciamiento sin posibilidades, que Narváez había neutralizado previamente). La nueva etapa política abierta en 1843 (coalición entre moderados y progresistas antiesparteristas) sigue bajo el signo de la inestabilidad; los prohombres de partido no son capaces de consolidar la situación y recurren a Narváez, que hasta el final intentará buscar un jefe de gobierno de consenso (Martínez de la Rosa, Mon...); era inútil, pues solo él garantizaba la obediencia del ejército y sólo bajo su presidencia estaban dispuestos a colaborar políticos de distintas procedencias. Así, de 1844 a 1851, salvo cortos períodos, será el jefe del gobierno, aprendiendo sobre la marcha el oficio de estadista. Alejado de la política directa desde 1851 (se fue a vivir a París, donde también tenía casa), verá como su partido moderado se encamina hacia un autoritarismo excesivo (Bravo Murillo) o hacia la corrupción y la arbitrariedad (presidencia de Sartorius, conde de San Luis). La degradación del sistema provoca un nuevo pronunciamiento (Vicalvarada, Manifiesto de Manzanares) en 1854, que acaudilla O'Donell en la creencia de que Narváez le apoyará, pero éste se niega a repetir una acción para él inexcusable y, de resultas de ello, O'Donell no tiene más remedio que salvar la cara recurriendo a la mítica figura de Espartero, con lo que el pronunciamiento deriva en revolución. Bienio progresista y etapa de la Unión Liberal cubren el período siguiente hasta 1867, cuando O'Donell se retira y su delfín, Serrano, se alinea con la oposición antidinástica. Y es ahora cuando un Narváez ya gastado y en absoluto deseoso de volver al poder, tiene que reagrupar los restos del partido moderado, reducido al papel de valla contrarrevolucionaria. Su muerte en 1868, poco después de la de O'Donell, dejará libres a las fuerzas opositoras para derribar por fin a la monarquía isabelina, único objetivo común de una coalición tan disparatada.
La trayectoria formal, salvo el pecado del pronunciamiento (compartido por todos los demás generales, en el caso de Espartero por triplicado) no puede ser más conforme con el respeto a la Constitución (la de 1845, la más sensata, a juicio de Pabón, y la que más duró). La brutalidad en los medios empleados no es comparable ni con la acostumbrada por los carlistas ni con la que demostró Espartero (fusilamiento de Diego de León, bombardeo de Barcelona). Su capacidad de olvido respecto a las acciones de sus enemigos se ejemplifica (aparte del caso ya citado) cuando intercede ante la reina para que sea perdonado el pistolero que intentó matarle (y casi lo logró) siendo presidente del gobierno, ello sólo merced a una simple carta de petición de ayuda de la esposa desamparada de aquél (carta que recibió en París y a donde llegó la segunda, donde marido y mujer le daban las gracias).
También se ha especulado respecto a su actitud ante la famosa ''monja de las llagas'', sor Patrocinio. En este sentido está claro que Narváez fue un adversario para ella, por lo que ésta significaba de irregularidad en la toma de decisiones políticas. Más tarde, cuando la monja vivía apartada, la visitó, con la intención de desenmascararla, pero quedó sorprendido ante la austeridad y el rigor de su enclaustramiento.
Es indudable que el llamado ''gobierno largo'' de Narváez (los años cuarenta), es una de las etapas de mayor transformación que ha vivido el país en los últimos dos siglos. Sucede a una etapa de provisionalidad que había comenzado con los efectos producidos en España por la Revolución Francesa, sin que durante ese tiempo (1794-1843) se consolidase una línea de gobierno. El país había perdido, por culpa de los acontecimientos bélicos (Independencia, guerra carlista) gran parte de su riqueza; la legislación, contradictoria (José Bonaparte, Cortes de Cádiz, Restauración, Trienio Constitucional, década final del reinado de Fernando VII, régimen del Estatuto Real) impedía por otra parte que surtiesen el efecto deseado las reformas emprendidas. Ahora, en cambio, se sentarán las bases del Estado liberal que, a excepción del sexenio revolucionario, perdurará hasta, al menos, 1923. Pabón enumera, en forma de apéndice, una apabullante serie de disposiciones llamadas a perdurar: organización de la Guardia Civil, leyes administrativas, sistema tributario, Concordato, ley de creación de archivos, código penal, sellos de correos, ley de sanidad, ley de beneficencia, ley de vagos (sustituida por la II República por la ''ley de vagos y maleantes''), regularización de presupuestos, creación de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la Escuela de Caminos, de escuelas industriales y de comercio, del Museo de Ciencias Naturales, del Cuerpo de Carabineros, de la Junta de Estadística (se hizo el primer censo regular), fábrica de armas de Trubia, legislación ferroviaria, conducción de aguas a Madrid, ley de Instrucción Pública, ley de minas, ley de sociedades anónimas...No todo, desde luego, es mérito de Narváez, sino de ministros competentes, pero en su mayoría elegidos por él con criterios de eficacia. (Más de una vez dijo que sólo le repelían los tontos: porque, según él, la tontería, además, ''era contagiosa''). Seguro de sí mismo, no temía la sombra que pudieran hacerle las personalidades de mérito, a las que promocionó cuanto pudo; no así Espartero, que prefería rodearse de leales sin valorar su capacidad (y así le fue).
Conviene asimismo recordar que Narváez es el creador de la nueva marina de guerra, prácticamente desaparecida después de Trafalgar. La mayor parte de los nuevos navíos se construyeron en los astilleros renovados de Cádiz, Ferrol y Cataluña, apareciendo ahora por primera vez buques con planchas de hierro, precedentes de los acorazados; en conjunto más de 32 barcos, en su mayoría vapores, que permitieron controlar mejor las costas peninsulares (el contrabando disminuyó en picado) y realizar expediciones importantes (intervención en Roma, 1848, toma de posesión de Fernando Poo, viaje alrededor del mundo de La Ferrolana), y todo ello entre 1847 y 1851. Y sin desequilibrar el presupuesto.
Parece que el autor ambicionaba trazar un cuadro completo de la España decimonónica, coincidiendo con las diversas fases de la vida de Narváez, y de ello dan prueba lo que podíamos llamar ''apuntes'', que ocupan más de la mitad del libro y nos permiten conocer puntos de vista merecedores de ser recogidos por otros historiadores como base para una verdadera profundización en la problemática de una época tan fluida. Llaman la atención sobre todo los siguientes: el carácter revolucionario de la guerra de la Independencia; la importancia que en el triunfo del pronunciamiento de Riego tuvo la debilidad de la respuesta del gobierno, con un Fernando VII desconcertado ante su propio fracaso y expectante respecto a un cambio de rumbo, constitucional, que aceptó de buen grado; la indefensión del rey por parte de los gobiernos liberales, que precipitó a aquél en una desesperada solución externa (repitiendo la historia de Luis XVI porque se temía un final parecido); la salvaje reacción absolutista (denunciada premonitoriamente por el duque de Angulema) que el rey atajó cuando pudo, para apoyarse en elementos equidistantes: entre el liberalismo y el servilismo (no hay que olvidar que los ''apostólicos'', es decir, los realistas puros, se sublevaron contra el rey en 1826 en Cataluña (''malcontents'', ''agraviats'') y fueron reprimidos por la fuerza). Creo que es una aportación original de Pabón la identificación del reinado de Isabel II como ''El régimen de los generales'', régimen que, haciendo abstracción de los enfrentamientos internos, significa el triunfo del liberalismo forzado por un ejército modernizador frente a una masa popular proclive al absolutismo. Al último de esos generales, Prim, se le fue de las manos su proyecto de convivencia, y su muerte desencadenó una nueva fase de inestabilidad, en la que el carlismo por un lado (derecha) y las corrientes más extremas del arco liberal democrático por otro (republicanos) se opusieron (sin éxito finalmente) al modelo defendido por el liberalismo templado.