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Franck L. SCHOELL: HISTORIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

En las últimas páginas de este libro hay un clarividente análisis de lo que significan los Estados Unidos en el mundo. No hay duda de su papel de primera potencia, acentuado ahora tras el desplome soviético pero ya indudable para quienes tenían la perspectiva de finales de los sesenta, momentos últimos del relato. Ese papel benefactor, según ellos mismos, no era visto de igual modo por la opinión pública internacional. Precisamente en aquellos años, los de la guerra del Vietnam, el antiamericanismo era moneda corriente. Que la propaganda soviética lo afirmara, y que lo aceptaran también como lugar común los ''países no alineados'' entra en la lógica de la lucha entre bloques, pero que toda la intelectualidad europea considerase de buen tono sumarse a tal actitud ya parece menos comprensible. Para explicarlo, Schoell retoma el concepto de ''imperialismo'', creado tiempo atrás como acusación al expansionismo europeo por los norteamericanos, orgullosos de ser el primer pueblo que se enfrentó a él. Distingue en esta - según Schoell - cómoda etiqueta, tres variantes: imperialismo norteamericano de la libertad, imperialismo norteamericano del poder económico e imperialismo norteamericano de la atracción. El primero tiene sus raíces en los ideales de libertad, individual y de los pueblos, que han movido a los Estados Unidos desde que se constituyeron; al intentar exportarlo, obligaron a sus aliados, tras la Segunda Guerra Mundial, a renunciar a sus imperios, pero al mismo tiempo chocaron con el antiimperialismo soviético, que buscaba sustituir a las viejas potencias coloniales en nombre de una ideología salvadora; el fundamento de la postura norteamericana, en cambio, siempre fue la defensa de los derechos de la mayoría, en cualquier país, a darse el gobierno que democráticamente eligieran; no se dieron cuenta, sin embargo, de que ese criterio, en muchos casos, no era fácil de seguir por cuanto la falta de trasparencia de muchas sociedades impedía conocer la opinión real de los ciudadanos (como sucedía en el mismo Vietnam); al menos el Congreso definió los términos al identificar la agresión y la libertad con la presencia de ''minorías armadas'', es decir, de soluciones de fuerza contra las instituciones democráticas de un Estado. Tal era la ''doctrina Truman''. Pero, como dice el autor, ''no es posible salvar a las gentes a pesar suyo''. Por otra parte, el poderío económico norteamericano, traducido a presencia en otros países (financiera, industrial o comercial), ha contribuido a crear un neologismo, el de ''neocolonialismo'', del que se le hace casi único responsable. Si bien Schoell no emplea aquí todavía la terminología actual, centra en las multinacionales norteamericanas el tema y le parece que ''para poder juzgar de modo equitativo el aspecto positivo y negativo de este imperialismo económico sería conveniente saber qué proporción del beneficio global de cada inyección de capital norteamericano en el mundo va a enriquecer el inversor y qué resta para el país económicamente invadido''. Los países afectados, dice luego, se inclinan a subestimar las ventajas que obtienen (impuestos, salarios, innovación tecnológica, reinversión de beneficios, exportaciones de filiales dentro de la balanza comercial del país receptor de aquéllas); esto permitió a Johnson afirmar en 1965 que ''la contribución del capitalismo norteamericano al desarrollo y la prosperidad del mundo ha sido inmensa''. La década de los noventa y los últimos ochenta ha convertido estas palabras en superfluas, pues no sólo es el camino por el que ha discurrido la Tercera Revolución Industrial sino que el ejemplo norteamericano ha cundido (multinacionales europeas y japonesas) y se propicia en países de cualquier nivel de desarrollo la entrada de capitales y empresas del extranjero. Pero hay que reconocer que decir esto en los años sesenta y principios de los setenta era una provocación, contestada de inmediato con descalificaciones cercanas al insulto.

El tercer imperialismo norteamericano, el de la ''atracción'', es una verdadera paradoja: Europa ha visto en Estados Unidos, desde siempre, un referente a imitar (abundancia y libertad); en todo el mundo existe la impresión, dice, de que ''la civilización americana prefigura lo que ha de ser un día la civilización mundial''. Y donde choca más esa doble actitud es en Francia, la patria del antiamericanismo teórico, donde en contra de todas las aparentes reservas se ha ido imponiendo el modo americano de vida (tejanos, cafeterías, supermercados, discos...). Un gran mercado planetario ha absorbido con ansiedad la producción americana o la ha copiado; con ello los Estados Unidos equilibraban su balanza de pagos (hoy ya no).

Cualquiera que haya leído a Tocqueville (''La democracia en América''), que viajó por Estados Unidos durante la etapa presidencial de Andrew Jackson (años treinta del siglo XIX) puede encontrar en sus agudas reflexiones las bases sobre las cuales se ha ido produciendo la expansión americana y la confirmación de sus valores. Pero es preciso remontarse al mismo origen de las colonias, a la mentalidad de los primeros inmigrantes, para comprender toda la trayectoria posterior; a la mayoría de ellos les movía el rechazo a las limitaciones que en Europa constreñían su libertad religiosa y su posibilidad de triunfo en la vida; por eso la Constitución norteamericana consagra tales valores, que han venido a sustituir a los mitos históricos nacionalistas de los países del viejo mundo.

Durante la fase colonial, estos decididos y emprendedores pioneros tuvieron grandes dificultades: a veces el terreno elegido no era adecuado, el régimen jurídico de relación con la metrópoli restringía la capacidad de decidir, la presencia de los indios fue vista como un problema que había que eliminar sin ningún tipo de asimilación, la entrada de esclavos negros se justificó, pese a ser una perversión de los propios ideales de libertad, esgrimiendo razones económicas y dándole un carácter de provisionalidad que no impidió su incremento considerable en la época posterior a la independencia.

El triunfo frente a Inglaterra aún no era una plataforma suficiente para hacer de los Estados Unidos una gran potencia, pues ni el territorio - relativamente pequeño - ni la escasa población - menos de cuatro millones - lo presuponían. El verdadero crecimiento en los dos sentidos vendrá en la primera mitad del siglo XIX cuando por compra o mediante la guerra domine todo el rectángulo entre el Atlántico y el Pacífico (este-oeste), y entre el Canadá y el río Grande del Norte; a esto se unirá una formidable marea inmigratoria medida en cientos de miles de personas cada año, que huían de Europa por hambre o buscando una vida más gratificante, sin que la guerra de Secesión obstaculizara la tendencia; así, a finales del siglo XIX los Estados Unidos enmarcaban a cerca de cien millones de habitantes en un territorio próximo a los ocho millones de kilómetros cuadrados. Tal explotación de ese espacio no se realizó sólo de modo extensivo, sino que gracias a un ambiente propicio al desarrollo de sistemas nuevos de tipo mecánico y al espíritu de libre empresa los recursos naturales fueron utilizados intensivamente, de modo que les bastó tener las manos libres tras la guerra civil para en pocos años superar a Inglaterra y Alemania en producción industrial, aprovechando en gran parte el flujo de capitales europeos que veían en las inversiones norteamericanas unos beneficios muy saneados (como les prometía, y casi siempre lograba, el joven banquero J. Morgan).

Alcanzadas las fronteras ''naturales'' (de costa a costa) pronto los Estados Unidos asumen su nueva posición internacional, en la que, con olvido parcial de las recomendaciones de Washington en su ''Farewell Address'', se van a mezclar dos principios de actuación: uno de ellos, viejo como la humanidad, que será corolario de las condiciones económicas y geográficas, que fatalmente exigirá de los Estados Unidos la obligación de asumir la hegemonía política por vía imperial (Adams, T. Roosevelt, Mahan), el otro, que será además el que de verdad crean los americanos medios, manipulados por la prensa, será el de extender por el mundo los ideales democráticos, la libertad de las personas y el fin de los gobiernos opresivos (así se consiguió crear el entusiasmo necesario en las masas tanto en la guerra hispano-americana como pocos años después, con motivo de la entrada en la Primera Guerra Mundial).

El período de entreguerras sirvió para reflexionar sobre el camino hasta entonces seguido, que pareció a la mayoría de la población equivocado: Estados Unidos había caído en las trampas que Washington había vaticinado; aquel imperialismo inicial no resultaba ni mucho menos rentable. Era mejor volver a un aislacionismo que centrara el interés de todos en proseguir la generación de riqueza en un clima de paz y con gobiernos que se limitaran a intervenir lo menos posible (''El negocio de los norteamericanos son los negocios'', como dijo, expresivamente, en la frase más larga que jamás pronunciara el lacónico Coolidge). Se acabaron también las intervenciones estabilizadoras en el resto del continente americano y la descolonización de Filipinas estaba en marcha. La crisis del 29 vino aún más a cerrar en sí mismo al país mediante la disminución drástica de los intercambios comerciales con el exterior (tarifas de 1930) y la solución, lejos de seguir la trayectoria europea o japonesa (expansionismo compensatorio para disminuir el paro o la falta de mercados), se inscribió también en la línea de las reformas interiores, tal como prometió y cumplió F. D. Roosevelt.

Pero de Europa y de Japón vendrá de nuevo la tentación intervencionista. La propaganda aliada, inglesa en realidad, insistía en el carácter de cruzada democrática de la guerra contra Alemania, mientras que las continuas agresiones japonesas a China demostraban la voluntad nipona de dominar todo el Pacífico y cerrarlo al resto de las potencias. Mucho le costó a Roosevelt encontrar la oportunidad de sumarse a los aliados, aunque no le hizo falta al ser su país atacado por Japón y partir de Alemania también la iniciativa de la declaración de guerra. La gigantesca capacidad de producción americana se puso en marcha: la flota, casi inexistente después de Pearl Harbour, se incrementaba mes a mes hasta rebasar en dos años el potencial conjunto de todos los demás beligerantes; lo mismo sucedió con la aviación y el ejército de tierra, que movilizó a millones de hombres. Sin esta intervención norteamericana no hay duda alguna de que la guerra hubiera acabado con el triunfo alemán y japonés, cuyas formidables máquinas de guerra sólo podían ser frenadas por su inagotable aportación americana en material y hombres. Si consideramos el desenlace de la Segunda Guerra Mundial como la victoria de la democracia y de la libertad frente al totalitarismo, Estados Unidos merece la consideración de principal responsable.

La posesión de la bomba atómica en solitario hasta 1949 no tentó a Truman en el sentido de diseñar una posguerra bajo hegemonía norteamericana; por el contrario, su actitud en Potsdam y el patrocinio dado a la creación de la ONU dejaban bien claro el deseo de practicar una política internacional basada en el respeto a los derechos de todos los países cuyos gobiernos fueran libre expresión de la voluntad de los ciudadanos. El aislacionismo ya no era posible, pero, como en la Primera Guerra Mundial, el fin de las hostilidades trajo consigo una desmovilización rapidísima; los Estados Unidos renunciaban a mantener un poderoso ejército en el futuro, pues confiaban en el buen funcionamiento de las instituciones internacionales y en la sinceridad de sus aliados; de entre éstos, Rusia no causó ningún temor, convencidos Roosevelt y Truman del pacifismo de Stalin. En realidad, las reservas mayores se dirigían hacia Francia e Inglaterra, reacias a desprenderse de sus imperios coloniales; caídos Churchill y De Gaulle, los gobiernos socialistas de estos países prometían iniciar una política descolonizadora (más por presión norteamericana que por propio deseo).

El aviso de Churchill en 1946 (Universidad de Fulton: ''Una cortina de acero ha dividido a Europa desde Sttetin a Trieste'') se hizo realidad dos años después. Stalin, mediante el uso de la fuerza y la subversión interna, se lanzaba a una política expansionista que podía romper el equilibrio europeo, y de ahí conquistar una posición de hegemonía mundial enarbolando la ideología comunista. El cambio de postura de Truman fue inmediato, asumiendo la defensa, allá donde pudo, del ''status quo''. Poco después, la guerra de Corea (1950) amenazaba con hacer de Asia un continente bolchevizado (un año antes se había expulsado de China continental a los nacionalistas); la guerra fría estaba en marcha. La prioridad dada a la contención del expansionismo soviético dejó en segundo plano la urgencia descolonizadora franco-inglesa ante el temor de propiciar la implantación de regímenes prosoviéticos en las antiguas colonias, pero como se demostró bajo la administración Eisenhower, la descolonización era apoyada por los Estados Unidos allí donde pudiera surgir un gobierno fuerte anticomunista (Egipto). De hecho, hacia 1970 el colonialismo se había acabado, quedando sólo residuos en vías de desaparición. La reacción norteamericana contundente y decidida (tal como la planteó sobre todo Foster Lulles) obligará a la URSS, tras la muerte de Stalin, a cambiar los términos de la lucha: en vez de ataques frontales, apoyo a movimientos subversivos tercermundistas en nombre de la liberación económica y social (Guatemala, Cuba...). Europa, protegida por el escudo norteamericano disfrazado de Alianza Atlántica, se sentirá segura militarmente, pero parte de sus pueblos y la mayoría de sus intelectuales mirarán hacia la URSS como modelo de futuro, cuestionarán el modelo norteamericano, y, merced al espectacular progreso económico de los años cincuenta y sesenta, alcanzarán un nivel de consumo que acercará como nunca su modo de vida al tradicional norteamericano.

El tratamiento, pues, no difiere de lo que podríamos encontrar en cualquier libro de historia, y, en el caso de las últimas décadas, de la información habitual de la prensa. Que el autor sea europeo le hace sin embargo desprenderse del minucioso interés de los norteamericanos por la parte de su historia que refleja acontecimientos de especial valor para ellos (actos heroicos, hechos militares) y dedicar un espacio mayor a los asuntos que relacionan a Estados Unidos con Europa y el resto del mundo. Pero no puede desprenderse de una nota común a la historiografía norteamericana: el culto a la personalidad de sus líderes eliminando los aspectos negativos o no demasiado atractivos: de Washington a Kennedy, pasando por Jackson y Lincoln todos están pintados con una grandeza y a veces majestuosidad que raya en lo acrítico. Quienes, como Gore Vidal, han entrado a saco en estos clichés, han venido a demostrar que, para bien de su propio país, en el pasado de los Estados Unidos existían las mismas contradicciones entre ideales y debilidades humanas que hoy podemos encontrar, sólo que incrementadas en la misma medida en que han llegado a ser la primera potencia del mundo.


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