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UBIETO, REGLA, JOVER y SECO: INTRODUCCION A LA HISTORIA DE ESPAÑA

Por los años sesenta se experimenta en la Universidad española, en sus Facultades de Filosofía y Letras donde se impartía la Historia, una necesidad urgente por adaptar los manuales de estudio de la Historia de España a las nuevas corrientes historiográficas: en sustitución de las que hasta entonces y por largos años habían sido utilizados: el de Ballesteros y el de Aguado Bleye, ambos de alta calidad pero que no recogían la creciente importancia de los aspectos socio-económicos. Es cierto que ya existía una obra de gran resonancia, centrada en tal orientación, la ''Historia Social y Económica de España y América'', dirigida por Vicens Vives, pero adolecía, a los efectos, de excesiva extensión por un lado, y por el otro no trataba el resto de la temática (política, cultura, relaciones exteriores).

La suerte quiso que en la Universidad de Valencia coincidiesen en su labor docente e investigadora una serie de historiadores de sólido prestigio y al mismo tiempo en la plenitud de su capacidad creadora; se trata de Antonio Ubieto Arteta, ya famoso por sus polémicas rectificaciones a Menéndez Pidal; de Juan Reglá Campistol, discípulo preeminente de Vicens Vives, casi tan prolífico ya como su maestro, y José María Jover Zamora. No eran los únicos de valía, pues estaban acompañados por Julián San Valero (especialmente hábil para realizar grandes conexiones a través de cualquier etapa de la evolución cultural) y Julio Martínez Santa Olalla, por desgracia ya en declive físico, pero todavía una autoridad en prehistoria de similar prestigio al que había gozado un Bosch Gimpera, si bien con planteamientos distintos (celtismo frente a iberismo). Sin embargo, por la razón que fuere, sólo los tres primeros van a abordar, en colaboración, la tarea de ofrecer la síntesis adecuada que a la altura de aquellos años se precisaba. Al parecer, el propósito era muy ambicioso, pues, a partir de esta ''Introducción'' se pretendía, más tarde, realizar un esfuerzo mayor que diera lugar a un estudio mucho más amplio, en una línea que, siguiendo a Vicens, integrara en un todo el pasado de nuestro país. El proyecto no fue posible, pues al poco de publicarse esta obra sus autores se dispersaron, primero Jover, que marchó a Madrid, luego Reglá, a Barcelona, y, finalmente, Ubieto, forzado por un clima político adverso a dejar su cátedra y trasladarse a Zaragoza. Por otra parte, fue tal el éxito de esa Introducción, al convertirse en texto habitual de estudio para universitarios y, sobre todo, para preuniversitarios, que se requirió la colaboración de otro especialista, esta vez de la Universidad de Barcelona (y luego de Madrid), Carlos Seco Serrano, para el período, antes no incluido, posterior a la caída de Alfonso XIII. El libro, con rectificaciones y ampliaciones, ha sido reeditado varias veces y aún no ha sido sustituido por ningún otro que goce de su prestigio, quizá porque no ha habido ninguna nueva corriente historiográfica que lo pueda conseguir, aunque no hay que olvidar que, unos años más tarde, las preferencias en los materiales de estudio y en la metodología docente estaban con el marxismo, apoyado primero en un pequeño libro de Pierre Vilar - insuficiente para ese nivel y más apropiado como obra de divulgación historico-política para los recientes militantes y simpatizantes de partidos de izquierda - y poco más tarde por la serie dirigida por Tuñón de Lara para la editorial Labor. No hay que olvidar tampoco la que, dividida en siete volúmenes, dirigió Miguel Artola para la editorial Alfaguara, también de amplia divulgación entre estudiantes por la calidad de los autores, pero que, en realidad, no se aleja de los planteamientos de la obra colectiva aquí tratada, si bien, por su extensión, es más minuciosa y por la fecha de aparición contiene novedades de gran interés.

El papel que este libro ha tenido, al menos durante diez años, en la formación de quienes, luego, desde la enseñanza secundaria sobre todo, han explicado la historia de España, ha sido decisivo, iniciando así un camino que rompía definitivamente con los esquemas nacionalistas hasta entonces predominantes para centrarse, con más respeto por el pasado auténtico, en una perspectiva más acorde con los resultados de las investigaciones.

El hecho, por otro lado, de tratarse de una obra de varios autores que además abarca toda la trayectoria vital de los pueblos que han habitado la Península Ibérica, hace que, a pesar de una voluntad común de innovación y honestidad intelectual, haya también una evidente diversidad, tanto en la forma expositiva como en el énfasis puesto en determinados aspectos, fruto todo ello muchas veces de la personalidad del autor.

La Prehistoria, la Historia Antigua y la Medieval están a cargo de Ubieto. No es difícil, ya de entrada, observar que los dos primeros apartados no son de su especialidad, y en consecuencia los despacha con una cierta rapidez, quizá excesiva; pero también es cierto que su relato abunda en planteamientos desmitificadores, como un ensayo de lo que hará, con más contundencia, en las páginas de su especialidad; posiblemente, en este sentido haya que destacar su forma de abordar el tema de la cristianización de España, uno de los más proclives a ser desvirtuados como se puede ver en obras anteriores. Para la Edad Media elige un magnífico método que evita lo farragoso que resulta seguir el hilo de cada formación política: utiliza planos seculares (del VIII al XV) convirtiéndolos en el marco temporal para integrar en él las realidades políticas, económicas y culturales; de este modo, además, establece, mediante estudios preliminares, conexiones entre la historia particular de España y la historia europea coetánea, lo que permite percibir las ventajas del procedimiento al hacer inteligibles muchos acontecimientos cuyas raíces desbordan las explicaciones de origen endógeno: los tempranos contactos entre el naciente reino asturiano y el imperio carolingio, el protagonismo de éste en la iniciativa reconquistadora en los Pirineos centrales y orientales, la dependencia europea respecto a la España islámica, desde el punto de vista monetario, al menos hasta el siglo XIII; el progresivo abandono de las formas propias de tipo cultural y religioso (litúrgico) para sustituirlas por otras de procedencia europea a partir del siglo XI, con lo que los reinos cristianos peninsulares acceden a una cierta uniformidad cuyo patrón proviene bien del Loira, bien del Rin, o en no menor medida, de Roma; la originalidad que supone, en sentido contrario, y por mimetismo con el mundo islámico español, el surgimiento en territorio peninsular de la idea de Cruzada (Barbastro, 1064) que tanta trascendencia alcanzará, durante dos siglos, en la mentalidad europea; la aparición, ya desde el siglo XIII, de un sistema de alianzas entre reinos españoles y países del resto de la Europa occidental (Portugal-Aragón-Inglaterra, Castilla-Francia) que persistirá hasta finales del siglo XV; el impacto de la crisis del siglo XIV a todos los niveles (demográfico, económico, social, político); las relaciones, vía matrimonial, entre la dinastía Hohenstaufen, detentadora del cetro imperial y de los reinos del sur de Italia, y la castellana (Alfonso X y su aspiración a la corona del Sacro Imperio) y aragonesa (que establece las bases de su expansión mediterránea); los ejes económicos, tanto al norte (Bilbao-Brujas) como al este (Barcelona-Sicilia, Túnez, Alejandría, sustituida luego la primera por Valencia)...Pero más importancia adquiere lo referente a clarificación conceptual y eliminación de tópicos de tinte romántico-nacionalista; en el primer caso, al distinguir el proceso de repoblación (con sus variantes) del de reconquista; al restringir éste cronológicamente y considerarlo no permanente durante los siete siglos de presencia musulmana, sino surgido con bastante retraso (siglo XI) y pronto olvidado (siglo XIII) aunque no había concluido, de modo que no existiría una razón exclusivamente religiosa como elemento de relación entre las formaciones políticas del norte y del sur; no deja de revisar y negar otras constantes en nuestra tradición historiográfica (Marca Hispánica, reparto de reinos por parte de Sancho III de Navarra, imperialismo neovisigótico leonés, trascendencia de determinadas batallas (Covadonga, Zalaca); destruye la imagen heroica del Cid y niega al Poema tanto su origen castellano (sería un juglar aragonés) como la fecha de composición (que se retrasa a 1207, perdiendo así ''realismo'' y valor histórico lo que en él se cuenta). Ya es tener valor enfrentarse con toda una escuela avalada por el prestigio de Menéndez Pidal pero lejos de la autocomplacencia, Ubieto repite una y otra vez que es tal la poca base documental que en la mayoría de los casos respalda las investigaciones medievales que para tener una visión correcta de esa etapa habrá que esperar a catalogar y estudiar una inmensa cantidad de textos hoy todavía olvidados en los archivos.

Los planos seculares siguen sirviendo de base temporal en el caso de la Edad Moderna, etapa cuya redacción corre a cargo de Reglá. Este introduce, además, para la exposición temática, la novedad de los ''pisos'', de acuerdo con lo que exige la tendencia de la ''historia total'' de la escuela francesa; esos pisos son: población, economía y sociedad (1 $^{\underline{{\rm o}}}$), el Estado (2$\underline{o}$), la cultura (3 $^{\underline{{\rm o}}}$) y las relaciones internacionales (4$\underline{o}$), sin que el orden de la exposición indique preeminencia; como el mismo autor ha dicho en otros lugares, se trata de niveles superpuestos y comunicados por un ''ascensor'', de modo que los fenómenos que se inician en cualquiera de ellos, indistintamente, se trasladan a los restantes, lo que permite ver con mayor claridad además la realidad histórica como un todo. Reglá es también, como Vicens, creador de expresiones brillantes que en pocas palabras captan el sentido de una trayectoria, de una coyuntura, e incluso de fenómenos de tipo estructural, expresiones que más tarde se han incorporado al vocabulario de los historiadores. De entre ellas cabría destacar por su trascendencia el llamado ''Viraje de Felipe II'', esto es, el cambio que según Reglá se produce entre 1568 y 1570 en la orientación de la política de la monarquía, pasando de la apertura característica de la época de Carlos I (erasmismo, fluidez de relaciones con Europa) al cierre a las influencias externas para iniciar un nuevo camino que impermeabilizara a España ante los peligros de diversidad religiosa y contaminación cultural que el contacto con Europa podía producir; si bien el hecho ha sido también tratado por otros historiadores, éstos los sitúan en momentos distintos según su especialidad y no han tenido la fortuna de acuñar el término adecuado. Por otro lado la sintonía con Vicens se observa con profusión al reafirmar categorías historiográficas como ''Monarquía hispánica de los Reyes Católicos'', ''Imperio hispánico'' y ''neoforalismo'', por ejemplo, así como la valiosa distinción entre ''monarquía autoritaria'' y ''monarquía absoluta'', que hace más inteligible la estructura política de la época austracista. Al mismo Reglá, como investigador de variados escenarios, debemos la definitiva interpretación de lo que fue y de las consecuencias que tuvo la expulsión de los moriscos (sobre todo el proceso de repoblación posterior y, derivado de éste, el latente conflicto social que originará la Segunda Germanía y que empalmará poco después con la problemática política de la Guerra de Sucesión). Su conocimiento, por otra parte, de la realidad catalana, le sitúa del mismo modo en la misma línea de su maestro al analizar las consecuencias económicas de las ''Leyes de Nueva Planta'' que significan el despliegue industrial de la región tras cuatro siglos de decadencia; no olvida tampoco, en relación con las mismas leyes, la pronta recuperación de gran parte de la normativa particular anterior, en especial en derecho civil, cosa que no sucedió en el caso valenciano.

El siglo XIX y el primer tercio del XX corresponden a la pluma de Jover que resuelve el grave problema de la estructuración de este breve pero denso período histórico dividiéndolo en etapas que divergen bastante de las correspondientes a la historia contemporánea general, pero resultan muy adecuadas para el escenario español. La primera (1808-1843) incluye tanto la fase bélica de la guerra de la Independencia como el momento de la Restauración y las posteriores luchas dinásticas, hasta la mayoría de edad de Isabel II y la subida al poder de los moderados: es la ''Gran crisis bélica''; la ''Era isabelina y la revolución'' (1843-1875) - a la que Pabón llama ''La Época de los generales'' - es un todo que, a pesar de la diversidad de Constituciones y de regímenes (especialmente en su fase final de 1868 a 1875), se caracteriza por una unidad que viene dada por la instauración definitiva del Estado Liberal, por la reconstrucción económica y por la creación de una base legislativa sólida y duradera. Por ello, la siguiente fase, la ''Época de la Restauración'' (1875-1902) se presenta no como una ruptura, sino como la continuidad natural de su predecesora hasta que nuevos acontecimientos (el ''98'' y la mayoría de edad de Alfonso XIII'') abran nuevos horizontes y planteen nuevos conflictos. De este modo, con el siglo XX se inicia una fase (''La época de Alfonso XIII'' que a su vez se subdivide en dos, separadas por la crisis múltiple, política, económica y social de 1917, con sus tardías derivaciones en 1923 (Dictadura) y 1931 (caída de la monarquía); menos generalizada y quizá de más frágil base resulta esta parcelación de la época de la restauración en dos, separadas formalmente por la fecha indicada (1902), pero si nos atenemos a criterios de tipo cultural resulta mucho más convincente. En el texto, lo más característico de Jover en su exposición es la relevancia que otorga al mundo de la creación artística en su más amplio sentido, y esta dimensión cultural alcanza su punto culminante en la llamada ''Edad de Plata'', que coincidiría con el primer tercio de nuestro siglo, prolongada hasta el inicio de la Guerra Civil. La aportación que Jover hace en este terreno es decisiva como encuadramiento y al mismo tiempo como tipificación de los fenómenos culturales enmarcados en el plano general, con la novedad de utilizar con profusión los términos en principio de carácter artístico-literario como categorías extensibles a los otros planos de la realidad histórica: así lo hace cuando se refiere al ''Romanticismo'' y más tarde en el caso del ''Eclecticismo'', expresión que prefiere en lugar de la de ''Realismo'', más corriente en la historiografía, para explicarnos las preferencias estéticas y la mentalidad de la ascendiente burguesía, así como la época del ''Naturalismo'', en la fase siguiente, mostrará la reacción de otros sectores mediante una nueva sensibilidad.

Los últimos estudios, a cargo de Seco, tienen un tratamiento sobre todo político (la Segunda República, la Guerra Civil, la España de Franco, la Nueva Monarquía y la recuperación de la democracia, enmarcado todo ello bajo el epígrafe ''Nuestro Tiempo''), pues los acontecimientos de este orden, tan numerosos, harían imposible introducir aspectos de otros campos en poco más de cien páginas; aun así, el período de la España de Franco, el más largo, ofrece la posibilidad de invertir los términos, dado que se trató de una etapa de casi nula actividad política y de grandes cambios estructurales, tanto económicos como sociales, con la definitiva industrialización del país y la aparición de una amplia clase media, cosas ambas que harán posible el tránsito en paz a la siguiente fase, la nueva restauración monárquica, gracias también a la voluntad de convivencia política de las nuevas fuerzas, lo que permitirá alcanzar una Constitución de consenso casi unánime (salvo en el caso de los ultranacionalismos).


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