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Hermann GOETZ: HISTORIA DE LA INDIA

Poca gente sabe que ya a finales del siglo V a.C. se paseaban por las calles de Atenas sabios indios a los que sus colegas los sofistas llamaban ''gimnotetas'' por su forma de vestir; esto explica que Platón estuviera tan familiarizado con las doctrinas de la metempsícosis, de claro origen hindú. No mucho después Alejandro Magno llegó al actual Paquistán (valle del Indo) en su interminable deseo de conquista, que no fue más allá por negarse a ello sus tropas; de lo contrario, no es descartable que todo ese subcontinente hubiera seguido el camino del más poderoso imperio del mundo, el persa, y se habría incorporado al del macedonio. Ese contacto con el Occidente asiático y Europa ya no se interrumpiría durante siglos gracias al descubrimiento de la ruta de los monzones; así, la costa de poniente de la India (Malabar) acogió a comerciantes y personas de variada condición procedentes de Arabia, Egipto, Siria o la misma Roma, para luego recibir otros estratos de población que habían elegido el exilio por motivos religiosos (judíos, cristianos nestorianos, maniqueos, hasta paganos helenistas que huían de la persecución cristiana). Más tarde ese contacto parece que se cierra: el mundo islámico hace de barrera, y aún así penetrarán en Occidente, si bien como aportaciones persas o árabes, conocimientos científicos (el cero, por ejemplo) o creaciones literarias (el ''Panchatantra''); en el siglo XIII Marco Polo incluye el sur de la India en su itinerario, pero faltarán dos siglos para que, con Vasco de Gama, se implante el poder de un país europeo (Calicut, Goa); a él le seguirán en lenta penetración siglo y medio después franceses e ingleses, y estos últimos, a través de la colonia de Bengala irán ampliando su dominio sobre el decadente imperio mogol hasta que en 1857 la India se convierta en la ''Joya de la Corona'' británica. Casi un siglo después, en 1947, la India volverá a ser independiente y a tener unidad política, ante el asombro de quienes conocen sus gravísimos problemas económicos, su enorme pobreza y las cuestiones derivadas de la multiplicidad de religiones, sectas y castas. Esa unidad es en parte herencia colonial, pues tanto la democracia que le da forma como la lengua inglesa - vehículo necesario de entendimiento en un territorio donde se hablan centenares de idiomas - resultan imprescindibles para mantenerla.

Pero el conocimiento de la historia de la India ha sido mucho más reciente, empezó a fines del siglo XVIII con el estudio del sánscrito, es decir, con un interés centrado en lo filológico. Ya en el siglo XIX y principios del XX han sido los historiadores del Arte quienes han destacado buscando conexiones con el arte grecorromano y luego valorando más por sí misma la originalidad del espíritu indio. Es de este campo de donde proviene precisamente nuestro autor, que durante años estuvo al frente del Servicio de Museos hindúes. Ello no obsta para que la panorámica aquí ofrecida sea completa (historia política y de la cultura) y manifieste una acusada capacidad de moverse por el laberíntico piélago de Estados y dinastías para nosotros apenas reconocibles.

Antes de mostrarnos esa historia, compleja y a veces reiterativa, hace una breve introducción sobre el territorio y los hombres, indispensable para explicar muchos de los problemas específicos que en aquélla se dan. Ese territorio, grande como media Europa, es, dentro de su diversidad (llanuras aluviales al norte, mesetas del Dekán, montañas de los Gates occidentales, junglas del nordeste), un espacio compacto respecto al exterior, que ha podido vivir de espaldas al resto de Asia a no ser por los ''pasillos'' que sistemáticamente han conducido hacia la India a multitud de pueblos invasores; esos pasillos estaban situados al oeste (zona del Indo, el Penjab y el desierto de Thar, este último elemento disuasorio), y al noroeste el mucho más decisivo paso del Hindu-Kush, pasillo que llega de Afganistán (Bactriana) y que a su vez recoge a los pueblos nómadas de las llanuras del Turquestán (incluido el Sin-Kiang). Por ello la población más antigua de la India, los drávidas, de características negroides, que primitivamente ocupaba todo el país, tiene mayor densidad en el centro que en el norte, y en el sur más todavía (tamiles). El residuo de su presencia septentrional es visible en las culturas fluviales neolíticas de Mohenjo Daro y Harappa, aunque el tipo físico de sus habitantes plantea aún dudas sobre sus orígenes, como sucede con sus contemporáneos sumerios. El esplendor de esta civilización, urbana y bastante diversificada, dio paso a la primera invasión que, como sería habitual luego en las posteriores, arrasará gran parte de sus logros para luego fundirse en otra civilización mixta, pero conservando la huella invasora mediante la jerarquización social; esa primera oleada, la indoeuropea, representará además el paso de una religión basada en la fertilidad a otra de orden cósmico, la védica, que a su vez se traduce en un primer sistema de castas; en el futuro, toda nueva invasión incrementará el número de nobles y también hará descender en la escala a gran parte de la población sometida haciendo el sistema más complejo; como, por otro lado, no era inhabitual la existencia de matrimonios mixtos, se daban situaciones intermedias de difícil catalogación; el sistema no era cerrado y a ello contribuía no sólo el fenómeno renovador de procedencia externa sino ciertas ceremonias de acceso al grado noble (como la de la ''purificación por el fuego''), pero, claro está, la rigidez afectaba de manera especial a las castas inferiores.

Este mundo indoeuropeo, evocado por los Vedas, los Upanisash, los Puranas y el Mahabharata (literatura sánscrita toda ella, fijada bastante más tarde, pero fiel a los valores con que sus dioses y héroes se identificaban) era, por fuerza, un campo de batalla constante que impidió la creación de Estados sólidos. Hay que esperar más de mil años hasta que aparece el primero digno de tal nombre, el de Magadha, en la llanura del Ganges, al mismo tiempo que un rey, Bimbisara, adopta la religión budista. Crueldad y anarquía se harán habituales en lo sucesivo (dinastías Saisunaga y Nanda) hasta que por fin surja, por el impacto dislocador de Alejandro, el primer imperio del norte, el Maurya (324-80 a.C.), cuyo más famoso monarca, Asoka (274-232), convertido también al budismo, llegó a dominar toda la India central y septentrional. Luego se recordará éste como uno de los momentos más creativos de la cultura india, fundamentada desde entonces en la tolerancia y la proliferación de variadas formas de religiosidad tendentes al misticismo. Por desgracia el imperio entró pronto en una fase de descomposición: al norte se producen invasiones (imperio de Kushana de base saka, es decir, de nómadas escitas y tocarios) y al sur pequeños reinos heredan su poder político y se enriquecen gracias a su contacto marítimo con Occidente (costa de Malabar).

A principios del siglo III d.C. se crea el segundo imperio, el Gupta (315-560), de duración similar al Maurya y con un fundador que lleva el mismo nombre, Chandragupta. La unificación no es tampoco completa, pues por el sur el dominio tiene más carácter de vasallaje de reyezuelos que de control directo; de entre ellos saldrán, en una nueva fase de descomposición, reinos como el de los chalukyas (centro-oeste), los cholas y los pandyas (ambos al sur), mientras que al este Bengala volverá a tener su propio Estado desde el siglo VIII hasta mediados del siglo XII.

Todos estos reinos llamados ''rajputas'' (literalmente ''hijos de rey'') tendrán que hacer frente a finales del siglo XII (1192) a otra invasión, la musulmana (frustrada antes por los Estados-tapón de Bactriana y Beluchistán); así aparece el tercer imperio, el de Ghor, mucho más longevo, pues se prolongará hasta el siglo XV. Estos nuevos conquistadores repiten las pautas de sus predecesores: su inferioridad cultural, su trato despiadado con los vencidos dará paso al poco tiempo a una cierta asimilación; un nuevo estrato superior desplaza al precedente pero sin romper el esquema; lo único que aportan de nuevo los musulmanes, antes desconocido, es el fanatismo religioso.

El imperio islámico, que nunca llegó a controlar del todo el centro y el sur, se verá también sometido a un proceso de feudalización que llevará a una más de sus fases de atomización. Varios sultanatos, en teoría dependientes de Delhi, alcanzan de hecho la independencia y se enfrentan entre sí, aunque ninguno alcanza a reconstruir el Estado unitario: son los sultanatos de Delhi, Jainpur (Imperio Lodi), Malva, Gujerat y Dekán (Bihar).

Ni los gengiskánidas ni los timúridas llegaron a consolidar su posición en la India durante esta etapa. Será otro mogol el que desde sus territorios originales (la Bactriana de siempre) se lanzará sobre las llanuras septentrionales y, tras larga lucha con los sultanes de esta zona, conseguirá crear el último de los imperios indios, el del Gran Mogol, persistente hasta 1857, cuando los ingleses lo absorbieron; desde el fundador Babur hasta el que cierra la lista, Bahadur II, se suceden 18 emperadores. Con excepción de Humayun, verdadero creador del imperio, de Akbar, que conquistó la India central, de Shahjahan, conocido por el magnífico monumento dedicado a su esposa (el ''Taj Mahal'') y de Aurengzeb (que extendió el dominio hacia el sur), el resto fueron personajes que, especialmente tras el reinado de Aurengzeb, apenas si se contentaron con el título honorífico. La reacción indígena, basada en la superioridad cultural y una más profunda actitud religiosa, tuvo tal fuerza que el más grande de los emperadores, Akbar, se sintió llamado a liderar un sincretismo basado en la tolerancia universal y en el culto a una divinidad susceptible de ser identificada con la de cualquier religión. No tuvo continuidad.

Los inconvenientes que el imperio mogol representaba (fanatismo religioso, guerras civiles, excesiva presión fiscal) no deben hacer olvidar que, como los que le precedieron, y, como luego el británico, permitirán hacer de la India un país integrado por encima de tantos factores particularistas (territoriales, religiosos, de casta y de lenguas), los cuales ni siquiera hoy, tras la amarga ruptura de musulmanes e hindués (que tantos millones de muertos y desplazados produjo) han desaparecido.

Hoy cuando un occidental promueve la idea de tolerancia, se preocupa por la naturaleza, intenta penetrar en su propio yo o intenta demostrar que no siempre la pobreza es sinónimo de insolidaridad, no tiene otra alternativa que mirar a la India, lugar donde ninguna de esas cosas ha escaseado. Es también, quizá, el único ejemplo en la historia de un país que jamás ha invadido a sus vecinos, ni siquiera con el pretexto de proteger sus fronteras naturales; con ello, la India llegó más lejos en su pacifismo que los egipcios.


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