Este Continente, que, como dicen los autores, ''tiene los pies hundidos en el Neolítico mientras que su cabeza se yergue en la Era termonuclear'', conseguida la independencia en su totalidad, presenta hoy, cerca del III Milenio, un aspecto mucho más preocupante que el que ofrecía cuando este libro se escribió, a finales de los años sesenta. Todos los estudios de orden económico preven para el siglo XXI retrocesos muy significativos en la renta per cápita como consecuencia del aumento de la población, desmesurado, y de la crisis económica de carácter estructural que ya resulta visible; el diferencial con el resto del mundo se va a ampliar haciendo de Africa un ''cuarto mundo'' no de pobreza, sino de miseria. Las actuales migraciones no son otra cosa que la antesala de un movimiento de mayor envergadura que provocará dificultades de contención a Europa, lugar de promisión para millones de desesperados.
Estas consideraciones, que parecen profecías de mal agüero, fruto de visiones basadas en estadísticas quizá no del todo contrastadas, adquieren mayor verosimilitud al leer libros como éste, en los que emerge un pasado africano muy distinto a la imagen que de él tenemos. Africa no es, como aquí se evidencia con claridad, un territorio históricamente inerte hasta que en el siglo XIX la colonización europea lo introduce de golpe en la época contemporánea; es verdad que, en aquellos momentos, el abismo entre colonizados y colonizadores era, desde el punto de vista tecnológico al menos, impresionante, de modo que es cierta la aseveración con que hemos encabezado estas páginas; también es verdad que, si todos los libros de historia se perdieran, ésta se podría reconstruir observando los estadios culturales existentes todavía hoy en Africa, incluyendo el Neolítico de los bosquimanos y hotentotes. Pero también es verdad que Egipto y el Mogreb, el Africa del Norte, ha formado parte durante toda la antigüedad del mundo más civilizado, primero de una manera creativa y protagonista, luego como apéndices de otras áreas mediterráneas; en la Edad Media el impulso islámico llevará hasta el centro del continente su influencia directa formando imperios muy bien organizados mientras Europa entrará en una fase de decadencia material y espiritual muy honda; esos imperios, a su vez, chocarán con otros de origen autóctono, más meridionales, que lograron alcanzar, por contacto o por sus propios medios, altos niveles de cultura material al menos.
Es a partir de finales de la Edad Media, y especialmente desde el siglo XVI ''cuando el sentido de la historia africana cambia bruscamente: entraron en juego varios factores de ocaso que produjeron una decadencia rápida, tanto más grave cuanto que Europa salía de su Edad Media y entraba en un período de expansión económica y cultural prodigiosa''. Para los autores esa decadencia viene marcada por la nefasta acción, triple, de turcos o árabes, marroquíes y portugueses, cuya acción va a consistir en un saqueo material (oro, marfil, etc.) y sobre todo humano (esclavitud) que desborda lo conocido hasta entonces, pues no era una novedad tal propensión desde los tiempos faraónicos. No hay que olvidar, por tanto, que, en gran parte, es Africa la que se saquea a sí misma: por un lado, árabes y marroquíes, musulmanes, tienen en el comercio de oro y esclavos su principal fuente de riqueza; por otro, portugueses primero, luego europeos de diversa procedencia (ingleses, holandeses...), harán de Africa su proveedora de servidumbre para las plantaciones americanas y aclimatarán en Africa productos americanos también en función de sus intereses económicos (cacao, maíz, mandioca), pero no se molestarán en ''cazar'' directamente a los indígenas, sino que éstos serán entregados por sus mismos congéneres a cambio de productos artesanales europeos, especialmente alcohol; esta sangría, cuantificable en decenas de millones (más de cincuenta millones de personas según un cálculo no demasiado riguroso), provocará la desarticulación de la sociedad y su regresión, pues la esclavitud, además, anuló cualquier iniciativa de intercambios de productos que podrían haber desarrollado una artesanía local considerable. Así pues, es a partir del siglo XVI, y hasta el XIX, cuando Africa adquiere la imagen de territorio alejado de la civilización e incapaz de asimilar las novedades surgidas en Europa. Y esa imagen degradada llega incluso a alcanzar a áreas tradicionalmente integradas en la historia: la colonización sistemática de finales del XIX no diferenciará a Egipto de Nigeria; sólo Etiopía, por pura casualidad, salva su independencia política, pero no su decadencia cultural.
Queda claro, por tanto, que la historia de Africa está lejos de ser una prehistoria prolongada y sin cambios. Se podría decir, en cambio, que en gran parte es una historia regresiva, más patente incluso por el contraste con la Europa emergente coetánea; pero esto tampoco es una novedad, pues el continente europeo, durante mil años - casi toda la Edad Media - no hizo sino intentar volver a alcanzar los niveles de civilización de la Antigüedad, que no otra cosa es la valoración hecha de estos fenómenos por el mundo renacentista. De este modo despejamos el camino antes empedrado de prejuicios y desinformación - para conocer realmente cuál ha sido la trayectoria histórica del continente africano.
No hay que olvidar que fue Africa la cuna de la humanidad, y de allí salieron, sucesivamente, los distintos linajes del ''homo sapiens''. Hasta el Mesolítico no se perfilan las características que darán lugar a las condiciones ambientales y antropológicas del Africa actual. El elemento geográfico decisivo será el Sahara, lugar de máxima densidad de población en esa época por sus excepcionales condiciones de habitabilidad, tal como testimonian los restos allí encontrados, en especial las magníficas pinturas de Tassili, mientras que, por el contrario, el centro y el sur del continente no ofrecerían las mismas oportunidades debido a la muralla infranqueable, casi, de la selva y las zonas pantanosas contiguas. En el área sahariana, pues, hay que buscar las raíces de la población africana actual, que tiene tres componentes originales: protobereberes del Africa Menor, etíopes de la franja oriental y protobantúes o négridos del borde sur, ya en contacto con la selva; los primeros formaban parte de un grupo amplio de pueblos a uno y otro lado del Mediterráneo al que lingüistas y antropólogos han llamado ''camitas''; los segundos, caracterizados por su alta estatura y delgadez, tenían lazos más relacionados con las poblaciones semitas de Arabia, contacto que continuó en época histórica casi siempre en el mismo sentido, es decir, con aportaciones asiáticas a través del mar Rojo; por su parte, los protobantúes serían, en principio, grupos autóctonos sin relación con otros continentes. A partir del momento en que comienza la desecación del Sahara se produce un doble fenómeno: por un lado, los tres tipos étnicos entran en contacto con mayor fuerza y se producen los primeros mestizajes, especialmente entre camitas y semitas, de tal modo que los lingüistas llegan a considerar la existencia de estructuras comunes en los idiomas de una y otra procedencia; esta situación sería especialmente relevante en la formación del antiguo Egipto, y, en menor medida, de Nubia. Pero, por otro lado, la búsqueda de zonas más habitables producen una dispersión demográfica que lanzará a los pueblos saharianos bien en dirección norte, hacia las costas mediterráneas, bien hacia el valle del Nilo, cada vez más restringido pero más susceptible de ser dominado por el hombre, o, en tercer lugar, hacia el sur, siguiendo también el retroceso de la selva; de este modo queda ya establecida la posterior divisoria humana de Africa, y del mismo modo se explican ciertos rasgos comunes entre etnias hoy alejadas entre sí (por ejemplo, el parentesco entre los tutsi, bantúes, y los etíopes, o el de los peuls, bereberes negroides). Con la entrada en la historia tenemos ya un Africa del Norte y del Este con una aceptable densidad de población y una capacidad adecuada para integrarse en el área de las grandes civilizaciones antiguas. Por su parte, los protobantúes tardarían mucho tiempo en ocupar el espacio que finalmente han llenado, de tal modo que hasta el siglo XIII no aparecen los primeros efectivos humanos en el sur de Africa; serán en este caso las poblaciones más atrasadas, todavía ancladas en la cultura mesolítica, las que se establezcan en las zonas cercanas al desierto de Kalahari dando lugar así al origen de las actuales etnias de bosquimanos y hotentotes, éstos a su vez con claras influencias etiópicas en su aspecto físico; alejadas de cualquier contacto exterior, con la barrera de la selva ecuatorial por medio, servirán de punto de referencia general para todo el mundo negro por su escaso nivel de desarrollo (en la opinión de los europeos); y en la misma consideración se tendrá a los pigmeos, para cuyo origen todavía no existe una clara explicación.
El área nilótica fue durante siglos el foco de culturización más continuo y dinámico, con un influjo más acusado en las tierras en contacto con el Africa Oriental; a través de Nubia (el ''país de Kush'') y de Meroe el impacto llegará hasta el reino de Axum, núcleo inicial de la Etiopía histórica, que a su vez ejercerá un papel transmisor hacia el sur, sin olvidar sus vínculos casi permanentes con la otra orilla del mar Rojo. Por su parte, la costa mediterránea se ve afectada por la presencia de colonizadores fenicios y, en menor medida, griegos, aunque por lo general unos y otros vivieron de espaldas a los indígenas o simplemente los explotaron. La posterior presencia romana tampoco tuvo voluntad de asimilación exhaustiva, limitándose a establecer barreras entre el territorio dominado y los pueblos seminómadas vecinos, lo que a la larga determinó el predominio de éstos, favorecido sin duda por la progresión del desierto en perjuicio del espacio aprovechable. Así, entre la época de decadencia romana y la invasión musulmana esta zona sufrió un importante retroceso cultural. Egipto y el Magreb, sometidos ya al poder asiático - a la nueva religión - pronto rompen su dependencia política pero, fanatizados por el Islam, van a dirigirse hacia el sur con objeto de incluirlo en sus imperios, convertir a sus habitantes y beneficiarse de sus riquezas; y para todo ello tendrán un magnífico instrumento en el camello, introducido más o menos al inicio de la Era Cristiana; gracias a él la incomunicación entre el Africa del Norte y el Africa Negra acaba después de varios milenios, y el desierto se transforma en camino. Los egipcios tendrán que vérselas con cristianos y, por ello, la oposición será mayor salvo en las zonas costeras fáciles de controlar, por donde se producirá el contacto, de amplio radio, que llegará hasta la India y China (algunos navíos de este último país llegaron a fines de la Edad Media al Africa Oriental); pero, al menos, consiguieron aislar a los monofisitas abisinios por siglos, contribuyendo a su decadencia. Por su parte, los imperios magrebíes, más dinámicos, logran controlar las rutas comerciales transaharianas y se hacen con el tráfico del oro sudanés, que monopolizarán hasta finales del siglo XV, cuando los portugueses lleguen al Golfo de Guinea.
Esta presencia musulmana desencadena también la formación de imperios africanos, de dos tipos: unos, de clara iniciativa bereber, musulmanes, se superponen a una mayoría bantú que sólo en parte se islamiza (caso del Kanem y el primer imperio Sonrhay, ambos sudaneses en el más amplio sentido, es decir, saharianos); otros, de origen bantú, recogen la vieja herencia nilótica a través de Meroe, que se basa en el carácter divino de la realeza, aspecto que más tarde será imitado por todos los reyezuelos bantúes y que persistirá hasta la llegada de los europeos en el siglo XIX. Entre esos imperios autóctonos son de destacar el de Ghana, el Sosso, el segundo imperio Sonrhay (o de Gao), el imperio mandinga de Sundjate, los reinos Mossi-Dagomba, Yoruba y Benin, y el de Nupe.
A partir del siglo XVI comienza la presencia europea en la costa occidental y se intensifica en la oriental la actividad esclavista de los árabes, con base en Zanzíbar y en relación directa con Omán. Los portugueses establecen puntos de apoyo desde las islas de Cabo Verde hasta Luanda y, más tarde, normalizada la ruta de la India, entran en conflicto con los árabes del Indico, logrando también aquí disponer de puertos estratégicos (Mozambique). En el siglo XVII son los holandeses los que ponen pie en Sudáfrica con la fundación de El Cabo, territorio hasta entonces vacío. Pero es en el XIX cuando Europa se interesa por Africa, primero enviando exploradores y misioneros, luego con la ocupación de enclaves susceptibles de una expansión posterior. La primera víctima de este nuevo imperialismo será curiosamente la población boer sudafricana tras la llegada de los ingleses a El Cabo (1806) y su posterior asentamiento definitivo (1815), 1o que obligó a los holandeses a dirigirse más hacia el interior, donde chocarán por vez primera con los zulúes, cuya emigración hacia el Africa Austral había comenzado apenas cincuenta años antes. La conquista francesa de Argelia (1830) añade un cuarto país europeo con presencia en suelo africano. No tardarán en surgir otros intereses nacionales en busca de colonias por razones económicas o de prestigio, especialmente a partir de 1870, una vez estabilizadas las fronteras europeas después de la unificación de Italia y Alemania. Todo ello dará lugar a conflictos que la habilidad de Bismarck evitará con la convocatoria de la Conferencia de Berlín de 1884-85, donde se establecieron las reglas del juego para el reparto (derechos históricos, ampliación de éstos en el hinterland de los establecimientos existentes, posesión electiva, neutralización del centro de Africa). Los acuerdos así obtenidos no evitaron sin embargo situaciones de crisis que a punto estuvieron de provocar guerras entre grandes potencias (especialmente entre Francia y Gran Bretaña); tampoco resultaba en algunos lugares fácil el dominio europeo ante la resistencia de los indígenas, organizados en imperios al menos en la zona costera atlántica (Achanti, Peul, Tidjanista), aunque el potencial técnico de los colonizadores se impuso.
Sigue a ello una fase de ''paz imperial'' no alterada por la Primera Guerra Mundial (salvo en el caso de la trasferencia de las colonias alemanas a los vencedores). La Segunda Guerra Mundial sí que producirá un impacto decisivo en estos territorios, cuando por otra parte la orientación de la política colonizadora se ajustaba más a los intereses futuros de los indígenas mediante la formación de cuadros autóctonos e intentos por romper con el tradicional papel subordinado de la economía de los países sometidos. La espoleta que desencadenará el proceso independizador vino de la India, donde a finales de los cuarenta se produce la primera descolonización pacífica; a ello se une el apoyo más o menos interesado de Estados Unidos y la Unión Soviética a la política de emancipación; de este modo la década de los cincuenta verá las primeras manifestaciones del fenómeno, si bien fue en la siguiente cuando quedaron desmantelados los principales imperios coloniales (francés, inglés y belga), al tiempo que las nuevas naciones buscan estrechar sus relaciones a través de diversas tentativas de las cuales la más efectiva resultó la propiciada por la Conferencia de Addis Abeba (1963), que dará lugar a la creación de la Organización para la Unidad Africana (OUA); el entusiasmo por la unidad va a chocar pronto, desgraciadamente con los intereses particularistas de los dirigentes nacionales, de modo que en realidad la única consecuencia positiva de las múltiples conferencias posteriores consistió en apoyar los movimientos revolucionarios de los territorios aún no descolonizados.
La independencia trajo consigo también aspectos negativos, pues los escasos cuadros disponibles, al asumir funciones de gobierno, dejaron un vacío en las áreas de educación y sanidad que degradó en parte estos sectores; los presupuestos atendieron más a cubrir los salarios de los funcionarios (hasta un 80 %) que a inversiones en infraestructuras; en general se adoptaron constituciones de tipo presidencialista y regímenes de partido único que propiciaron los golpes de Estado e impidieron la implantación de un pluralismo democrático, respectivamente. El recurso fácil a la ayuda exterior (en la pugna entre los dos bloques por atraerse las simpatías de los nuevos Estados), y la falta de realismo de los informes de las instituciones económicas internacionales aplazaron o desviaron las decisiones acerca de los cambios necesarios en la infraestructura productiva, creándose por otra parte gigantescos aparatos burocráticos. No fue, pues, la independencia sinónimo de progreso para estos pueblos, que vieron además como los antiguos técnicos europeos abandonaban estos lugares por motivos diversos, dejando así otro vacío difícil de cubrir.
A pesar de todo ello el optimismo de los autores superpone a estas dificultades los valores de unas sociedades con grandes posibilidades de aportar, en sus relaciones mutuas y con el exterior del Continente, una contribución enriquecedora en el terreno de la cultura, del arte, de la sensibilidad, al menos por el momento, una vez recuperada la propia estima y en vísperas de obtener a su vez un equilibrio estructural en el terreno económico, que les permita salir del subdesarrollo. No deja de ser meritoria tal fe en el futuro de estos pueblos, desde una cierta postura doctrinaria muy a la francesa, y más si lo vemos con los ojos de hoy, treinta y dos años más tarde, una generación después de iniciarse el proceso descolonizador. Nos tememos, por el contrario, que los particularismos nacionales o tribales, la equivocada asignación de recursos, la explosión demográfica y el cada vez mayor desinterés del resto del mundo lleven a Africa de nuevo a perder el tren del progreso y de la paz.