Norteamericanos, con muchos años de residencia en China, los autores escribieron este libro a fines de los cuarenta para ilustrar a sus compatriotas, bastante mal informados sobre este inmenso país del Extremo Oriente. Para hacer más comprensible una historia tan exótica dedican un primer tramo del libro a establecer paralelismos entre los Estados Unidos y el antiguo Celeste Imperio: una extensión parecida, una localización semejante en latitud, una forma también equivalente y un clima variado con una fría Siberia al Norte, como Canadá, y una zona limítrofe tropical al Sur. Por lo demás, las discrepancias son claras: una sola fachada marítima, una población mucho más numerosa (la quinta parte de la humanidad, igual que ahora) y un pasado milenario.
Hubiera sido más lógico comparar, al menos el territorio, con otro conjunto histórico más homologable: Egipto. Como éste, China es un país bien definido entre el mar y unas fronteras naturales creadas por el clima (Norte) y la orografía (Oeste), más allá de las cuales unos pueblos de inferior grado de civilización actuarán de modo intermitente, bien sirviendo de escudo contra otros más alejados e inasimilables, bien volviéndose contra el mundo chino cuando éste tenga uno de sus períodos turbulentos. Fuera de ello, la historia china es una de las más fieles a sí misma, con el modelo ejemplar de los tiempos pasados, edad de oro a la que se vuelve una y otra vez. Un espléndido aislamiento que produjo una civilización refinada, estable, original en sus técnicas (papel, pólvora, brújula...).
China es, a su vez, un espacio dividido en regiones con muchos contrastes: al norte, más allá de la Gran Muralla, Manchuria, flanqueada hacia el Oeste por Mongolia Interior; abajo de ésta los inmensos Sin-Kiang (Turquestán chino) y Tíbet; los cuatro tienen en común varias características: baja densidad de población, marginalidad histórica, zonas de conflicto y, en la actualidad, ricas áreas de materias primas industriales. Al sur las antiguas zonas pantanosas de Indochina han formado también parte durante largo tiempo de la Gran China. Pero la ''China propiamente dicha'', menos de la mitad del total, se recorta en el espacio interior, apoyada en la fachada marítima del Pacífico, cerca de los monzones y surcada, entre otros, por los largos y caudalosos Hoang-Ho (Río Amarillo) y Yang-tse-Kiang (Río Azul), que corren, en general, de oeste a este, aun formando grandes recodos. Es uno de los grandes hormigueros humanos, especialmente la parte del sudeste, cerca de Cantón, con una agricultura de jardín a cargo de pobres campesinos extraordinariamente laboriosos.
La agricultura, todavía en 1945, representaba el 80 % de la mano de obra, y ha impuesto durante cuatro milenios toda una estructura demográfica, urbanística, económica y social: un poblamiento concentrado en pequeñas aldeas, donde junto a los trabajos del campo existía una artesanía producida por los campesinos como complemento para obtener recursos y para abastecerse a sí mismos por ser difícil un comercio a larga distancia, dados los obstáculos naturales. En el centro de una red de aldeas, la ciudad, cabecera de distrito, con funciones de control administrativo y lugar de residencia de los terratenientes. Estos, liberados de la necesidad del trabajo manual, proporcionaban los efectivos burocráticos, pues sólo ellos podían dar a sus hijos la costosa educación literaria que permitía el acceso al mandarinato. Así, una clase social ociosa va a asumir un doble papel: integrar los efectivos de la clase política dirigente y beneficiarse de las rentas extraídas a sus arrendatarios. Ese doble papel era contradictorio, pues sus responsabilidades fiscales respecto al poder central chocaban con sus intereses personales como propietarios, de modo que unas veces predominaba la primera faceta (etapas de gobiernos enérgicos al principio de cada nueva dinastía) y otras la segunda (épocas de desintegración). La tendencia irresistible a acumular rentas y poder local por parte de estos terratenientes - a pesar de las medidas para evitarlo, como la prohibición de ejercer cargos públicos en el mismo distrito donde se era propietario - afloraba siempre y era causa, más que consecuencia, de la pérdida de cohesión del poder central. Por ello, esa clase de letrados-propietarios ejercerá de hecho siempre, de un modo u otro, el verdadero control del Estado, envolviendo en sus redes a los conquistadores y haciéndose imprescindible a los fundadores de nuevas dinastías. A ellos también hay que achacar el inmovilismo como principio político, económico y social, y ese inmovilismo encontrará de vez en cuando a China mal preparada para hacer frente a las tensiones externas.
Pero ese inmovilismo, apoyado en la tradición y en una falsa interpretación de su pasado (los chinos no han tenido mucho interés en conocer, como nosotros, su historia), ni existió desde el principio ni es ya, desde el siglo XIX, posible, tras el contacto permanente con el resto del mundo. Ese contacto es el que ha permitido conocer bien su propia civilización: investigadores extranjeros demostraron que ya en el paleolítico inferior el territorio chino estuvo poblado (el pitecantrópido ''Hombre de Chukutien'', el ''Shinantropus pekinensis'' de Teilhard de Chardin). Ya en pleno neolítico los testimonios arqueológicos nos presentan dos áreas agrícolas, coincidentes con los dos grandes ríos, de las cuales parece que la primera fue la más septentrional, la del Hoang-Ho, rica en loess periglacial. Una primera dinastía, que las leyendas llamaban de Hsia, creará la unidad política a partir de ese espacio y sometiendo a poblaciones afines del sur (este predominio del centro-norte está avalado, además, por el carácter no normativo de las hablas del sur, mientras que el chino estándar coincide más con los dialectos del norte), allá por finales del segundo milenio; seguramente la posesión de armas de bronce facilitó la existencia de una clase de guerreros que se impondría con facilidad a un campesinado cuyos utensilios seguían siendo de piedra y madera. También del centro-norte saldría la segunda dinastía, la de Chang (hacia el 1700 a.C., cuando Abraham guiaba sus rebaños); es una etapa de considerable avance (se inventa la escritura ideográfica, que no variará hasta el siglo XX salvo cuando se pasó de la epigrafía al uso del pincel; parece que también a esta época pertenece el origen de la artesanía de la seda). Con el principio del primer milenio se instala la dinastía Chu (el año 841 es la fecha exacta más antigua que se conoce), que perdurará hasta el siglo III a.C. (poco antes de la segunda guerra púnica); más de siete siglos de historia china hacen de este período la verdadera génesis de la civilización china, el punto de referencia que utilizarían posteriormente los intentos de reforma, y, aunque desde un punto de vista político no se trata de una fase uniforme, sino todo lo contrario pues después de un inicial centralismo típico se llegó a una desarticulación ''feudal'' con al menos tres ''reinos'', sin embargo es ahora cuando aparecen las grandes figuras del pensamiento (Confucio, Lao-Tse, Mencio) y cristaliza un modelo político-social basado en los escritos del primero, cuyo pragmatismo se impondrá frente a otras tendencias: la familia patriarcal como núcleo de la sociedad (con la mujer subordinada al hombre y el hijo al padre) sirve de soporte a un Estado donde el emperador (el ''Hijo del Cielo'') asume el papel de padre y eje de la permanencia del bienestar (él regula las aguas mediante canales, establece la armonía entre las regiones y defiende al país de sus enemigos exteriores).
La breve reacción protagonizada por Shi-Huang-Ti (el Napoleón chino), el célebre constructor de la Gran Muralla (en realidad unió segmentos independientes de muralla ya construidos por los reinos anteriores) y fundador de la primera dinastía Tsin, reacción anticonfuciana (mandó quemar sus libros) propia de un hombre de frontera, quedará anulada gracias a la dinastía Han (siglo III a.C. a siglo III d.C.), en sus dos períodos, durante los cuales se dará un nuevo empuje cultural (invención del papel, cultivo del té). Otra vez el imperio se desintegra (ocho reinos), y, como siempre, el reino más cercano a la frontera norte, el más ''alerta'', recompone la unidad, en esta caso la dinastía Sui, contemporánea de Mahoma (en ese momento se construyó el Gran Canal que comunica los dos grandes ríos, en sentido norte-sur). La siguiente dinastía, la Tang, es en realidad una superposición de la anterior (un general usurpa el trono); durante dos siglos se producirán innovaciones como la porcelana (que se suele asociar al nombre de esta dinastía), y la importación, desde la India, del Islam y el algodón, el primero con poco éxito. La tercera fase de ''reinos de taifas'' (las llamadas ''cinco dinastías'') ocupa un período breve, al que sigue la reunificación bajo la dinastía Sung, también de origen nórdico, aunque chino, pero que poco a poco desplazó su centro de gravedad hacia el sur, lo que aprovecharon las tribus de Jitán (Manchuria), nombre que, corrompido, dará lugar al Catay de Marco Polo, para dominar el Jehol (zona norte, desde Pekín hasta la frontera, pero dentro de la Gran Muralla); ahora se inventa el papel moneda y por primera vez la navegación se convierte en una actividad económica regular.
El siglo XIII contempla la más espectacular de las agresiones de los pueblos nómadas, la invasión mongol, que dará lugar a la dinastía Yuan, con Kubilai Khan, el nieto de Gengis Khan. Es en este momento cuando Marco Polo llega a China y se admira de la capacidad organizativa de los mongoles y del nivel de la civilización (en aquellos momentos surge, impulsada por el gusto de los conquistadores, la ópera).
Y como siempre, el invasor se ''chiniza'' y pierde la fuerza que le proporcionaba el contacto con su lugar de origen. El puñado de mongoles que formaba la clase dirigente cede ante un antiguo bandolero que enarbola la bandera ''nacionalista'', y así se instauró la dinastía Ming a principios del siglo XVI (coetánea de nuestros primeros Austrias), que, orgullosa de la superioridad de su civilización, rechaza cualquier intento occidental por establecer un comercio permanente (adelantándose en ello a Japón). El ideal de sociedad cerrada no será suficiente para impedir una nueva invasión, esta vez protagonizada por un conglomerado de tribus seminómadas e inmigrantes de origen chino, a los que un líder, Nurhachi, agrupará bajo el nuevo nombre de manchúes. Y así, en el siglo XVII se entroniza la dinastía Tsing o Ching, que caerá en 1911 al ser depuesto el ''último emperador'', el pequeño Pu-Yi.
Siglo y medio más tarde, a finales del siglo XVIII, el contacto de China con el exterior sigue siendo esporádico y limitado a unos pocos intercambios comerciales. El gobierno chino se muestra despectivo ante las máquinas de la incipiente revolución industrial. Como de grado no quería, a la fuerza va a tener que aceptar las condiciones de las potencias occidentales, informadas de la poca consistencia de la autoridad imperial sobre su propio pueblo. Conseguida la apertura de varios puertos como zonas francas con estatuto de extraterritorialidad, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Francia y Rusia comparten una especie de protectorado múltiple. Inglaterra se destaca como portavoz del resto y en beneficio propio para introducir sus productos y adquirir otros chinos. La jugada salió mal, pues los chinos aprovecharon aquéllo para vender todo lo que podían pero sus compras eran muy restringidas, y, en consecuencia, una riada de plata (los famosos dólares mejicanos) entró en el país. Había que invertir la tendencia y ello se consiguió obligando al gobierno chino a no poner impedimentos a la entrada del opio, saneadísimo negocio británico. La reacción popular (los Taiping) no sirvió sino para acentuar todavía más la presión sobre un gobierno desprestigiado, de manera que sin provocar su caída (que no convenía a las potencias) estuviera siempre bajo su dependencia y mantuviera a raya a las fuerzas rebeldes. Cada intento por parte de la corte manchú por actuar con dignidad se saldaba con un nuevo tratado que le humillaba aún más. Los Estados Unidos no quisieron ceder la primacía del beneficio a Gran Bretaña y exigieron la llamada ''política de puertas abiertas'' (es decir: ''y yo también''), para que el saqueo fuera en pie de igualdad. Por su parte Japón, después de destruir la flota china, entró a su vez a participar del expolio. China, nominalmente soberana, era en realidad un condominio de potencias y compañías extranjeras que ejercían el peor de los colonialismos económicos sin contrapartidas de orden ''civilizador'', sin la cobertura moral que en otros lugares le daba la gestión administrativa modernizadora. La última rebelión, la de los ''boxers'' (1900) es una desesperada protesta contra tanto abuso.
El gobierno imperial, que simpatizaba en secreto con los insurgentes pero no podía ayudarles de un modo abierto, cogido entre dos fuegos y con la dinastía en decadencia total, era ya un cadáver viviente; y su caída en 1911 fue inevitable. Las potencias buscaron un ''hombre fuerte'' que les sirviera y mantuviera el orden (Yuan-chi-kai) pero la descomposición se aceleró: cada general, ante la ausencia de una autoridad legítima, se hizo con una región para administrarla a su aire (son los ''señores de la guerra''), algunos con un alto sentido de su responsabilidad (caso de Chiang-tso-ling, el gobernante de Manchuria); por otro lado la asimilación de las ideas occidentales había producido, como en la India, una élite que intentaba reconstruir el país sobre bases democráticas y sin injerencias exteriores (Sun-yat-sen). En 1926 otro hombre fuerte, miembro del partido Kuo-min-tang (nacionalista, fundado por el último mencionado), Chiang-kai-chek, parece en condiciones de lograr un consenso gracias a su prestigio; pero dos hechos van a dar al traste con una renovación inmediata y una paz general: la escisión de la izquierda del partido nacionalista (comunistas de Liu-chao-chi, Mao-tse-tung y Chu-en-lai), y la invasión japonesa de Manchuria en 1931, que repite otra vez las tradicionales agresiones ''bárbaras'' por el norte. No satisfechos con el control del inmenso territorio manchú (doble en extensión al nipón), en 1937 se lanzan a por toda China, controlando la costa y las grandes vías fluviales en una acción combinada del ejército y la marina japoneses; y allí donde no llegaban éstos, sí alcanzaban las bombas de los aviones. Nacionalistas y comunistas abandonan sus diferencias y se unen bajo el mando de Chiang para resistir al invasor; sólo disponen de la parte menos desarrollada del país, el interior, con malas comunicaciones y poca industria.
Abandonados por las potencias europeas democráticas y por los Estados Unidos, sólo Rusia les prestó ayuda de un modo considerable, pues también Siberia era bocado apetecible para los súbditos del Mikado. Y en el territorio sometido a éstos, la población se enfrentaba al dilema de colaborar para salvar la vida y los bienes o integrarse en guerrillas de dudoso resultado. El ataque japonés a Pearl Harbour (1941) trae consigo, afortunadamente, la ayuda norteamericana, que al menos paraliza la progresión del dominio japonés en zonas del interior. Cuatro años más tarde ni siquiera el ejército chino puede considerarse victorioso, pues los japoneses se han rendido sin perder, después de aceptar el ultimátum aliado (acompañado de las bombas atómicas). Una falsa victoria que no refuerza el poder del gobierno y del partido Kuo-min-tang, por cuanto de inmediato los comunistas prosiguen sus avances en estrecha alianza con los campesinos, a los que reparten las propiedades de los terratenientes, mientras la burocracia estatal, apoyada en éstos, se descompone entre la corrupción y la incompetencia. Y en este punto está la situación cuando los autores cierran su relato, aunque aportan dos interesantes opiniones sobre la trayectoria futura: una China nacionalista, regenerada, podría ser un elemento de equilibrio mundial en un nuevo orden; pero el prestigio del partido comunista a nivel popular y entre una clase media que lo veía como un instrumento de modernización y progreso daba a aquél muchas posibilidades de obtener el triunfo.
Las dos opiniones se han convertido en realidades, si bien en orden inverso cronológicamente: triunfó el comunismo, y ahora, visto el fracaso de sus experimentos económicos, se vuelve a una política económica y social inspirada en la de los años cuarenta por el mismo partido, lo que traerá al menos en ese campo la convergencia con la boyante economía taiwanesa (es decir, la del Kuo-min-tang allí refugiado) y una no difícil armonización política en un futuro próximo, con lo cual los criterios de tipo nacionalista servirán de cobertura a una voluntad, esta vez sólidamente respaldada por estructuras modernas a todos los niveles, de protagonismo mundial.