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H. C. DARBY, y otros: BREVE HISTORIA DE YUGOSLAVIA

''La prueba de la unidad nacional yugoslava y del Estado comunista, que tanto debe al mismo Tito, se hará probablemente cuando llegue el momento de la sucesión de éste''.

Tal es el premonitorio final del libro, publicado por la universidad de Cambridge en 1966. Ni la unidad nacional ni el sistema comunista han sobrevivido a Tito más que en unos pocos años; los problemas históricos han aflorado con la misma intensidad que antes de la Segunda Guerra Mundial y han tenido mayor fuerza que los lazos de solidaridad que partido y ejército habían logrado crear. Ni siquiera la generosísima estructura confederal, resultado de sucesivas reformas constitucionales cada vez más descentralizadoras, con un equilibrio casi milagroso de los distintos componentes, ni el reconocimiento de las nacionalidades sin ningún otro tipo de hegemonía han podido contrarrestar las fuerzas centrífugas.

Esta obra intenta, con éxito, clarificar el sentido de tales fuerzas y su trayectoria, en una larga exposición que no puede por menos que comenzar en el siglo VII, con las invasiones eslavas sobre la península Balcánica, y seguir durante toda la Edad Media con la creación de las primeras formas estatales propias y el enfrentamiento con los poderosos vecinos, el imperio bizantino y luego el imperio otomano. Conquistados por éste todos los Balcanes a fines del siglo XV, se pierde la personalidad política de los pueblos eslavos, se altera en parte la división religiosa y se producen asentamientos de inmigrantes forzosos o de carácter voluntario que introducen enclaves en territorios antes homogéneos. La descomposición del imperio otomano, la influencia de la revolución francesa y la presión austro-húngara y rusa durante el siglo XIX planteaban la necesidad de una nueva articulación geopolítica de la península Balcánica. Frente al intento aglutinador, multinacional, austríaco (para constituir un imperio con el Danubio como eje) aparecen tendencias nacionalistas cuyo origen hay que atribuir al romanticismo literario, que de la mano de intelectuales en general vinculados al clero hará que resuciten las lenguas vernáculas, las cuales habían caído al nivel de un dialectalismo ágrafo. Por otra parte, la división religiosa, consecuencia de la antigua frontera romano-bizantina y, posteriormente, de las zonas de influencia carolingia-otomana y bizantino-turca, complicada todavía más por la conversión al Islam de albaneses y bosnios, al superponerse a la división lingüística y de alfabeto, impedirá que las reivindicaciones nacionalistas sean compatibles entre sí. Y a estos dos distintos elementos diferenciadores se agregó, como factor externo, la permeabilización de unas y otras sociedades por parte de la cultura dominante (occidental, bizantina, turca), pero este componente sólo se activará cuando, conseguida la unidad, se valore lo perdido.

Todo el siglo XIX y los principios del XX (hasta la Primera Guerra Mundial) es una época de restauración de la libertad política (Serbia, Montenegro), o de lucha por obtener una amplia autonomía (Eslovenia, Croacia), a la par que una competición para ver quien salía más favorecido con los despojos del imperio otomano. La falta de acuerdo y las ambigüedades de las razones de unos y otros provocaron la guerra balcánica (2 $^{\underline{{\rm a}}}$) de 1913, con Bulgaria y Serbia como protagonistas disputándose Macedonia. La caída del imperio turco dejó además desamparados a los musulmanes (Bosnia, Albania) y desprovistos de identidad.

Al constituirse en 1918 el nuevo reino de los serbios, croatas y eslovenos (Yugoslavia en 1929) formado por Serbia, Montenegro y los antiguos territorios austro-húngaros (salvo un estrecho territorio adjudicado a Italia en Austria y Dalmacia), pronto surgen discrepancias sobre el modelo de estructura del Estado, que finalmente adopta una forma centralista con predominio serbio. La actuación de los partidos políticos no hizo sino agravar la inestabilidad, sobre todo por la labor obstruccionista de los partidos croatas. Agotada la vía parlamentaria, el rey Alejandro establece una dictadura real (1929-1934) con el fin de resolver todos los problemas acumulados; sus iniciativas para crear un sentimiento yugoslavo chocaron con la actitud croata, siempre recelosa ante los serbios, y sólo la prosperidad económica justificó la ruptura con el régimen parlamentario; la situación se agravó hacia 1931 con la llegada de la crisis económica y el rechazo a la nueva Constitución. Paradójicamente, el asesinato del rey en Marsella por mafiosos contratados por un grupo croata reavivó, aunque por poco tiempo, el espíritu de unidad, y el rey se convirtió en un mártir de la causa yugoslava. El regente, príncipe Pablo (el nuevo rey, Pedro II, tenía 11 años) ofrece a los croatas la independencia pacífica (como en 1905 había sucedido en el caso de Suecia y Noruega), pero la respuesta es negativa también (los partidos croatas moderados temían que tras la independencia se produjera la absorción del país por Alemania, Italia o Hungría), sin desistir por otra parte de su oposición al régimen. Así, la dictadura se prolongó en medio de las dificultades económicas y políticas interiores y la peligrosa situación externa tras la subida al poder de Hitler. El peligro que suponía la revisión por parte de Alemania del mapa de Versalles llevó al príncipe regente a promover una ''pequeña Entente'' con los otros países balcánicos (excluida Bulgaria) bajo el paraguas protector franco-británico. Sin embargo, esta iniciativa se convirtió en inoperante después de la desmembración de Checoslovaquia, que obligó al gobierno yugoslavo a un acercamiento forzado al III Reich. En 1941 (marzo) la firma del pacto Tripartito (no había alternativa, aunque la adhesión tampoco garantizaba la independencia) provoca un golpe de Estado proaliado, en respuesta al cual diez días más tarde las tropas alemanas e italianas invaden el país y lo ocupan en menos de un mes. Yugoslavia dejaba de existir y se procedió a su reparto: Alemania se queda con parte de Eslovenia, Italia con la otra mitad y gran parte de Dalmacia; Macedonia se divide entre Bulgaria y Albania (italiana), se crea el reino de Croacia, que incluye casi toda Bosnia-Herzegovina; la Voivodina se incorpora mayoritariamente a Hungría (con un gran contingente de población de origen alemán), Montenegro se convierte en protectorado italiano y Servia, independiente también en teoría y reducida a su extensión de mediados del siglo XIX (Kosovo pasaba a Albania) es ocupada por tropas alemanas, que establecen un gobierno títere de ''chetniks''.

De 1941 a 1945 no sólo hay en la ex-Yugoslavia una guerra de guerrillas contra los invasores, sino también una guerra civil de gran crueldad (entre ambas producirán un total de 1.700.000 muertos, casi siete más que en la guerra civil española, con una población muy inferior); los chetniks serbios se dividen entre colaboracionistas y resistentes (estos últimos dirigidos por el general Mihailovic), los serbio-bosnios y montenegrinos se unen preferentemente a la guerrilla comunista de Tito, los ''ustache'' croatas, dirigidos por Ante Pavelic dirigen el nuevo Estado croata, fiel aliado del Eje y se dedican al exterminio de los serbios mientras la Iglesia católica adopta una actitud ambigua (monseñor Stepinac) y los más radicales pasan a la clandestinidad y en parte se unen a las guerrillas comunistas. La resistencia bicéfala es incapaz de colaborar por el temor de Mihailovic al predominio comunista, lo que le lleva a atacar a sus rivales y a permanecer en actitud expectante respecto a los invasores. La eficacia de la represión alemana fue tal que Serbia y Montenegro quedaron libres de guerrilleros comunistas, los cuales se concentraron en Bosnia, desde donde, gracias al apoyo aliado (antes favorable a Mihailovic) primero y luego a la ayuda directa rusa en su avance desde Bulgaria, se fue expandiendo hasta dominar en 1945 casi todo el país, con unas fuerzas de alrededor de 800.000 hombres.

El triunfo comunista tuvo además una causa interna: el apoyo del campesinado, al que se prometió el reparto de las tierras. Como, por otra parte, Tito abogaba por un frente común antifascista en el que cabían todos los que no eran colaboracionistas y además era un claro defensor de la unidad yugoslava en términos de igualdad, aglutinó a la mayor parte de los partidos, con excepción, claro está, de los ''ustache'' y ''chetniks'', es decir, independentistas croatas filonazis y panserbios. Este apoyo interno permitió a Tito seguir un camino propio en discrepancia con la línea de la Kominform, de la que será expulsado en 1948, sobre todo por su política campesina (mantenimiento de la propiedad privada de la tierra).

De 1945 a la muerte de Tito el ejército y el partido comunista forman una estructura común que garantiza la cohesión de la nueva república federal. La estructura económica, en cambio, adquiere un carácter regional y al mismo tiempo autogestionario, abandonando la planificación centralizada de tipo soviético y el capitalismo de Estado, lo que, con la ayuda exterior, sobre todo norteamericana, lleva al país a una prosperidad nunca conocida. El monolitismo político no impide la existencia de libertades personales, más en la línea de Occidente que del resto de países comunistas. Un crecimiento económico tan acusado produce, como es lógico, tensiones inflacionistas, déficit en la balanza de pagos y desequilibrios de renta entre las diferentes repúblicas, las más ricas de las cuales (Eslovenia y Croacia) no desean compartir su prosperidad con las más pobres (Macedonia, Montenegro). Así, el crecimiento económico reactiva las tendencias particularistas de las regiones que siempre habían reivindicado sus privilegios, y buscando nuevos elementos diferenciadores (como la aspiración croata a tener idioma propio diferenciado no sólo en el alfabeto, rompiendo la tradicional unidad lingüística del serbocroata que hablan serbios, croatas, bosnios, montenegrinos y gran parte de macedonios). Y es aquí donde los autores manifiestan las dudas acerca de la viabilidad futura de la Federación.

Estas dudas se justifican por la enorme complejidad creada, a nivel territorial, étnico, religioso y lingüístico, por la especial trayectoria histórica del país, ya descrita, pero de la que pueden aislarse las siguientes características:

a) Unidad étnica desde el siglo VII, dado que todos los pueblos, salvo una pequeña franja dálmata y la población de origen albanés, son eslavos del sur.

b) Unidad lingüística (el serbocroata), pero con dos factores diferenciadores: doble sistema de escritura (cirílica y latina) y discrepancias de carácter normativo (que afectan en mayor medida al esloveno y al macedonio).

c) Diversificación religiosa: ortodoxia y catolicismo se han repartido desde la conversión en el siglo VIII la obediencia de estos pueblos, creando entre ellos una barrera que ha llevado a traducir la identidad de cada uno en función de este elemento; así, ser serbio es ser ortodoxo y ser croata es ser católico. Es por tanto inexacto hablar de problema étnico cuando la diferenciación pasa por lo religioso casi en exclusiva, hasta ahora.

d) Espacios compartidos: cada área tiene a su vez minorías considerables que corresponden a las otras áreas: Serbia tiene en Kosovo una minoría (hoy mayoritaria) de origen albanés, introducida durante la dominación turca y con un índice de crecimiento vegetativo superior al serbio, además de tratarse de musulmanes convertidos en el siglo XVI y no ser eslavos sino descendientes de los antiguos ilirios. También al norte, en Voivodina (El Banato) hay población húngara y, antes de la Segunda Guerra Mundial, una importantísima colonia alemana, instalada allí por el imperio austríaco desde el siglo XVIII para defender la frontera frente a los turcos (estos alemanes fueron trasladados ya por el mismo III Reich a otros territorios del Este para repoblarlos, y los que quedaron fueron aniquilados tras la guerra). Croacia, cuyo territorio tiene ya de por sí una extraña forma de media luna, alberga en su interior una fuerte minoría serbia en Eslavonia, también como consecuencia de las necesidades defensivas austríacas, desde el siglo XVII, y de la gran emigración de serbios que huían del imperio otomano. Eslovenia es el único espacio algo homogéneo, aunque existen enclaves de población italiana y austríaca. Dalmacia es, en su mayoría, croata - los italianos han desaparecido después de la guerra mundial -, aunque los bosnios predominan en determinadas poblaciones del interior y algunas costeras. Macedonia es lo que, con acierto, un diplomático inglés tradujo al mundo gastronómico, una ''ensalada'' con búlgaros, serbios, griegos, albaneses y alguno que se considera sólo macedonio; además, el nombre no se corresponde con el territorio de la Macedonia antigua, más al sur y al este, zonas del mismo nombre bajo soberanía griega y búlgara. Y llegamos a Bosnia-Herzegovina, donde todos los problemas se dan en grado máximo: no dos, sino tres religiones (bosnio-croatas católicos, serbo-bosnios ortodoxos, bosnios a secas musulmanes, todos ellos eslavos, con la misma lengua, viviendo en espacios comunes (ciudades sobre todo), compartiendo edificios desde hace varias generaciones, formando familias ''yugoslavas'' al menos desde hace cincuenta años. Hasta 1878 el imperio turco había mantenido la paz religiosa con una política tolerante que los bosnios musulmanes (la clase privilegiada, descendientes de herejes bogomilos del siglo XV, convertidos al Islam en masa por su rechazo de las otras confesiones cristianas) juzgaban demasiado permisiva. En ese año el territorio pasa a la administración austríaca, que se apoyará en la minoría croata (la tercera en importancia en Bosnia-Herzegovina), mientras que la minoría serbia (mayoritaria) optará por su integración en Serbia, sin excluir el terrorismo, como sucedió en Sarajevo en 1914, provocando así la Primera Guerra Mundial. En el período interbélico se mantuvo la convivencia, pero con predominio de los serbo-bosnios, dada la hegemonía serbia dentro del nuevo reino; durante la Segunda Guerra Mundial fue adjudicada a Croacia, que aprovechó la ocasión para realizar una política de exterminio de las otras minorías; más tarde formó una república dentro de la federación yugoslava, experimentando un gran progreso económico que hizo de Sarajevo una de las ciudades más modernas del país. Tras ello, ha venido la crisis provocada por el intento de cada minoría por conseguir sus propios designios (sólo los musulmanes han luchado por mantener una república independiente y pluriconfesional).

Ninguna solución de convivencia ha sido posible en el pasado, como bien se ve: ni la vinculación a estados multinacionales extranjeros (austríaco, bizantino, turco), ni la unión étnica de base eslava, ni la federación que permitió la máxima autonomía y un desarrollo económico acelerado aunque irregular. Ninguna solución con la independencia por la imposibilidad de ajustar los límites territoriales, étnicos, religiosos y lingüísticos...(salvo en el caso de Eslovenia, Serbia y Montenegro). He aquí otro polvorín a un siglo vista del que nos trajo un siglo XX presidido por los ideales nacionalistas.


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