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Eulalia de BORBON: MEMORIAS

Es un hecho poco corriente (en realidad casi insólito) que las testas coronadas dejen por escrito sus impresiones acerca de sí mismos o del tiempo que les ha tocado vivir. Este vacío habría que atribuirlo a una especie de mentalidad porfirogéneta más que a falta de las cualidades apropiadas (abundantes epistolarios demuestran la cultura y la agudeza, reservadas para sus íntimos o para colaboradores muy inmediatos).

Por ello quedé sorprendido al encontrarme en los estantes de una librería la pequeña y en apariencia poco apetecible obra rubricada por una infanta española, hija de Isabel II. Pensando que se trataría, sin duda, de una mezcla de chismes, normas de protocolo y tópicos sobre la vida palaciega o de las relaciones de familia, reservé su lectura para horas de ocio sin pretensiones de aprendizaje. Y llegado el momento, ya a las pocas páginas, tuve que ponerme en situación de alerta: aquéllo no era lo esperado, sino algo muy distinto; lo insólito se presentaba de nuevo, pero esta vez por el contenido. Cerrado el libro después de una casi ininterrumpida lectura, la impresión que me dejó fue extraordinariamente positiva, pues en una época de tanta y tan intensa vida política (de 1868 a 1931) española y mundial brillan estas Memorias no sólo por méritos propios sino también, en contraste, por la escasez y mediocridad de intentos parecidos por parte de los protagonistas ''plebeyos'', de los políticos o intelectuales relacionados con éstos. No he encontrado, hasta ahora, en el género memorialista, nada que pueda llegar a igualar a estos recuerdos bien hilvanados, escritos por una mujer a la que se le supone, en esa época, prisionera de las limitaciones que su condición femenina y su pertenencia a la realeza la deberían haber convertido en una gazmoña. Parece, por el contrario, un personaje con ideas del siglo XX, una mujer que pudiera ejercer una profesión liberal con absoluta independencia, pero que por el azar de las cosas se equivocó de siglo y nació en la asfixiante corte madrileña de la segunda mitad del siglo XIX. Dos veces exiliada junto con el resto de su familia, no es la nostalgia de los privilegios perdidos el eje de su narración. Fue en realidad una exiliada por voluntad propia casi toda su vida, y, en algún período, el exilio forzoso le vino, no de situaciones revolucionarias, sino de órdenes dictadas por la corte, escandalizada por su libertad de ideas y su fidelidad al sentido común.

Aunque flota en toda la obra una amargura que tiene su origen en la desgraciada boda impuesta por razones de Estado con su primo el hijo del Duque de Monpensier, don Antonio de Orleans, su nueva situación le proporcionó, por fortuna, los medios para librarse del estrecho mundo cortesano y deambular por Europa (y América) como una nómada bien pertrechada, testigo excepcional además de momentos claves de la historia de aquellos años, amiga por igual de casi todos los monarcas (dos generaciones, casi tres) de Europa en la misma medida que cultivaba la amistad no protocolaria con los mejores escritores y artistas del continente (pero no de España, salvo el poco estimulante caso de Blasco Ibáñez, poco homologable, según ella, a sus colegas transpirenaicos en carácter, ''esprit'' y maneras al menos). Sólo para eliminar arquetipos que los historiadores han aceptado como ciertos (un Guillermo II acomplejado, envidioso y obcecado en un militarismo suicida; un Nicolás II despótico; la dulce emperatriz Eugenia; la popular infanta Isabel, su envarada hermana...) vale la pena acercarse a nuestra autora, nada sospechosa por otra parte de medir con raseros distintos según la condición social de las personas que se cruzaron en su vida. La imagen que de sí misma tenía, y de su condición principesca mucho más cercana al mundo del deber que al del disfrute de privilegios, le hacen extrañarse de la visión inversa que de todo ello tenían los ciudadanos corrientes. Resulta en este punto divertida la descripción que hace de la forma en que fue recibida en los Estados Unidos con motivo de la Exposición Universal de Chicago, a invitación del presidente Cleveland: le costó trabajo demostrar que era infanta (la imaginaban vestida de armiño, con diadema y llena de joyas) y que era española (rubia y de tez blanca, no sintonizaba con la agitanada figura que era obligatorio ofrecer).

Hasta donde pudo, luchó contra los prejuicios. Unas veces se sometió, otras logró vencer. En el primer caso, su primera rebeldía la enfrentó a la rígida infanta Isabel, hija mayor de Isabel II y por un tiempo princesa de Asturias; cuando ésta, molesta por la negativa de su hermana menor a seguir sus indicaciones le recordó que tenía que ser infanta antes que mujer, le espetó:

''Por eso algún día el pueblo sacudirá las coronas y, liberándose, nos libertará a nosotras!''.

Es una constante a lo largo de toda la obra su preocupación por la falta de sintonía entre el trono y las exigencias de los tiempos. Para ella la corte es un factor altamente negativo que aísla al rey de la opinión pública y de la visión adecuada de los problemas. Y a esa deformación contribuye también la clase política. El contraste mayor, en ese sentido, lo observó en San Petersburgo, donde junto al lujo oriental del ámbito palaciego (que no del zar y su familia estricta), la gente de la calle le produjo una impresión espantosa por lo degradante. En el caso de España establece diferencias según el terreno a pisar y con transcendencia distinta, si bien siempre negativa: ve a su hermana Isabel como una peligrosa depositaria de trasnochados aires absolutistas, con su cuñada la Regente, María Cristina de Habsburgo mujer de impecable conducta y aún de simpatías políticas liberales más que conservadoras, ''la corte de España fue austera y cristianísima; todas las mañanas, misa, y comunión semanal''. Los políticos no estaban a más altura, y, de hecho, esa falta de calidad desesperaba a la Regente, como luego a Alfonso XIII, el único político español de talla, según se decía en Europa. El caso más flagrante fue el de Cuba: salvo Maura, nadie quería enfrentarse con los hechos; la infanta tuvo que recurrir, para obtener información contrastada al general Calixto García, antiguo líder insurrecto y a su propia experiencia en la isla durante una breve estancia poco antes de la crisis, que para ella era inevitable y quizá necesaria.

Se salió con la suya cuando, harta de las insensateces de su marido, se divorció de él provocando un escándalo que la acompañó para siempre. Mal vista en España, fija su residencia en París, su verdadera patria afectiva, donde se había educado de niña y donde, gracias a la culta y liberal familia Orleans, encontró espíritus afines. De ahí hará escapadas que la llevarán a todas las cortes de Europa, algunas de extraordinaria sencillez (los Saboya, las monarquías escandinavas). Pero la ventaja más valiosa para ella era la de poder entrar en contacto con la élite intelectual, en especial la francesa, sin prevenciones; los mismos reyes europeos, como el Kaiser, sentaban a su mesa y trataban con respeto a escritores y artistas republicanos o socialistas sin que unos y otros se sintieran traidores a sus ideas o a sus responsabilidades. El espíritu de comprensión le llevó en una ocasión a reaccionar con buen temple ante un pintor que, cual nuevo Goya, se permitió la libertad de realizar su retrato olvidándose de cualquier fidelidad formal al modelo; alterada su figura casi por entero, al preguntarle al artista, el famoso Lenbach, la razón de los cambios, éste no supo decir otra cosa que aquéllo que también era la opinión corriente, el tópico habitual:

''Una infanta de España no puede ser rubia. Debe tener el pelo oscuro, y oscuro se lo pongo - me respondió malhumorado; sin hacer caso de mi observación, continuó dando tonos negruzcos a mi cabellera...La obra de arte, que se expuso aquel año, mereció elogios de la crítica y batieron palmas entusiastas todos los admiradores de Lenbach. A mí no me ha convencido nunca. Encuentro un gesto de cansancio que no tenía, una expresión enfermiza...Pero Lenbach me veía así.

''Nadie se ve a sí mismo - me dijo -. Bismarck creía tener una expresión dura, cortante, de acero, y era una expresión burlona. León XIII se creía dulce y lo veían amable y bondadoso los que no sabían ver. Era áspero, frío y seco, y yo así lo he pintado. Vuestra Alteza es así, como yo la retrato.'' Acepté calladamente, resignada, pensando que acaso Lenbach tuviera razón y fuera yo un espíritu cansado.

Creo que con la transcripción precedente se explican muchas cosas, y no me he resistido por ello a insertarla. Si hay alguien que merece los honores de la soberanía es el pintor, sin más legitimidad que su propia estima, pero con la contundencia de quien se siente por encima de todo en nombre del arte, de su arte. Su visión subjetiva se impone sobre la realidad y merece elogios por ello. La modelo, otrora quintaesencia del absolutismo, acepta su inferioridad de juicio; ya su imagen no es suya, sino de alguien que la ve de otro modo, pero que no permite otro modo de verla. Otra vez Goya triunfa de Carlos IV, otra vez el rey es el humilde, otra vez ''el rey bebe'' y contribuye a la degradación de su imagen en nombre del arte. Lo malo es que luego la historia le pide testimonio al arte, y con él conforma la imagen definitiva que quedará...

La infanta Eulalia conoció también a políticos sobre los cuales opina desde una óptica que no podemos reprocharle los que hemos podido saber sus trayectorias posteriores o las consecuencias de sus acciones de gobierno. Cabe destacar en este punto la página que le dedica a Mussolini, hombre amable y cortés, nada impresionante por su figura, su voz o sus gestos, del que alaba precisamente la labor modernizadora de la sociedad italiana; la autora ve en él no un dirigente ideológico ni un megalómano, sino un administrador eficaz que ha remozado las estructuras del país. Son los mismos elogios que solían hacer los turistas extranjeros de aquella época, al ver como se había pasado del caos a una perfecta organización de tipo germánico o anglosajón. También, y en la misma línea, juzga positivo el balance de gobierno de Primo de Rivera; éste, ya autodesterrado en París y en vísperas de su muerte, no tiene, sin embargo, ningún reproche que hacerle al rey por su ingratitud, y, a su vez, la infanta no se suma a quienes - inmensa mayoría - ven en la dictadura la causa de la caída de la monarquía un año después; para ella esa causa está en el entorno del rey, en la aristocracia miope y egoísta y en los políticos caciquiles, a todos los cuales desprecia. No así a los republicanos, a los que elogia por su sentido de la responsabilidad en el cambio de régimen hasta tal punto que se siente orgullosa del ejemplo que España daba al mundo con ello.

Es evidente que los reproches que hoy podría merecer la autora por sus alabanzas a Mussolini y Primo de Rivera quedan compensados por el criterio que subyace siempre en sus puntos de vista: cualquiera que rompa con las tradiciones inútiles, con los conservadurismos absurdos, con las ataduras que impiden la existencia de una sociedad más abierta y el triunfo del mérito sobre los privilegios de la sangre merece su gratitud y su bendición. Aún no había llegado la hora, en 1931, en que la modernización del Estado y de la sociedad se convirtieron en un pretexto para deificar al primero y anular a aquélla.


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